En las dos últimas décadas se hacen
notar dos conceptos que una y otra vez se han escrito en artículos
periodísticos, ensayos y libros de investigación. El primero de ellos es el concepto
de “narcocultura”, el segundo es el de “narcopoder”.
El concepto de “narcocultura” ha sido
planteado para analizar los mecanismos a partir de los cuales las formas de
vida del narcotráfico se han insertado en la cultura, en la vida diaria de las
personas a través del lenguaje, la
música, la literatura, el cine, la televisión, la moda y los gustos personales,
etc. El fenómeno de expansión y
profundización de la cultura del narco en la sociedad trae consigo una serie de
procedimientos que positivizan a estas formas de vida. El narcotráfico es un
asunto legal y moralmente reprobable, tanto por parte de las leyes, como por parte
de los valores que sustentan nuestras formas de convivencia. Con la expansión y
profundización de la narcocultura, se incentiva el reconocimiento y la aprobación moral y
social de estas formas de vida que se enraízan y crecen en amplios sectores de
la sociedad. Estamos hablando de una positivización moral y social de las
formas de vida procreadas por la cultura del narcotráfico, que de ninguna
manera se detienen con la prohibición de los narcocorridos en el radio o en
eventos públicos.
Por otro lado, está el concepto de
“narcopoder”, que hace referencia a los mecanismos a partir de los cuales el
crimen organizado se ha convertido en un
poder fáctico cuyas cualidades pueden rastrearse lo mismo en la política, que
en la economía y la vida en sociedad. Son identificables una serie de
mecanismos a partir de los cuales el poder del narco se ha desdoblado hacia la
vida política, económica y social. Un ejemplo de la manera en que el poder del
narco se trenza con el poder político institucional, son los casos de los
narcogobernadores Mario Villanueva y Tomás Yarrington, está también el caso del
asesinato y la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa bajo la
colusión de autoridades políticas e integrantes del crimen organizado. El asunto
de la aparición del Chapo Guzmán en la lista de la revista Forbes, pone en
claro como el poder del narco se mezcla con las estructuras del orden económico
global. A su vez, el poder del narco ha procreado formas de vida social que terminan
siendo determinantes, en Guadalupe y Calvo y otras regiones de la sierra de
Chihuahua, las formas de vida en sociedad están determinadas por el
narcotráfico y es imposible escapar de ello. Estamos hablando de un poder que
opera de manera compleja. En el momento en que el crimen organizado se
constituye como un poder que coexiste temporal y espacialmente con el poder
político institucional, con las operaciones financieras de la “economía formal”
y con las formas de vida toleradas en la sociedad, tiene lugar una aceptación
silenciosa y solapada de ese poder no formalizado, no reconocido por las leyes.
El narcopoder que no se reconoce institucional ni legalmente, va siendo
reconocido de otras formas, al margen de
lo institucional, lo legal y lo convencional, por sobre lo institucional, lo
legal y lo convencional.
Diversas investigaciones periodísticas
han puesto en claro como el crimen organizado ha utilizado mecanismos para
influir y/o penetrar al poder político legalmente reconocido, a la economía y a
las formas de vida en sociedad. Este es uno de los territorios, el más riesgoso
quizá, desde el cual realizó su trabajo la periodista Miroslava Breach. En los meses previos a su asesinato la
reportera investigaba sobre la corrupción municipal y estatal durante el
sexenio de César Duarte, y sobre la complicidad entre políticos y
narcotraficantes. Al momento de ser asesinada, la corresponsal de La Jornada y
columnista del Norte de Juárez, “trabajaba en una investigación relacionada con
la perforación ilícita de pozos de agua y la compra de equipos de alta
tecnología para riego en al menos nueve municipios de la entidad, todo ello
como parte de una operación de lavado de dinero del narcotráfico” (La Jornada,
25 de marzo de 2017).
Los fenómenos del surgimiento y
expansión de la narcocultura y el narcopoder, no están separados, no son
distantes entre sí. Más bien, habría que preguntarnos por los mecanismos a
partir de los cuales las formaciones de la narcocultura y del narcopoder son
parte de una misma lógica, de un mismo problema que ha trastocado a la sociedad
chihuahuense y mexicana. Las formaciones de la cultura del narco alimentan a
las formaciones del poder del narco y viceversa. Esta lógica trabada entre la
narcocultura y el narcopoder es perversa, demasiado perversa. Lo primero que se
observa en ambos fenómenos es su aceptación silenciosa y solapada, a
conveniencias.
Lo que vivimos en Chihuahua y en
México a partir del correlato que se establece en la aceptación silenciosa y
solapada de la narcocultura y del narcopoder, es una fase demasiado oscura del
neoliberalismo en América Latina. Las fuerzas políticas, económicas y sociales del
neoliberalismo han tolerado e incentivado tanto a la narcocultura como al
narcopoder. Desde la lógica del “mainstream” neoliberal (la cultura de masas
impulsada por el neoliberalismo), la narcocultura es un industria del
entretenimiento que deja cuantiosas ganancias con su música, sus teleseries,
sus libros y sus estilos de vida caros y popularizados. No importa que la
narcocultura sea uno de los pilares sobre los que se aloja la ideología del
narco y del crimen organizado, con toda su violencia y su muerte. Desde la
lógica de los países y las organizaciones del neoliberalismo (Estados Unidos,
los países europeos y asiáticos, El BM, el FMI, la OCDE, etc.), tampoco
interesa que la aceptación tácita y tolerada del narcopoder, haya convertido a países
enteros de América latina en laboratorios donde la experimentación política juega
con la muerte y la desaparición forzada de miles de personas.
No se está hablando de la existencia
de una conspiración neoliberal que ha convertido a Colombia, México o Brasil en
países devastados por la violencia del narcotráfico. Aquí no se plantea una
tesis conspiracionista. Lo que ha tenido lugar es un neoliberalismo en el que, el
principio del “laissez faire”, el “dejar hacer” y el “dejar pasar” como formas
del libertinaje político y económico, han llegado a límites de afectación y
destrucción inusitados. El silencio y la tolerancia permisivos que solapan a la
narcocultura y al narcopoder, son parte una misma lógica neoliberal que no pone límites a la producción y
acumulación incesantes de la riqueza. No importa de qué manera se produzca y
acreciente la riqueza, no importan los orígenes oscuros de los millones de
dólares que terminan formando parte de los mercados financieros internacionales
blanqueados. No importan que las formas de la política que se experimentan,
hayan dado lugar a la conformación y mantenimiento de un poder monstruoso como
el narcopoder. Lo que importa es el destino del neoliberalismo, su permanencia.
Lo que importa es que siga el enriquecimiento y la prosperidad de unos cuantos
a costa de las vidas de miles y millones de seres humanos.
Raúl Zibechi plantea que no existe
ninguna diferencia entre los narcotraficantes y los empresarios cuyas dinastías
han sido impulsadas por las fuerzas políticas y económicas del neoliberalismo
(“Latiendo resistencia. Mundos nuevos y guerras de despojo”, 2015). Tanto los grandes
capos del narcotráfico como los grandes empresarios, y los políticos que de
forma tácita y a veces condescendiente impulsan a unos y otros, pertenecen a
una misma clase que continúa enriqueciéndose y empoderándose, bajo el manto violento
de la explotación, la muerte y la desaparición de miles de seres humanos en
América Latina.