miércoles, 30 de julio de 2014

Del neo-villismo convertido en "simulacro"




El culto a las figuras históricas, como la de Francisco Villa, parte de una serie de intenciones a las que es necesario cuestionar de fondo. El enaltecimiento de los héroes de la historia requiere ser leído desde el contexto político y social desde el cual los héroes son colmados de laureles. 
Katz (“Pancho Villa”, P. 15) señala que en noviembre de 1976, al ser trasladados los restos de Villa, desde el cementerio de Parral hasta el monumento a la revolución en la ciudad de México, mientras el féretro era rodeado por los descendientes del general, una multitud de parralenses estalló en aplausos. El historiador subraya que lo más extraño es que  ninguno de los “espectadores entusiastas” había conocido a Villa. ¿De qué formas se hace manifiesto el villismo, en Parral, Chihuahua, y en otros lugares de México y el mundo,  desde la muerte de Villa hasta los años finales del siglo XX? ¿Por qué, a inicios del siglo XXI, la figura de Villa es revitalizada para ser explotada tal como ha sucedido a partir de la organización de las llamadas "jornadas villistas", que se festejan en Parral y que comienzan a tener ese nombre desde el año 2004? ¿Cómo es que surge un neovillismo en la región sur del estado de Chihuahua, que tiene lugar a partir de la organización de las jornadas villistas, a inicios del siglo XXI?
Sobre la figura de Porfirio Díaz, Garner (“Porfirio Díaz: ¿héroe o villano?”, en: revista Letras Libres, septiembre de 2003) afirma que han existido tres tendencias historiográficas: el porfirismo, que se hace presente en una serie de textos históricos y biográficos que aprueban a las andanzas del general y que se publican al final de su mandato como presidente de México; el antiporfirismo, que se origina y desarrolla a partir de los discursos de la revolución mexicana, que rechazan y denostan a Díaz;  el neoporfirismo, que surge hacia el final del siglo XX, revalorando aspectos positivos del dictador que murió en el exilio. Esta última tendencia –subraya Garner- es un revisionismo que de nueva cuenta dulcifica a la figura de Díaz, y que de la mano del neoliberalismo puede resultar tramposo.
Retomando los planteamientos de Garner, podemos afirmar que en torno a la figura de Villa han existido un villismo y un antivillismo, que pueden rastrearse a lo largo del siglo XX, y un neovillismo que inicia con el siglo XXI, a partir de la organización de las jornadas villistas en Parral, Chihuahua. 
El villisimo aprueba y exalta a la figura del general que comandó a la división del norte, es un discurso no solo histórico, sino social, político y artístico, que en términos ideológicos se plegó al nacionalismo revolucionario priista, que decayó a partir del viraje del PRI hacia la derecha neoliberal en la década de 1980. El villismo se detecta lo mismo en textos históricos que literarios, en corridos, en murales, en monumentos y en el cine. Son cuantiosos los discursos que enaltecen a la figura del general, lo mismo llevándolo al altar de la historia patria (el traslado de sus restos al monumento a la revolución en el DF) que reivindicando su figura como un luchador de izquierda que defiende a las causas populares (el tratamiento que hace Hobsbawn del personaje de Villa, en el libro “Bandidos”).
El antivillismo ha tenido una presencia marginal en México. Pero hay quienes desde Chihuahua o desde otros lugares han criticado y rechazado a la figura del general. El debate sobre si villa fue un “bandido” o un “héroe” arroja los primeros indicios del antivillismo. Si es posible concebir en términos negativos a Francisco Villa como un “bandido” y no como un “héroe”, entonces existe un antivillismo, al que habría que rastrear históricamente a lo largo del siglo XX. Los discursos antivillistas son marginales y tienden a permanecer soterrados, reprimidos ante el dominio avasallante del villismo. Una muestra del antivillismo está anotada en el libro “Pancho Villa. Ese desconocido. Entrevistas en Chihuahua a favor y en contra”, de Rubén Osorio. Este libro formado por diversas entrevistas, refleja tanto al villismo como al antivillismo en la estructura sus dos capítulos principales: “Entrevistas a favor de Francisco Villa” y “Entrevistas en contra de Francisco Villa”. Esto también se hace patente en el libro de Katz (“Pancho Villa”, P. 16 – 21) que refiere la existencia tanto de una “leyenda blanca” como de una “leyenda negra” sobre la figura del centauro del norte.
El neovillismo toma forma a partir de una revitalización de la figura de Francisco Villa, que se coloca como centro de la organización de las jornadas villistas en Parral, Chihuahua. Pero, a diferencia de la clasificación que Garner realiza sobre la figura de Porfirio Díaz respecto al neoporfirismo, el resurgimiento de la figura del general en un neovillismo, va más allá de la historiografía, obedeciendo a motivaciones sociales, políticas e ideológicas del contexto chihuahuense reciente.
Resulta complicado y riesgoso retomar las categorías que Garner aplica sobre la figura de Porfirio Díaz para aplicarlas sobre Francisco Villa. Las dificultades son tanto ideológicas como conceptuales. Aun así, se toma el riesgo con el afán heurístico de repensar a la figura de Villa no tanto en términos históricos o historiográficos – tal como lo hace Garner- sino en el plano del análisis del discurso, que reflexiona a los componentes sociales, políticos e ideológicos del neovillismo.
El neovillismo ha crecido entre sombras, bajo la tutela de los sexenios de Patricio Martínez, José Reyes Baeza y César Duarte. Hay un síntoma paradójico en el surgimiento del neovillismo, que tiene que ver con el traspaso de un priismo revolucionario a un priismo neoliberal, durante las décadas de 1980, 1990 y en lo que va del siglo XXI. El neovillismo es un extraño síntoma ideológico del priismo, que surgido de la revolución mexicana se agota a lo largo del siglo XX, y termina inclinándose hacia la derecha. El neovillismo surge y se desarrolla en medio de los dos periodos reformistas del priismo neoliberal que logra cambios de gran calado, entre los sexenios de Carlos Salinas de Gortari y de Enrique Peña Nieto. ¿Qué sentido tiene reivindicar a la revolución mexicana y a la figura de Villa, cuando políticamente los mismos priistas que desde Chihuahua enaltecen y rememoran al pasado, agachan la cabeza y aprueban las reformas neoliberales que han sepultado al idealismo revolucionario?
Uno de los eventos de más peso en la organización de las jornadas villistas en Parral, Chihuahua, es el “simulacro de la muerte de Villa”, que se ha convertido en un montaje teatral que se ha ido sofisticando al paso del tiempo, desde los costos de producción y la calidad actoral, hasta su afianzamiento como un espectáculo público de masas, que pueda ser visto por el mayor número de gente posible. La manera de llamar al evento en el que se rememora el asesinato del general, el “simulacro de la muerte de Villa”, parte de una tendencia posmoderna en la cual la historia es precisamente un “simulacro”, una memoria que al ser teatralizada resulta desencantada mediante el ritual de una falsa representación. Junto a lo anterior, resulta significativo que las jornadas villistas, concluyan una y otra vez con el asesinato, el sepelio y el entierro de Villa. En los simulacros de las jornadas villistas, al general se le asesina y sepulta, vez tras vez, como recordándonos, más que su martirio y su heroicidad revolucionarias, su ausencia y su postración bajo la muerte. ¿No es esta una forma de festejar su olvido? ¿No es esta una manera de reírnos de nosotros mismos, sabiendo que en lo presente los ideales revolucionarios son una desmemoria que se nos ha impuesto de facto,  a partir de las andanzas reformistas neoliberales del priismo y el panismo?
El neovillismo lleva en sus entrañas el festejo de un ardid: ¿quién engaña a quién?, ¿quién se deja engañar por quién y a qué costos? Mientras la fiesta pueda ser democratizada parece que no habrá mayor problema. Mientras el espectáculo y la pasarela sean populares, a quien le importa si Villa y la revolución mexicana se festejan a partir de su olvido y de su muerte. Lo que importa es la verbena y su contenido que tendrá que irse perfeccionando e innovando si se desea dársele una larga continuidad más allá del centenario de la revolución mexicana. Lo que importa es la manipulación de Villa y de los ideales revolucionarios desvencijados.
En Parral, Chihuahua, la figura de Villa de cuerpo entero, puede ser vista lo mismo como parte de un monumento de Bronce en el cual el general monta su caballo (en la salida de la carretera a Durango), que como un monigote fabricado con papel maché posando en la banca de un restaurante de tacos (en la calle Independencia). Estas dos figuras representativas del general, encierran la paradoja de los festejos de las jornadas villistas: Villa erigido en bronce, montando su brioso caballo siete leguas y Villa decaído en figura de papel maché, un monigote fabricado con periódico y engrudo.
El neovillismo se decanta en su obstinación por la algarabía y el festejo. En medio de la fiesta, las miradas críticas sobre el enaltecimiento de la figura de villa y la revolución mexicana, no aparecen por ningún lado. El neovillismo enceguece, en el falso romanticismo que mira  los monumentos históricos con nostalgia y embeleso.  Ensordece, entre el griterío de lo carnavalesco que cruza por las cabalgatas y por los simulacros de la historia. Enmudece, ante la explotación comercial y política de la figura de Villa, que lo mismo se convierte en la imagen de un llavero o de un cenicero, que en el motivo central de un discurso político que pretende una manipulación con tonos de religiosidad.

domingo, 13 de julio de 2014

El “ethos” borroso del maestro mexicano


(Artículo publicado en "El Diario de Chihuahua", en la sección de UPNECh, el 13 de julio de 2014).



Los rastros de identidad del maestro mexicano han cambiado profundamente en los últimos 50 años. Todavía en la década de 1960, el maestro era idealizado como un héroe de la continuidad de la revolución mexicana, que ya comenzaba a volverse borrosa. Un halo de mesianismo educativo y cultural, rodeaba a la figura del maestro,  dándole un papel crucial en un futuro que aún podía pensarse como grandioso para el desarrollo individual, familiar y colectivo. Habría que preguntarse por las conexiones que existen entre la fallida revolución mexicana y la fallida idealización del maestro. ¿Cómo la falsedad y el fracaso de la revolución mexicana, se correlacionan ideológicamente con los mecanismos de idealización del maestro,  a quien se le piensa como redentor educativo y cultural de la nación mexicana en siglo XX?

El maestro rural fue el apóstol del desarrollo posrevolucionario que se agotó con la década de 1960. En adelante comenzaría lo que Arnaut refiere como el proceso de urbanización magisterial. Con el crecimiento demográfico del país y con la expansión de las ciudades, el maestro pasó del campo a la ciudad. A partir de la década de 1970,  se convirtió en un profesionista anónimo, opacado por las manchas urbanas de lo masivo, la aglomeración y la multiplicación de los problemas sociales, económicos, políticos y educativos. La herocidad y la redención educativa del magisterio, fueron erosionadas en unas cuantas décadas.

En la segunda mitad del siglo XX,  la educación fue pensada como un territorio desde el cual podrían resolverse los problemas de la repartición justa de la riqueza y el borramiento de las fronteras entre las clases sociales. Solo habría que estudiar para desarrollarse, impulsando de esta forma a la nación entera. Desde hace muchos años nos hemos dado cuenta que esto no es cierto. La educación, el terminar una carrera de nivel universitario, no garantiza el futuro individual ni colectivo de una vida digna. Mientras la educación, como motor de desarrollo,  dejó de ser la respuesta a los grandes problemas nacionales, los maestros fueron dejando de significar  como sujetos claves en un proceso que aún continua siendo una deuda histórica.

Ya en 1980, la profesión del maestro estaba desvalorizada. En el ANMEB (Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica) firmado en 1992, uno de los apartados se refirió a la “revalorización social del maestro”.

En los años iniciales de este siglo XXI, la profesión del maestro ha quedado inmersa en un viacrucis social que no termina de arrojar todos los lastres que la negativizan. Los significados simbólicos del maestro rural mexicano, el maestro redentor, la figura del apóstol educativo mexicano del siglo XX, culminan en el siglo XXI con un viacrucis que no concluye todavía. Hoy el maestro carga con la cruz del fracaso educativo, social y cultural. Es apedreado por los medios de comunicación masiva y por la sociedad. Es llevado a los callejones educativos y laborales del neoliberalismo de una forma a la que habría que pensar con detenimiento. Tal parece que en la historia del desbarrancadero ideológico del “ethos” docente, está inscrita de forma cifrada la historia del desbarrancadero ideológico del México posrevolucionario.

Los símbolos de una religiosidad laica instaurada por el estado mexicano y por la sociedad, la religión moderna del desarrollismo a ultranza, parecen atravesar trágicamente a la figura del maestro. Primero exaltado y enaltecido, luego culpabilizado y apedreado. La figura del maestro mexicano es contradictoria, como lo son actualmente otras figuras de poder y significación del desarrollo humano.

Si México no ha arribado a un desarrollo educativo, social y político que nos salve de los grandes problemas que nos aquejan. Si los horizontes de salvación nos resultan lejanos. Alguien tiene que ser culpabilizado por esto. Alguien tiene que cargar con la responsabilidad histórica de estos saldos. Los maestros cargan una gran parte de esta culpabilización.

Pero no es válido victimizar a los maestros. No se trata de seguir concibiéndolos a través de los símbolos religiosos para mantener sobre ellos alguna aura de reconocimiento con reminiscencias de divinidad. Los maestros son de carne y hueso, simples mortales que viven y sobreviven,  como miles y millones de seres humanos en el mundo. Y en un momento histórico como éste, es necesario hacer un balance frío de los significados de la profesión docente, de sus debilidades y sus fortalezas, de las responsabilidades con las que los maestros deben cargar y de los señalamientos de culpa que resultan sumarios e inmerecidos.

Como otras instituciones de la sociedad, la profesión docente se encuentra empantanada en un profundo proceso de crisis existencial e histórica. Tal parece que los maestros no han encontrado un espejo lo suficientemente claro y profundo como para mirarse con detenimiento y encontrar las dimensiones de significación que los reflejan. ¿Pero, quién o qué le dará forma a este espejo? Por lo pronto, la reciente legislación educativa resulta insuficiente. El “ethos” del maestro es muchísimo más complejo que una legislación cuyos contenidos imperativos están en duda.

domingo, 6 de julio de 2014

Coloquio sobre la reforma educativa y el papel del directivo



(Artículo publicado en "El Diario de Chihuahua", en la sección de UPNECh, el 6 de julio de 2014).

En días pasados se llevó a cabo en la ciudad de Chihuahua el coloquio “Los Retos del Directivo en Preescolar”, organizado por el Departamento de Preescolar de los Servicios Educativos del Estado de Chihuahua y por la Secretaría de Educación Cultura y Deporte. Los discursos ahí emitidos caminaron por dos vías. Es notoria la diferencia de concepciones en torno a la reciente reforma educativa,  que existe entre los funcionarios de la SEP y los miembros del INEE.  
El discurso de Abel Encinas Muñoz, asesor de la Subsecretaría de Educación Básica de la SEP, puso como centro al concepto de la “normalidad mínima requerida”. Hay una tesis persistente en la política de la SEP: el buen desempeño de los maestros, en los términos del cumplimiento de la normatividad y de los requerimientos laborales, es un imperativo por cumplir, y de ello depende como piedra de toque, todo –o casi todo- el futuro de la educación en México. Durante su conferencia, “La función del directivo en el marco de la reforma educativa”, el mismo Encinas admitió que su discurso había tenido como eje al concepto de “normalidad mínima requerida”. Esta tesis de la SEP considera de manera determinante,  que en los maestros recae el mayor peso de la responsabilidad en la solución de los problemas educativos.
Las conferencias de Sylvia Schmelkes y Margarita Zorrilla, integrantes de la Junta Directiva del INEE, resultan contrastantes ante el discurso de Encinas. Las dos académicas e investigadoras, mantuvieron una línea crítica, planteando que la evaluación educativa es multifactorial y que no es ético señalar a los maestros por los malos resultados educativos, como si en ellos recayera la plena responsabilidad de la educación en México. ¿Qué tanta responsabilidad le corresponde a los maestros en el desarrollo educativo? Es una pregunta que no ha podido ser respondida con suficiencia.
En la conferencia “Evaluación del desempeño docente”, Schmelkes admitió que “el buen desempeño docente explica una parte de la de la calidad y la equidad educativa”. La otra parte que permitiría impulsar a la calidad y la equidad educativa, estaría más allá de las posibilidades de acción de los maestros, en las formas de implementar la política educativa, en las inercias culturales del sistema educativo que ha comenzado a ser apartado del control del SNTE, en la infraestructura de los centros educativos, en las condiciones de pobreza económica y cultural en la que viven más de la mitad de los mexicanos.
Tanto  Schmelkes como  Zorrilla,  coinciden en que la evaluación a los maestros no será inquisitiva, sino formativa. Schmelkes fue cuidadosa al referir que los maestros no serán corridos de sus empleos al reprobar la evaluación, sino que serán “reubicados” en otros puestos.  Zorrilla, admitió que la evaluación pretende mejorar el desempeño de docentes y directivos en pos de la mejora educativa, pero a la vez criticó a las tendencias de la evaluación en México, que en los últimos años se han fundado en un mecanismo de recompensas y castigos (el programa de Carrera Magisterial y la prueba Enlace).  En México, no existe una cultura de la evaluación formativa más que en teoría. Las formas de evaluar se han basado en los reconocimientos credencialistas o monetarios que premian a los mejores. Una parte de la legislación del nuevo artículo 3º y de la Ley del Servicio Profesional Docente, trae consigo la amenaza del despido en forma de “reubicación”, para quienes en las evaluaciones salgan mal librados. Por más que se admita que se pretende una evaluación formativa para los maestros, el acicate del despido que toma forma en la vaga figura de un “reacomodo” laboral, resulta intimidante.
En la conferencia “El rol del directivo en el marco de la reforma educativa”, Zorrilla refirió que a partir de la legislación ya establecida, los directivos, los asesores técnico pedagógicos, los supervisores y los jefes de sector, habrán de constituirse en “agentes” y “promotores” de la transformación.  En la concepción de Zorrilla, estos actores son a la vez “usuarios” y “beneficiarios” del cambio educativo, que en su primera fase caminó por la reforma al artículo 3º y la generación de las llamadas “leyes secundarias”, y que en una segunda fase, transita ya el terreno operativo, con la creación del INEE y del andamiaje para poner en marcha la evaluación de los maestros de educación básica y media superior. La misma Zorrilla, dijo que el proceso de transición para que la reforma educativa pueda funcionar con efectividad, llevará al menos 10 años. Es el tiempo que tal vez se requiera para desmantelar a la cultura educativa heredada por el SNTE y por el mismo sistema educativo, al que Reyes Heroles se refirió como un “paquidermo enfermo”.
El año clave no será el 2015, sino los próximos diez años por venir. Son los años de la posible consolidación del INNE. Son los años en los cuales los gobiernos estatales le pelearán a las secciones del SNTE, los espacios de poder que aún mantienen en las oficinas de educación y en los mandos medios. Habría que entender al coloquio organizado para las directoras, supervisoras y jefas de sector de educación preescolar en el subsistema federalizado de Chihuahua, como una jugada del gobierno del estado para posicionar a la reforma educativa y continuar menguando los espacios de control ideológico y operativo que aún mantiene la sección 8 del SNTE en Chihuahua.

sábado, 5 de julio de 2014

Los quiebres del pensamiento



El problema del pensamiento es que jamás se historiza a plenitud. El pensamiento no puede converger con la historia de la misma manera en la que un engrane se casca sobre otro para construir un avanzar, un ir más allá del lugar en el que se está. El pensamiento no ad-viene a la historia -tampoco la historia ad-viene al pensamiento-. Entre ambos, hay una brecha irresoluble. El pensamiento lleva consigo lo pre-racional (la naturaleza y la animalidad del hombre) y lo post-racional (los vaivenes de la metafísica y la ontología como disciplinas filosóficas que se pretenden totalizantes en su desbocado pensar), lo pre-histórico (el antes de que el hombre se pensara como “hombre en el mundo”, que corresponde con una ruptura que permite a la fundación del mito, que aún nos acompaña) y lo post-histórico (el espacio en el que se llena y se vacía el pensamiento del topos: la utopía y la distopía).
El otro problema del pensamiento es que, mientras no logra converger con la historia,  se acumula sobre sí mismo y sobre su no-converger-con-la-historia.  ¿Qué es entonces el pensamiento? Lacan, con su idea de la neurosis como el estado normal del hombre, nos permita asomarnos a las zonas oscuras de esta pregunta...