I
Nombrar al “neobarraco” en
los rituales del bautizo de la teorización. Volverlo asequible. Registrarlo.
Sus huellas digitales, sus contornos, sus presuntos códigos genéticos. Capturarlo
en los lindes de la conceptualización, como algo que puede saberse con palabras
definitivas y signos ortográficos de clausura. Es la cesárea del “neobarroco”,
el parto inducido con instrumentos quirúrgicos y procedimientos para intervenir
al cuerpo de la vida, del que se des-enraíza. Advenir al “neo-barroco” en su “verdadero
nacimiento”, conceptual y no vital. No en la literatura ni en el arte, no en
los espacios donde la vida se desboca, sino en la teoría, en la racionalidad que
sustituye a las preguntas con respuestas y a los vacíos con obturaciones. ¿Cómo
pensar al “neobarroco” arrinconado en los procedimientos de una
conceptualización? ¿Cómo someterlo a las palabras, a la racionalización teórica
de las palabras, y dejar de imaginarlo pre-lingüístico y post-lingüístico, en
lucha con el decir y el significar de las palabras?
II
Vivimos una época
histórica y cultural que está signada por la incertidumbre. Los desgastes de la
teoría, las instituciones y la ideología, operan como una maquinaria que camina
entre el orden y el desorden, entre las estructuraciones y las dispersiones.
Nuestra época es la de una esquizofrenia que intenta ser diagnosticada y
medicada como si fuera una crisis de la que habremos de salir de una u otra
forma. Siendo propositivos, podríamos admitir que esta etapa habrá de concluir
en las décadas o siglos por venir, que arribaremos a un horizonte en el que los
hilos sueltos de las incertidumbres se vuelvan a entretejer, posibilitando la
reconstrucción de las tramas y los sentidos que explican y justifican nuestras
formas de estar en el mundo. Habría que ser lo suficientemente escépticos ante
ello, como para no pecar de crédulos o inocentes. La fe, como mecanismo
epistemológico, es una construcción cultural que atraviesa incluso a las
maneras de creer y sustentar la verdad en el campo de la ciencia.
Pero, si algo nos
mostraron los maestros de la sospecha (Marx, Nietzsche y Freud), es que también
ellos pueden ser sospechados, llevados al cuestionamiento y a la duda que no se
detiene ante cansancio alguno. Los caminos abiertos a destajo en la selva de
las incertidumbres y la ausencia de fe, han sido trazados de maneras dispersas
desde los terrenos de la filosofía y la literatura –entre otras disciplinas-.
Uno de los puentes que une a la literatura con la filosofía, como territorios
del pensamiento y el cuestionamiento, es el talante del sospechar. Este
problema se agudiza cuando la sospecha se acumula sobre sí misma, de tal manera
que los signos de interrogación se convierten en el sentido espiritual de una
época histórica.
En el caso de la
literatura, el re-surgimiento del barroco en el neo-barroco hacia el siglo XX,
puede entenderse como un síntoma de esta época de incertidumbres y de ausencia
de fe. El neobarroco que tiene lugar en el campo de la literatura, es una forma
de ponderar a las preguntas por sobre las respuestas, de condensar a la mirada
en lo claroscuro antes que en la luz. La epistemología del neobarroco es la del
intersticio que se abre en los bloques de solidez epistemológica y ontológica,
y que desde ahí construye cavernas. En occidente, la luz platónica que continúa
acechándonos, no ha dejado de tener lunares de oscuridad, espacios de no
respuesta, de absurdo en vez de lógica, de distanciamiento en lugar de
proximidad.
En el campo específico de
la literatura, el neobarroco ha caminado lastrado y/o impulsado por la
incertidumbre. ¿El no tener respuestas suficientes sobre las grandes preguntas
de una época, es un lastre o es una forma de crear una energía que permite
avanzar paradójicamente, hacia no
sabemos qué lugar? Esta pregunta esboza los contenidos espirituales del
neo-barroco, sus maneras de bullir contradictoriamente. Habiendo ya teorizado
en demasía sobre el neo-barroco, desde
la teoría literaria, la filosofía y otras disciplinas encargadas del estudio de
la cultura, cabría preguntarse, ¿si la teorización sobre el neobarroco llegará
a una serie de puntos de acuerdo entre los autores?, ¿si los debates se
quedarán inmersos en la dispersión de los puntos de vista?, ¿si la búsqueda de
un presunto consenso o de una postura hegemónica en la teorización del
neo-barroco, estarían siendo contradictorios ante el espíritu de dispersión y
de no-síntesis, sobre el que se levanta esta manera de pensar y cuestionar al
mundo?
Desde la literatura, el
tejido conceptual del neobarroco es un des-tejer y des-anudar, en los que las estructuras
narrativas tiemblan y llegan a caminar incluso el territorio del
desbarracancadero. Tal es el caso de la novelas “Tres tristes tigres” (Cabrera
Infante, 2007), “Concierto
barroco” (Carpentier, 2013), “De dónde
son los cantantes” (Sarduy, 1980)
y “Paradiso” (Lezama Lima, 1968). Podríamos afirmar que estas novelas, desde sí
mismas, definen ostensivamente al
neo-barroco y, que a partir de esta premisa, el neo-barroco está ya
conceptualizado intrínsecamente en ellas. Los órganos del neobarroco estarían
funcionando en estas obras, dándole forma a un cuerpo difuso, de descentramientos,
de orillas abiertas y de hilos sueltos. ¿Qué caso tiene entonces responder a
las preguntas sobre el neobarroco, desde un terreno no-literario, como el de la
teoría literaria o el de la filosofía?
Por una parte, esta
cuestión nos muestra que la literatura resulta insuficiente como territorio
epistemológico que nos plantea dudas y que traza sentidos. La literatura se
desdobla hacia otros planos epistemológicos (de las humanidades y las ciencias
sociales fundamentalmente) a la vez que
los atrae, desde su propia condición de conflictividad e irresolución. Podemos
pensar a la literatura como si fuera una gran herida en el pensamiento y la
vida de los hombres. Una herida que prosigue doliéndonos y supurando dudas. Herida
del lenguaje y de la historia, del mundo y de la vida, del hombre que se mira a
sí mismo reflejado en laberintos que hoy son concebidos como “discursivos”,
pero que no dejan de tener esa sustancia espiritual, metafísica, que no puede
ser resuelta a partir de las posibilidades del pensamiento.
Por otra parte, se nos
muestran las mediaciones teóricas y culturales, que le han dado forma a las
correlaciones entre la literatura y otras disciplinas de las humanidades, las
ciencias sociales o las ciencias duras. Estas mediaciones teóricas y culturales,
podrían ser cuestionadas en términos foucaltianos, intentando una explicación
arqueológica y/o genealógica. Las formas de correlación entre la literatura y
otros campos epistemológicos como la teoría literaria o la filosofía, son
materia de cuestionamiento. Hay una controlabilidad en las maneras de preguntar
y de responder que brotan desde el campo de la literatura y, que desde ahí se
distienden hacia otros campos disciplinarios.
Las preguntas sobre el
neobarroco no le pertenecen intrínsecamente a la literatura, sino que se han
generado y desplegado desde planos no específicamente literarios, pero enraizados
en la literatura. De forma paradójica, estas preguntas le pertenecen a la
literatura y no le pertenecen. Se enraízan en ella pero a la vez la desbordan
problemáticamente. Estos cuestionamientos tienen la cualidad de ser
trans-literarios, y estarían desplegándose en un limbo trans-disciplinario que
no ha sido analizado con suficiencia, que camina a tientas, entre cegueras y tumbos, tropezándose en
primera instancia consigo mismo. Investigar sobre las no clarificadas
co-rrelaciones entre la literatura y otras disciplinas es tarea de toda una
vida. Se intuye que lo que pueda emerger desde aquí, tal vez sería un concepto
muy distinto al de lo “transdisciplinario”. Este término es dulce, como si el
maridaje entre las disciplinas pudiera ser una luna de miel. Lo primero que se
atisba al analizar las maneras de relacionarse entre la literatura y otras
disciplinas como la filosofía, es la conflictividad. ¿Qué sucede cuando se
abrazan dos cuerpos cuya piel está hecha de espinas e intersticios? No hay
dulzura aquí, no hay quietud ni amansamiento, sino co-rrelaciones atravesadas
por traumas y violencias, formas de aproximarse que resultan intrincadas. El
abrazo es una semilla, una manera de germinar, que parece ser doliente y
abrasiva.
El neobarroco emerge desde
aquí, como la incrustación problemática de un mapa que se inserta
trans-disciplinariamente, en la construcción de preguntas y respuestas que
atañen a una época definida por la incertidumbre. ¿Qué mapa es este? El de la
búsqueda y la imaginación literarias, atadas al arrastre de la racionalidad de
la teoría literaria y la filosofía. Es el mapa simbólico de la representación
de una época histórica, que está atravesado por la incertidumbre y, que
contradictoriamente, trata de ser develado, racionalizado teóricamente.
Racionalizar la incertidumbre es uno de los rasgos de la teoría que se produce
en el siglo XX desde diversas disciplinas. A la vez que la incertidumbre se
disipa, crece la necesidad de construir respuestas ante ella, aunque tengan la
cualidad de ser efímeras y fragmentarias, aunque su luz sea limitada y opaca. Re-soluciones
en lugar de di-soluciones. Los brazos y el pensamiento de los hombres no pueden
quedarse cruzados, sujetos a la inmovilidad del cuerpo. Tienen que escarbar
sobre algo, tienen que llenar sus manos y sus razones de la búsqueda y la
profundización. Aunque en lo más hondo del escarbamiento, cuando la luz del sol
ya no tenga lugar, sean la oscuridad y el puro escarbar lo que vayan quedando,
como rastros de una búsqueda, de un buscar y re-buscar, que ahondan en la
caverna.
III
¿Qué lápidas culturales o
históricas le hacemos cargar al “neobarroco”? ¿Qué respuestas pretendemos al
someterlo a un interrogatorio inquisitivo? ¿Qué desmesuras se cometen en el
afán de conceptualizar al “neobarroco”, como si fuera el lugar idealizante de
la transparencia del mundo y de la vida? ¿Qué trascendencias se enraízan en
esta operación que camina entre una racionalidad literaria que resulta
irracional y los intentos de una racionalización teórica que pretende una
certidumbre endurecida? ¿Qué componentes metafísicos se esconden aquí, como
persecuciones fantasmales, como lastres de un allende que nos sigue faltando
todavía?
Hay desmesuras en la
conceptualización del “neobarroco”. Formas de llevar esta teorización a un
terreno, que en su no-pertenencia a los campos de la literatura y el arte, se
desbocan en la edificación de conceptos maestros y en la pretensión de la
utopía.
Haciendo una revisión del
desarrollo histórico del neobarroco latinoamericano, Kozel (2006) admite que el
concepto tiene un desplazamiento semántico durante las décadas de 1960 y 1970,
a partir de los aportes de Lezama y Carpentier.
(…) por varias vías se fue pasando de
la idea de una barroco de Indias específico a una barroquización de América.
Entre estas vías ocupan un lugar importante, además del acento puesto en el
fenómeno del mestizaje, la insistencia en el fenómeno de suplantación de
realidades por apariencias y, muy ligado a ellos, el señalamiento, formulado
entre otros por Octavio Paz, de que en el barroco americano “las letras –y los
signos de las cosas- sustituyeron a las cosas, convirtiendo al lenguaje en la
única realidad”. (Ibidem.)
Al referir la
“barroquización de América”, Kozel admite que en el fenómeno caben operaciones
que van de los procedimientos de significación de lo real, en donde lo concreto
queda sometido a los contenidos lingüísticos y simbólicos de la literatura, al
“mestizaje”, que puede entenderse en términos culturales o antropológicos,. A partir de esta concepción de Kozel, pueden
identificarse dos líneas en la conceptualización del “neobarroco”.
La primera de ellas
quedaría ubicada en la tendencia estructuralista, que toma como ejes a los
aportes de la lingüística y la semiótica. Es el caso de Paz al mencionar que
las cosas son sustituidas por las letras y que el lenguaje queda entonces
convertido en realidad única. Es también el caso de Sarduy y su concepción del “neobarroco”
en el ensayo “El barroco y el neobarroco” (2011). La influencia del
estructuralismo francés es notoria tanto en Paz como en Sarduy, quienes ponderan
las capacidades de significación, en el lenguaje y los signos de la literatura.
¿Y cuál es el lugar de lo real, cuál es el lugar de lo concreto histórico de
América Latina, en estas concepciones? El neobarroco queda conceptualizado
desde una perspectiva esteticista y semiotizante. Son los adentros textuales
los que resultan dominantes en la conceptualización del “neobarroco”. Toma
forma un territorio no-concreto, en el que los componentes lingüísticos y
semióticos determinan las estructuras a través las cuáles el neobarroco es
teorizado. En el caso de Sarduy, estas estructuras de significación son el
“artificio” y la “parodia” (Ibidem., P. 7-32). La vida y el hombre son hechos
caber en el mundo de las palabras y los signos literarios, que de una u otra
forma, se convierten en espejo o doble de lo real. Una parte de la realización
de lo real tendría lugar aquí, a través de la mediación del concepto de
“neobarroco”, que se piensa como mapa y laberinto
[1] que conecta a lo real con la
sustancia literaria. ¿Pero, en esta conexión entre lo real y la sustancia
literaria, el neobarroco funciona como un mapa, como una llave maestra que
conecta definitivamente a las dos orillas del laberinto?, ¿o más bien, funciona
como si fuera un laberinto, como un territorio en el que lo real y la sustancia
literaria, se intrincan y se distancian entre sí? El mapa nos resulta difuso
cuando su corporalidad toma la forma de un laberinto, cuando el trayecto entre
el punto de partida y el punto de llegada es intrincado y arduo, al grado de la
desesperación. La figura del laberinto remite al peligro del extravío, en donde
la lógica se desborda, en donde el sujeto que se pierde puede quedar hundido en
los vaivenes de la angustia.
La segunda línea se abre
hacia los márgenes de la cultura, abarcando contenidos sociohistóricos,
antropológicos, políticos e ideológicos. Aquí operan las concepciones de
Calabrese, Moreano, Bolívar Echeverría y Arriarán Cuéllar.
Parfa Calabrese (1999, P.
12), el “neobarroco” se conceptualiza como el espíritu de una época histórica,
como una tendencia estética predominante de nuestra época, que nos resulta
confusa, fragmentada y difícil de descifrar.
El “neobarroco” es simplemente un
“aire del tiempo” que invade muchos fenómenos culturales de hoy en todos los
campos del saber, haciéndolos familiares los unos a los otros y que, al mismo
tiempo, los diferencia de todos los otros fenómenos culturales de un pasado más
o menos reciente. (Ibidem.)
Resulta extraño que la
mitad del libro de Calabrese esté dedicado a justificar el método mediante el
cual el autor argumenta que el “neobarroco”
es la tendencia pre-dominante de una etapa histórica, que tiene lugar en
las teorías científicas (la teoría de los fractales, la teoría del caos, las
teorías de la complejidad y las estructuras disipativas), en las formas del
arte, en la literatura, la filosofía y el consumo cultural. ¿Por qué abarcar la
mitad de un libro para sustentar un mecanismo metodológico, que intenta
demostrar la presencia del neobarroco como el espíritu cultural de una etapa de
la historia? ¿Qué artificios se hacen presentes en la conceptualización de
Calabrese?
La teoría de Calabrese
sobre el “neobarroco”, se desarrolla en el mismo momento histórico en el que
surge la teorización sobre la posmodernidad, en la década de 1980. El texto del italiano se publica de origen en
1987. Cuatro años antes, Lipovetsky plantea su concepto de “posmodernidad” en la
primera edición del libro “La era del vacío”:
La cultura posmoderna es descentrada y
heteróclita, materialista y psi,
porno y discreta, renovadora y retro, consumista y ecologista, sofisticada y
espontánea, espectacular y creativa; el futuro no tendrá que escoger una de
estas tendencias sino que, por el contrario desarrollará las lógicas duales, la
correspondencia flexible de las antinomias. (Lipovetsky, 2008, P. 11)
La conceptualización del
“neobarroco” de Calabrese resulta muy similar a la del filósofo francés: “El
universo cultural se nos presenta fragmentario y originado por estructuras
contradictorias que conviven juntas perfectamente” (1999, P. 169). Ambos
autores califican respectivamente a la “posmodernidad” y al “neobarroco”, como
formas de una cultura fijadas en lo fragmentario y en la contradicción. Junto a
la anterior, Lipovetsky define a la “posmodernidad” como “una ola profunda y
general a escala de todo lo social” (2008, P. 79). Por su parte, al
conceptualizar al “neobarroco”,
Calabrese afirma que “invade muchos fenómenos culturales de hoy en todos los
campos del saber” y de la cultura (1999, P. 12). Podríamos seguir rastreando
las similitudes entre las concepciones de Lipovetsky y Calabrese.
En este caso, la
definición de la “posmodernidad” y del “neobarroco”, operan en el mismo plano de la filosofía de la
cultura que pretende la postulación de conceptos que contraigan, delimiten y clarifiquen
de manera rotunda a las cualidades de una etapa histórico-cultural. La
“posmodernidad” y el “neobarroco” se pretenden como conceptos maestros, piedras
de toque que expliquen al mundo de un solo trazo y bajo una lógica que se
comporta omnívora ante lo real.
Aunque Calabrese trata de
deslindar su conceptualización del “neobarroco” de las teorizaciones que
realizan los autores posmodernos (Ibidem., P. 28-30), termina fijando su
definición en una misma trama totalizante.
En una postura que resulta
próxima a la de Calabrese, Moreano (2014, P. 137) coloca en un mismo plano
semántico a los conceptos de “posmodernidad” y “neobarroco”:
La cultura posmoderna sería así la realización de la
“espiritualidad” de la lógica del valor. Empero, y en principio, la
posmodernidad y el neobarroco, aparecería(n) más bien como la expresión de la
resistencia del imaginario artístico a la “abstracción moderna” y que comenzara
con el pop art y las erranzas de Andy
Warhol (…) lo decorativo, el fasto, la sobreabundancia, la desmesura (…)
Cuando la concepción del
“neobarroco” como un fenómeno latinoamericano, se desperdiga geográfica y
culturalmente, tal como sucede en los casos de Calabrese y Moreano, toma forma
un problema de delimitación conceptual que resulta atravesado por componentes
políticos e ideológicos. Este concepto ha llegado a convertirse en bandera de
lucha de algunos teóricos, que han planteado que el “neobarroco” implica una
construcción identitaria y de sentido entre los pueblos latinoamericanos. Pero
más allá de esto, posee una carga histórica de liberación y de apertura
utópica.
Si en Calabrese y Moreano,
la desmesura en la conceptualización del “neobarroco” tiene que ver con la
pretensión de un concepto maestro, que
explique a una etapa histórico-cultural, de manera totalizante y en unos
cuantos trazos; en autores como Bolívar Echeverría y Arriarán Cuéllar, la
desmesura se hace presente cuando se le adjudica al “neobarroco” un estigma de
salvación, que tiene que ver con la ruptura con el capitalismo y el re-planteamiento
de la utopía socialista.
Bolívar Echeverría no
aborda en específico un concepto de “neobarroco”. Su análisis desde los planos
de la filosofía de la cultura y la filosofía política, plantean un concepto sui generis en torno al “barroco”. El
barroco como manifestación artística durante los siglos XVII y XVIII es
concebido en términos transhistóricos, como un carácter y una actitud del
hombre que se posiciona ante los embates políticos, económicos, sociales y
culturales en general, de la modernidad y el capitalismo histórico.
La teoría de Bolívar
Echeverría (2013, P. 37) parte del concepto de “ethos”, que es entendido de
manera ambigua, como “refugio” o “abrigo” y, como “arma” o “recurso ofensivo o
activo”. Este autor se pregunta por la contradicción que es necesario resolver
en la modernidad. Considerando el concepto de “ethos”, se cuestiona también: “¿De qué hay que
“refugiarse”, contra qué hay que “armarse” en la modernidad?” La respuesta es
enfática, se requiere “refugiarse” y “armarse” contra el “hecho capitalista”,
contra las tendencias neoliberales que están atadas de la teorización
posmoderna.
A partir de lo anterior,
el filósofo ecuatoriano asume el concepto del cuádruple ethos. Las cuatro formas del ethos
denotan un posicionamiento y una actitud ante la modernidad capitalista (el ethos realista, el ethos romántico, el ethos
clásico y el ethos barroco) [2]. Nos interesa aquí abordar el “ethos barroco”.
La cuarta manera de interiorizar el
capitalismo en la espontaneidad de la vida cotidiana es la del ethos que podría llamarse “barroco”. Se
trata de un comportamiento que no borra, como lo hace el realista, la contradicción
propia del mundo de la vida en la modernidad capitalista, y tampoco la niega,
como lo hace el romántico; que la reconoce y la tiene por inevitable, de igual
manera que el clásico, pero que, a diferencia de éste, se resiste a aceptar y
asumir la elección que se impone junto con ese reconocimiento, obligando a
tomar partido por el término “valor” en contra del término “valor de uso” (…)
consiste en vivir la contradicción bajo el modo de trascenderla y
desrealizarla, llevándola a un segundo plano, imaginario, en el que pierde su
sentido y se desvanece, y donde el valor de uso puede consolidar su vigencia
pese a tenerla ya perdida. (Ibidem., P. 171)
Es notorio que en Bolívar
Echeverría, la idea del ethos barroco
no se plantea como una manera de superar y/o derrotar a los embates de la
modernidad capitalista. El pensador ecuatoriano concibe al capitalismo, como no posible de ser rebasado o concluido
aún. El capitalismo es una persistencia
sobre la que habría que construir, no actitudes de desbordamiento, sino
actitudes de inconformidad y resistencia desde sus mismos adentros, a partir
del concepto ideológico del ethos
barroco. La teorización sobre el barroco en Bolívar Echeverría se torna
ideológica, levanta puentes que van de lo teórico a lo ideológico, dándole
forma a un territorio que resulta sumamente conflictivo. El barroco se
positiviza ideológicamente, es un trazo teórico-fáctico, realista-imaginario,
que pretende, cuando no una salvación, al menos un alivio, una flotación
alterna en el embravecido océano de la modernidad capitalista. La postura de
Bolívar Echeverría se inscribe ideológicamente en los linderos de la tragedia
capitalista, que pretende ser “trascendida”, “desrealizada”, en un “plano
imaginario”. La sustancia literaria de la imaginación hace su aparición aquí.
¿De qué formas “trascender” y “desrealizar”, desde un “plano imaginario”, a los embates del
capitalismo? Entre lo excesivamente real de la modernidad capitalista y el
“plano imaginario” que pudiera radicarse en la literatura o en otras
capacidades del pensamiento, aparece de nuevo ese distanciamiento a través del
cual serpentea la concepción del “neobarroco”, ya no solo como teorización,
sino también como contenido ideológico, que implica una postura en la que se
trenzan la política y la ética –y las incertidumbres que se abalanzan sobre
ambas-. ¿Qué forma de resistencia es la del “neobarroco” ante la modernidad
capitalista? ¿Cómo se configura real-imaginariamente, teórica-fácticamente,
esta resistencia del “neobarroco”?
Por su parte, Arriarán
Cuéllar (2007, P. 101) hace una dura crítica al “ethos barroco” de Bolívar Echeverría:
Pero no basta definir la cultura. Las
ideas, por sí solas, no cambian nada. El problema es afirmar la posibilidad de
su viabilidad histórica: ¿es el ethos barroco
una alternativa real frente al capitalismo neoliberal? El desafío de la
filosofía en América Latina es el de ayudar a determinar las fuerzas y
movimientos sociales para enfrentar la globalización. Mi hipótesis es que la
teoría del ethos barroco de Bolívar
Echeverría (liberadora al principio) no constituye una alternativa por
insuficiente (se queda en el pasado y, por tanto, no se conecta con las luchas
sociales por la transformación del presente) (…) Frente a este sistema
económico y político, hace falta desarrollar una estrategia de resistencia donde el ethos barroco encuentre su sentido liberador. Para ello hace falta
conectarse con la estrategia socialista.
Arriarán Cuéllar cuestiona
la imposibilidad del ethos barroco
para constituirse en estrategia que permita desbordar al capitalismo. Plantea a
su vez, que se requiere re-pensar una teoría que lleve a superar esta
limitación, que se asfixia en lo teórico y no se desdobla hacia la concreción
histórica. ¿Pero, de qué maneras plantear una teoría que haga las veces de
piedra de toque teórico-fáctica, real-imaginaria, que dé lugar al finiquito del
capitalismo y a la instauración de una nueva forma de vida fundada en el
socialismo? La crítica de Arriarán Cuéllar sobre Bolívar Echeverría es certera
y necesaria. Pero en los textos en los que el filósofo mexicano debate a este
respecto, está latente el problema de la realización de lo ideal. ¿Cómo lo
ideal, de contenidos teórico-ideológicos puede concretarse históricamente, si
una de las lecciones que nos ha dejado la modernidad, es la de un
distanciamiento, tal vez trágico, entre lo ideal y su realización?
El “neobarroco” queda
atrapado aquí, como un concepto al que se exige demasiado, un concepto al que
se le pretende oracular, constituido teológicamente o teleológicamente, como un
mandamiento de salvación que permita superar el viacrucis de la modernidad
capitalista.
Mi conclusión es que si queremos
explicar el presente, hace falta recurrir ya no al concepto de barroco (que se
reduce al siglo XVII), sino al neobarroco, pero con la condición de no
equipararlo al posmodernismo (que es una forma de ideología neoliberal, ya que
postura el conservadurismo y legitima al capitalismo). En América Latina hay
que redefinir la posmodernidad como un neobarroco correspondiente a una
alternativa de sociedad. (Ibidem., P. 116).
¿Qué clase de
conceptualización es esta que pretende idealizar al “neobarroco” como una
parusía, tejida extrañamente entre los
territorios de la literatura, la filosofía y las ciencias sociales? ¿Qué es lo
que está en torno a una serie de operaciones teóricas e intelectuales que
configuran y merodean a un concepto, al que se le pretende totémico y
salvífico? Mi conclusión son las preguntas. Por lo pronto, no puede haber más
conclusión que los signos de interrogación, que en esta lucha, van ganando la
posición de avance, o de no-avance, sobre los puntos finales.
Notas bibliográficas
[1 ] La analogía que se atisba sobre el “neobarroco” en esta
parte, es el de “mapa-laberinto”. En donde lo dominante estaría siendo lo
laberíntico. El mapa queda subsumido aquí, el barroco no es una cartografía que
conecta a lo real con la sustancia literaria, sino un laberinto en el que lo
real y la sustancia literaria, se extravían.
[2] Bolívar
Echeverría aborda la conceptualización del cuádruple ethos en varios de sus ensayos. En nuestro caso se acude a los
análisis que hace en el libro “La modernidad de lo barroco” (editorial Era,
México, 2013).
Bibliografía
Arriarán Cuéllar S., La filosofía latinoamericana en el siglo
XXI. ¿Después de la posmodernidad, ¿qué?, México: Universidad Pedagógica
Nacional y ediciones Pomares, México, 2007, impreso.
Calabrese O., La era
neobarroca, España: editorial Cátedra,
1999, impreso.
Echeverría B., La modernidad de lo barroco, México:
editorial Era, 2013, impreso.
Kozel A., Barroco americano y la crítica de la
modernidad burguesa, México, UNAM, Anuario
del Colegio de Estudios Lationoamericanos, Vol. 2, 2007, en: http://ru.ffyl.unam.mx:8080/jspui/handle/10391/592, electrónico.
Lipovetsky G. La era del vacío, España: editorial Anagrama, 2002, impreso.
Moreano A., El discurso del (neo)barroco
latinoamericano: ensayo de interpretación,
en: http://www.uasb.edu.ec/UserFiles/File/el%20neobarroco%20alejandro%20moreano.pdf , consulta realizada en febrero de
2014, electrónico.
Sarduy S., El barroco y el neobarroco, Buenos
Aires, Argentina: editorial El cuenco de plata, 2011, impreso.