Ya somos todo aquello
contra lo que luchamos a los veinte años.
José Emilio Pacheco
Lo que ha sucedido en los últimos
meses en México, viene a resaltar la condición problemática y compleja de la
educación, cuya territorialidad no puede concebirse a parte de lo social, lo
político, lo ideológico, lo jurídico, lo
económico, etc. En el fondo de esto,
está el debate teleológico sobre la educación en México. Los fines de la
educación son un componente que se encuentra entrampado en una lucha que
comienza hacia finales del siglo XX y que se extenderá a lo largo del siglo
XXI. La educación puede ser pensada y desarrollada como un dispositivo de
control y acallamiento. Numerosos teóricos de la pedagogía crítica han puesto
en claro cómo opera la educación en el aquietamiento de los sujetos, a quienes
se les castra en sus posibilidades reflexivas, críticas y de transformación del
mundo. Por otro lado, la educación puede concebirse como una maquinaria de
resistencias, que a partir de las herencias del marxismo y de la pedagogía
crítica, da lugar a la formación de sujetos reflexivos y críticos, que pueden
dedicarse afanosamente a la transformación del mundo a partir del hecho
educativo.
¿De qué formas lo educativo se desdobla
hacia otros territorios humanos (lo social, lo político, lo ideológico, lo jurídico, lo económico, etc.)? ¿Cómo estos
otros territorios humanos se trenzan con lo educativo? Se analiza aquí un solo acontecimiento
que tiene que ver directamente con la educación, el papel que han jugado los jóvenes
y estudiantes en las recientes movilizaciones políticas, que a su vez poseen
implicaciones ideológicas y de otra naturaleza.
En el movimiento estudiantil de 1968
en México, los actores centrales fueron los estudiantes. Este año y las décadas
que le siguen, son un tiempo histórico de ruptura, en el que según la teoría de
los “sistemas mundo” (Wallerstein, 2006), lo que está en juego es la vigencia o
la caída del capitalismo, como una visión del mundo que ha sido dominante
durante varios siglos. No es posible saber con certidumbre si el capitalismo
seguirá vigente después del siglo XXI, o
si puede construirse una manera de vida alternativa, desde luego abrevando del
marxismo, pero a la vez superándolo y modificándolo. Sobre esto último aún se está elaborando teoría, y a la vez se
van generando luchas en el terreno político, luchas que están íntimamente
conectadas con la educación.
Algunas notas periodísticas han
afirmado que el paso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa por la ciudad de Iguala,
tiene que ver con la recaudación de fondos para que los normalistas pudieran
asistir a las protestas por el aniversario de la matanza del dos de octubre, en
la ciudad de México. La conexión no es casual. Hay una correlación entre las
fechas y los acontecimientos de ambas masacres, los normalistas de Guerrero
fueron asesinados casi una semana antes de conmemorar un aniversario más de la
matanza de Tlatelolco. Sería interesante analizar los perfiles de los
asesinados en 1968 y los asesinados en 2014. La más notoria coincidencia, es
que unos y otros eran estudiantes y jóvenes. A su vez, en ellos queda
manifiesto un ímpetu reflexivo, crítico y transformacional. Pero habría que preguntarse por su perfil
como estudiantes, por los contextos familiares en los que se formaron, por las
condiciones socioculturales que le dieron forma a su desarrollo como sujetos
educativos, sociales y políticos.
Entre 2006 y 2007 tuvo lugar en Chile
la llamada “revolución de los pingüinos”, en la que las movilizaciones
estudiantiles fueron clave para impulsar una reforma educativa de fondo en ese
país, construida desde abajo, desde las demandas de los jóvenes. La revolución
de los pingüinos se comprende ubicada más allá de lo educativo, en términos
político e ideológicos, como un movimiento en lucha contra el neoliberalismo
que atosiga a la educación en América Latina.
En las recientes movilizaciones
estudiantiles en México, resulta claro que lo educativo se entrecruza
complejamente con lo político y lo ideológico, tiene que ver incluso con el problema
del narcotráfico y la violencia social que se ha generado, afectando a miles de
familias que han perdido a sus seres queridos en los últimos años, que han sido
desplazados y despojados de sus formas de vida.
Desde luego que hay diferencias de
fondo entre las movilizaciones estudiantes de 1968, que demandan una
transformación del vetusto sistema político surgido de la revolución mexicana;
la revolución de los pingüinos en Chile, que reclama cambios en el sistema educativo que había sido
sometido al neoliberalismo; y las movilizaciones estudiantiles en 2014 en
México, en las que se entrecruzan las protestas por el asesinato de los 43
normalistas de Ayotzinapa y la lucha de los estudiantes del IPN (Instituto
Politécnico Nacional), que demandan ser parte de la definición del proyecto
educativo de esa institución. Pero el hito que une a estas movilizaciones, es
la participación de los jóvenes y a la vez estudiantes.
¿Quién a estas alturas, puede cerrar
suficientemente los ojos ante la abrumadora realidad que vivimos, para tener
una fe ciega en la educación como motor de transformación de México? Ya en
otros artículos he sostenido que este mito educativo, que se arraiga y se fertiliza desde la
modernidad, resulta cuestionable. La educación es un territorio sumamente
complejo, que en este artículo se concibe como impuro. No hay, no puede haber
una pureza educativa, ni en el ámbito teleológico ni en otros ámbitos. En todo caso, podemos hablar de la pureza fallida de los actos educativos, en lo micro y en lo macro.
La masacre de Tlatelolco y el
asesinato de los normalistas de Ayotzinapa, son dos nudos ciegos que nos
muestran el complejo entramado de los problemas educativos en México. Los
muertos de Ayotzinapa, en su calidad de estudiantes normalistas y de maestros a
quienes se les truncó la posibilidad de ejercer el magisterio, forman parte de
una serie de luchas en las que lo educativo no existe por sí mismo, ni para sí mismo. Sino que se conjuga con una
serie de factores sumamente problemáticos que tienen que ver con la historia
del normalismo en México y el futuro que le depara; con la fuerte presencia de
una disidencia magisterial que en Guerrero se conecta a la guerrilla, la CNTE y la izquierda partidista y social; con la
imposibilidad del gobierno federal para aplicar la reciente reforma educativa
en todos y cada uno de los rincones del país; con la educación básica y
superior, que en el México del siglo XX dio lugar a que miles de hijos de
campesinos y de obreros pudieran convertirse en profesionistas, y que hoy no
garantiza una democratización educativa, ni social, ni política, ni económica; con
el despectivo concepto de los “ninis” (los jóvenes que ni estudian, ni
trabajan) que han sido carne de cañón para engrosar las filas del narcotráfico
en México. De la misma forma en que se hace necesario investigar sobre los
perfiles de los asesinados en Ayotzinapa, se requiere investigar sobre los
asesinos. Las fotos de los tres sicarios que declararon haber asesinado y
quemado a los normalistas en un basurero de Cocula, nos muestran los rostros de
jóvenes que quedaron atrapados en una trama histórica, cultural y educativa,
que ha desembocado en la tragedia. ¿Qué llevó a estos jóvenes a convertirse en
sicarios? ¿Qué rasgos pueden distinguirse en sus historiales educativos a lo
largo de sus cortas vidas?
El proyecto de nación del actual
gobierno federal, surgido y sustentado desde el neoliberalismo, que se ha impulsado
desde la década de los noventas hasta la fecha, se muestra tullido y balbuceante.
La generalidad de los analistas han subrayado que las medidas reactivas que ha
planteado recientemente la presidencia de la república, son insuficientes. Pero
lo más grave, es que sobre ellas no
existe la suficiente fe como para hacerlas creíbles. El proyecto de nación
sangra desde los diferentes costados que componen su cuerpo teórico y fáctico.
Uno de estos costados es el territorio educativo, que se manifiesta impuro,
atravesado por una historia que en este momento convulsiona.
No estamos hablando de un currículo
visible o un currículo oculto, que como conceptos resultan insuficientes para
analizar las formas de correlacionarse de la educación con otros territorios
humanos. No estamos hablando de una agenda política que en sus
entrecruzamientos ideológicos, pudiera haber previsto hace algunos meses lo que
ha sucedido a partir del caso Ayotzinapa y las movilizaciones de los
estudiantes del IPN. Estamos hablando de entramados complejísimos en los que
las formas de ser de la educación trascienden los límites de “lo educativo” y
se instalan en un siglo que desde sus primeros años ha estremecido a la humanidad
de formas inauditas, en México y en otros lugares del mundo.
Cabe el riesgo de que Ayotzinapa se
convierta en un símbolo de la debacle educativa (social y política) en México,
masacrada y calcinada en las montañas del sur del país, significada entre el
fuego y la ceniza, entre los gritos de rencor y los oídos gubernamentales que
se han mostrado huecos, petrificados. Cabe el riesgo de que las fosas
clandestinas en las que aún se buscan los cuerpos de los 43 estudiantes
asesinados, se conviertan en símbolo de nuestras búsquedas fallidas de lo
educativo, extraviado entre lo cercano y lo lejano, entre el horror y la
utopía, entre lo luminoso y lo oscuro que los discursos educativos pueden ser...