sábado, 22 de febrero de 2014

La conflictividad de la figura paterna en Heriberto Yépez (Esta semana en su columna de "Laberinto", Yépez escribe sobre Federico Campbell y Rafa Saavedra, dos escritores tijuanenses recien fallecidos...)




Posteo completo un artículo de Heriberto Yépez sobre Federico Campbell y Rafa Saavedra, publicado en el suplemento Laberinto de este sábado 22 de febrero. Los tres autores son tijuanenses y forman parte de un proceso histórico en el que la literatura mexicana pasa de una hegemonía centralizada en la ciudad de México a un descentramiento que tiene lugar desde los estados, en el que  Tijuana juega un papel relevante.

Hace algunos meses murió Saavedra. Hace algunos días falleció Campbell. Yépez, quien creció literaria e intelectualmente  junto a los dos, escribe un lúcido “fichero” sobre ambos ( http://archivohache.blogspot.mx/2014/02/federico-campbell-y-rafa-saavedra.html ). En el texto, Yépez refiere que en los dos autores,  la figura del padre resulta "fundamental". Sostiene incluso que “la forma de pensar” y la “literatura” de Federico Campbell fueron una especie de paternidad para Rafa Saavedra.

En la ensayística de Yépez un síntoma manifiesto es el parricidio. El tijuanense es despiadado con los grandes de la literatura latinoamericana. Critica vehementemente a Borges, hace trizas a Paz y deconstruye a Sábato -entre otros más-. Con los tres comete un parricidio literario. A partir del artículo posteado puede sospecharse que, siendo Yépez un escritor tijuanense de la generación de la década de 1970 (nacido en 1974), se asoma nostálgicamente a la obra y a las figuras de Campbell (1941) y Saavedra (1967), como evocando a una presencia (-ausencia) paterna para sí mismo. Al final del artículo Yépez afirma: "Rafa y Federico nos hacen mucha falta." La frase es una especie de epitafio que un descendiente escribe hacia su ascendencia,  que un hijo escribe hacia su(s) figura(s) paterna(s) que se asusenta(n).  El mismo Yépez habrá de saber, que de una u otra forma, sus ensayos, su narrativa y su poesía habrán de evocar, invocar o convocar a una figura paterna (literaria, filosófica, psicoanalítica, etc.)  en un sentido negativo o positivo. Una parte de la paternidad intelectual de Yépez está en Horts Matthai, un maestro y filósofo de origen Alemán, que desde los ochentas radicó en Tijuana y de quien Yépez retoma un pensar heracliteano. El mismo Yépez rescata unas cuantas líneas en memoria de Mattahi en internet (http://www.horstmatthai.blogspot.mx/).

Cuando se comete un parricidio literario queda un mensaje sintomático, en el que la figura del padre se negativiza, pero a la vez se torna búsqueda, en el acto mismo de cometer el parricidio y en sus desplazamientos como estrategia de escritura. En Yépez está presente una conflictividad con la figura paterna. Tal vez este abismarse pueda ser una cuestión generacional de los escritores de la década de 1970…

Posteo completo el texto de Yépez:

Federico Campbell y Rafa Saavedra

Hace unos meses murió Rafa Saavedra, el escritor de Tijuana técnicamente más innovador. Hace una semana murió Federico Campbell, el escritor tijuanense más respetado nacionalmente. Diré sus semejanzas y diferencias.

Federico nació en 1941; Rafa, en 1967. La obra de Federico se amplió en títulos y circulación hasta final de siglo. Federico y Rafa, a pesar de la diferencia de edad, fueron lecturas simultáneas para muchos e influencias ineludibles para la literatura fronteriza en los noventa. Sus textos circulaban a la par.

En ambos, la figura del padre fue fundamental. Federico lo dejó claro en sus libros; en los de Rafa, su padre no aparece. Pero su forma de pensar e incluso parte de la forma literaria de Rafa era su papá.

Rafa y Federico eran melancólicos y soñadores. Los textos de Rafa alternaban crestas de ánimo eufórico y descensos tecnopoéticos. Federico, por su parte, escribía ensayística inquisitiva pero no desesperada. Solo su narrativa es regida por la nostalgia.

Federico escribía a partir de la memoria; Rafa, en el presente.

La prosa de Rafa es auditiva; la de Federico, visual.

Federico hacía personajes; Rafa, atmósferas.

Ambos cultivaban bien el relato y la bitácora. Eran hombres de cuadernos.

Federico fue muy autobiográfico; Rafa lo parece siempre pero pocas veces lo era realmente.

Los mejores libros de Federico son Pretexta o el cronista enmascarado; Tijuanenses y La clave morse. Los mejores de Rafa, Esto no es una salida. Postcards de ocio y odio; Buten Smileys y Lejos del noise.

Ambos, por supuesto, son indisociables de Tijuana. Para Federico, Tijuana era su edad temprana; para Rafa, Tijuana era anoche.

Federico escribía mucho a partir del pasado histórico y personal; Rafa desde el encuentro nocturno con los otros.

A Federico le gustaba escribir con claridad, ir al grano; a Rafa, le gustaba escribir codificando, influido por la programación.

Federico amaba la máquina de escribir; Rafa, la computadora.

A Federico lo encontrabas en La Condesa; a Rafa, en la Sexta.

Federico era un gran conocedor de literatura y amaba a Rulfo. Su último acto intelectual fue una conferencia en Tijuana sobre Rulfo. (Ahí quizá pescó la influenza).

Rafa era un gran lector. Pero Rulfo y la literatura mexicana no eran centrales en su vida. En Rafa era más importante Morrisey, mogollón de blogs y revistas.

Federico y Rafa, lo sé, se leyeron poco. Eran dos mundos distintos.

Federico nació en una época en que había que ir a la Ciudad de México para ser escritor; Rafa en otra en que para escribir había que quedarse en Tijuana. Ambos fueron hijos de ciertos momentos.

Esos momentos, Federico los recordaba; Rafa, los remezclaba.

Muchos ahora hacen literatura en Tijuana o sobre Tijuana o, peor aún, usan a Tijuana o a la literatura. Rafa y Federico nos hacen mucha falta.


La literatura de Tijuana es una ciudad fantasma.

martes, 18 de febrero de 2014

La historia de la izquierda que se convierte en fábula




En un sentido marxista, la lucha entre la izquierda y la derecha es algo así como un motor de la historia, un mecanismo histórico, teórico-práctico, que da lugar al desarrollo de la política y de la historia, que da pie a la imaginación de la utopía y a las posibilidades de transformación.
Pero, la lucha entre las mismas izquierdas puede significarse analógicamente como un terreno lodoso, un pantano, constituido también de ideas y de “praxis” que coagulan no como una mezcla, sino como una emulsión. Cuando las ideas y la “praxis” no logran mezclarse, no logran constituir una sola sustancia, toma forma una emulsión en la que ambas se distancian irresolublemente. Aunque en la emulsión parecieran estar juntas, entre las ideas y la “praxis” hay un distanciamiento que parece ser insalvable. Aquí se postra el debate entre las izquierdas. Este es uno de los espacios en los que se desploma el motor de la historia, de la misma forma en que sucede cuando se camina sobre un terreno lodoso que llega hasta las rodillas, que aumenta su profundidad mientras se avanza, hasta que quizá sea imposible seguir adelante.
A lo largo de los años, la historia de la lucha teórico-práctica entre las diversas izquierdas, ha derivado que los sujetos que luchan desde este territorio, aspiren a convertirse en arquitectos especializados en la edificación de terrenos lodosos, de pantanos, en los que pueda seguir desplomándose el motor de la historia