Miradas
teóricas sobre el libro
A lo largo del siglo XX el
libro ha sido reconceptualizado de
maneras diversas. Los estructuralistas franceses lo asumen como una entidad analizable a
partir de sus diversos componentes intra-textuales. Los posestructuralistas lo
afirman como una textualidad que al margen de lo histórico y lo social posee
significados que se desplazan entre los márgenes de la relatividad. Los teóricos de la recepción
alemana lo conciben desde una perspectiva que potencia el papel del lector y
que minusvalora la tarea del autor. Diversos escritores y artistas plásticos lo
consideran con la capacidad de conjugar los significados del libro material y
de la obra de arte. Desde la
historiografía que replantea a lo cultural ante lo social, ha sido pensado como
una como entidad de existencia concreta
que posibilita territorios de investigación alternativos en la historia.
En este campo destacan los
trabajos de Roger Chartier, que forman parte de una tendencia historiográfica
que se deriva del campo de investigación generado por los Annales de la
antropología histórica y de las mentalidades. El historiador francés revalora
la importancia de la historia cultural ante la historia política y la social, que fueron ponderadas por los primeros Annales
(Bloch, Frebvre y Braudel). Los aportes
de Chartier critican la postura
historiográfica de los Annales de las mentalidades.
… es esta la primera
lección de la historiografía francesa de los últimos quince años, resulta
interesante el nuevo modelo de historia cultural que esta cuarta generación de
Annales ha promovido, y que es el modelo de una nueva historia cultural de lo
social. Una historia que, frente al substantivismo autosuficiente de los
estudios históricos de las mentalidades… va en cambio a representar un
verdadero esfuerzo de una historia otra vez materialista, y otra vez
profundamente social de los fenómenos culturales.
Así, y asociada muy
de cerca a los trabajos de Roger Chartier, esta historia social de las
prácticas culturales nos propone analizar todo producto cultural como
“práctica”, y por ende, a partir de las condiciones materiales específicas de
su producción, de su forma de existencia, y luego de su propia difusión y
circulación reales. (Aguirre Rojas, P. 69)
Este
territorio de investigación histórica se desprende de una dialéctica que
conjuga a lo cultural con lo social y
que coloca como ejes al libro y a la lectura. Las investigaciones en la materia
muestran que al investigar al libro y a la lectura, historiográficamente se
exploran territorios que no habían sido tomados en cuenta con suficiencia y que
aportan respuestas alternativas a la comprensión de la historia.
Chartier
(2006, P. 35 – 40) afirma la necesidad de “superar dos limitaciones” respecto a
la investigación del libro y de la lectura.
A partir de la tradición de la historia de la literatura y de la crítica
literaria, se ha dejado a lado la existencia concreta tanto del libro como de
la lectura. A su vez, las investigaciones sobre el libro y la lectura deben
sobrepasar los planteamientos de la teoría de la recepción alemana, que resulta
insuficiente para restituir la dimensión
dialéctica entre el texto y el lector.
Para el historiador francés, la existencia del libro y de la lectura se
correlacionan de fondo. Los procesos de producción de textos escritos y orales,
y los procesos de lectura que reciben e interpretan estos textos, poseen una existencia histórica y cultural
concreta.
Desde
una perspectiva historiográfica que conjuga a lo cultural con lo social, Chartier (Ibidem.)
pretende
“restituir la dimensión dialéctica del texto y el lector”. ¿Pero, qué implicaciones tiene esta
postura, que estudia la existencia
histórica concreta tanto del libro como de la lectura? El libro y la lectura
son pensados desde un plano en el que se
conciben como objetos históricos, culturales y sociales, más allá de su sola
condición literaria, más allá de su pura
textualidad (estructuralista, semiótica o posestructuralista) y más allá de su cualidad de portar ideas que
se conciben ahistóricamente.
El libro es entonces
pensado como objeto histórico y cultural a partir del cual es posible dar una
vuelta de tuerca al estudio de la historia desde una visión dialéctica y
materializante.
Chartier (2011, P. 17 y
18) reflexiona al libro a partir de los conceptos de “materialidad” e
“inmaterialidad”.
Hace poco David
Kastan, un crítico shakesperiano, calificó de “platónica” la perspectiva según
la cual una obra trasciende todas las posibles encarnaciones materiales, y de
“pragmática” la que afirma que ningún texto existe fuera de las materialidades
que le dan a leer u oír… Es una misma tensión entre la inmaterialidad de las
obras y la materialidad de los textos la que caracteriza las relaciones de los
lectores con los libros de que se apropian, aunque no sean ni críticos ni
editores. En una conferencia pronunciada en 1978 titulada “El libro”, Borges
declaró: “Yo he pensado alguna vez escribir una historia del libro”. Pero, de
inmediato, diferencia radicalmente su proyecto de todo interés por las formas
materiales de los objetos escritos: “No me interesan los libros físicamente…
sino las diversas valoraciones que el libro ha recibido”. Para él, los libros
son objetos cuyas particularidades físicas no importan mucho. Lo que cuenta es
la manera en que el libro, sea cual fuere su materialidad específica, fue
apreciado… Lo que importa es la lectura, no el objeto leído: “¿Qué es un libro
si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero con hojas; pero si lo
leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez.” Un Borges “platónico”, entonces, insensible a
la materialidad del texto. (Chartier,
2011, P. 17 y 18)
Resulta complicado
establecer una dicotomía absoluta entre las concepciones materializantes e
inmaterializantes de los libros. Las primeras tienden a marginar las
valoraciones de saber, de contenido teórico, ideológico o espiritual, que
reside en los libros. Las segundas minimizan el valor material de los libros, que toma forma en los procesos de escritura,
edición, publicación, mercadeo y lectura. Chartier critica la postura platónica
de Borges respecto al libro, que margina lo material y pondera lo inmaterial. La
cita que el historiador francés hace de Borges, es tomada de una conferencia
que el argentino dio en 1978, titulada: “El libro”. Pero al revisar la
filosofía del libro en los cuentos de Borges, pueden rastrearse elementos que
plantean un concepto antinómico sobre la materialidad-inmaterialidad del libro.
La literatura de Borges
(P. 137) nos lleva a concebir al libro
como un objeto físico que tiene la capacidad de desdoblarse inmaterial y
espiritualmente, hasta llegar a darle forma a una biblioteca total. “En el
zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen
inferir de ese espejo que la biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente
¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies
bruñidas figuran y prometen el infinito…” El pie de nota que cierra el cuento La Biblioteca de Babel, refiere un
personaje ficticio que imagina como un solo libro concebido como objeto físico,
se desdobla hacia una inmaterialidad matemática y espiritual en la que se
despliega la biblioteca total.
Letizia Álvarez de
Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor bastaría un solo volumen, de formato común, impreso en cuerpo nueve o en cuerpo diez, que
constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas (Cavalieri a
principios del siglo XVII, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de
un número infinito de planos.) El manejo de ese vademécum sedoso no sería cómodo: cada hoja aparente se desdoblaría
en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés. (Borges, P.
145, cursivas de origen)
Es atinado abordar matemática
y espiritualmente a la idea de la biblioteca total depositada en “un solo libro”. Las matemáticas son
elementales en su concreción práctica a la vez que profundas y enigmáticas en
su abstracción y significación.
En Borges, la condición material-inmaterial del libro, no
se reduce a la sola exaltación de lo inmaterial y de lo espiritual tal como lo
plantea Chartier, sino que se hace presente una condición antinómica que es
abordada filosóficamente en su obra literaria. Tenemos entonces dos miradas
sobre la materialidad y la inmaterialidad del libro. Por un lado está la
concepción dicotómica de Chartier, por otro lado está la perspectiva antinómica
que se identifica en la filosofía del libro en Borges.
Junto a lo anterior, se
han desplegado los debates sobre el posible declive del libro de papel que
sería sustituido por el e-book y por
el internet. Hay autores que asumen de manera enfática que el libro material
será desplazado por el e-book, de tal
forma que el cubo de hojas de papel dejará de existir en un momento posterior
de nuestra historia. Hay quienes afirman que el libro físico no dejará de
existir de forma alguna. “El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda,
las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor. No se
puede hacer una cuchara que sea mejor que una cuchara.” (Eco, P. 20). Hay
posturas que asumen una especie de hibridación entre el libro material y el
virtual. En este ensayo interesa subrayar que el posible declive del libro
material y la emergencia del e-book y
el internet, han dado lugar a un pensamiento distópico que ha sido abordado
tanto en términos literarios como filosóficos.
Este planteamiento
distópico, de negación de la utopía o de contra-utopía, posee como una de sus
aristas a la posible hegemonía del e-book
y del internet ante el borramiento del libro materializado en un cubo de papel.
… no creo que el cambio del libro de papel al
libro electrónico sea inocuo, un simple cambio de “envoltorio”, sino también de
contenido. No tengo cómo demostrarlo, pero sospecho que cuando los escritores
escriban literatura virtual no escribirán de las misma manera que han venido
haciéndolo hasta ahora en pos de la materialización de sus escritos en ese
objeto concreto, táctil y durable que es (o nos parece ser) el libro. (Vargas Llosa, P. 205).
Mario Vargas Llosa fundamenta su
falta de fe en el libro virtual a partir de las derivaciones que se generarían
en el acto de escritura del autor. Es probable que las maneras de escribir se
modifiquen con la aparición del ordenador, del internet y del libro virtual. De
hecho, las formas de lectura ya se han
modificado a partir del hiperlink y de los diseños internautas que mezclan de
formas inéditas al texto y a la imagen.
¿Qué se estaría
extraviando en términos distópicos, al
pasar de una etapa histórico-cultural fundada en el libro material, a un
posible periodo en el que el internet, el e-book y otros medios electrónicos, serían
piedras de toque en el desarrollo futuro de la humanidad? En el desplazamiento
del e-book sobre el libro material, está presente el desplazamiento de la
cultura de masas sobre la alta cultura.
Contrariamente a lo
que sucedía en el pasado, hoy en día la lectura ya no es el principal
instrumento de culturalización que posee el hombre contemporáneo; ésta ha sido
desbancada por la cultura de masas, por la televisión, cuya difusión se ha
realizado de un modo rápido y generalizado en los últimos treinta años. En
Estados Unidos, en 1955, el 78 por ciento de las familias tenía un televisor; en
1978 este porcentaje creció hasta el 95 por ciento y en 1985 llegó al 98 por
ciento. Al mismo tiempo, en la sociedad norteamericana disminuía el número de
periódicos: en 1910 había mas de 2,500, que descendieron a 1,750 en 1945 y a
1,676 en 1985. La situación europea y japonesa son, desde este punto de vista,
similares a la estadounidense… (Petrucci, P. 443)
En La civilización del espectáculo (2012), Vargas Llosa emite una
diatriba contra la cultura de masas a la vez que defiende a la alta cultura. El
mismo procedimiento es puesto en marcha por Sartori en La sociedad teledirigida, quien correlaciona la defensa de alta
cultura con la defensa del libro material.
Internet tiene un
porvenir revolucionario. Como instrumento cultural, de crecimiento de nuestra
cultura, preveo que tiene un futuro modesto. Los verdaderos estudiosos seguirán
leyendo libros, sirviéndose de internet para completar datos, para las
bibliografías y la información que anteriormente encontraban en los
diccionarios; pero dudo que se enamoren de la red. (P. 62)
No es posible saber si en
los próximos siglos habrá de desaparecer de manera definitiva el libro físico.
De la misma manera en que no es posible saber si el internet puede darle forma
a una biblioteca totalizante del saber humano. El concepto de “lo infinito” de
la biblioteca total de Borges, pone en
entredicho una totalización del saber humano. Pero es imaginable la posible
desaparición del cubo de hojas de papel. De la misma manera en que podemos
imaginar al internet como un espacio que dé cabida a una biblioteca inconclusa
de tendencia totalizante del saber humano.
Tal como se ha
argumentado, las maneras de pensar y de convivir con el libro en la historia de
la humanidad, tienen un desarrollo contradictorio. De forma paradójica, los símbolos
del fuego y de la luz han significado a la materialidad del libro y al saber
inmaterial depositado en el. Respecto a la destrucción y la quema de libros,
Báez (P. 22 – 24) afirma:
El fuego, en suma, ha
salvado, y por lo mismo, casi todas las religiones consagran fuegos a sus
divinidades. Ese poder para resguardar la vida es, y vale la pena señalarlo,
poder destructor. Al destruir con fuego el hombre juega a ser Dios, dueño del
fuego de la vida y de la muerte. Y de esta manera se identifica con un culto
solar purificatorio y con el gran mito de la destrucción, que casi siempre
ocurre por ecpirosis.
El fuego significa las contradicciones,
tal vez irresolubles, que residen en la
quema de libros. Los incendios que arrasan con la materialidad del libro
pretenden convertir en cenizas a la espiritualidad teórica e ideológica de una
historia y de una cultura. Las cenizas de la quema de libros se constituyen en
la semilla que habrá de traer una espiritualidad distinta entre los seres
humanos. La ecpirosis se levanta desde la caída de un ciclo histórico y
cultural fundado en la quema de libros, hacia la instauración de un nuevo ciclo
significado en el fuego y las cenizas de la purificación y del nuevo
nacimiento. La ecpirosis implica el término de un ciclo vital que es sucedido
por otro más promisorio.
Hasta aquí se aborda la
teorización que sustenta el análisis del libro Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. En síntesis, se hace uso de tres
categorías conceptuales que se pondrán en marcha en el estudio:
· -- La
categoría de la materialidad e inmaterialidad del libro, que Chartier concibe
en términos dicotómicos y que Borges filosofa literariamente como una
antinomia.
· -- Los
contenidos distópicos que están presentes en el desplazamiento del e-book sobre
el libro material, y que a su vez se
correlacionan con el desplazamiento de la cultura de masas sobre la alta
cultura.
· -- Los
símbolos paradójicos del fuego y de la luz, que a partir de la ecpirosis
analizada por Báez, concibe la quema de libros como el borramiento de la
espiritualidad de una etapa histórica-cultural y la inauguración de otra.
Se ponen en marcha
enseguida estos conceptos para analizar el texto de Bradbury.
Entre
la materialidad sensitiva y la concepción espiritual del libro
En la novela de Bradbury la
narración circula de manera persistente en un territorio sensitivo que abarca
tanto a las sensaciones externas (la vista, el oído, el olfato y el tacto) como
a las sensaciones internas que tienen que ver con la emocionalidad y la
espiritualidad de los personajes. Hospers (P. 161) plantea la diferencia entre
ambos: “… los llamados “sentidos
externos”, aquellos a través de los cuales obtenemos información del mundo
exterior. Pero también existen los “sentidos internos”, que nos ponen en
relación con nuestros estados internos (sentimientos actitudes, disposiciones,
dolores y placeres)…”
Desde las primeras páginas
de la novela, el discurso narrativo se
desarrolla entremezclando los sentidos externos e internos de los personajes.
Anduvo hacia la
esquina, sin pensar en nada en particular… En las últimas noches, había tenido
sensaciones inciertas respecto de la acera que quedaba al otro lado de aquella
esquina… Quizá su olfato detectase un débil perfume, tal vez la piel del dorso
de sus manos y de su rostro sintiese la elevación de temperatura en aquel punto
concreto donde la presencia de una persona podía haber elevado por un instante,
en diez grados, la temperatura de la atmósfera inmediata… Su subconsciente
adelantándose a doblar la esquina, había oído un debilísimo susurro… Las hojas
otoñales se arrastraban sobre el pavimento iluminado por el claro de la luna. Y
hacían que la muchacha que se movía allí pareciese estar andando sin
desplazarse… La muchacha se detuvo y dio la impresión de que iba a retroceder,
sorprendida; pero, en lugar de ello se quedó mirando a Montag. (Bradbury, P. 14
y 15)
Es notorio que en esta
parte, la operación mental del
pensamiento queda desplazada por la cognición de los personajes fundada en las
sensaciones. En el fragmento citado,
Montag, el personaje masculino que protagoniza la novela, se encuentra
por primera vez con Clarisse McClellan. Los encuentros de Montag y Clarisse en
el texto se desarrollan en una atmósfera narrativa que conjuga a los sentidos
externos con los internos, y que
manifiestan a su vez un enamoramiento que no llega a clarificarse. En la
segunda y en la tercera parte de la novela el personaje de Clarisse es dejado
de lado. Pero la estrategia narrativa y discursiva que se fija en las
sensaciones internas y externas, es
puesta en marcha de manera sistemática a lo largo de todo el texto.
Montag labora como bombero
en una sociedad en la que los libros han sido prohibidos. Los bomberos de Fahrenheit 451, se dedican a la quema de los libros de los
desviados, que aún poseen libros en sus casas y que añoran la vida humanística
y académica fundada en la materialidad de los libros de papel.
Durante una quema de
libros, mientras Montag se roba uno de ellos, los estados sensitivos se
exaltan.
Los
libros bombardearon sus hombros, sus brazos, su rostro levantado. Un libro
aterrizó casi obedientemente, como una paloma blanca, en sus manos, agitando
las alas… Con toda su prisa y su celo, Montag sólo tuvo un instante para leer
una línea, pero esta ardió en su cerebro durante el minuto siguiente como si la
hubiera grabado con un acero… La mano de Montag se cerró como una boca, aplastó
el libro con fiera devoción, con fiera inconsciencia, contra su pecho. (P. 47)
En la primera parte de la
novela, el enamoramiento entre Montag y Clarisse se plantea a manera de
indicios de las sensaciones externas e internas de ambos personajes. Pero entre
ambos personajes la acción no se traslada a la relación amorosa. De manera
contigua, en el discurso de la primera parte de la narración, toma forma un
enamoramiento racionalizado de Montag en torno a los libros. Durante la quema
de libros citada, al leer una sola línea, el bombero Montag siente como ésta
“arde en su cerebro”. Al tomar el libro con su mano, el protagonista de la
novela lo hace como si esta fuera una "boca",
a la vez que abraza violentamente el cubo de hojas de papel contra su
pecho. Los sentimientos externos e internos del personaje principal,
manifestados mientras se roba el libro durante la quema, significan un
enamoramiento de la materialidad y de la inmaterialidad del libro. La “boca”
simboliza un “beso” y el “aplastar el libro fieramente contra el pecho” simboliza un “abrazo apasionado”. El “ardor
en el cerebro” de Montag al leer una sola línea del texto, es el ardor
espiritual del enamoramiento de los libros.
Páginas adelante, Faber,
un antiguo profesor universitario amante de los libros, señala a Montag como un “romántico” (P. 92). Faber le
dice a Montag que no son los libros materiales lo que pretende, sino el saber que ha sido depositado en ellos.
El viejo maestro universitario admite que: “Los libros solo eran un tipo de
receptáculo dónde almacenábamos una serie de cosas que temíamos olvidar.” La
materialidad y la inmaterialidad del libro, se hacen manifiestas en esta parte.
Faber pondera el valor inmaterial del libro por sobre lo material, pero líneas
atrás acude a un argumento sensitivo que le da mayor importancia la
materialidad de los textos.
- Faber
olisqueó el libro-. ¿Sabía que los libros huelen a nuez moscada o a alguna otra
especie procedente de una tierra lejana? De niño, me encantaba olerlos. ¡Dios
mío! En aquélla época, había una serie de libros encantadores, antes de que los
dejáramos desaparecer. (P. 91)
La estrategia narrativa de
Bradbury, que recurre a las sensaciones externas e internas de los personajes,
y que plantea el amor hacia la materialidad y la inmaterialidad del libro, es
uno de los ejes que sustentan el discurso de la novela. Hay un apartado en el
que Faber en diálogo con Montag, plantea una concepción filosófica del libro,
en la que los sentidos externos y los internos se conjugan de manera extática
con la valoración material e inmaterial.
¿Sabe por qué los
libros como éste son tan importantes? Por qué tienen calidad. Y, ¿qué significa
la palabra calidad? Par mi significa textura. Este libro tiene poros, tiene
facciones. Este libro puede colocarse bajo el microscopio. A través de la
lente, encontraría vida, huellas del pasado en infinita profusión… (P. 93)
La “calidad” del libro es
concebida a partir de su “textura” material y de contenido. Los “poros” y las
“facciones” del libro pueden observarse al “colocarse bajo el microscopio”. Pero
lo que este microscopio encuentra son “huellas del pasado en infinita
profusión”. Huellas de saber, de
contenido ideológico y espiritual, marcas de sentido. Lo material del libro es
a la vez inmaterial. En la novela de Bradbury se detecta la antinomia
conceptual de Borges, que se levanta como una paradoja irresoluble entre la
materialidad y la inmaterialidad del libro. Esta condición que está presente en
Borges y en Bradbury, nos lleva a
cuestionar la radicalidad con la que Chartier concibe al libro como un objeto
que al existir históricamente, es
ponderado en su materialidad y minusvalorado en su contenido inmaterial,
espiritual. ¿Es posible admitir la
existencia de una historia espiritual del libro en occidente, que tendría lugar
desde Grecia – y aún antes- hasta la fecha, pasando del rollo al libro códex, y
de ahí al libro impreso de manera masiva en la imprenta de Gutenberg? Es obvio que la pregunta se plantea en
términos antinómicos a partir de Borges y de Bradbury. Los aportes de ambos
autores nos ofrecen indicios para reflexionar de manera alternativa al libro.
Desde luego que la calidad literaria de Borges supera por mucho a Bradbury. La
filosofía del libro que toma forma en los cuentos del narrador argentino, es más profunda y más compleja que la tratada
en la novela del autor estadounidense. Pero entre ambos es detectable una filosofía
antinómica del libro.
La
distopía, del borramiento del cubo de papel llamado “libro” al dominio de los mass media
Entre los bomberos que
trabajan quemando libros, hay un perro
robótico, que en la novela de Bradbury antagoniza con los seres vivos. El
sabueso metálico no posee sentimientos internos, es una simple máquina que caza
a los desviados de la sociedad distópica de Faharenheit
451. “Ese no quiere ni odia, simplemente funciona… Tiene una trayectoria
que nosotros determinamos. Él la sigue rigurosamente. Persigue el blanco, lo
alcanza y nada más. Sólo es alambre de cobre, baterías de carga y
electricidad”. (P. 36)
A lo largo de varios meses
Montag ha acumulado libros en su casa. Su esposa lo denuncia y lo abandona. En
el cuartel de bomberos se recibe una llamada. La cuadrilla se pone en marcha a
la cabeza de Beatty, el jefe de bomberos. Se detienen justo frente a la casa de
Montag. El jefe de bomberos obliga al protagonista a quemar sus pertenencias.
Los dos personajes se enfrascan en una discusión. El fuego del lanzallamas de
Montag carboniza al cuerpo del jefe de bomberos. En adelante, el personaje
principal es perseguido por las cámaras de televisión montadas en helicópteros
y por el sabueso metálico que posee un olfato robótico, que contrasta con las sensaciones que tienen
las personas a la largo del texto. La capacidad olfativa del sabueso es
funcional y maquínica. Un artefacto que huele para perseguir, capturar y
eliminar. Los sentidos externos e internos de los seres humanos poseen una
capacidad espiritual que las máquinas nunca podrán alcanzar.
A lo largo de la novela
actúan diversos dispositivos maquínicos que contrastan con la vida libresca.
Máquinas para preparar alimentos de forma automatizada, coches que viajan por
las calles de la ciudad a más de 100 kilómetros por otra, pantallas de
televisión colocadas en tres o cuatro paredes de una sola habitación, que de
esta forma plantean formas de vida concebidas virtualmente.
Una parte de la distopía
de Bradbury reside en la maquinización de la sociedad. Junto a la sociedad
maquinizada, está el dominio impuesto por los
mass media y por la cultura de masas. El “circuito moral” televisivo
envuelve a los ciudadanos de Fahrenheit
451 en sus propias transmisiones.
- ¿
Qué dan esta tarde – preguntó Montag con tono aburrido.
Mildred volvió a
mirarle.
- Bueno,
se trata de una obra que transmitirán en el circuito moral dentro de diez
minutos. Esta mañana me han enviado mi papel por correo… Ellos escriben el
guión con un papel en blanco. Se trata de una nueva idea. La concursante, o sea
yo, ha de recitar ese papel. Cuando llega el momento de decir las líneas que
faltan, todos me miran desde las tres paredes y yo las digo. (P. 30)
La sociedad de Farenheit 451 ha entrado en decadencia.
La distopía queda significada por la quema de libros, por el desvanecimiento de
las humanidades y de los espacios universitarios. Mientras Beatty, el personaje antagónico, le relata a Montag como a lo largo de los
siglos XIX y XX, los libros y las
universidades decayeron, en la novela aparecen proyecciones de la televisión sumidas en la aceleración y la
dispersión de las imágenes, los signos
de la posmodernidad que colocan a los mass
media ante el oscurecimiento de la alta cultura.
- Acelera
la proyección, Montag, aprisa. ¿Clic? ¿Película? Mira, Ojo, Ahora, Adelante,
Aquí, Allí, Ritmo, Arriba, Abajo, Dentro, Fuera, Por qué, Cómo, Quién, Qué,
Dónde, ¿Eh? ¡Oh! ¡Bang! ¡Zas!, Golpe, Bing, Bong, ¡Bum! Selecciones de
selecciones. ¿Política? ¡Una columna, dos frases, un titular! Luego, en pleno
aire, todo desaparece…
- Los
años de la Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la
Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son
gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados. La vida es
inmediata, el empleo cuenta, el placer lo domina todo después del trabajo.
(P.65)
La distopía de Bradbury es
similar a la de Orwell en 1984. Los mass media dominan la vida social, la
escritura de libros está prohibida, la figura del vigilante aparece por todos
lados en la búsqueda de los desviados del sistema.
Hay un momento de la
historia en el que la lectura de libros materiales queda capturada por los dispositivos
electrónicos, al margen del dominio maquínico y sistémico que narra la novela. Faber,
aliado del personaje principal, le entrega un aparato auditivo que se coloca en
el oído para mantener una comunicación a distancia. Faber lee para Montag a distancia El Libro de Job. (P. 103). La lectura
oral simboliza las formas de leer en la antigüedad que permanecen hasta
nuestros días. Pero a su vez, el libro y la lectura quedan capturados por un dispositivo electrónico. Algunas
décadas después de publicada la novela de Bradbury, surgiría el audiolibro y
enseguida el e-book, dispositivos
electrónicos en los que se encierra tanto al libro como a la lectura.
En la novela, las máquinas
no son negativizadas como si en ellas residiera un mal intrínseco. El aparato
de comunicación a distancia que Faber le entrega a Montag, significa la posibilidad de un uso humanizado
de las máquinas. Son los hombres los que pueden trastornar la vida humana al
grado de dar lugar a una contra-utopía. Las máquinas son solo un medio. Beatty
pone en claro que la distopía de Faharenheit
451, ha tenido lugar sin imposiciones del gobierno, sin decretos ni
legislaciones coercitivas. La misma sociedad ha dado lugar al encumbramiento de
la cultura de masas, a la vida hedonista, al decaimiento de las humanidades y a
la quema de libros. (P. 67 y 68)
La
“ecpirosis” concebida como un “ave fénix” o de la distopía transformada en
utopía
El título de la novela de
Bradbury es un símbolo que significa la
temperatura a la que arden los libros en el sistema de medición inglés. La
destrucción de libros en la historia de la humanidad es milenaria, y la quema
es el procedimiento más usual para hacerlo.
La destrucción de los
libros no es sólo un procedimiento empleado por los regímenes totalitarios como
el nazismo o por alguno de los bandos en una lucha militar. Báez (P. 24 y 25) documenta que en el siglo
XVII, Descartes llamó a su lectores a quemar libros antiguos. Lo mismo hizo
Hume, al invitar a la destrucción de los libros de metafísica. Ya en el siglo
XX, el manifiesto futurista pide acabar con las bibliotecas y los poetas
nadaistas queman ejemplares de la novela María,
de Jorge Issacs. Siendo profesor de la Universidad de Stanford y Harvard,
Nabokov hizo una quema del Quijote
ante la presencia de seiscientos alumnos. Heidegger también participó en la
quema de libros, al sacar de su biblioteca los ejemplares de Husserl y
quemarlos frente a sus alumnos en 1933. La destrucción de libros es
contradictoria. Los letrados también han quemado libros en la búsqueda de una
purga intelectual. Levantar teorías y obras literarias sobre la
destrucción premeditada y alevosa de
otros libros y autores, es un acto de negación del diálogo y del humanismo desde su propio seno.
El mismo Báez (Ibidem.)
anota las contradicciones que residen en la quema de libros a partir de una
antinomia entre lo material y lo inmaterial, que desemboca en las cenizas.
La razón del uso del
fuego es evidente: reduce el espíritu de una obra a materia. Si se quema a un
hombre se reduce a sus cuatro elementos principales (carbono, hidrógeno,
oxígeno y nitrógeno); si se quema el papel la racionalidad intemporal deja de
ser racionalidad para convertirse en cenizas. Además de lo dicho, hay un
detalle visual. Quien haya visto algo quemado, reconoce el innegable color
negro. Lo claro se torna oscuro.
Abordando un argumento que
se funda en la sensación visual, Báez refiere la contradicción del fuego en la
quema de libros. El saber, los contenidos ideológicos y espirituales que tienen
un carácter inmaterial, son representados en la materialidad del libro que se
quema. De una u otra forma, la antinomia
entre la materialidad y la inmaterialidad del libro, se hace presente en la
quema. Hablamos en términos de una conflagración de la antinomia. En occidente,
los reiterativos símbolos del fuego y de la luz están cargados de misterio.
En el apartado inicial de
la novela de Bradbury, hay tres momentos
en los que se realizan conteos. En la primera ocasión Montag cuenta las gotas
de lluvia que caen sobre sus seres cercanos (P. 27). En la segunda, el mismo
personaje cuenta los días en los que al salir de su casa encuentra a Clarisse,
“por allí, en algún lugar del mundo”,
ante sus ojos y ante sus pensamientos (P. 38). La tercera vez hay un conteo
mientras los bomberos queman los libros y la casa de una anciana que se resiste
a salir.
- ¡No
iréis a dejarla aquí! – Protestó él.
- No
quiere salir.
- ¡Entonces
obligadla!...
- Puede
venir conmigo.
- No –
contestó ella-…
- Vamos
a contar hasta diez –dijo Beatty- . Uno.
Dos.
- Por
favor – Dijo Montag.
- Márchese
– replicó la mujer.
- Tres.
Cuatro-
- Vamos.
Montag tiró de la mujer.
- Quiero
quedarme aquí – contestó ella con serenidad-.
- Cinco.
Seis.
- Puedes
dejar de contar –dijo ella…
La mujer, en el
porche, con una mirada de desprecio hacia todos, alargó el brazo y encendió la
cerilla, frotándola contra la barandilla. (P. 48 -49)
Los conteos que se suceden
en la primera parte de la novela,
conflagran en el momento en que la anciana decide quemarse a sí misma
junto con sus libros y sus pertenencias. La conversión a cenizas de los libros,
lleva entre sus entrañas a la muerte de
la anciana en forma de suicidio. Un acto de locura o de heroísmo, que traza la conversión de Montag, de bombero
quemador de libros, a defensor y amante
del saber depositado en la materialidad del cubo de papel y tinta. Unas cuantas
líneas adelante, hay un diálogo entre
Montag y su esposa Mildred, que muestra los significados contradictorios de la
luz y la oscuridad a partir de lo sucedido en la casa de la anciana.
- ¿Quién
es?
- ¿Quién
podría ser? – dijo Montag, apoyándose en la oscuridad contra la puerta cerrada.
Su mujer dijo, por
fin:
- Bueno,
enciende la luz.
- No
quiero luz… (P. 50 y 51)
Es obvia la condición
paradójica en las jugadas de escritura de Bradbury. Mientras están frente a la
casa de Montag, a punto de quemar los libros y las pertenencias del
protagonista de la novela, Beatty define al fuego como un “misterio”, como portador de una “belleza destructiva” (P.
127). Enseguida obliga a Montag a tomar el lanzallamas. Al quemar el
protagonista sus libros y sus pertenencias, hace conflagrar también a su propia
vida. Metafóricamente, quema a su esposa que lo denuncia y abandona. Quema su
espacio vital, que había empezado a odiar desde meses o años atrás. Quema sus
pertenencias como si estuviera quemándose a sí mismo para renacer. Al final de
la escena, Montag dirige el lanzallamas
contra Beatty y no se detiene hasta convertirlo en una figura humeante y
negruzca, olorosa a muerte. Esta escena plantea el resurgimiento del personaje
principal, como alguien que después de darle muerte a los libros mediante el
fuego, se enraíza en ellos y comienza a desearlos y amarlos con una
espiritualidad desenfrenada. Montag ha renacido, la ecpirosis ha tenido lugar
en su propio ser. Enseguida, vendrá la huida del protagonista de la ciudad, que
significa escapar del sistema y de la sociedad distópicos. ¿Pero, hacia donde
huye el Montag?
Eco y Carrière (P. 197) refieren el significado de
la denominación “Fahrenheit”:
En Fahrenheit 451, Bradbury imagina una
sociedad que ha querido emanciparse de la herencia engorrosa de los libros y ha
decidido quemarlos. Precisamente 451 grados Fahrenheit es la temperatura a la
que se quema el papel… Farenheit es
también el título de un programa radiofónico italiano que hace exactamente lo
contrario. Un oyente llama para decir que no encuentra o ha perdido un
determinado libro. Otro llama inmediatamente después para decir que tiene un
ejemplar y que está dispuesto a dárselo. Es un poco el principio por el que se
abandona un libro en un lugar cualquiera, en el cine, en el metro, después de
haberlo leído, para que haga feliz a alguien más.
Considerando esta referencia, el mismo título de la novela se enfrasca en
la paradoja. Tal vez Bradbury no haya escrito el texto consciente de esta
condición. El análisis que aquí se realiza plantea como tesis central, que la novela se resuelve antinómicamente y
que este sería el mayor logro narrativo del autor.
La ecpirosis que se
desarrolla en la transformación de Montag,
en la primera y segunda parte de la novela, pasa al orden social y
civilizacional en la parte final. Después de huir de la ciudad distópica,
Montag encuentra un grupo de vagabundos, antiguos maestros universitarios y
amantes de los libros. Ellos han creado un sistema para conservar el contenido
de los textos. Cada hombre ha memorizado un libro o una parte de él. Los
conocimientos serán transmitidos de manera oral, de padres a hijos, hasta que pueda restablecerse una
civilización que retorne a los libros. Mientras los hombres le cuentan al
protagonista su manera de conservar el contenido de los libros, la guerra se
desata.
Todo habrá de destruirse,
todo habrá de quemarse para renacer de nuevo. El fuego, el sol y la luz
simbolizan la ecpirosis de la sociedad distópica de Fahrenheit 451.
El sol ardía a
diario. Quemaba el Tiempo. El mundo corría en círculos, girando sobre su eje, y
el tiempo se ocupaba en quemar los años y la gente, sin ninguna ayuda por su parte.
De modo que si él (Montag) quemaba cosas con los bomberos y el sol quemaba el
Tiempo, ello significaba que todo había
de arder. (P. 151 y 152)
En la novela de Bradbury,
los aún creyentes en el valor de la materialidad y la inmaterialidad de los
libros, suponen que algún día el mundo habrá de cambiar. La sociedad distópica
es el escenario narrativo para reconstruir a la utopía. Mientras la ciudad es
destruida por una bomba atómica, los
vagabundos y Montag hablan del mito del Ave Fénix. “Hubo un pajarraco llamado
Fénix, mucho antes de Cristo. Cada pocos siglos encendía una hoguera y se
quemaba en ella. Debía ser primo hermano del hombre. Pero, cada vez que se
quemaba, resurgía de las cenizas, conseguía renacer. Y parece que nosotros
hacemos lo mismo”. (P. 173)
El cierre de la novela
redondea la ecpirosis de la sociedad y la civilización de Fahrenheit 451. Los vagabundos caminan hacia la ciudad. Montag ha
memorizado el Eclesiastés. Recuerda
palabra por palabra su contenido y lo trae mentalmente a su memoria.
Y,
a cada rato del río, había un árbol de la vida, con dos clases distintas de
frutas, y cada mes entregaban su cosecha; y las hojas de los árboles servían
para curar a las naciones.
“Sí – pensó Montag-,
eso es lo que guardaré para mediodía. Para mediodía…”
“Cuando alcancemos la
ciudad.”
En el “mediodía” la guerra
se disipa. Las naciones dejarán de pelear en algún momento. En el “mediodía” la
luz y el fuego solar llegan a un cenit, a un equilibrio que es el centro de la
vida en la tierra. En el “mediodía” la ciudad habrá de ser otra, la distopía
podrá convertirse en utopía. En la novela de Bradbury, los ciclos de la vida y
de la historia están significados por la luz y por fuego, por la materialidad y
la materialidad antinómica de los libros, que alumbran y queman las entrañas de
los hombres…
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