En
la revista electrónica “Descierto” del COLEPI (Colectivo Epistémico) se publica
un artículo de mi autoría que hace una revisión del concepto de “ruptura
epistemológica”: http://colepi.org/revista/index.php/apuntes-y-borronamientos-sobre-el-rupturismo-epistemologico/
miércoles, 21 de diciembre de 2016
domingo, 18 de diciembre de 2016
Notas sobre el concepto de “agenda educativa”
En el fondo, la agenda educativa sobre
la cual se trazó el llamado Plan de Once Años, entre 1960 y 1971 (sexenios de
López Mateos y Díaz Ordaz), es la misma agenda que tendríamos que trazar hoy.
¿Cuáles fueron los problemas que hace 50 años se hicieron presentes? La
multiplicación de las necesidades y servicios educativos, el problema de la
pobreza correlacionado con la educación, el analfabetismo, la falta de un
aprovechamiento satisfactorio y la reprobación, el acceso y la permanencia en
la educación, el aumento y mejoramiento
de la infraestructura educativa, la formación de los maestros, la vinculación
de la educación con los sectores productivos. Estamos hablando de un proceso
histórico de larga duración en el que los problemas educativos persisten y las
formas de atenderlos han resultado fallidas una y otra vez. Desde luego que
pueden reconocerse ciertos avances en ciertos tópicos de la educación, pero en
lo general los resultados siguen siendo insuficientes e insatisfactorios.
Otra cuestión a considerar, son las variaciones
que han tenido lugar en los problemas educativos a lo largo de las últimas
décadas. Se identifican dos mecanismos a partir de los cuales los problemas de
las agendas educativas han dado lugar a variaciones. El primero tiene que ver
con su configuración en una realidad problemática, en el fondo los problemas
son los mismos, solo que se han extendido, se han profundizado, se han complejizado, entrecruzándose dentro del mismo territorio educativo y hacia otros territorios. El segundo se explica a partir de las subjetivaciones que
se hacen de estos problemas, en los últimos cincuenta años hay una serie de
deslizamientos conceptuales (en las formas de teorizar estos problemas) y
técnicos (en el diseño de las maquinarias propias de la política educativa para
intentar resolverlos) en las maneras de pensar y actuar ante estos problemas.
Uno de los primeros conceptos de
“agenda educativa” aparece inconscientemente en el primer tomo de las memorias
de Jaime Torres Bodet. Que este concepto aparezca de manera inconsciente, da mucho que pensar. Ya el título del libro implica la definición de lo
que es una “agenda educativa”: “Años contra
el tiempo” (1969). En la primera página de este libro la conceptualización se
clarifica: “Aludo al tiempo. En efecto, durante las épocas venturosas, las
horas se deslizan calladamente, como la arena dentro de un receptáculo de
cristal. Pero ¡cuántos muros yerguen los días frente a la prisa de quien se
afana por realizar un programa exacto y cumplir en verdad un servicio público!”
Lo primero en subrayar es que el concepto de “agenda educativa” planteado por
Torres Bodet se asume desde un plano negativizado. ¿Qué significa que uno de los
primeros conceptos sobre la “agenda educativa”
sea planteado en términos negativizados? A partir de esta operación de
conceptualización, Torres Bodet se convierte en el demiurgo de las agendas
educativas, consciente o inconscientemente tecnificadas desde el siglo XX.
¿Cuáles son los problemas de mayor
calado, que tienen que ver con esta conceptualización consciente o inconsciente
de las “agendas educativas”? Los problemas de mayor peso de estas agendas
tienen lugar a partir de tres líneas que se entrecruzan: lo ontológico, lo
epistemológico y lo cultural. Se explica esto enseguida:
- Lo ontológico tiene que ver con
nuestras maneras de pensar y de trazar “agendas educativas” respecto a: 1º) un
tiempo en todo momento insuficiente para afrontar una realidad problemática en
educación; 2º) unos recursos humanos, económicos y materiales, también
insuficientes ante esta misma realidad problemática; 3º) la movilización de un
tiempo y de unos recursos a través de una serie de planificaciones y programaciones, que una y
otra vez han resultado fallidos. Están los ejemplos del Plan de once años y de
la reciente reforma peñanietista, que fallan en tiempos de ejecución, en
insuficiencia de recursos humanos, económicos y materiales, y en cumplimiento
de objetivos. Y están otras políticas que una y otra vez han resultado
insuficientes o fallidas.
- Lo epistemológico tiene que ver con
la configuración de verdades no plenas que están en juego en torno a las
agendas educativas. Estaríamos hablando de los mecanismos de formación y
administración de la verdad en las agendas educativas, que resultan advenedizos, habitados por
sombras y fantasmas epistemológicos. Aquí reside una parte de la mitología
educativa, a la cual la misma
investigación educativa ha contribuido de manera consciente o inconsciente.
- Lo cultural tiene que ver con las
maneras de creer en la modernidad, que han pasado del siglo XX al XXI. Esta es
la ideología de la “modernización”, que tiene que ver directamente con el
reformismo educativo. Se lleva a cabo una reforma, sobre la cual se aplica otra
reforma que a su vez tiene que ser reformada. Es en este atolladero en el cual
está empantanada la reforma educativa peñanietista, mostrándonos sus
impotencias y sus carencias. Los recientes llamados de Nuño, de los integrantes
del INEE y de otros actores educativos, para modificar las formas de la
evaluación docente legisladas en 2012-2013 se inscriben en esta lógica de
reiteraciones reformistas. Paradójicamente, la agenda educativa que sigue para
México está trabada en este atolladero.
Se piensa en las agendas educativas de
manera positivizada a toda costa, se les concibe como un espacio de conquista
técnico-política sobre el cual no tendríamos que dudar. Pero una agenda educativa
es una maquinaria, un artefacto que puede llegar a convertirse en artificio. Este
es uno de los grandes problemas del pensamiento educativo en el siglo XXI.
miércoles, 14 de diciembre de 2016
Las tesis y el futbol
La escritura de una tesis también tendría que
reglamentarse por el silbatazo inicial y el medio tiempo, por las faltas y los
fueras de lugar, por los goles y autogoles, por los aficionados que se meten a
la cancha y se desnudan, por los tiempos extra y el pago de sobornos a los
árbitros...
jueves, 8 de diciembre de 2016
Las fatigas del pensamiento educativo
Ya el pensamiento educativo ha sido
capturado por una serie de tecnificaciones, es esto lo que aprenden los
investigadores educativos, una serie de técnicas para pensar lo educativo. En
un ensayo anterior he referido como este pensamiento termina siendo capturado
por una serie de formalidades de la escritura (http://www.academia.edu/16149744/Los_diez_mandamientos_de_la_escritura_en_la_academia_universitaria
). Este ensayo aborda uno de los tentáculos de la maquinaria de pensamiento a
través de la cual lo educativo es trazado y modelado con pre-determinación.
Pero falta por desentrañar a detalle esta gran maquinaria del pensamiento
educativo que ha caminado a través de los desarrollos de lo que suele llamarse
“investigación educativa”. Dos rasgos que se detectan de esta
maquinaria son la idea de la innovación (sobre lo técnico) y la idea del
rupturismo (sobre el saber, el espacio epistemológico), que forman parte de un
mismo núcleo ideológico moderno: el del cambio y la transformación infinitos,
el de una lógica de traer y llevar lo nuevo hasta el final de los tiempos, el
de las búsquedas indetenibles por inaugurar un saber que sustituya a otro(s).
Pero en el fondo, lo que se enraíza aquí es la mismidad de lo nuevo, es la
necesidad de una transformabilidad que en su infinitud se convierte en un ir y
venir sobre sí misma. Y esto es un atolladero, esto es un contenido abisal del
pensar y el hacer educativo, que de una u otra forma termina convirtiéndose en
fatiga. En el fondo esta es una dolorosa forma de mitificar la vida educativa
bajo la idea de la eternidad de lo nuevo, que se hunde cada vez en el mismo
lugar…
martes, 6 de diciembre de 2016
La Cruz de clavos y las distancias del poder oficial
(Artículo
en publicación en la revista Aserto del mes de diciembre)
I
Los camposantos son territorios que se
extienden a lo largo de las ciudades, en cualquier lugar el acecho de la muerte
se materializa. Hay terrenos baldíos, como el Campo Algodonero en Juárez, que
se han convertido en cementerios, en símbolos de incumplimiento de la justicia
y vacío de poder. Aquí mataron a uno, allá levantaron a otro… Y el lugar de los
desaparecidos, ese lugar que no puede ser encontrado, que se convierte en una
forma de escarbar sobre los deudos para desentrañarlos, para vaciarlos de la
vida que les falta. ¿A dónde ir a rezarles? ¿Dónde buscar para encontrar la
muerte de los desaparecidos, la mínima posibilidad de sanación?
Las veladoras sobre las banquetas, las
cruces de cal, los pequeños altares para señalar los rastros de la muerte como
ausencia. Y una tardanza, una ausencia de justicia que se alarga, que encuentra
como su contraparte a los reclamos, a través de consignas y de gritos, de
símbolos que pueblan de muerte a las ciudades.
II
Frente al palacio de gobierno en la
ciudad de Chihuahua, la Cruz de clavos es el monumento más emblemático para
significar a la muerte de los años recientes. La Cruz de clavos fue levantada
como símbolo de reclamo de justicia ante los feminicidios, que iniciaron con el gobierno de Francisco
Barrio y que se han extendido a los sexenios siguientes. Es una creación
ciudadana que se erigió a distancia del poder institucionalizado, un monumento
autónomo que ha formado parte de una contrahistoria a la oficialidad. La
ubicación de este monumento colectivo sobre uno de los corredores de la plaza
Hidalgo, significa una exterioridad y una distancia ante el poder en turno.
A finales de noviembre, las
integrantes de Justicia para nuestras hijas y otras organizaciones no
gubernamentales, con Alma Gómez a la cabeza, arreglaron la Cruz de clavos para
rememorar a las muertas de Chihuahua. En los últimos años en México y en
Chihuahua, ha ido tomando forma un calendario contraoficial para rememorar las fechas en las cuales se
han cometido agravios contra la sociedad: Tlatelolco, Aguas Blancas, Acteal, Tlatlaya,
Ayotzinapa… A diferencia de las fechas cívicas de los calendarios oficiales, no
hay nada que celebrar, la rememoración es una afrenta no resuelta, es una
protesta ante los abusos y las injusticias del poder, es una forma de
resistencia.
III
“Aquí fue asesinada el 16 de diciembre
de 2010 / MARISELA ESCOBEDO ORTIZ / POR EXIGIR JUSTICIA EN EL ASESINATO DE SU
HIJA/ RUBÍ / Chihuahua, Chihuahua, junio de 2011.” El texto de la placa en honor a la lucha
mantenida por Marisela Escobedo trae consigo las fechas de una irresolución que
se prolonga hasta nuestros días. El paso del siglo XX al siglo XXI en Chihuahua,
está marcado por una oleada de
asesinatos que inician con los feminicidios, y que se extienden hasta los
muertos y desaparecidos del narcotráfico. El transcurso temporal y la distancia
entre la Cruz de clavos y la placa que rememora la lucha de Marisela Escobedo,
es un puente de la muerte hacia la muerte. Para llegar de uno al otro de estos
monumentos de la infamia, solo se tiene que cruzar la calle en la afueras del
palacio de gobierno. La distancia entre ambos es el transcurso de una a otra
lágrima, de una a otra de las muertes que no han terminado de ser reclamadas
como afrentas.
Hubo un momento en que el espacio de
la Cruz de clavos fue insuficiente para significar el número de las mujeres
asesinadas en Chihuahua . Pero los clavos se siguieron hundiendo en la memoria,
en las muertes que nos golpean para que no las olvidemos. Es un martillar en
forma de dolor y grito, es una forma de clavar a la muerte sobre la superficie
de la historia. Y el ruido del metal que choca contra sí mismo, ese metal de
los clavos que ha terminado siendo el mismo metal de la placa de Marisela
Escobedo.
IV
Hincado frente a la placa de Marisela
Escobedo, el gobernador Javier Corral mira de frente la Cruz de clavos. No hay
distancias en la mirada de Corral. Es lo más cerca que un gobernador ha estado
de los dos monumentos de vida y muerte que se levantan sobre el suelo de
Chihuahua. La imagen muestra un acto de redención en el que la política queda
investida por rastros de religiosidad. Frente a la Cruz de clavos que se
enraíza simbólicamente en la religiosidad del cristianismo, Corral apoya las
rodillas sobre el suelo y en el ambiente flota el aura de una redención. El
poder del ejecutivo estatal que se había mantenido lejano, a la distancia de la
lucha social por los feminicidios y los muertos del narcotráfico, queda
expuesto, arrodillado ante una herida histórica de la que brota sangre todavía.
Al micrófono, Javier Corral abre el
abanico de compromisos y promesas. Del otro lado, la voz de Rosa María Sáenz de
parte de las víctimas, hace memoria de los feminicidios, señala la impunidad,
recuerda la fabricación de culpables mediante la tortura en el caso del Campo
Algodonero, y pone en claro que la Cruz de clavos es un monumento levantado por
la sociedad civil, a la distancia del poder institucionalizado.
La redención no culmina con el acto de
hincarse de Javier Corral ante la placa de Marisela Escobedo, ante la Cruz de
clavos. La redención no se cierra con los protocolos de una ceremonia para
rememorar los feminicidios. En sus márgenes de religiosidad y politicidad, la
redención reclama una liberación del dolor y de la negatividad que han traído
consigo las muertes de mujeres y las muertes del narcotráfico, reclama que la
verdad y la justicia puedan hacerse presentes en los hechos.
Es la distancia lo que termina
significando a la impartición de la verdad y la justicia que no llegan todavía,
una distancia punzante, como el ruido de un clavo que no deja de martillar en
las conciencias…
domingo, 27 de noviembre de 2016
viernes, 25 de noviembre de 2016
JOSÉ VICENTE ANAYA Y LA POÉTICA DE LA MALDICIÓN ILUMINADA
(Publico un fragmento de un estudio sobre la obra del
poeta chihuahuense José Vicente Anaya, es un trabajo que se ha extendido y que
no termina todavía…)
La crisis de las humanidades y los declives de la
poesía
El siglo XX es el tiempo del
abismamiento histórico de la poesía, de una caída que no deja de precipitarse
hacia un fondo no previsto ni sabido.
Asfixiada en sí misma, arrinconada en libros leídos por unos cuantos,
convertida en objeto de textualidad estructuralista o posestructuralista en los
estudios academizados de la literatura, hundida en las batallas perdidas por la
alta cultura ante la cultura de masas, desestimada como llave o como luz que
pueda abrir camino a los hombres en los siglos por venir. La poesía prosigue su
caída, sujeta de la herencia histórica de la cultura humanista, de procedencia
griega y renacentista, que también se
precipita hacia el sinsentido de lo presente y de lo futuro.
«Mi tesis, antes bien, es que la
destrucción de la cultura, en este sentido específico y restringido, ya se está
produciendo en gran medida en la sociedad contemporánea, que las “obras del
espíritu” ya han sido ampliamente transformadas en ornamentos o monumentos
funerarios, que solo una transformación radical de la sociedad podrá hacer del
pasado otra cosa que no sea un cementerio visitado ritualmente, inútilmente y
cada vez con menor frecuencia por algunos parientes maníacos y desconsolados.»
(Castoriadis, 2008, P. 18)
A lo largo de la segunda mitad del
siglo XX y a principios del siglo XXI, la tecnificación de la vida ha puesto en
jaque a la herencia histórica y cultural de las humanidades. Hay autores que
comienzan a hablar de una etapa histórica y cultural posthumana (Bares, 2005). Nuestra
herencia humanista, depositada en el arte y en la filosofía, atraviesa una
profunda crisis de vaciamiento del sentido. Herido de muerte, el humanismo
naufraga, aunque no se hunde de manera definitiva, no se asfixia por completo.
Arrastrada por la crisis de las
humanidades, la poesía se encuentra atrapada en un atolladero, respirando
pausadamente en algunos de los espacios de la vida cultural. Si la caída de la
poesía en este siglo no ha terminado de acaecer, si esta caída aún no llega a
un lugar definitivo, esto significa que la poesía aún persiste, aún respira a
través del lenguaje y de la vida. El latido de la poesía en su caerse se mueve
en el péndulo de su salvación y su no-salvación.
Numerosos autores han planteado que la
crisis de las humanidades manifiesta en el abandono de la filosofía y del arte,
es paralela a la profunda crisis histórica que vive el hombre de estos tiempos.
Tal vez exista, o tal vez no, una correlación directa entre ambas crisis. A fin
de cuentas, este asunto no puede demostrarse con claridad mediante datos
empíricos, sino que es una cuestión atravesada por componentes ideológicos y
espirituales. En este sentido tiene lugar una pregunta crucial, una pregunta a
la que habría que desprenderle sus ambiciones metafísicas y ontológicas. La
pregunta no sería: ¿Puede la poesía salvar al mundo?, sino: ¿Puede la poesía
salvar algo del mundo? La primera pregunta es una persecución del mesianismo,
la poesía como sustancia salvífica del mundo. La segunda pregunta es recatada,
muestra las limitaciones de la poesía en sus extensiones hacia lo social, lo
político y lo histórico.
Lo que tuvo lugar a lo largo del siglo
XX es un momento histórico en el que la poesía ha transitado de la primera
hacia la segunda pregunta. Las contradicciones de este tránsito pueden
rastrearse en Heidegger. En sus alegatos a favor de la poesía concebida como
llave y como puerta para salvar al mundo de la tragedia moderna, en sus
interpretaciones magnificadas de la poesía de
Hölderlin, el filósofo alemán se convierte en uno de los últimos
grandes defensores de la trascendencia
metafísica e histórica de la poesía. Lo paradójico es que Heidegger intentó ser
poeta sin lograrlo, razón por la cual tuvo que poetizar su pensamiento y su
escritura filosófica. Lo paradójico es que Heidegger alegó en defensa de la
poesía mientras guardó silencio por los crímenes cometidos por el régimen del
nazismo alemán. Lo paradójico es que Heidegger intenta responder a la primera
pregunta mientras el único camino abierto y visible, se inclina sobremanera
hacia la posibilidad de responder comedidamente a la segunda de las preguntas
planteadas. La postura de Heidegger en defensa de la poesía es en el fondo una defensa del humanismo
occidental, de la filosofía y de las artes como formas de vida que traen
consigo un sentido profundo del mundo y de la vida. A inicios del siglo XXI,
esa defensa se ha vuelto un espacio de resistencia marginal, demasiado marginal
ante los avances de la ciencia, la técnica y el mercado, que son concebidos e
impulsados desde la lógica del neoliberalismo a ultranza.
Lo que ha sucedido con la poesía en
los últimos años de la historia humana es la construcción de facto de una
respuesta a la segunda pregunta, en el territorio de autosalvación que le va
quedando a la poesía para sí misma. Los poetas se han dedicado a salvar a la poesía
para salvarse a sí mismos, para extender una genealogía de pensamiento y de
vida que se niega a morir de forma alguna. Aquí hay algo proscrito, algo de
exclusión y de abandono. Pero por lo pronto no puede ser de otra forma, por lo
pronto la poesía no tiene la potencia para salvar algo demás, algo de-más. Este
es el tiempo histórico en el que la poesía puede ser sublimada o no sublimada,
reconocida o no reconocida, navegada o dejada a deriva en los intersticios de
los años o los siglos. Este es el tiempo de escritura y poetización de José
Vicente Anaya. La de Anaya es una poesía escrita a finales del siglo XX,
alojada en las sombras del no-reconocimiento en las décadas de 1970, 1980, 1990
y los primeros años del siglo XXI,
apenas releída y estudiada hacia la década de 2010. A pesar de
la variadas publicaciones del poemario “Híkuri” en estos años, la obra del
autor chihuahuense recién comienza a ser reconocida, 40 años después de la
publicación de su primer poemario “Los
valles solitarios nemorosos” (1976). Desde sus primeros poemas publicados Anaya
se concibe a sí mismo como un poeta marginado, orillado al pensamiento y la
escritura desde la periferia, desde un espacio que termina convirtiéndose en
bastión de resistencia cultural, política e histórica.
«Tengo largo tiempo de ya no estar
aquí,
aunque nadie lo entienda;
porque estoy gritando con los gruñidos
de mi rabia autobiográfica
arañando los pies del siglo XXI…«
(“Morgue”, 1981)
«Porque nunca tendré tiara
la tierra que me arrancan
no puede dolerme.
Pueden quitarme todo,
mi pie volado sabrá del aire
porque tampoco puede ser
asido. Mi pie alado.» (“Los valles
solitarios nemorosos”, 1976)
La condición marginal de la poesía no
es parte solamente de los tiempos actuales, es un estigma que se ha manifestado
en diversos momentos de la historia humana. Platón intentó inútilmente expulsar
a los poetas del reinado de su “República”. En el segundo de los poemas
citados, Anaya refiere que jamás podrá ser el portador de una “tiara. La
“tiara” es el símbolo de un reinado, de un reconocimiento, que difícilmente
podría ser colocado sobre la cabeza de los poetas marginales, como es el caso
de Anaya. Hay un reclamo manifiesto, hay una indignación en la escritura de
Anaya, quien de manera constante se asume como una voz que habla desde los
márgenes, desde un espacio contestatario y de permanente lucha.
Desde el primer poemario que Anaya
publica bajo el sello de la UNAM (“Los valles solitarios nemorosos”, 1976), se
hace manifiesta la condición marginal del poeta a partir de la figura de Safo.
Este poemario se compone de dos apartados, en el segundo de estos apartados el
texto Anaya posee un tono narrativo fijado en Safo, la poeta griega que fue
denostada y que siglos después sería rescatada y revalorada. La figura de Safo
que transcurre el poema de Anaya es un símbolo de la marginación y la lucha por
el reconocimiento de la poesía. “Pero si ya no tienes agua, Safo, / la culpa no
la tienes. / Es que diste la vida por la vida. / Y nadie comprendió tu danza. /
Y nadie observó tu lágrima en la mano” (“Los valles solitarios nemorosos”,
1976).
En el poema de Anaya, Safo es
simbolizada a partir del agua como elemento que traza la dialéctica de la
vitalidad y el abandono, de la presencia en forma de reconocimiento y de la
ausencia en forma de marginación. El agua humedece la extensión de la vida bajo
la forma de un “lago”, del “rocío” y de
la “lluvia”. El agua es una vitalidad de la presencia. Pero el agua significa
también al abandono bajo la forma de una “lágrima”. El agua es la tristeza de un abandono que se repite una
y otra vez, que inicia con las diatribas y la marginación que se lanzan sobre
la figura de Safo, y que se extiende hasta los poetas marginales de los siglos
XIX y XX. “Cuando no tienes agua: / Te abandonan las aves, / los árboles se
vuelven / alambradas, tus peces / quisieran volar para escaparse / y quedan
atrapados en la arena. / Pero todo esto no es ningún desastre, / sino que tú,
Safo, / pierdes tus ritos en el lago. (Ibidem.).
A lo largo de la modernidad se ha
impuesto una desacralización del arte y de otras actividades humanas. Desde
hace mucho tiempo la poesía dejó de estar investida por la ritualidad y la
religiosidad que le fueron impresas en la antigua cultura griega. Una de las
líneas de escritura de Anaya escarba sobre los contenidos rituales y religiosos
de la poesía, su búsqueda ha sido incesante en este plano y queda manifiesta en
el mismo epígrafe del poeta místico San Juan de la Cruz, que abre el poemario
“Los valles solitarios nemorosos” (1976).
Investir a la poesía de misticismo, hacerla retornar a su condición
ritual y religiosa es una de las premisas de las que parte la poesía y la
ensayística del poeta chihuahuense.
En un artículo que Anaya escribe sobre
Carlos Montemayor, hace referencia a la dialéctica de la marginación y el
reconocimiento sobre la poeta Safo:
« (…) Montemayor hace una necesaria
apología de Safo, quien por siglos había sido tratada como meretriz, ante lo
cual cuenta que una tarde Solón “escuchó una canción de Safo en labios de su
nieto; al terminar éste, Solón le pidió que se la enseñara, pues le explicó: quisiera aprenderla antes de morir.
Conviene recordar aquí el epigrama atribuido a Platón en que a Safo le llama Décima Musa; también aquel
que contiene la hermosa designación de musa
inmortal entre inmortales musas”. Y su poesía es bien ponderada
así: “La musicalidad y dulzura de su lenguaje fue proverbial en la historia de
la poesía griega, en una lengua de suyo tan sonora, vocálica y rica.”» (“La
Jornada”, 18 de julio de 2010)
La figura de Safo, que simboliza la dialéctica de la marginación
y el reconocimiento de la poesía y del poeta, es proyectada desde Grecia hasta
la actualidad en la obra de Anaya. Esta jugada literaria traza una condición
problemática que se ha repetido una y otra vez a lo largo de la historia de la
humanidad, y que se exacerba en los tiempos actuales. En el contexto de la
crisis de las humanidades hacia finales del siglo XX y principios del XXI, los poetas
y la poesía viven una de las etapas históricas más aciagas, más densamente
oscuras. La poesía que en occidente se
enraíza en el mundo helénico y que desde ahí llego a ser parte fundamental de
la alta cultura, ha sido desplazada por la cultura de masas. Hay autores que
afirman que en las décadas recientes la poesía se ha trasladado de los saberes
eruditos y estéticamente refinados depositados en los libros, hacia los saberes
popularizados de las canciones que se tocan en la radio y la televisión. Este es
un tema que requiere ser abordado en un estudio alterno.
La dialéctica de la marginación y la
lucha incesante por el reconocimiento de la poesía, está presente a lo largo de
toda la obra de Anaya. En este autor hay una fascinación por lo marginal. El título
del último poemario publicado por Anaya es significativo en este sentido:
“Paria” (2010). Un “paria” es un marginal, un desterrado de los territorios
social y culturalmente aceptados y hegemonizados. Al final del poemario “Paria”
(Ibidem.) hay cuatro textos en prosa que narran el encuentro de José Vicente
Anaya con Juan Martínez, un poeta marginal
que abandonó la “farándula cultural” de la ciudad de México y se dedicó
a una vida sencilla e impregnada de misticismo, trabajando como lavador de
autos en las calles de la ciudad de Tijuana. En el libro de ensayos “Poetas en
la noche del mundo” (1977), Anaya escribe dos textos sobre la obra y la vida de
Juan Martínez, subrayando la calidad de su poesía y la condición de
marginalidad que el poeta buscó para sí mismo al retirarse del mundillo
literario. Anaya afirma que la poesía de Juan Martínez no ha tenido el
reconocimiento que merece.
La fascinación de Anaya por lo
marginal, está también presente en el epígrafe con el cual se abre el poemario
“Morgue” (1981) y en el epígrafe que se anota al inicio de las diversas
ediciones de “Híkuri”: “A todos aquellos que han / gritado poemas
premonitorios, / y que por sus ideas o / alucinaciones / han sido condenados: /
paranoicos / esquizofrénicos / visionarios / mal-pensantes / rebeldes”. Otra de las líneas de la escritura del poeta
chihuahuense abreva del malditismo en la poesía y en el arte en general. En
occidente, los artistas, los poetas, han sido concebidos a partir de una
estigmatización que se ha repetido una y otra vez en los casos de Safo,
Baudelaire, Artaud, Ginsberg, etc. Los autores a los que Anaya ha leído,
estudiado y traducido son parte de una genealogía maldita, atrapada en la
dialéctica de la marginación y el reconocimiento.
Descender hacia “la noche del mundo”
Ante lo aciago y la oscuridad de la época que a José Vicente Anaya le toca vivir como poeta y como promotor de la poesía a través sus traducciones y sus ensayos, se hace presente la idea de “la noche del mundo”, que el autor retoma de Hölderlin y Heidegger. Los poetas, una estirpe sobre la que se han lanzado paradójicamente las ideas de la marginación y el reconocimiento, de la maldición y la iluminación, tienen la capacidad de descender al infierno, para salir de ahí indemnes, con el fuego de una nueva luz que pueda reinventar a la historia y a las formas de vida.
¿Pero, en qué consiste en específico
la conexión de Anaya con Heidegger? ¿Cuáles son las huellas de intertextualidad
que van desde Heidegger hasta Anaya? Anaya retoma las visiones de Heidegger sobre los poetas y la poesía para
escribir su ensayo, y a partir de ello construye uno de los ramales de su
poética. La idea heideggeriana de “la noche del mundo” se explica a partir del
alejamiento de Dios y de una crítica a la tecnificación en la modernidad. Ambos
puntos, el alejamiento de lo sagrado del mundo y la tecnificación que inicia
con la revolución industrial y que se expande hasta la era de la computadora y
el internet, forman parte de la base argumentativa a partir de la cual
Heidegger postula una metafísica alterna.
De manera explícita en el poemario
“Híkuri”, se hace una crítica a la tecnificación del mundo: “Todos los aparatos
electrónicos controlan la vida ajena/ Han metido una celda fotoeléctrica en mi
cabeza”… (Ibidem., P. 19). “… plantas eléctricas lanzando millones de
kilowatts a los cerebros / y los tentáculos se extienden a las Ciudades
Capitales” (Ibidem., P. 21). Aunque a fin de cuentas, esta postura de Anaya que
se conecta con Heidegger se entrecruza con otros componentes, como la filosofía
tarahumara que aún resiste los embates de las formas de vida occidentales.
En el poemario “Híkuri” las imágenes
de la oscuridad y de la noche poseen raigambres heideggerianas a partir de la
metáfora-concepto de “la noche del mundo”: “EMPIEZA EL CREPÚSCULO EN LA
MEDIANOCHE / ¿Qué? / SE ESTÁ RETORCIENDO EL HORIZONTE…” (1987, P. 15). La
imagen del “crepúsculo en la medianoche” es paradójica, por un lado refiere la
presencia de la oscuridad en el mundo
moderno, por otro lado atisba rastros de luz, de posibilidad de salir de la
oscuridad en la que se encuentra ensimismado y abismado el hombre de los siglos
XX y XXI.
La escritura de Anaya surge desde los
intersticios de un tiempo histórico y cultural trastocado por la oscuridad y
por la luz. La filosofía de Heidegger bucea este territorio de claroscuros. La
poesía, la ensayística y la traducción de Anaya también lo hacen, aunque de una
manera diferente. En el poema “Híkuri” hay una referencia directa al “Dasein”
heeideggeriano y a Hölderlin (Ibidem., P. 61).
En los párrafos finales de la
conferencia “¿Y para qué poetas?” pronunciada por Heidegger ante un pequeño
auditorio privado, se refiere al “poeta” como si fuera un “ángel”. Heidegger
toma esta imagen de una carta escrita por Rilke. Refiriéndose a Hölderlin, José Vicente Anaya también afirma al “poeta”
como un “ángel” en el ensayo que escribe a partir de Heidegger:
«Ahora que
rascamos los pies del siglo XXI no somos más que la continuidad de la condena
de aquel bibliotecario que, delirando, se convirtió en ángel de la guarda y
mala conciencia de su tiempo para seguir centelleando durante dos siglos. Martín
Heidegger lo piensa así…» (1997, P. 12)
En este mismo ensayo, Anaya se refiere
a la figura del “poeta-sacerdote” o del “sacerdo-poeta” (Ibidem., P. 14). El
poeta y la poesía son concebidos a partir de la búsqueda de una divinidad que
Heidegger, y otros filósofos y poetas, llevan a cabo desde hace siglos. Bajo
esta óptica Anaya escribe otro ensayo: “Perseguir la huella de lo sagrado”
(2011). También en los ensayos que Anaya escribe sobre la generación Beat,
refiere a la figura de los “poetas” como si fueran “ángeles” (“Los poetas que
cayeron del cielo. La generación beat comentada en su propia voz”, 2001, P. 9).
La misma referencia al “poeta” como “ángel” es expresada por Anaya en la
introducción del libro en el que antologa sus traducciones de Antonin Artaud
(“Aerolitos mentales”, 2013, P. 11).
Pero las referencias a la poesía y al
poeta como un ser tocado por la divinidad, no se sujetan únicamente a
Heidegger. Esta línea ideológica se desprende desde Grecia y se extiende
desde diferentes ramales hasta nuestros días. La idea del “poeta” como
“sacerdote” es citada en los ensayos de Anaya a partir de las voces de Novalis
y Ginsberg.
El poeta no es un ser humano común y
corriente, un hálito de divinidad lo fustiga en forma de iluminación o
revelación, de oscuridad o desasosiego. La condición que trastoca al ser del
poeta desde la divinidad, como “ángel” o como “sacerdote”, es en el fondo una
maldición iluminada, un espacio de adversidad perpetua en el poeta que es
perseguido por lo sagrado, a la vez que
lo sagrado es perseguido por el poeta. Y los posibles hallazgos metafísicos que
puedan desprenderse de esta nervadura en forma de poesía, son lo mismo
destellos de luz que de oscuridad.
La idea de la “noche del mundo” que
Anaya retoma de Heidegger, no convive plenamente con el pesimismo de
Castoriadis. Heidegger asume que la medianoche trae consigo “la mayor penuria
del tiempo”, pero este es un “destino que acontece más acá del pesimismo y el
optimismo” (“Caminos de bosque”, 2010, P. 200). En la conferencia de Heidegger
hay un hálito de esperanza que cruza por los territorios de la poesía. Esta
mirada utópica también cruza la poesía de José Vicente Anaya.
El poeta y la poesía que viven en los
tiempos de la miseria existencial de “la noche del mundo”, son los que tienen
la capacidad y el arrojo de adentrarse en este abismo, de llegar hasta el fondo
de este abismo y cantar desde ahí la caída en la oscuridad y la posibilidad una
salida.
«SERÉ LA LLAGA DEL MUNDO
ángel negro de nuestra oscuridad
serpiente emplumada
abogado del diablo
desperté hablando: TODOS LOS POETAS
SON EL MISMO
EN ESTE INFIERNO (Vallejo) corazón apaleado
in
this hell
(Ginsberg) santidad
ulcerada
in
ther hiesigen hölle
(Hölderlin) vision
escarnecida
das cet enfer (Rimbaud) carne pudiente…
que no se condene más a Pound con dedo
roto,
se equivocó en política igual que
Mayakovski /
asesinatos
manipulados en la trastienda del Poder
Político y
los poetas incendiados porque se
hiciera verdad LA VIDA NUEVA / ellos
no fusilaron a ningún inocente
no dirigieron el pico a los zopilotes
(nunca se hizo la UTOPIÁ verdadera ,
por la que se inmolaron al poema)
y la culpa que les quedó ya está
saldada
SALIERON DE LA OBJETIVIDAD
dejando mensajes
que serán descifrados por los seres
libres:
se
ha roto la barca del amor…
he
tratado de escribir el paraíso….»
(“Híkuri”, 1987, P. 23 y 24)
El “abismo” de “la noche del mundo”
tiene las dimensiones del “infierno” y los poetas serían los únicos capaces de
hundirse en este sitio en pos de lo que viene en forma de salvación posible.
Las imágenes de “LA VIDA NUEVA” y de la “UTOPÍA” que Anaya anota con
mayúsculas, son el territorio que los poetas tendrían que construir después de
abismarse en el territorio infernal de “la noche del mundo”. Los versos que en
“Híkuri” anteceden al fragmento citado, dibujan en una imagen filosófica el
puente que se levanta del infierno de “la noche del mundo” hacia la posibilidad
la reconstrucción utópica:
«P R
E C I
P I T
A C I
Ó N
(no preguntes si empezamos de cero)
DONDE TODO SE ACABA
el Todo está naciendo» (Ibidem., P.
22)
Es Anaya quien como poeta y como
filósofo se “precipita” hacia el infierno de la noche del mundo, junto con él,
o mejor dicho a través de él, se despliega la “precipitación” de otros poetas y
filósofos…
Las luchas en los territorios del canon literario en
México
La profunda crisis de las humanidades
en las últimas décadas, que ha derivado en la minusvaloración y la marginación
de la poesía en occidente, es uno de los condicionamientos históricos y
culturales que envuelve la escritura de Anaya. Este es el primer contexto desde
el cual emerge la escritura del poeta chihuahuense, donde la poesía y la
actividad de los poetas navegan a contracorriente, atrapados en un declive que
se pronuncia hacia el futuro.
En este contexto de adversidad, la
figura de Safo que Anaya introduce en su primer poemario publicado (“Los valles
solitarios nemorosos”, 1976), es
representativa de la persistencia de la poesía a lo largo de los siglos. Es
notorio que en este libro de Anaya se hace presente un alegato que defiende la
no-marginación de la poesía y del poeta.
Hay un segundo contexto desde el cual
surge la escritura de Anaya, que desde luego se relaciona con el primer
contexto analizado. Este segundo contexto tiene que ver también con la
condición de marginalidad de los poetas, pero en el plano de la configuración
del canon. El reconocimiento o no-reconocimiento de una obra o de un autor, es
un hecho que requiere ser leído a partir de la configuración del canon
literario. José Vicente Anaya es un autor que ha escrito y promovido su obra
desde los márgenes establecidos por el canon institucionalizado en México.
El surgimiento del movimiento
infrarrealista en México, del cual Anaya fue miembro fundador a mediados de la
década de 1970, toma forma a partir de un conflictivo territorio que se
inscribe en la lucha por la configuración del canon de la poesía mexicana.
Durante la segunda mitad del siglo XX,
el panorama de la literatura mexicana fue dominado por un conjunto de autores
congregados alrededor de la figura de Octavio Paz. Desde la periferia, los
infrarrealistas confrontaron a la hegemonía paceana. En un tono irónico,
Heriberto Yépez se ha referido a esta hegemonía literaria como “pazentrismo”
(2010). “¿Quiénes son los impulsores del pazentrismo? Básicamente la célula de Vuelta: Adolfo Castañón, Gabriel Zaid,
Guillermo Sheridan, Christopher Domínguez Michael y, en otra dimensión, Enrique
Krauze y José Martínez”. En los primeros años del siglo XXI, el impulso del
“pazentrismo” ha caminado a través de los proyectos literarios y políticos de
las revistas “Letras Libres” y “Nexos”, y a través de otras instituciones, como
la Fundación para las Letras Mexicanas, inicialmente nombrada “Fundación
Octavio Paz”.
Madariaga Cano (2010), apunta que
hacia la década de 1970, en el momento del surgimiento del infrarrealismo, el
panorama literario en México estaba dominado por Octavio Paz y Carlos
Monsivais. El primero estaba a cargo de la revista “Plural”, editada como
suplemento cultural del periódico “Excelsior”. A raíz de la salida de Julio Scherer
del periódico “Excelsior”, “Plural” se convertiría en la revista “Vuelta”. El
segundo dirigía el suplemento “La cultura en México”, que formaba parte del
proyecto periodístico de la revista “Siempre”. Para los infrarraelistas las
puertas de las revistas “Vuelta” y “La cultura en México” estuvieron
permanentemente cerradas, por lo que tuvieron que desarrollar su escritura y la
promoción de su obra a contracorriente de las instituciones oficiales de la
literatura mexicana.
Entrevistado por Yépez (2007), José
Vicente Anaya aborda con detalle la visión contestataria que los integrantes
del infrarrealismo se fijaron sobre Octavio Paz y el control cultural que
ejerció en el panorama literario mexicano de la década de 1970.
En la lucha por la institucionalización
del canon literario en México a lo largo del siglo XX y principios del XXI,
tienen lugar tres momentos clave. El primero de estos momentos se concentra en
la década de 1920, y desde ahí se proyecta hacia las décadas siguientes. La
confrontación por el canon tiene lugar entre los estridentistas y el grupo de
los contemporáneos. Durante el siglo XX, el canon literario fue hegemonizado a
favor de los contemporáneos, cuestión que dio lugar al desplazamiento y la
marginación de los estridentistas. Esta cuestión es abordada a detalle en el
libro “Elevación y caída del estridentismo” (Escalante, 2010). En este texto,
Escalante revalora la obra de los estridentistas y cuestiona los argumentos y
los mecanismos que institucionalizaron al canon de los contemporáneos. La
publicación del libro de Escalante en el año 2010, pone en claro que los
procesos que configuran al canon literario en México pertenecen a una
temporalidad histórica de larga duración,
y se proyectan de manera compleja desde lo pasado hacia lo presente.
Un segundo momento tiene lugar hacia
la década de 1970, cuando los integrantes del movimiento infrarrealista se
confrontaron a la hegemonía paceana. Esta es una cuestión que incluso se
convierte en leyenda, cuando Roberto Bolaño incluye en la novela “Los
detectives salvajes” (2011), que el cometido central de los “realvisceralistas”
(los infrarrealistas) era chingar a Paz.
De la misma manera en que la
confrontación por el canon entre los estridentistas y los contemporáneos, se
extiende hasta el siglo XXI a partir de los debates abiertos por Escalante y
otros autores, la lucha por el canon entre los integrantes y simpatizantes del
infrarrealismo y el pazentrismo, se extiende desde la década de 1970 hasta la
fecha.
El tercer momento de confrontación por
la configuración del canon en la literatura mexicana tiene lugar en los
primeros años del siglo XXI. Este tercer momento pudiera concebirse como una
extensión de la confrontación entre los infrarrealistas y los pazentristas.
José Vicente Anaya es una figura clave durante el segundo y el tercer momento
en la lucha por el canon literario en México.
Los tres momentos referidos no
retratan la complejidad que tiene lugar en la lucha por el canon literario en
México, pero resultan claves para poner en claro algunas de las aristas que se
muestran cuando suceden estas confrontaciones culturales y políticas.
Desde la misma escritura de su poesía,
Anaya toma una postura crítica ante la marginación a la que su obra se vio
sometida durante las décadas que van de 1980 hasta los primeros años del siglo
XXI.
«lo que escribo en el aire
vale más /por eso escribo aquí/...
yo me daré un premio literario
por lo que nunca escribo ¡palabras !
¡ cinismo
carcajeante!» (“Híkuri”, 1987).
El poemario “Híkuri” de Anaya es uno
de los textos desplazados por el canon impuesto desde la lógica pazentrista.
Sobre este poemario de Anaya se ha comenzado a erigir una leyenda literaria.
Siendo “Híkuri” uno de los libros de poesía publicados mayor número de veces en
México, no había tenido un reconocimiento significativo hasta la segunda década
del siglo XXI. Hay un reconocimiento tardío de la poesía de Anaya.
En el año 2015, los integrantes del
proyecto Malpaís Ediciones publicaron 10 libros de poesía que postulan un contracanon
al pazentrismo. Desde el mismo nombre de la colección se pone en claro que las
obras poéticas publicadas por Malpaís Ediciones son parte de una postura antioficialista: “Archivo
negro de la poesía mexicana”. Entre los 10 libros publicados está “Híkuri”. El
proyecto editorial de “Archivo negro de la poesía mexicana” ha tenido una buena
recepción entre los lectores, la crítica y la prensa que se ocupa de la
literatura en México.
Esta actitud crítica y contestataria
ante el dominio del pazentrismo, se ve reflejada en la publicación del libro
“Versus: Otras miradas a la obra de Octavio Paz” (2010), compilado y prologado
por el mismo José Vicente Anaya. En el prólogo de este libro se subraya:
«Los fundamentalismos intelectuales han
derivado en caudillismos con sus típicos abusos en la intolerancia. Debemos ver
a la poesía como un territorio utópico en el que todavía se puede soñar que son
posibles los imposibles, un territorio de la imaginación en la que se propicia
la tolerancia a todo lo diverso.
Por eso, y en principio, no creo que
la influencia de Octavio Paz sea “decisiva”; considero que su aplastante
presencia se debe principalmente a un efecto de la manipulación a través del
poder y la publicidad. »
La postura de Anaya en contra de la
dominación pazentrista, se enraíza en los postulados del infrarrealismo, que
como movimiento literario duro apenas de 1976 a 1979, pero que como postura
literaria y política se extiende hasta las primeras décadas del siglo XXI.
Los “lugares” del “viaje” en la poética de Anaya
La categoría teórica con la que se ha
definido de manera más insistente a la poesía de Anaya, es la idea del “viaje”.
Este término opera tanto en el plano conceptual como en el metafórico. El mismo
Anaya correlaciona la escritura de “Híkuri”
con la idea del “viaje”. En una entrevista que el poeta chihuahuense le concede
a Cruz Osorio en 2006, refiere que posterior a su retirada del movimiento
infrarrealista, decide “viajar por todo el país”. Es a partir de ese viaje que
Anaya desata la escritura de “Híkuri”. En otras entrevistas que el autor ha
concedido, subraya que la escritura de “Híkuri” se deriva de este viaje que
emprende por México, después del quiebre del movimiento infrarrealista.
En la revisión de los estudios que se
han realizado sobre la poesía de Anaya, de manera relevante destaca la idea del
“viaje”. Desde diferentes puntos de vista, diversos autores han analizado a la
poética de Anaya a partir de la categoría conceptual y metafórica del “viaje”.
La idea del “viaje” a partir de la cual se interpreta la obra del poeta
chihuahuense es un “macroconcepto” (Morín, citado por Grinberg, 2002). Los
macroconceptos son categorías teóricas cuya condición es compleja, por lo
tanto, diversa, multiforme y desplegada hacia ramales sobre los cuales se
requiere elaborar una genealogía. Posterior al primer momento histórico de
recepción e interpretación de la obra de Anaya, que ha tenido lugar en las dos
primeras décadas del siglo XXI, se requiere hacer una revisión a profundidad de
la idea del “viaje”, como macroconcepto interpretativo de esta obra. En los
párrafos siguientes se realiza esta revisión en algunos autores que han
estudiado la obra de Anaya.
El prólogo que Heriberto Yépez escribe
al poemario “Peregrino” en la edición del año 2007, refiere que la poesía de
Anaya está definida interiormente por la idea del “viaje”, del desplazamiento
escritural que conecta a un poema con otro, a un libro con otro libro.
«Peregrino
es un desdoblamiento de Híkuri. Toda
la poesía de José Vicente Anaya es un solo poema, prolongación de un códice.
Sus libros no son una juntura de poemas aislados sino desenvolvimientos
unitarios… Esta sería la primera indagatoria de su poesía: ¿de qué se trata
este poema que José Vicente va escribiendo a través de sus poemarios? Se trata
de un viaje. La poesía de Anaya es el registro de un nomadismo. Se trata de una
psicogeografía.»
Desde el punto de vista de Yépez, el
“viaje” de Anaya es escritural y tiene lugar a partir de un “nomadismo” y una
“psicogeografía” que se desplazan en tres líneas: una “alquimización” del
lenguaje, mezcla de componentes del idioma español y del idioma tarahumara que
da lugar a una “nueva lengua mexicana; un viaje de carácter “existencial” y
“testimonial”, en el que Anaya poetiza a la época histórica y cultural que le
toca vivir; y una “transmutación” que va más allá de la
conciencia visible y de la racionalidad dominante, como forma de desplazarse
hacia los territorios del inconsciente y la espiritualidad. La interpretación
que Yépez hace de la obra de Anaya a partir del concepto-metáfora de “viaje”
presenta una plasticidad conceptual.
En el prólogo que se anota a “Híkuri”
en la edición de la colección Archivo Negro de la Poesía Mexicana, Palma Castro
Y Osorio de Ita (2014) refieren la presencia del “viaje” en la obra de Anaya a
partir de dos líneas: el viaje externo y real que el poeta realiza posterior a
su retirada del infrarrealismo, y el
viaje interno y simbólico que se hace presente a lo largo del poema. En el
“viajar” de Anaya hay una “alteración de la conciencia” para “acceder a otro
tipo de realidad”. Los autores refieren la larga tradición de la literatura
visionaria o alucinatoria que antecede a la escritura de Anaya, trabada en una
lucha contra el racionalismo que se ha vuelto una dictadura del pensamiento y
de las formas de vida en la modernidad. Según los dos autores, el poema se
desenvuelve a partir de una “red subyascente de significados”, los cuáles van
apareciendo de manera “progresiva” y “fragmentaria”. En el poema de Anaya hay un
desplazamiento de significados y de significantes que dan lugar a una
innovación lingüística.
En los estudios que se realizan del
poema “Híkuri” en la antología “Caminatas nocturnas. Híkuri ante la crítica” (Reyes compilador, 2016), varios autores
hacen uso del concepto-metáfora del “viaje” para analizar el texto de Anaya.
En un segundo estudio sobre el poema
“Híkuri”, Yépez (2016) vuelve a retomar
la idea del “viaje” para indicar el “nomadismo” del poema. En “Híkuri” se hace
presente un “viaje al infierno”, que transcurre por la alteración de la
conciencia y a través de la reunión de una “tribu de malpensantes análogos” al
propio Anaya. Hay una identificación estética e ideológica entre Anaya y estos
“malpensantes”. Yépez menciona los nombres de algunos de los integrantes de
esta “tribu”, quienes han dado lugar a un largo viaje histórico a través de la
alteración del pensamiento: “Holderlin, Ginsberg, Vallejo, Concha Urquiza, Juan
Martínez, Sor Juana, Rimbaud…”
En otro de los ensayos de este libro,
Santa Olaya (2016) refiere la presencia de una “viaje curativo” que se enraíza
en la cultura rarámuri y su conexión profunda con los componentes físicos y
espirituales de la naturaleza. El “viaje” es una crítica a la modernidad a
partir del desplazamiento por diversos espacios físicos como “el mar, las
montañas, las cañadas, las cumbres…” Santa Olaya refiere que el viaje se
desplaza a través del “desastre” y la
destrucción humana en la historia reciente, hasta concluir en un retorno al
origen manifiesto en los rastros amorosos del poema.
Por su parte, García Vázquez (2016)
afirma que “Híkuri” está caracterizado por la
creación de un “no lugar”, mediante una búsqueda visionaria que se
conecta con la contracultura norteamericana. El viaje de Anaya es concebido por
su cercanía con el movimiento contracultural, principalmente los escritores de
la generación beat en Estados Unidos. Este autor asume que el “viajar” de Anaya
se desdobla desde “Híkuri” hasta el poemario
“Peregrino” (2002).
En el mismo libro compilado por Reyes
y publicado por el ICHICULT, tres de los autores titulan sus estudios de
“Híkuri” en la misma línea analizada:
“Un viaje al centro de la esencia” (Lázaro Altamirano, 2016), “Viajar
con Híkuri por la poesía” (Navarro
Magallanes, 2016) y “Viaje semiótico por Híkuri”
(Ramírez Viera, 2016).
Según Lázaro Altamirano, el “viaje” de
Anaya “contiene la esencia del reconocimiento”, en una búsqueda trascendente
que comienza en el propio yo y que se extiende existencialmente hacia el mundo
y la vida. La interpretación de Navarro Magallanes afirma que el “viaje” tiene
lugar en los territorios internos de la poesía, mediante una serie de
desplazamientos que son lanzados a la vitalidad de las palabras. El ensayo de
Ramírez Viera, afirma también que el “viaje” de Anaya transcurre
semióticamente, a partir de la significación de lingüística.
La idea del “viaje” que los diversos
estudios han planteado en la
interpretación de la obra de Anaya, se agrupa en cuatro grandes categorías: A)
El “viaje” concebido como una realidad biográfica del autor, quien desprende la
escritura de “Híkuri” de un viaje físico y geográfico que realiza por el
territorio mexicano después de concluido el movimiento infrarrealista; B) el
”viaje” discursivo, que tiene lugar en los terrenos del significante y el
significado concebidos por Saussure; C) el “viaje” concebido en términos
existenciales e históricos, que da cuenta de una época poetizada y narrada por
Anaya; D) y el “viaje” que se conecta con los poetas y escritores malditos, en
una búsqueda que trasgrede a la conciencia y a la racionalidad dominantes.
Tomando en cuenta las categorías analizadas sobre la idea del “viaje” en la
obra de Anaya, sin lugar a dudas, es
Yépez quien logra una conceptualización más clara, más amplia y más compleja.
La presencia del macroconcepto del
“viaje” que se pone en marcha en los estudios de la escritura de Anaya, pone en
evidencia una plasticidad hermenéutica, y desde luego una riqueza
interpretativa en las maneras de leer esta obra. Las amplias posibilidades
interpretativas a partir de la idea del “viaje” o de otros elementos que se
hacen presentes en la obra del poeta chihuahuense, dan lugar a una de las
cualidades más significativas de esta obra. Los mismos estudios que se han
elaborado de los textos de Anaya, subrayan esta plasticidad interpretativa.
«… la postura de José Vicente Anaya,
quien perfectamente puede tomar conceptos del anarquismo de Mijail Bakunin o de
los hermanos Flores Magón, como del existencialismo de Sartre, y del otro
existencialismo, el de Camus, como la crítica a la sociedad capitalista de
Herbert Marcuse, o los conceptos de la educación fallida de Iván Ilich, pero
sin encadenarse a ellos. Así nos encontramos con un escritor de temas políticos
desde distintas pistas, alejado del dogmatismo y las militancias partidistas.»
(Cruz Osorio, 2015)
Así es que en Híkuri se plantea una fuerte relación intertextual con el viaje de
Artaud en busca del ritual del Peyote… Así es como podemos decir que Híkuri se desorbita desde la propia
nervadura de Antonin Artaud.
Pero para esta reciente edición de Híkuri de José Vicente Anaya, nos parece
importante que se emprenda un viaje de lectura desde otros derroteros, y no
únicamente desde la fuente intertextual con Artaud (Palma Castro y Osorio de
Ita, 2014).
Abrir una sola línea interpretativa en
la revisión de la obra de Anaya, que llegue a centrarse de manera prominente en
una sola postura autoral (a partir de Artaud, de los escritores de la
generación beat, de Heidegger, etc.) o teórica (considerando la categoría del
“viaje” u otra categoría), trae consigo
el problema de un reduccionismo hermenéutico. Los caminos para entender la obra
de Anaya se desdoblan hacia varios planos, que deben abordarse a partir de una
lectura compleja.
Por otro lado, las revisiones que se
han realizado sobre la idea del “viaje” no han sido conectadas a profundidad
con cuestiones que resultan cruciales para la escritura de Anaya y para la
época histórico-cultural en la que se escribe y se publica inicialmente esta
obra. Anaya se forma como escritor y
realiza sus primeras publicaciones en el momento histórico y cultural en el que
la modernidad comienza a ser sustituida por los contenidos de la posmodernidad
(Lyotard, 2004 y Vatimo, 1987). Pero
afirmar que la obra de Anaya es posmoderna, por el hecho de ubicarse en la
coyuntura histórica y cultural en la cual la modernidad es desplazada por la
posmodernidad, o por el hecho de contener determinados contenidos que pueden
ser concebidos como “posmodernos”, es una tesis reduccionista.
Las
valoraciones que Yépez realiza sobre la obra del autor chihuahuense dan
lugar a una condensación de significados que pueden llevarnos a concebir la
obra de Anaya como posmoderna. Para Yépez la poesía de Anaya es: “el registro
de un nomadismo”, una “transformación” “lúdica” y “alquímica”, una
“desorganización de los sentidos”, una escritura que pasa de lo “clásico” a lo
“psicodélico”, un “cuerpo sin órganos” que implica a Artaud, Deleuze y
Guattari. Yépez no afirma de manera directa
que la obra del poeta chihuahuense es posmoderna, pero indirectamente, sus
valoraciones dan lugar a un listado de cualidades estéticas, discursivas y
culturales que pueden orillarnos a concebir esta obra como posmoderna.
¿Es la obra de Anaya estrictamente
posmoderna? ¿Cuáles son las implicaciones y dificultades teóricas e
ideológicas que se hacen presentes en
las tendencias valorativas que nos llevan a concebir esta obra como posmoderna?
Estas dos preguntas resultan cruciales en el presente estudio de los textos de
Anaya.
Desde 1990 hasta la fecha los debates
se han centrado de manera prominente en el desplazamiento y la sustitución de
una época histórica y una forma de cultura por otra: la posmodernidad que toma
el lugar de la modernidad a partir de una serie de contenidos estéticos,
sociales, políticos, ideológicos, etc. Pero esta cerrazón ha tenido sus
variantes desde América Latina. No necesariamente ha tenido lugar el paso de la
modernidad hacia la posmodernidad, esta no es una cuestión definitiva que se ha
dado de una vez por todas. Después de la conclusión de la modernidad, están
abiertos los debates y las posibilidades fácticas de dar lugar a una historia y
una cultura alternas, que no necesariamente tendrían que ser posmodernas.
La obra de Anaya se crea y se proyecta
desde un contexto de transformaciones históricas y culturales que no concluyen
todavía. Asumir que la obra de Anaya es posmoderna es una postura teórica e
ideológicamente limitada y cómoda. Las camisas de fuerza que la academia
especializada en estudios literarios
imponen en la conceptualización de las obras y los autores, suelen ser
reduccionistas y sumarias en sus aspiraciones. En la crítica académica la categoría conceptual de la “posmodernidad”
ha terminado convirtiéndose en cliché.
El “viaje” de Anaya no es posmoderno,
no concluye en el vaciamiento del sentido que nos hace habitar el mundo. La
deconstrucción no desemboca de manera trágica en lo vacío del sinsentido. En la
obra de Anaya están presentes los indicios del pensamiento utópico. El
“VIAJE-DESORBITACIÓN” de Anaya, desemboca ideológicamente en la postulación de
un “PARAÍSO”, de un “RENACIMIENTO DEL AMOR”, de una “UTOPÍA” (“Híkuri, 1987).
Una de las tesis más trágicas de la posmodernidad es la clausura del pensamiento
utópico. Los grandes relatos de significación utópica dejan de tener cabida en
la posmodernidad. Si en la obra de Anaya se detectan indicios de un pensamiento
utópico, se hace presente un contenido que va a contracorriente de los
contenidos teóricos e ideológicos de la posmodernidad.
El autor que define con mayor claridad
las inclinaciones posmodernas del concepto-metáfora del “viaje” es Marc Augé en
los libros “El viaje imposible” (1998) y «Los “no lugares”, espacios del
anonimato. Una antropología de la sobremodernidad» (2000). Para Augé el viaje
concebido desde una perspectiva posmoderna está directamente conectado con la
actividad del turismo. El viaje forma parte de un contrato comercial en el cual
los desplazamientos están predeterminados por las agencias de viajes. El
paisaje natural y urbano queda convertido en mero objeto de recreación
turística, no hay un habitar genuino de los espacios a través de los cuales se
transita humanamente. El viaje es mediatizado por la idea del tour.
«Esas agencias de viajes que
cuadriculan la tierra, que la dividen en recorridos, estadías, en clubes
cuidadosamente preservados de toda proximidad social abusiva, que ha hecho de
la naturaleza un “producto”, así como otros quisieran hacer un producto de la
literatura y el arte, son las primeras responsables de la ficcionalización del
mundo, de su desrealización aparente; en realidad, son las responsables de
convertir a unos en espectadores y a otros en espectáculo.» (Augé, 1998).
El viaje posmoderno es capturado por
la lógica neoliberal que convierte al mundo en “espectáculo” y al habitar en
mera “expectación. El viajante no se sumerge en la realidad sociohistórica de
los espacios geográficos y humanos por los cuales transita. Los corredores
turísticos son una realidad “ficcionalizada”, alterada a partir de itinerarios
que dejan a un lado los espacios problemáticos de la realidad humana. Los mapas
del viaje posmoderno son una guía de claudicación social e histórica, una
manifestación de la desideologización y la despolitización pretendidos por los
posmodernos-neoliberales. El viajar se convierte en un desplazamiento alrededor
de la cáscara del mundo. No se construye un entrañar entre el viajante y los
espacios físicos y humanos, la estancia es efímera, sin profundidad alguna. Toda posibilidad de diálogo está atravesada
por la mercantilización de los otros seres humanos y del mundo como lugar de
recreación turística. El viajar posmoderno es asunto telematizado. La condición
de estar en el mundo, se define por lo efímero y el distanciamiento, por la
lejanía y la borrosidad.
La idea del “viaje” en un sentido
posmoderno, se conecta directamente
con el concepto de los “no lugares” del mismo Augé (2000). Los no lugares traen
consigo la pérdida de la memoria histórica y política, la ruptura del tejido
social que sustenta la vida en colectividad y el desmantelamiento de los
compromisos ante los demás seres humanos. La posmodernidad, a la que Augé se
refiere como “sobremodernidad”, ha traído consigo formas de vida que arrancan al
hombre de sus tradiciones, de su coterraneidad y de las posibilidades de
construir una identidad sólida. Los “no lugares” son espacios del anonimato y
de la ausencia de raíces históricas, sociales y políticas. Algunos de los
ejemplos de los no lugares mencionados por Augé son los aeropuertos, las
autopistas, las centrales de camiones y de trenes, los grandes supermercados y
centros comerciales, entre varios más. Como maquinarias posmodernas o
sobremodernas, los no lugares han dado lugar a los procesos de deshumanización
que han distanciado al hombre de sí mismo y de la tierra que habita.
La poética de José Vicente Anaya va a
contracorriente del “viaje posmoderno” y de los “no-lugares” abordados por
Augé, ambos conceptos son la antítesis de la poética de Anaya, que está
definida por el replanteamiento y la revitalización del lugar re-humanizado y
re-historizado a partir de una larga tradición occidental y de la presencia
latente de formas de vida que emergen de las antiguas culturas indígenas
americanas. En Anaya, el lugar es un espacio que se configura entre el
pensamiento y una condición terrenal que no pertenece estrictamente a la
posmodernidad.
La poesía de Anaya no es posmoderna.
Los aportes teóricos, estéticos,
lingüísticos e ideológicos de esta obra se enfrascan en un debate en el cual
los agotamientos de la modernidad como época histórica y cultural, son
abordados desde una postura latinoamericana sui
generis. El “viaje” literario de Anaya no es un desplazamiento que transita
llana y directamente, del espíritu de la época moderna hacia el espíritu de la
época posmoderna. En la historicidad que envuelve al discurso literario de
Anaya, más que un desplazamiento que forma parte de una lógica lineal y/o
causal, se muestran los rastros de un atolladero histórico y cultural que se
extiende hacia el futuro. Anaya viaja al corazón del infierno, y lo que de luz
pueda arrojar su poesía, es un incendio, una operación de allanamiento y
deconstrucción localizada en la geografía latinoamericana. Si la modernidad ha
sido descarnada, si esta época histórica y cultural ha comenzado a ser
desarticulada en su corporalidad histórica y cultural, lo que sigue no es
llenar lo vacío de la existencia con un contenido dado de una vez por todas. Lo
que sigue es desentrañar y volver a entrañar luego. Auscultar las entrañas de
la modernidad, abrir el cuerpo histórico y cultural de una época y
desentrañarlo lentamente, pero no para dar lugar a un “cuerpo sin órganos” en
un sentido deleuziano, posmoderno, sino para reconstruir el cuerpo de una
historia otra, de formas de pensamiento y de vida alternas trazadas desde
América Latina. A lo largo del poema “Híkuri” se advierte esta operación que
deconstruye y re-construye, que ausculta los escombros históricos y culturales
de una época histórica y de una cultura, y que a partir de ello desencadena un
llamamiento a la posibilidad utópica. Desde el punto de vista histórico y
cultural, la obra de Anaya se inscribe en un desentrañar que en el fondo
pretende entrañar al mundo de una manera distinta, poner los pies y la cabeza
sobre la tierra de una manera otra, reconstruir el amor por el mundo desde la
geografía latinoamericana.
Desde la apertura del poema “Híkuri”
(1987), se plantea la idea de un “lugar” que toma forma entre el pensamiento y lo
concreto, a partir de una crítica a los contenidos fríos y racionalistas de la
modernidad:
«¿Qué ves,
en el lugar que pisa tu cabeza?...»
Este es un verso detonante del
poemario de Anaya, que resulta clave para generar una interpretación compleja
del texto. El “lugar” al que se refiere no es un espacio físico, no es una
territorialidad concreta. Se hace referencia a un “lugar” subjetivado, al lugar
desde el cual se desprende la vitalidad del pensamiento. El “lugar” referido
por Anaya inicia en el pensamiento, en la creación y la criticidad que emergen
desde el pensamiento, y desde ahí busca extenderse hacia las aperturas de lo concreto. En esta condición reside una de las principales cualidades del
pensamiento utópico, que se configura dialécticamente entre lo imaginario y lo
concreto de una historicidad posible. Anaya “busca los lugares que no existen”
pero que han sido imaginados, escarba en la literatura y la filosofía de
occidente, se sumerge al idioma y a los significados profundos de los
tarahumaras intentando encontrar lugares que puedan llevarnos a un habitar
distinto sobre la tierra.
«…
cavando vacío en el vacío
voy a
la Zona de Desastre
navegando
en mi poema
por
las venas del mundo
vida
de paria
poema
de los piratas…
para
las tribus nómadas
para
los genios utópicos…
Asambleas de tribus para determinar la
justicia social e individual / REUNIONES DE RE-CONOCIMIENTO / y los vecinos
viven a tres, cinco, hasta diez kilómetros de distancia (las “ciudades”
destruyen la autonomía de los individuos) / se puede vivir en cañadas, cumbres,
mesetas, desfiladeros, playas de lagunas o ríos, cada quien duerme en el lugar
más adecuado. Árbol, cueva, cabaña, semicueva, pasto (la LIBERTAD no es un
concepto hueco relleno de moho en la cabeza)…» (1987)
La poesía y ensayística de Anaya no
forma parte de una postura literaria al margen de lo político y lo ideológico.
En la obra de Anaya hay una serie de contenidos ideológicos y políticos que no
han sido abordados con suficiencia. Esto tiene que ver directamente con la
postura crítica que Anaya elabora sobre la obra y el papel político que jugó
Octavio Paz en México durante la segunda mitad del siglo XX. El poeta
originario de Villa Coronado, Chihuahua, ha jugado constantemente un papel
contestatario ante el establishment
cultural y político. Esta es una cuestión que no puede dejarse de lado.
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