I
La resiliencia lleva consigo la idea
de una sanación psicológica y sociológica del ser humano que se sobrepone a las
dificultades de la vida. El resiliente es aquel que después de vivir una
situación adversa en lo socioeconómico (la pobreza), en lo familiar (el
abandono, la pérdida súbita de un ser querido, etc.), en lo cultural (la
marginación por motivos diversos), logra
activar una serie de recursos personales, familiares y sociales que le permiten
convertir a un posible territorio trágico, en lo que hoy suele llamarse “área
de oportunidad”. El resiliente es capaz
de desactivar el naufragio para convertirlo en una travesía con rumbo
definido: la superación personal y/o familiar. No es coincidencia que la
resiliencia surja en el mismo tiempo histórico en que aparece la idea de la
superación personal, alimentada desde la literatura del bestseller y la
psicología de la programación neurolingüística (PNL). Desde luego que en la
literatura de superación personal del
bestseller, la PNL y la idea de la resiliencia, operan de manera artificiosa
una serie de condicionamientos que desde los terrenos de la psicología y la
sociología moldean ideológica y políticamente a las personas.
II
Retomando los aportes teóricos de
Michael Foucault, el filósofo italiano Giorgio Agamben (“¿Qué es un
dispositivo?”, 2011) sintetiza las tres cualidades de un dispositivo:
A) Es un conjunto multiforme que
incluye virtualmente variados elementos de la vida humana, que pueden ser
discursivos o no discursivos: discursos, instituciones, espacios
arquitectónicos, leyes, proposiciones filosóficas o científicas, creaciones
tecnológicas. Un dispositivo se constituye a través de la formación de una red
entre los elementos abordados.
B) En todo momento los dispositivos
tienen una función estratégica concreta, que se explica a partir de una
relación de poder.
C) La acción del dispositivo emerge a
partir del entrecruzamiento de las relaciones entre saber y poder.
Los dispositivos están hechos de
palabras (discursos) y de artefactos (reglamentaciones jurídicas o morales,
edificios, componentes institucionales, ideas filosóficas o científicas, etc.) que
dan lugar a la funcionalidad social, política e histórica de los sujetos. Un
dispositivo tiene un carácter funcionalista. Pretende insertar y contener a los sujetos en las formas de
vidas aceptadas y procreadas por el mercado capitalista y la sociedad
democrática, aún en el naufragio histórico de ambas. Los dispositivos
cuadriculan la vida de los sujetos positivamente (predisponiendo y alentando) o
negativamente (recortando y reprimiendo). No son mecanismos que se puedan
detectar a simple vista, no se identifican como si fueran un objeto, no se muestran
bajo una estaticidad. Se hacen visibles en su operatividad compleja, en la que
se entraman discursos y artefactos que no están hechos de palabras. El “discurrir”,
en calidad de despliegue del discurso y del movimiento de artefactos no
discursivos, es lo que da lugar a la emergencia del dispositivo.
¿De qué maneras la resiliencia funciona como un dispositivo?
La idea de la resiliencia está hecha de discursos piscológicos, sociológicos,
educativos y desde luego políticos. La investigación sobre la resiliencia surge
en las áreas de la psicología y la sociología a mediados del siglo XX, en
Estados Unidos y Europa. Con los años, esta idea se clarifica y se robustece
discursivamente. Miles de páginas, cientos de investigaciones se han realizado
a partir del tema de la resiliencia. En América Latina, en México y en
Chihuahua, las investigaciones sobre este tema se han multiplicado en los años
recientes. Hay un fervor por investigar al respecto. Estos discursos se han
postulado en términos científicos desde el territorio de la investigación en las
áreas de las ciencias sociales y las humanidades. Hay un espacio de saber
específico que se ha desarrollado en el último medio siglo en torno a la
resiliencia.
Pero el discurso científico-filosófico
que ha crecido alrededor de esta idea, no permanece en sí mismo, sino que se
desdobla hacia un querer ser, hacia un poder ser. La invención discursiva de la
resiliencia pretende crear un modelo de ser humano resiliente, que pueda
sobreponerse a las adversidades de la vida a partir de una fórmula, de la
pre-disposición de una serie de estructuras individuales (piscológicas) o
sociales (sociológicas, políticas, etc.). En su paso de lo discursivo hacia lo
no discursivo, la resiliencia se manifiesta bajo cualidades performativas
(Austin, “¿Cómo hacer cosas con palabras?”, 1990). Los discursos sobre la
resiliencia llevan implícitos ordenamientos para crear personas resilientes. En
los términos de la tecnología social y política, las investigaciones sobre la
resiliencia traen consigo la intención de manufacturar seres humanos persistentes, que puedan sobrellevar al
pesado destino histórico del siglo XXI y de los siglos venideros. Aquí se
detecta un primer andamiaje que desdobla los discursos sobre la resiliencia del
saber (lo teórico) hacia el poder (lo social y lo político). Un segundo
andamiaje está presente en la labor de los terapeutas o de los interventores
que en el tratamiento psicológico o educativo, pretenden sanar las vidas de las
personas que viven bajo condiciones de adversidad. La resiliencia se dice (se
crea mediante el saber de las palabras) y enseguida se procura como un hacer
(se induce hacia las estructuras de poder configuradas legal, institucional y
arquitectónicamente). Si algo queda claro a partir de la filosofía heredada de
Foucault, es que el saber y el poder coexisten simbióticamente. Este es un
territorio paradójico sobre el que se requiere escarbar a cada paso.
Pero bajo los mismos condicionamientos
que han permitido los desarrollos teóricos y fácticos de la resiliencia como
modelo de superación y salvación humana, se muestran sus debilidades como
dispositivo. El de la resiliencia es un dispositivo fallido, que no ha logrado
cuajar ni teórica ni fácticamente.
III
La idea de la resiliencia es un
detonante que trae consigo la re-activación del debate filosófico sobre la
utopía. Como idea, la resiliencia surge y se fortalece hacia finales del siglo
XX e inicios del siglo XXI, en el mismo momento histórico en el que los
filósofos de la posmodernidad (Lyotard, Vattimo, Baudrillard, etc.) postularon la muerte de los grandes relatos.
El comunismo, el capitalismo y el cientificismo, como territorios de la
salvación humana, perdieron sus energías utópicas. La etapa histórica que nos
toca vivir está impregnada de un fuerte pesimismo.
El nihilismo de Nietzsche, que se
explica a partir de la desesperanza y la ausencia de horizonte histórico, se
extiende desde finales del siglo XIX hasta nuestros días. La creencia y la fe
en las diversas instituciones de la sociedad han sido echadas abajo. Basta
asomarse a las encuestas sobre la confianza en las instituciones en México para
poner en claro el desgaste institucional. El declive de la creencia y la fe en
las instituciones –y en el hombre mismo- no tiene lugar de forma abstracta en
la teoría política, sociológica o filosófica. Sino que es un lugar común del
pensamiento común, que tal vez no necesita ser teorizado para ser puesto en
claro. Basta asomarse a la realidad de los últimos tres decenios para dar
cuenta de un panorama desolador cruzado por: desacuerdos que se hunden en la contradicción
irresoluble, procesos políticos convulsivos cuyo lugar común es la ausencia de
un final satisfactorio, constantes
fracturas en el supuesto orden social, reiteradas crisis económicas que traen
consigo el desasosiego de millones de seres humanos, miradas que en lo cercano
trazan un horizonte apocalíptico a raíz del deterioro ambiental. En la política,
el cinismo se acumula sobre el cinismo, de tal manera que la idea del absurdo
resulta insuficiente para explicar la condición oscura de la historia que nos
toca vivir.
Ante la adversidad, la previsión de
caminos en forma de respuestas y soluciones parece desvanecerse al momento
siguiente de su trazo. El sentido de la salvación y la heroicidad humanas ha
sido capturado por el mercado capitalista, son productos que se compran y se
venden, que se consumen una y otra vez en la industria cinematográfica y de los
videojuegos, en el mundo del deporte y del espectáculo. El antiguo héroe griego
y el héroe histórico de la modernidad que forma parte de la historia de bronce,
han cedido su lugar al héroe virtual y mercantil construido en las narrativas
del mundo del espectáculo.
IV
¿Cómo se explica entonces que la
“resiliencia”, como concepto y como
dispositivo de acción política e ideológica (y desde luego psicológica), brote
y se consolide en el mismo momento histórico en el que se desvanecen los
grandes relatos y el espíritu de la época está impregnado de fuertes cargas de nihilismo?
Porque la resiliencia opera como un espacio teórico, político e ideológico que
desde la investigación (en las áreas de la piscología, la educación y la
sociología) juega el papel de activador de los pequeños relatos de salvación
humana. Si los grandes relatos de la salvación (comunismo, capitalismo,
cientificismo) han dejado de ser
pertinentes, funcionales en términos
históricos, sociales y políticos, se hace entonces necesario formular
otro tipo de relatos en los intentos por re-activar la fe del hombre en las
instituciones y en el hombre mismo. Como energía de la espiritualidad humana en
términos históricos o transhistóricos (más allá de la historia misma) la fe no
se derrumba, tan solo se transforma, o se trastorna.
La idea de la “resiliencia” trae
consigo una serie de evidencias de la conversión de las grandes energías
utópicas de la modernidad, en pequeñas
energías transformacionales que tienen lugar en el ámbito personal y/o
familiar. La utopía se des-integra de lo social y lo político para
re-integrarse psicológicamente en la cabida de lo meramente personal y
familiar. La utopía se minimiza, su talla histórica es la del resiliente
capturado por las narrativas de la investigación, que son pequeños testimonios
sociales de la persistencia individual y familiar. Lo primero que se asoma en
la presencia de la resiliencia como dispositivo político e ideológico, es el
paso de los grandes relatos de salvación colectiva, a los pequeños relatos de
salvación individual y/o familiar.
El resiliente salvado por las
estructuras familiares, educativas y sociales es en el fondo un autosalvado,
alguien que se salva a sí mismo del naufragio en la tragedia. Por más que se
pretenda generalizar a las cualidades del resiliente en historias de salvación
que anudan lo individual con lo colectivo, en la generalización de la
investigación psicológica o educativa, por más que se pretenda configura una
idea colectivizada y/o masiva de lo resiliente, en el fondo el resiliente es un
sujeto único, rodeado por una serie de condiciones específicas, que rehúyen de
la generalización, de lo colectivo y lo masivo. En términos epistemológicos,
los condicionamientos sociales e históricos del resiliente se encierran en el
método de investigación de la historia de vida, que no logra captar a una
colectividad social y/o política amplia, sino que se de-limita a lo individual
y a lo micro social.
V
La “resiliencia” es un concepto que la
psicología y la sociología retoman de la
teoría física de la resistencia de materiales, para explicar las aptitudes y
habilidades que dan lugar a que los seres humanos sobrelleven y se repongan de
las situaciones adversas de la vida. En los estudios sobre la resiliencia,
suele obviarse el análisis sobre la traslación conceptual que va de las
ciencias exactas (la física) a las ciencias sociales (la psicología y la
sociología). De inicio, en la traslación conceptual es notorio que la idea pasa
de un plano físico y materialista (la resistencia de objetos materiales
fabricados con metales u otras sustancias) a un plano psicológico e inclusive
espiritual, que tiene lugar en la condición humana. En el ser humano, la
persistencia ante la adversidad no queda fija a lo físico o lo material de la
vida, sino que transcurre por lo mental y lo espiritual.
En la traslación conceptual de la
“resilencia”, que va del campo de la resistencia de los materiales en la física
(ciencias exactas) al campo de la psicología, la sociología (ciencias sociales)
y las humanidades (educación), surge una pregunta: ¿La condición sustancialista
de la “resiliencia” que opera mediante una fórmula matemática en el campo de la
resistencia de materiales en la física, tiene lugar también en el campo de las
ciencias sociales y las humanidades, pretendiendo crear una especie de fórmula
para pro-crear seres humanos capaces de persistir incuestionablemente ante la
adversidad?
En las diversas investigaciones sobre
la resiliencia en los años recientes, las maneras de abordar al objeto de
estudio buscan establecer una fórmula científica y humanísticamente aceptable
del ser humano resiliente. Si como idea,
la resiliencia ha logrado ser aceptada en la comunidad científica y educativa,
se hace entonces necesario poner en claro los condicionamientos y mecanismos de
su funcionamiento. ¿Qué características pre-disponen a un ser humano a
convertirse en resiliente? ¿Qué estructuras han dado lugar al establecimiento
del perfil del resiliente? La piedra de toque de las investigaciones sobre la
resiliencia es una fórmula que en términos individuales (piscológicos) y
sociales (sociología, educación) pueda establecer con la mayor claridad posible
a la imagen del resiliente. Desde luego que en esta pretensión se muestra un
sustancialismo. Aquí tienen lugar los intentos por manufacturar de manera
masiva a los resilientes del siglo XXI, a partir de un entramado que combina
bajo ciertos equilibrios lo teórico y lo práctico (el saber y el poder).
Pero uno de los resultados del cúmulo
de investigaciones sobre el tema, es que no hay una fórmula exacta de lo
resiliente. Hay investigaciones que resaltan las capacidades individuales (la
inteligencia racional y/o emocional), otras subrayan las fortalezas familiares,
otras más ponen atención en los recursos que funcionan como apoyos sociales o
institucionales. Hay investigaciones que pretenden dar lugar a la idea de un
equilibrio ideal y funcional entre estos factores que contribuyen a la
configuración de lo resiliente. A fin de cuentas, lo ideal y lo funcional de la
resiliencia desemboca en la postulación de una alquimia, que toma forma
artificiosamente en los andaderos que van de lo teórico hacia lo práctico.
VI
Política e ideológicamente, la
resiliencia pretende sobreponer la
persistencia (individual y psicologizante) por sobre la resistencia (colectiva
y politizante). En la trabazón que tiene lugar en los terrenos de las ciencias
(piscología, sociología, política) y las humanidades (educación, literatura,
filosofía) en el siglo XXI, el lema es:
Persistir en lugar de resistir. Ahí coagula el dispositivo de la resiliencia.