domingo, 12 de julio de 2015

Los diez mandamientos de la escritura en la academia universitaria



(Re-escribo y doy a conocer de nuevo un artículo que se publica en El Diario de Chihuahua este domingo)...

1.- Se escribirá para el Dios de la Razón. Otra clase de argumentaciones o juicios no son válidos. Después de la muerte de Dios proclamada por Nietzsche y por la historia humana a lo largo del siglo XX, la razón científica es el credo sobre el cual se levanta la fe de los hombres. La razón científica, que lo mismo promete curas para cualquier enfermedad, que paraísos para territorios lacerados por la tragedia,  lleva entre sus entrañas la fascinación mítica del hombre que toma el lugar de Dios para re-crear al mundo. El mundo no ha sido creado sino hasta después de la razón que lo piensa y lo somete a una forma de pensamiento. La verdadera creación del mundo descansa en su racionalización, en su reinvención infinita desde los territorios de la razón y de la ciencia. 

2.- La Deducción y la Inducción, junto a la Abducción (este último concepto en referencia a Beuchot y no al procedimiento de ciencia ficción de la literatura o el cine extraterrestre), constituyen la Santa Trinidad de la escritura en la academia universitaria. Sobre ella se proclamarán los credos, las alabanzas y las persecuciones. La escritura no será libertaria, ha de someterse a un designio en la manera de abordar un concepto, emitir un juicio y llegar a una conclusión pertinente. El pensamiento tiene un camino que seguir, no hacia lo alterno y la ruptura, no hacia la desavenencia, sino hacia lo aceptado y controlado, hacia los caminos trazados de antemano en las rutas de captura y sumisión de lo pensable. 

3.- El autor aún existe. Ni Barthes, ni Foucault, ni Agamben tienen razones para sostener que el “autor ha muerto”. El autor vive, y el autor de la academia universitaria vive aún más y mejor. El SNI (Sistema Nacional de Investigadores) es la prueba fehaciente de la existencia del autor en la academia universitaria. Sólo el SNI, junto a sus sucursales de validación y arbitraje, puede decidir si algún autor universitario ha nacido o ha muerto. El SNI  es, extrañamente,  el padre putativo de la autoría intelectual en la academia universitaria. No es posible saber con certeza, si el autor se convierte en un autorizado para ser financiado o en un financiado para ser autorizado. El mecenazgo estatal es un territorio claroscuro en la invención de la autoría de los intelectuales universitarios. Este mecanismo de estado que captura a la investigación y la escritura,  ha resultado eficiente para controlar a la clase intelectual, que ha crecido a la par del desarrollo universitario. Menos política, menos grilla y más “papers”, más ponencias, más artículos publicados en revistas arbitradas, mas cónclaves de arbitraje para cuadricular al pensamiento y la escritura. Más escritura sometida y que somete. Más presupuesto para el SNI y alrededores, que lo mismo implica impulsar a la investigación científica, que coronar y controlar autores. 

4.- La jerga lingüística de la academia universitaria es un estatus. Para entrar en él, es necesario zambullirse en los discursos académicos y evitar ahogarse a toda costa. Aunque se hagan buches de palabras y se tosa. Aunque el discurso se atragante en la metamorfosis que va del lenguaje coloquial al lenguaje academizado. Al final, quien sobreviva y se inserte,  habrá de pasar del ritual del bautizo, a la primera comunión, la confirmación y el matrimonio con un lenguaje que autoriza y desautoriza. El hablar ha de volverse especializado. Y justo en el lugar de la grandilocuencia del lenguaje, la epistemología (el terreno de la verdad) ha de trenzarse con la estética (el terreno de la belleza). A fin de cuentas, todo lenguaje implica poesía, una forma de belleza para re-vestir a la desnudez de la verdad. Que la verdad sea investida por las palabras, por la grandilocuencia y la estética de las palabras. 

5.- La citación y las bibliografías le dan forma al canon académico. Las verdaderas bibliotecas están ahí, desparramándose y sometiéndose a interpretaciones que se acumulan sobre otras interpretaciones, escrituras que se traslapan con otras escrituras. Aquí esta lo leíble y lo escribible, en la intertextualidad que se torna infinita, en la autoridad intelectual que le da forma a las citas y las bibliografías. Es un reinado en el que los discursos crecen desde los mismos epicentros, desde las mismas entrañas autorales y las mismas líneas de investigación y de escritura pre-concebidas, pre-establecidas. Es el árbol del canon, fertilizado  de manera natural y sintética, enderezado y podado año con año, regado con aguas limpias y aguas negras, injertado con la bendición de las ramas nuevas que se desprenden de las viejas. El canon es el crecimiento perpetuo de lo decible. El saber es un territorio que no es infinito, pero que aspira a lo infinito, su mejor aposento son las enramadas del canon, las alcobas donde se duerme el canon mientras crece. Año con año se hace necesario contabilizar las citas y las bibliografías, y darle forma entonces al “rating” del más citado. El más aludido –no eludido-, el más racionalizado, el más inscrito en los formatos, el más verdadero. La democracia del canon culmina en una aristocracia. 

6.- Quienes entran a la academia universitaria llevan el cometido de desentrañar las formas aprobadas y desaprobadas de la escritura. Con el tiempo habrán de convertirse en censores. La censura es la piedra de toque en el control de la escritura. En el fondo, lo indecible encierra las razones y las formas de ser de lo decible. Entre lo decible y lo indecible, el censor tiene las llaves del cielo y del infierno. En la academia la escritura puede ser paradisiaca o infernal, gozosa o destructora. Todo lado bueno lleva consigo una dosis de negación. Las puertas se abren y se cierran, y es un don tener las llaves lo mismo que inventar las puertas, aunque no existan, aunque sean abstractas hasta no poder verlas, hasta no lograr siquiera imaginarlas. 

7.- La escritura se controla. Los manuales APA (American Psychological Association), MLA (Modern Language Association) y anexas, dejan claro que la escritura se controla. La primera infancia de la escritura navega entre los márgenes de:  la caligrafía, la ortografía y la gramática. Entre los renglones –no torcidos- de los manuales de escritura académica,  se asoma la mayoría de edad de la escritura. Aquí se traza el reino de la formatrografía, una disciplina de la escritura que dicta las formas y los tamaños de la letra, los márgenes y los interlineados, las maneras de citar y otras fisiologías. Los espacios en blanco también caben aquí. Nada se escapa. La formatografía es una audacia que lo mismo acude a los fórceps, que a los corsé y a cualquier otro mecanismo de ortopedia para trazar el control de lo escribible. Lo no dicho y lo no escrito deben ser domesticados a través del formato o de la razón, a través de la razón del formato o del formato de la razón. Entre uno y otro de estos territorios, el reino de la escritura académica se consagra. 

8.- La Tesis es una Biblia multiplicada, ha de aspirar a la publicación aunque no lo merezca. En forma de Génesis o de Apocalipsis, la tesis inaugura una segunda historia de los textos sagrados, aunque no con-sagrados. Es un documento autorizado por la Santa Trinidad de la escritura en la academia universitaria (Deducción, Inducción y Abducción) y por los apologetas del formato (los guardianes del APA o del MLA).  La tesis ha de tener dedicatorias comunes y lo suficientemente cursis como para dar risa. Ha de encuadernarse en pastas duras y titularse con letras doradas o plateadas, aunque termine empolvada o sustituyendo alguna pata de un mueble descompuesto. La palabra tesis se escribe con mayúscula: “Tesis”. Es un nombre propio en el que descansa la titularidad de lo sa-grado, en forma de licenciatura o de maestría, de doctorado o de posdoctorado, o de lo que siga en la carrera cuya meta es el pos-grado. En todo momento,  los grados persiguen a los grados. Culminar una tesis es una forma de parir un documento como si fuera un hijo, mediante un parto natural o con la intervención de una cesárea. Pero que bullan las palabras, que se hilen en enunciados y párrafos, en páginas y capítulos, de la primera hasta la última página. Hasta el punto final, más allá del papel y la blancura. Hasta los sinodales y la efímera felicidad del examen recepcional. Hasta el título que no encuentra una pared donde colgarse, un espacio laboral donde ejercerse. 

9.- Si en la educación básica comienza a odiarse a la escritura que se impone, en la educación universitaria este odio habrá de profesionalizarse. La imposición es por sobre la creatividad y el goce de la escritura. Nadie habrá de escribir con el fervor y la pasión de la escritura que se goza. Nadie habrá de amar a la escritura. Que se nos vuelva un odio, que se hinche de estrés y desazón. Que se convierta en costra y cicatriz de lo jamás amado, de lo que nos sujeta, de lo que sujetamos sobre todas las cosas. Y terminemos pensando que es ella quien nos odia. Que nos persiga la escritura, que nos acorrale, que se nos vuelva cárcel y suplicio. El monstruo que nos despierta en lo no concluido, en lo faltante para llegar a la tierra prometida. 

10.- La escritura de la academia universitaria ha de seguir creciendo más y más. Después de los estantes y libreros habrá de ocupar los espacios vacíos de las memorias computacionales y las páginas de internert. Habrá de convertirse en un reino privilegiado de este mundo. Hasta que lo real quede atrapado por completo en esta escritura, de tal forma que sólo pueda existir a través de ella. Entonces, la ficción se habrá realizado por completo…