(Re-escribo y doy a conocer de nuevo un artículo que se publica en El Diario de Chihuahua este domingo)...
1.- Se
escribirá para el Dios de la Razón. Otra clase de argumentaciones o juicios no
son válidos. Después de la muerte de Dios proclamada por Nietzsche y por la
historia humana a lo largo del siglo XX, la razón científica es el credo sobre
el cual se levanta la fe de los hombres. La razón científica, que lo mismo
promete curas para cualquier enfermedad, que paraísos para territorios
lacerados por la tragedia, lleva entre
sus entrañas la fascinación mítica del hombre que toma el lugar de Dios para
re-crear al mundo. El mundo no ha sido creado sino hasta después de la razón
que lo piensa y lo somete a una forma de pensamiento. La verdadera creación del
mundo descansa en su racionalización, en su reinvención infinita desde los
territorios de la razón y de la ciencia.
2.- La
Deducción y la Inducción, junto a la Abducción (este último concepto en referencia a Beuchot y no al procedimiento de ciencia ficción de la literatura o el cine extraterrestre), constituyen la Santa Trinidad de la
escritura en la academia universitaria. Sobre ella se proclamarán los credos,
las alabanzas y las persecuciones. La escritura no será libertaria, ha de
someterse a un designio en la manera de abordar un concepto, emitir un juicio y
llegar a una conclusión pertinente. El pensamiento tiene un camino que seguir,
no hacia lo alterno y la ruptura, no hacia la desavenencia, sino hacia lo
aceptado y controlado, hacia los caminos trazados de antemano en las rutas de
captura y sumisión de lo pensable.
3.- El
autor aún existe. Ni Barthes, ni Foucault, ni Agamben tienen razones para
sostener que el “autor ha muerto”. El autor vive, y el autor de la academia
universitaria vive aún más y mejor. El SNI (Sistema Nacional de Investigadores)
es la prueba fehaciente de la existencia del autor en la academia
universitaria. Sólo el SNI, junto a sus sucursales de validación y arbitraje,
puede decidir si algún autor universitario ha nacido o ha muerto. El SNI es, extrañamente, el padre putativo de la autoría intelectual
en la academia universitaria. No es posible saber con certeza, si el autor se
convierte en un autorizado para ser financiado o en un financiado para ser
autorizado. El mecenazgo estatal es un territorio claroscuro en la invención de
la autoría de los intelectuales universitarios. Este mecanismo de estado que
captura a la investigación y la escritura,
ha resultado eficiente para controlar a la clase intelectual, que ha
crecido a la par del desarrollo universitario. Menos política, menos grilla y más
“papers”, más ponencias, más artículos publicados en revistas arbitradas, mas
cónclaves de arbitraje para cuadricular al pensamiento y la escritura. Más
escritura sometida y que somete. Más presupuesto para el SNI y alrededores, que
lo mismo implica impulsar a la investigación científica, que coronar y
controlar autores.
4.- La
jerga lingüística de la academia universitaria es un estatus. Para entrar en
él, es necesario zambullirse en los discursos académicos y evitar ahogarse a toda
costa. Aunque se hagan buches de palabras y se tosa. Aunque el discurso se
atragante en la metamorfosis que va del lenguaje coloquial al lenguaje
academizado. Al final, quien sobreviva y se inserte, habrá de pasar del ritual del bautizo, a la
primera comunión, la confirmación y el matrimonio con un lenguaje que autoriza
y desautoriza. El hablar ha de volverse especializado. Y justo en el lugar de
la grandilocuencia del lenguaje, la epistemología (el terreno de la verdad) ha
de trenzarse con la estética (el terreno de la belleza). A fin de cuentas, todo
lenguaje implica poesía, una forma de belleza para re-vestir a la desnudez de
la verdad. Que la verdad sea investida por las palabras, por la grandilocuencia
y la estética de las palabras.
5.- La
citación y las bibliografías le dan forma al canon académico. Las verdaderas
bibliotecas están ahí, desparramándose y sometiéndose a interpretaciones que se
acumulan sobre otras interpretaciones, escrituras que se traslapan con otras escrituras.
Aquí esta lo leíble y lo escribible, en la intertextualidad que se torna
infinita, en la autoridad intelectual que le da forma a las citas y las
bibliografías. Es un reinado en el que los discursos crecen desde los mismos
epicentros, desde las mismas entrañas autorales y las mismas líneas de
investigación y de escritura pre-concebidas, pre-establecidas. Es el árbol del
canon, fertilizado de manera natural y
sintética, enderezado y podado año con año, regado con aguas limpias y aguas
negras, injertado con la bendición de las ramas nuevas que se desprenden de las
viejas. El canon es el crecimiento perpetuo de lo decible. El saber es un
territorio que no es infinito, pero que aspira a lo infinito, su mejor aposento
son las enramadas del canon, las alcobas donde se duerme el canon mientras
crece. Año con año se hace necesario contabilizar las citas y las
bibliografías, y darle forma entonces al “rating” del más citado. El más
aludido –no eludido-, el más racionalizado, el más inscrito en los formatos, el
más verdadero. La democracia del canon culmina en una aristocracia.
6.-
Quienes entran a la academia universitaria llevan el cometido de desentrañar
las formas aprobadas y desaprobadas de la escritura. Con el tiempo habrán de
convertirse en censores. La censura es la piedra de toque en el control de la
escritura. En el fondo, lo indecible encierra las razones y las formas de ser
de lo decible. Entre lo decible y lo indecible, el censor tiene las llaves del
cielo y del infierno. En la academia la escritura puede ser paradisiaca o
infernal, gozosa o destructora. Todo lado bueno lleva consigo una dosis de
negación. Las puertas se abren y se cierran, y es un don tener las llaves lo
mismo que inventar las puertas, aunque no existan, aunque sean abstractas hasta
no poder verlas, hasta no lograr siquiera imaginarlas.
7.- La
escritura se controla. Los manuales APA (American Psychological Association),
MLA (Modern Language Association) y anexas, dejan claro que la escritura se
controla. La primera infancia de la escritura navega entre los márgenes de: la caligrafía, la ortografía y la gramática.
Entre los renglones –no torcidos- de los manuales de escritura académica, se asoma la mayoría de edad de la escritura.
Aquí se traza el reino de la formatrografía, una disciplina de la escritura que
dicta las formas y los tamaños de la letra, los márgenes y los interlineados,
las maneras de citar y otras fisiologías. Los espacios en blanco también caben
aquí. Nada se escapa. La formatografía es una audacia que lo mismo acude a los
fórceps, que a los corsé y a cualquier otro mecanismo de ortopedia para trazar
el control de lo escribible. Lo no dicho y lo no escrito deben ser domesticados
a través del formato o de la razón, a través de la razón del formato o del
formato de la razón. Entre uno y otro de estos territorios, el reino de la
escritura académica se consagra.
8.- La
Tesis es una Biblia multiplicada, ha de aspirar a la publicación aunque no lo
merezca. En forma de Génesis o de Apocalipsis, la tesis inaugura una segunda
historia de los textos sagrados, aunque no con-sagrados. Es un documento
autorizado por la Santa Trinidad de la escritura en la academia universitaria
(Deducción, Inducción y Abducción) y por los apologetas del formato (los guardianes
del APA o del MLA). La tesis ha de tener
dedicatorias comunes y lo suficientemente cursis como para dar risa. Ha de
encuadernarse en pastas duras y titularse con letras doradas o plateadas,
aunque termine empolvada o sustituyendo alguna pata de un mueble descompuesto. La
palabra tesis se escribe con mayúscula: “Tesis”. Es un nombre propio en el que
descansa la titularidad de lo sa-grado, en forma de licenciatura o de maestría,
de doctorado o de posdoctorado, o de lo que siga en la carrera cuya meta es el
pos-grado. En todo momento, los grados
persiguen a los grados. Culminar una tesis es una forma de parir un documento como
si fuera un hijo, mediante un parto natural o con la intervención de una
cesárea. Pero que bullan las palabras, que se hilen en enunciados y párrafos,
en páginas y capítulos, de la primera hasta la última página. Hasta el punto
final, más allá del papel y la blancura. Hasta los sinodales y la efímera
felicidad del examen recepcional. Hasta el título que no encuentra una pared
donde colgarse, un espacio laboral donde ejercerse.
9.- Si en
la educación básica comienza a odiarse a la escritura que se impone, en la
educación universitaria este odio habrá de profesionalizarse. La imposición es
por sobre la creatividad y el goce de la escritura. Nadie habrá de escribir con
el fervor y la pasión de la escritura que se goza. Nadie habrá de amar a la escritura.
Que se nos vuelva un odio, que se hinche de estrés y desazón. Que se convierta
en costra y cicatriz de lo jamás amado, de lo que nos sujeta, de lo que
sujetamos sobre todas las cosas. Y terminemos pensando que es ella quien nos
odia. Que nos persiga la escritura, que nos acorrale, que se nos vuelva cárcel
y suplicio. El monstruo que nos despierta en lo no concluido, en lo faltante
para llegar a la tierra prometida.
10.- La
escritura de la academia universitaria ha de seguir creciendo más y más. Después
de los estantes y libreros habrá de ocupar los espacios vacíos de las memorias
computacionales y las páginas de internert. Habrá de convertirse en un reino
privilegiado de este mundo. Hasta que lo real quede atrapado por completo en
esta escritura, de tal forma que sólo pueda existir a través de ella. Entonces,
la ficción se habrá realizado por completo…