miércoles, 20 de septiembre de 2017

Morena y la hibridación ideológica y política de la izquierda



Al fondo de la fotografía, la imagen de una casa de campo se convierte en símbolo del poder y la riqueza, del dinero que se acumula cuando los callejones de la política y los intereses empresariales se cruzan de manera dudosa. Son las instalaciones de la Vinícola Cavall 7, propiedad de Jaime Galván, uno de los empresarios preferidos de César Duarte. Un enorme prado de pasto recién cortado, trae consigo la imagen de una belleza ostentosa que asemeja los grandes jardines de los monarcas y burgueses europeos de los siglos XVII y XVIII.
Al frente de la fotografía, Martín Chaparro coloca las manos cerca de las bolsas delanteras de su pantalón de mezclilla, tratando de marcar cierta distancia de sus dos anfitriones: el empresario Jaime Galván y el político de origen panista y compadre de Javier Corral, Cruz Pérez Cuéllar. Pero aunque las manos de Chaparro no abracen a Galván o Pérez Cuéllar, el cuerpo del dirigente estatal de Morena está rodeado por los demás componentes de la imagen: los cuerpos del expanista y el empresario duartista, la residencia de campo que nos lleva a imaginar los lujosos interiores donde charlaron y bebieron los comensales, y el pasto verde que extiende su horizonte hacia las tierras vinícolas de Cavall 7 en la planicie chihuahuense.
El dirigente estatal de Morena aparece flanqueado por Cruz Pérez Cuéllar y por Jaime Galván. La fotografía es el reflejo de una celada, de una trampa que terminó convirtiéndose en una imagen cuyos significados son un augurio claroscuro para Morena. La captura fotográfica de la imagen se desdobla hacia la captura ideológica y política de un proyecto que pone las miras sobre el 2018.
Al mirar la imagen de frente, los tres fotografiados (Chaparro, Galván y Pérez Cuéllar) se ubican del lado izquierdo. Pero desde la posición propia de los tres fotografiados, la ubicación es del lado derecho. Y al centro de la imagen, exactamente al centro, está la figura de Jaime Galván que coloca a sus invitados en una extraña jugada fotográfica, ideológica y política. No hay que olvidar que la idea de la “izquierda” y la “derecha” es en el fondo una imagen del parlamento francés, cuando los jacobinos se sentaron a la izquierda y los conservadores a la derecha.
La fotografía de Chaparro, Galván y Pérez Cuéllar leída a partir del contexto ideológico y político de la izquierda mexicana actual, trae consigo una serie de paradojas. ¿Dónde quedó la izquierda y dónde la derecha? ¿Cómo es que los territorios ideológicos y políticos de la izquierda y la derecha, han sido invadidos por pasadizos en forma de túneles y puentes que se escarban o se levantan de manera pragmática? ¿Cuáles son los lugares ideológicos y políticos que la izquierda tendría que resguardar para sí misma desde una postura ética?
La óptica de la fotografía trae consigo detalles extraños. La mano izquierda de Pérez Cuéllar no aparece en la imagen, es un enigma. Solo se alcanza a mirar la mano derecha del expanista y ex candidato a gobernador por Movimiento Ciudadano. Queda flotando la pregunta: ¿Por qué razón la mano izquierda de Pérez Cuéllar no aparece en la imagen? A su vez, la mano derecha de Galván sujeta al cuerpo de Martín Chaparro a la altura del hombro. En la toma de la fotografía está depositado lo consciente o lo inconsciente de la ideología y la política, que se manifiesta en las posturas de los cuerpos. Desde luego que en la fotografía hay una pose. No es una fotografía tomada de manera azarosa, es una fotografía posada y quienes aparecen en ella tuvieron algunos segundos para pensar y tomar una postura determinada.
En estos días en que Morena comienza a destapar los nombres de algunos de sus posibles candidatos a senadores y diputados, aparecen las figuras de algunos priistas y empresarios. El aliancismo de Morena está reflejado en la fotografía de Chaparro, Pérez Cuéllar y Galván, es un aliancismo del orden pragmático que ya está trayendo conflictos para las dirigencias estatales en la definición de las candidaturas para el 2018. El aliancismo pragmático de Morena –junto al Frente Ciudadano por México formado por el PRD, el PAN y MC- es un laboratorio que resulta interesante para analizar los comportamientos ideológicos y políticos de la izquierda partidista en México. Por lo pronto, lo que se deja ver en el proceder electoral de Morena es una tendencia hacia la hibridación ideológica y política. La fotografía de Martín Chaparro, Jaime Galván y Cruz Pérez Cuéllar, es la imagen de una extraña mezcla ideológica y política que va resultando incierta para la izquierda partidista en México…

El corralismo que asemeja al duartismo o las formas de la política como absurdo



I.- Todo amanecer es un alumbramiento o al menos tendría que serlo. Alumbrar es dar a luz, alumbrar es un parto. Después de once meses de gestación el gobierno del “nuevo amanecer” queda postrado ante el parto de Karina Velázquez como presidenta del congreso estatal. El partero no es una ley que permite a la segunda fuerza del congreso colocar a uno de sus cuadros, el partero es la distorsión de la política.

II.- Como distorsión la política es elástica y por lo tanto adaptativa. La sobrevivencia del hombre sobre el mundo se debe a la política como mecanismo adaptativo. La sobrevivencia de los habitantes del sexenio se debe a la capacidad adaptativa de sus propias distorsiones. Entre más elásticas sean las distorsiones, la gimnasia de la política puede llegar a ser más inverosímil.

III.- El pragmatismo es la gimnasia de la política. Somos testigos de políticos cuya capacidad para practicar la gimnasia llega al grado del contorsionismo. La escultura más perfecta de la política actual es una contorsión en la que el cuerpo de lo político es monstruoso.

IV.- Cualquier indiciado en calidad de presunto culpable puede ser culpable o puede no serlo. En el derecho hay una figura que se llama “presunción de inocencia”. Se trata de evitar el castigo a quienes no son culpables. La frase: “Nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario”, se puede escribir de formas diferentes, ensayemos algunas: A) “Nadie es contrario, todos pueden ser aliados, de esa forma la posibilidad de la culpa se reparte”, B) “Nadie puede terminar siendo alguien, sobre todo al asumir la presidencia de un congreso estatal”, C) “Nadie puede llegar a ser el culpable de todos los latrocinios cometidos durante el sexenio de César Duarte, entonces, persigamos a nadie”…

V.- Pactar no es una forma de traicionar, aunque traicionar si puede ser una forma de pactar. Los políticos se pueden traicionar a sí mismos, aunque el espejo les mienta cuando se miren a los ojos. Los políticos pueden traicionar a los ciudadanos, esa es una historia ya muy conocida por todos. Los políticos pueden traicionar a otros políticos, y de esta forma los pactos se renuevan y se desdoblan para que la política persista, para que siga adelante en la creación indetenible de pactos y traiciones.

VI.- El pez no muere por la boca, en el terreno de la política la boca del pez habla sin detenerse hasta el último minuto del sexenio. Mientras el pez sigue hablando la boca no muere y la política prosigue. El pez comienza a morir cuando el deseo de poder se convierte en un anzuelo inevitable, cuando la soberbia del poder trata de convertir a un estanque en un lago y a un lago en un océano. Y ya con el anzuelo atravesado en su boca, con la inmensidad del océano convertida en la marea del poder, el pez se agita, no deja de moverse. Ese movimiento es la forma de la muerte del pez.

El caso del "Pato" Ávila como síntoma de un debate fallido



Uno de los asuntos sobre los cuales se ha escrito más en las últimas semanas en el portal electrónico de Aserto, es el nombramiento del “Pato” Ávila como integrante de la comisión de atención a víctimas en el estado. Las interpretaciones del caso son diversas y desde luego polémicas. En varios artículos escritos por los colaboradores de “Aserto”, pueden identificarse dos posturas ante el nombramiento del “Pato” Ávila:
A) El caso puede interpretarse como ilegal en los términos de la violación al principio de laicidad establecido en la constitución. Este argumento es sostenido por Cortinas Murra en el artículo “Hacerse Pato” (Aserto, 21 de julio de 2017), y es sostenido también por Mariela Castro en el artículo “El enemigo público” (Aserto, 28 de agosto de 2017). Aunque el artículo de Castro plantea como idea central, la construcción política y mediática de la figura de “enemigo público número uno” sobre la persona de Rodolfo Leyva. Tomando en cuenta la argumentación de Mariela Castro, puede también admitirse que sobre la persona del “Pato” Ávila se ha construido política y mediáticamente una animadversión que lo coloca como “enemigo público” (número uno o número dos…) de la contraparte. El asunto como materia de debate trae consigo posiciones irreconciliables. La invención de los “enemigos” es real y espectral a la vez.
B) La segunda postura plantea también la ilegalidad del nombramiento del “Pato” Ávila, pero no por la cualidad jurídica del laicismo, sino por lo que se refiere como el incumplimiento del “estado constitucional democrático de derecho”. Esta posición es sostenida por Rodolfo Villalobos del Rosal en el artículo “¿Estado laico o Estado constitucional democrático de Derecho?” (Aserto, 22 de agosto de 2017). Esta segunda postura no plantea una violación del principio constitucional del laicismo como tal, sino una violación constitucional. Villalobos del Rosal afirma que: “… el nombramiento de Javier Ávila, no se encuentra apegado a derecho, al violentar la disposición del artículo 130 constitucional, y su reglamentario, el 14 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, violación que va más allá de la laicidad del Estado…”
La postura del inciso A) y la postura del inciso B) no difieren de fondo, ambas argumentaciones admiten una violación a la norma constitucional, ya sea considerando el principio del laicismo o considerando en sí mismo al derecho constitucional. Las dos interpretaciones coinciden de fondo con el alegato de Rodolfo Leyva en el amparo que presenta, rechazando el nombramiento del “Pato” Ávila como integrante de la comisión de atención a víctimas.
La postura que en lo personal he tomado, difiere de las interpretaciones de Leyva, Cortinas Murra, Castro y Villalobos del Rosal. De mi parte, he escrito un artículo que critica al laicismo como una forma de gobierno, de gubernamentalidad, en cuyas entrañas reside una dominación, que resulta atravesada por el principio de la soberanía planteado por Rousseau. El estado laico o el estado de derecho democrático del orden constitucional, trae consigo formas de dominación que pueden analizarse a partir de la biopolítica de Foucault, que reflexiona sobre los mecanismos control que se ejercen sobre de los cuerpos («Las inconsistencias e hipocresías del laicismo en el caso del “Pato” Ávila», Aserto, 22 de julio de 2017).
Desde el momento de escritura de este artículo, elaboré una serie de argumentos que no he puesto sobre la mesa y que expongo enseguida. Estos argumentos caminan entre los contenidos de la teoría del derecho y los contenidos de la teoría política. Sostengo que: El asunto del “Pato” Ávila tiene que ser analizado tanto por argumentos desprendidos de la teoría del derecho, como por argumentos desprendidos de la teoría política. Y fundamento esta argumentación en una sola razón: en este momento en específico, el asunto de fondo de este tema, que es el asunto del crimen organizado y de la violencia en el estado y el país, tiene que ver directamente con anomalías en el terreno de la impartición del derecho y con anomalías en el terreno del ejercicio de gobierno en cuanto a la acción política. El surgimiento de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas del Estado se deriva de anomalías en la impartición del derecho hacia las víctimas y hacia la sociedad en general, y se deriva también de un ejercicio gubernamental anómalo en donde la política se manifiesta como un fracaso rotundo.
En esta misma línea argumentativa, sostengo que: El nombramiento del “Pato” Ávila como sujeto que forma parte de la comisión estatal de atención a víctimas, amerita ser pensado más allá de la sola violación al principio constitucional del laicismo o de la violación al principio de derecho constitucional en sí mismo. Desde luego que el nombramiento del “Pato” Avila es una anomalía jurídica, dado que se viola la legislación constitucional. Pero en este caso, la condición de anomalía, lo que tendríamos que pensar como anomalía, va mucho más allá de lo jurídico. La anomalía inicia con el rotundo fracaso jurídico y político por parte de los gobiernos federal, estatal y municipal en la resolución al problema del crimen organizado y de la violencia. La anomalía inicia cuando se inventa en los términos del derecho, de las políticas públicas y de la cultura en general, la figura de la “víctima”. Una “víctima” es un sujeto cuyo derecho ha sido vulnerado en grado extremo, una “víctima” es un exiliado del derecho, alguien marcado por un daño que resulta monstruoso. La figura de la “víctima” es el resultado de la impotencia del estado (laico o no laico) en la atención a los problemas del crimen organizado y la violencia. Las comisiones de atención a las víctimas en los ámbitos federal y estatal, dibujan con toda claridad el fracaso rotundo del estado en la impartición del derecho y en la acción política. Si bien es cierto que el estado mexicano no es por completo un estado fallido, puede admitirse que es un estado insuficiente, un estado que muestra su incapacidad y su impotencia, lo mismo en el plano del derecho, que en la política, la economía, etc. Estamos hablando de un estado que se asoma al fracaso de manera apabullante.
La Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas del Estado, de la que aún forma parte el “Pato” Ávila como consejero, es una manifestación rotunda del estado insuficiente que muestra su impotencia para detener al crimen organizado y a la violencia, y que recurre entonces a un artificio lo mismo jurídico que político: la invención de la figura de la “víctima” como sujeto de un derecho y de un orden político que tendría que ser remediado a través de un organismo “desconcentrado” del estado, como lo es la Comisión Estatal de Atención a Víctimas. En el libro “La administración Estatal en México” (1982), Carlos Aldama se refiere a los organismos públicos desconcentrados como “un fenómeno de excrecencia administrativa”. Una “excrecencia” es un bulto que crece de manera anormal en un organismo vivo. La imagen más próxima que tenemos de una excrecencia es un tumor, que se enraíza en un organismo vivo y que vive simbióticamente a partir de ese organismo. La Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas es un órgano que en los términos administrativos del derecho y de la acción política posee la condición de una “excrecencia”. A través de este organismo el estado ha crecido de manera anómala, intentado solucionar un problema que tendría que ser resuelto, mucho antes de la invención de la figura de la “víctima” como sujeto del derecho y de la política. Las “víctimas”, que han sido inventadas artificiosamente como “víctimas” por los integrantes del crimen organizado, por la fallas de los agentes policiales, de los ministerios públicos, de los abogados y jueces; por la fallas de la clase política y por las fallas de la sociedad mexicana; reclaman a gritos que su condición de “víctimas” desaparezca, que las vejaciones y humillaciones que se han construido en torno a ellas dejen de existir. Y la manera más consistente para que esto tenga lugar, es que ellos no tendrían por qué ser “víctimas” de la manera en que lo están siendo. Ellos no tendrían que ser pensados ni inventados como “víctimas” por nosotros, de la manera en que lo estamos haciendo desde el derecho, desde las políticas públicas y desde la cultura en su conjunto. No tendría por qué existir una comisión estatal para atender a las víctimas, por el simple hecho de que no tendrían por qué existir las víctimas. En términos de la ética política, es inadmisible que concibamos la existencia de la figura de la “víctima”, es inadmisible que seamos partícipes de la invención jurídica, política y cultural de la figura de la “víctima”.
En el caso del “Pato” Ávila, el reclamo sobre la violación del laicismo o del derecho constitucional, esconde tras de sí un reclamo que tendría que ser más radical. El problema del crimen organizado y de la violencia, ha intentado ser solucionado a través de artificios. La Comisión Estatal de Atención a Víctimas es uno de esos artificios, un artificio en forma de excrecencia. El amparo interpuesto por Rodolfo Leyva y las discusiones que se han generado en torno a este caso, son también un artificio, una manera de “andarse por las ramas”.
En términos ideológicos y políticos, más allá del derecho, aceptar la existencia de esta comisión y aceptar de esta forma la invención de la figura de la “víctima”, es aceptar la invención de una serie de figuras que lo único que reflejan es el fracaso del estado. La formación de esta comisión y los nombramientos de cada uno de los consejeros que forman parte de ella, implica de manera directa aceptar al estado bajo la forma de una excrecencia que se manifiesta como colapso, como desbarrancadero de nuestras formas de vida.
Más allá de las violaciones al principio de la laicidad o al principio del derecho constitucional, tendríamos que debatir sobre los quiebres del estado en el territorio del derecho, en el territorio de la política, en el territorio de la economía, etc. Tendríamos que debatir sobre los quiebres del estado en la compleja territorialidad donde el derecho, la política y la economía, se trenzan y se vuelven una maraña dominada por el neoliberalismo como religión del siglo XXI. Los debates sobre el caso del “Pato” Ávila, terminan siendo un síntoma de nuestra ceguera jurídica y política. No es la punta de un hilo el que se debe meter por una aguja para intentar remediar los problemas por los que atraviesan el estado de Chihuahua y el país, es una madeja con múltiples hilos, una madeja cuyos hilos están mezclados de manera caótica, una madeja manchada de sangre que se enreda cada vez más y más, que nos tapa los ojos y la boca, que se convierte en máscara…

La política mexicana, territorio de anomalías y paradojas



Las últimas décadas de la política mexicana están definidas por la aparición repetida de anomalías y paradojas. La anomalía es lo irregular, lo que salta fuera de toda posibilidad mínimamente aceptable y verdadera. La anomalía es una desviación de la verdad, que resulta ser también una desviación de la ética. Las cualidades más notorias de la anomalía son la falsedad, la injusticia y la maldad que terminan trenzándose de forma irremisible. La anomalía va mucho más allá de que solemos llamar “corrupción”, es una malformación política, una protuberancia cuyo tamaño ocupa por completo al cuerpo de lo político en México. Hemos llegado al momento en el que no se puede distinguir entre el cuerpo de lo político y esa protuberancia a la que aquí se nombra como “anomalía”. ¿Es el cuerpo de lo político el que ocupa el lugar de la anomalía, o es la anomalía lo que ocupa el lugar del cuerpo de lo político?
El ejemplo más claro de una anomalía política es el caso de Peña Nieto y la Casa Blanca, un asunto de corrupción que ha sido escondido debajo del tapete de la historia. Otra anomalía política es el caso del Partido del Trabajo, que perdió su registro nacional en las elecciones federales del 2015 y que lo recuperó después por la gracia terrenal del PRD y Movimiento Ciudadano, quienes cedieron sus votos al PT en una elección extraordinaria en Aguascalientes. Una tercera anomalía es la mentira histórica que la PGR elaboró sobre los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos. En el primer caso, la legalidad fue inexistente y las respuestas de Peña Nieto y del priismo han sido evasivas y deslindes. En el segundo caso, la legalidad fue sobrepasada a causa del azar y de los acuerdos cupulares y claroscuros de la partidocracia. En el tercer caso, la narrativa a partir de la cual la PGR busca cerrar el caso de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, obedece a un montaje cuyo objetivo es el olvido, y aunque la mentira es obvia, sobre ella se levanta una verdad oficializada.
Cuando el peso y la densidad de las anomalías se repiten una y otra vez, como ha sido el caso de México en los últimos años, la acción política colectiva se paraliza. Es muy probable que el abstencionismo haya sido causado por la repetición incesante de anomalías en las últimas décadas. El abstencionismo es el punto donde la acumulación de las anomalías lleva a la política al grado cero, a un vaciamiento que anula a la acción política como tarea de la colectividad en su conjunto.
La otra cualidad de la política mexicana reciente es la paradoja. Cuando funciona la paradoja, los contrarios se dan la mano, se abrazan y se funden uno en el otro de una manera que resulta inexplicable, absurda. Una paradoja tiene lugar cuando los contrarios se conjugan de manera inexplicable, dando lugar a un resultado desconcertante pero funcional a la vez. Por un lado, la paradoja es ilógica e inexplicable, no hay elementos que nos permitan aceptar con solvencia los traslapes de dos contrarios que tendrían que repelerse entre sí. Por otro lado, esa unión de dos contrarios que resulta desconcertante, termina funcionando, termina convirtiéndose en algo productivo, por lo general de forma negativa. En la paradoja, la verdad y la mentira se confunden, de la misma manera en que se confunden lo bueno y lo malo. A partir de la aparición de la paradoja, lo verdadero y lo bueno son desplazados a un territorio de sombras y claroscuros. En el terreno de la política, la paradoja es un limbo de incertidumbres, donde el pensamiento y la acción política también quedan bloqueados. ¿Si lo verdadero se traslapa con lo falso, cómo es posible construir una respuesta mínimamente certera? ¿Si lo bueno se confunde con lo malo, cuál rumbo tendría que tomarse para tomar una decisión y actuar a partir de ello?
En los acontecimientos políticos recientes, el ejemplo más claro de la paradoja es la posibilidad de una alianza entre el PRD y el PAN, entre un partido que se supone de izquierda y un partido de derecha. La contradicción ideológica y política de ambos partidos resulta obvia, pero también resultan obvias las elecciones estatales donde ambas fuerzas se han aliado. Junto a lo anterior, está la firma del Pacto por México (entre PRD, PRI y PAN), donde los ingenuos perredistas fueron engañados y conducidos al matadero ideológico y político de ese partido.
Otro ejemplo de una paradoja política, es el abrazo y la charla amistosa que sostuvieron recientemente el gobernador del estado, Javier Corral, y el presidente del PAN a nivel nacional, Ricardo Anaya. Ambos se declararon la guerra a muerte a raíz del proceso de nombramiento de Anaya como presidente del PAN nacional. El enojo de Corral en contra de Anaya produjo algunos discursos incendiarios. En este caso, la terna de la paradoja quedó completada por Gustavo Madero, operador político del gobernador Corral, más a nivel nacional que a nivel local. Madero fue traicionado por Anaya después de las elecciones de 2015, al no ser nombrado coordinador de la fracción parlamentaria del PAN en la cámara de diputados. El reclamo de Madero ante Anaya fue manifiesto en la prensa nacional. Meses después, Madero es el operador político que lleva a buen término el abrazo entre Corral y Anaya. En ese abrazo, los presuntos enemigos se convirtieron en presuntos amigos, haciendo alarde en las redes sociales de esta condición paradójica.
Las presuntas verdades y presuntas bondades, tanto de Anaya, como de Corral y Madero, se desbarrancan hacia un territorio de incertidumbres. En este territorio de incertidumbres, la política nacional ha fracasado una y otra vez. El caso más significativo, que reúne a la vez la condición de anomalía y la condición de paradoja es la promesa de la democracia y la alternancia, como respuesta a los problemas sociales, políticos y económicos de nuestro país. Durante las décadas de 1980 y 1990, los discursos políticos se aventuraron a decir que la instauración de la democracia y la alternancia nos llevarían a un territorio mejor en todo sentido. Se supone que la promesa de la democracia y la alternancia se cumpliría entre los años 2000 y 2012, con los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón en la presidencia. Pero, ni la democracia, ni la alternancia, han resultado satisfactorias para la mayoría de los ciudadanos. Estamos en un momento histórico que asoma al fracaso de la democracia y de la alternancia como posibilidades de mejorar las condiciones de vida de los mexicanos. Hasta el momento, las promesas de la democracia y la alternancia se han convertido en fracasos, y por lo tanto, se han convertido en problemas. La anomalía se presenta cuando la alternancia y la democracia fallan de manera sistemática. La paradoja tiene lugar cuando las grandes promesas de la democracia y la alternancia como vías de solución a los problemas del país, se convierten en los grandes problemas por resolver.
Lo que va quedando por hacer, es buscar formas de visibilizar las anomalías y las paradojas que se repiten y que pueden llegar al grado de asfixia y la inacción política. Se requiere destrabar estas anomalías y estas paradojas, más allá del solo territorio de la democracia liberal (léase neoliberalismo)…