I
El nombre de Homero es
mencionado literalmente 12 veces por Platón en el Libro X de La República.
Es sabido ampliamente que en este texto el filósofo de la Academia emite su
diatriba contra los poetas a través de la voz de Sócrates, protagonista de los Diálogos. ¿Pero, qué significa la
reiterada presencia del nombre de Homero en este fragmento de los Diálogos de Platón? ¿Por qué anotar una
y otra vez el nombre del poeta de La Ilíada
y La Odisea? El nombre de otro poeta griego
con reconocimiento en ese entonces, Hesíodo, apenas es anotado dos veces por
Platón.
Desde la primera mención,
con sentimientos y pensamientos que parecen encontrados, entre la consideración
humanizada y sentimental de Homero y su obra y, el desprecio por el poeta y por
la poesía, Platón advierte:
“… siento sin embargo, que detiene mi lengua
cierta ternura y cierto respeto que desde niño guardo a Homero; porque Homero
es el maestro y el jefe de todos esos hermosos poetas trágicos; mas como quiera
que los miramientos debidos a un hombre son menores que los que a la verdad se
deben, preciso es que hable.” (P.221)
El filósofo de la Academia
habla. Aunque admite que podría detener su lengua por una “cierta ternura” y un
“cierto respeto” que siente hacia el poeta trágico. La lengua del ateniense se
desdobla y el nombre de Homero parece multiplicarse y habitar de manera
nebulosa el texto, como un martilleo, como un puñetazo que golpea las paredes
de palabras que le dan forma al Libro X
de La República.
Ni la escritura de los
poetas, ni los cuadros de los pintores, ningún trabajo artístico, estaría
representando a lo verdadero y/o lo
concreto, que tendrían que ser racionalizados –aunque también “idealmente”-. Desde
la visión platónica, el arte estaría punzado por un vacío epistemológico y
ontológico que torna fantasmales a sus posibilidades miméticas.
… por una parte, la
pintura y en general todo arte que consiste en la imitación, está muy alejado
de la verdad en todo lo que ejecuta, y que, por otro lado, esa parte de nosotros
mismos con que está en relación se halla también muy alejada de la verdad, y
nada inspira que sea verdadero ni sólido (P. 228).
Más aún, el arte estaría
desbocándose hacia lo dionisiaco irremisiblemente. Lo irracional, lo pasional y el placer que Platón identifica
en el arte, llevarían a los hombres a
una caída en lo moral y lo políticamente reprobable.
En el “Estado” ideal de
Platón (estado político, moral, epistemológico y ontológico a la vez) que se
relata utópicamente en La República,
no caben los poetas, aunque Homero quepa 12 veces –y más- mencionado en este apartado del texto.
De la misma forma que
Platón, siente remordimientos por el trato que le da Homero, también le
remuerde la conciencia expulsar a los poetas de su topos idealizado.
Puesto que por
segunda vez se ha presentado la ocasión de hablar de la poesía, he aquí lo que
yo tenía que decir para justificarnos de haberla desterrado de nuestro Estado:
la razón nos obligaba a ello. Por lo demás, por temor a que la propia poesía nos
acuse de dureza y rusticidad en esto, bueno es que le digamos que no es cosa de
hoy el estar reñida ella con la filosofía… no obstante, declaramos muy alto que
si la poesía imitativa, que tiene por objeto el placer, puede probarnos con
buenas razones que no debe excluírsele de un Estado bien ordenado, con los
brazos abiertos la recibiremos, porque no podemos ocultarnos a nosotros mismos
la fuerza y la dulzura de sus encantos (P. 232).
Que los poetas se vayan,
pero quizá no deban irse si justifican su presencia. La añeja pugna entre
filosofía y literatura, entre filósofos y poetas, se resolvería platónicamente con un
sometimiento de los segundos a los primeros.
La escritura del filósofo
ateniense se envuelve en una forma de razonar contradictoria. Si los poetas y
la poesía, en este caso Homero y las tragedias de La Ilíada y La Odisea,
tendrían que ser expurgados del Estado, no hay motivos para que la escritura
poética tenga cabida de forma alguna en el raciocinio filosófico. Sin embargo,
la poesía trágica griega proveniente de Homero –y de otros autores- se hace
presente en las formas de reflexión y de argumentación a las que Platón acude al
escribir sus Diálogos. Al cierre del Libro X de La República se narra el mito de Her.
En la décimo tercera
ocasión en la que Platón cita a Homero, de forma implícita y sin mencionar su
nombre, el filósofo admite que no argumenta a partir de las narraciones
trágicas del poeta mayor de Grecia, sino que fundamenta su alegato considerando
un “relato” distinto a La Odisea.
No es el relato de
Alcinoo (personaje de La odisea) el
que voy a comunicaros, sino el de un hombre esforzado. Her el Armenio,
originario de Panfilia (P. 238).
Platón parece creer que logra
desprenderse de Homero y de su obra, parece creer que a partir de elementos de
la tradición órfica y pitagórica logra desarrollar un “relato” no-homérico, que estaría siendo sobredeterminado por la
racionalidad filosófica. El mito platónico que se narra al final del Libro X de La República, investido de racionalidad filosófica, incluye al
cosmos y a la vida humana. Her muere en batalla al lado de otros guerreros. A
los diez días de su muerte su cuerpo no se ha descompuesto. A punto de ser
cremado, Her revive y comienza a narrar su viaje cósmico y moralizante ante las
figuras de Láquesis, Cloto y Antropos. De inicio, en el relato está presente
una narración cósmica de la conformación del universo. En un segundo plano la
narración se torna moralizante, los justos y los buenos habrán de ser premiados
por los dioses, los injustos y los malos serán castigados.
Entre lo cósmico, lo
celestial y lo moral que transcurre al mito de Her, Platón no logra
deshacerse de Homero ni de su obra. En la narración quedan escritas: el “alma
de Agamenón”, el “alma de Epeo” –constructor del caballo de Troya- y el “alma
de Ulises”, personajes que son parte de La
Ilíada y La Odisea. Junto a las
menciones del nombre de Homero, están las referencias nominales de los
personajes homéricos. Este “nombrar” platónico del Libro X de La República, es una paradoja que correlaciona a la
reflexión y la argumentación filosófica con la poesía homérica –y con la poesía
en general-. Junto a lo anterior está la estrategia de argumentación platónica
en los Diálogos, que constantemente
hace uso de narraciones y de figuras poéticas. El relato de Her es concebido
por Platón como una “fábula” (P.245), sustancia narrativa, no propiamente
filosófica, sino poética. ¿Cómo es que
Platón se juega en la escritura de sus Diálogos,
este “en-tramar” que teje hilos reflexivos y argumentativos entre lo filosófico
y lo poético?
En el Libro X de La República
se hacen presentes indicios de lo que aquí se refiere como un “en-tramar
filosófico-poético en la escritura de Platón”:
¿Puede llamarse
grande a lo que ocurre en un pequeño espacio de tiempo? En efecto, el intervalo
que separa nuestra infancia de la vejez es muy poca cosa comparado con la
eternidad. –Ni siquiera es nada… ¿No sabes, pues, que nuestra alma es inmortal,
que no muere nunca…?
Para Platón, el en-tramar sucede
no en la narración poética que se anuda con lo terrenal, donde se hacen
manifiestas las acciones concretas del hombre que miméticamente quedan escritas
y representadas en la poesía, sino en el eidos
de la eternidad y la utopía. La República
es terrenal y celestial a la vez. Es el trayecto de la tierra hacia el cielo
que queda significado en el mito de Her narrado por Platón.
Por tanto, si quieres
creerme, convencidos de que nuestra alma es inmortal y de que, por su
naturaleza, es capaz así de todos los bienes como de todos los males,
seguiremos siempre por el camino que lleva a lo alto, y nos dedicaremos con
todas nuestras fuerzas a la práctica de la justicia y la sabiduría. Con esto
estaremos en paz con nosotros mismos y con los dioses, y después de haber
alcanzado en la tierra el premio destinado a la virtud, semejante a atletas
victoriosos que son llevados en triunfo, seremos felices aquí abajo y durante
el viaje de mil años, cuyo relato acabamos de hacer (P.245 y 246).
El intervalo temporal
entre el nacimiento y la vejez que envuelve a la vida humana, es “poca cosa” ante
la eternidad platónica. La esencia del “en-tramar” tendría que estar entonces
en otra dimensión más allá de lo terrenal. Un caminar de “mil años” de la
tierra hacia el cielo que denota una angustia sujeta de lo filosófico y lo
poético a la vez.
II
Para Aristóteles, a
diferencia de Platón, la poesía tiene un
valor significativo en la vida del hombre. En este plano la trama juega un
papel fundamental. La poética está
escrita no como un texto que aborda la
mera composición de la trama poética, sino como una reflexión en torno a las
cualidades literarias y filosóficas profundas que tienen lugar a partir de la
trama. Ya en La poética podemos
encontrar indicios de una reflexión de segundo grado a partir de la trama.
Aristóteles identifica
seis componentes de la tragedia: el argumento o trama, los caracteres éticos,
el recitado o dicción, las ideas, el espectáculo y el canto. Enseguida subraya
la mayor importancia de la trama.
La más importante de
todas es, sin embargo, la trama de los actos, puesto que la tragedia es
reproducción imitativa no precisamente de hombres sino de sus acciones: vida,
buenaventura y malaventura; y tanto malaventura como bienandanza son cosas de
acción, y aun el fin es una cierta manera de acción, no de cualidad. Que según
los caracteres es tal o cual, empero según las acciones se es feliz o lo
contrario. Así es que, según esto, obran los actores para reproducir
imitativamente las acciones, pero sólo mediante las acciones adquieren
carácter. Luego actos y su trama son el fin de la tragedia. Además: sin acción
no hay tragedia, más la puede haber sin caracteres… Además: si se enhebran
sentencias morales, por más bien trabajadas que estén la dicción y pensamiento
no se obtendrá una obra propiamente trágica, y se conseguirá por el contrario,
con una tragedia deficiente en tales puntos, mas con trama o peculiar arreglo
de los actos. Añádase que lo que más habla al alma en la tragedia se halla en ciertas
partes de la trama, como peripecias y reconocimiento… Es, pues, la trama o argumento el principio mismo y
como el alma de la tragedia, viniendo en segundo lugar los caracteres (P. 134
-135).
A diferencia de Platón, en
cuyo “en-tramar filosófico-poético” lo moral está por encima de la forma de la
escritura, la concepción específica de la “trama” en Aristóteles, pondera la forma de la escritura sobre lo
moral.
Se pone en claro que el
concepto de “en-tramar” que se desprende del Libro X de La República,
no es estrictamente planteado por Platón, sino que se deduce de la forma de
escribir, reflexionar y argumentar del filósofo ateniense. Se afirmó que las
cualidades del en-tramar filosófico-poético en Platón, están configuradas por
un eidos utópico y eterno, que se
narra en el mito de Her y en el Libro X
de La República en su conjunto.
En cambio, el concepto
Aristotélico de “trama” es específicamente planteado y clarificado por
Aristóteles en La poética. Hablamos
entonces de cualidades distintas de ambos conceptos. El concepto derivado de
Platón, se deduce de su escritura filosófico-poética. El concepto aristotélico
está contenido literal y explícitamente en La
poética. La naturaleza de ambos conceptos es entonces distinta, pero esta
cuestión no impide que puedan analizarse comparativamente.
Bibliografía
Aristóteles, La poética, 2007, Editorial de la
Universidad Juárez del Estado de Durango, México.
Platón, Diálogos, Colección SEPAN CUANTOS, Num. 13B, La
República o de lo justo, P. 1 – 246, 2007, editorial Porrúa, México.