lunes, 31 de agosto de 2015

Más allá de la filosofía como sierva del quehacer científico



Leonardo Meza Jara 

(Artículo publicado en “El Diario de Chihuahua”, en la sección de UPNECH)

I
Este texto entabla un diálogo crítico con un artículo publicado en “El Diario de Chihuahua”, en la sección dominical de UPNECH  (“Ciencia y filosofía”, Valles D., 16 de agosto de 2015). Lo primero que llama la atención en el artículo citado, es que el autor omite cualquier pregunta sobre el concepto o el quehacer de la filosofía. Toda pregunta que se realice sobre el concepto y las tareas que tendría que desarrollar la filosofía, es una pregunta adscrita a un condicionamiento o una serie de condicionamientos sobre los que habría que cuestionarnos. ¿Por qué Valles evita preguntarse sobre la definición o las tareas de la filosofía? Puede afirmarse que las preguntas están implícitas en el texto. Es decir, que el mismo abordaje del autor  las supone como ya sabidas y ya entendidas, que no se requiere plantearlas, dado que resultan innecesarias al considerarse inscritas en el tratamiento del artículo. Puede también sostenerse que simplemente es cuestión de estilo en la escritura del autor.  Pero no podemos dejar de lado que uno de los territorios de mayor peso en el desenvolvimiento del quehacer filosófico, es el planteamiento de preguntas, la interrogación como una actividad para distender al pensamiento.  En el artículo de Valles, detrás de las afirmaciones que se realizan sobre el concepto y las tareas de la filosofía, hay una serie de cuestionamientos no dichos. Son preguntas que se omiten consciente o inconscientemente. Son interrogantes que de ninguna manera podemos dar por supuestas o por innecesarias. Son preguntas evitadas, pero no evitables. ¿Cuáles son estas interrogantes no dichas? Se abordan enseguida los que se consideran los dos núcleos de preguntas claves omitidas por Valles.
Preguntas  1.- ¿La actividad de la filosofía tal como la asume Valles al lado del quehacer científico, está libre de componentes discursivos, ideológicos, míticos o trascendentes, relacionados con ideas no estrictamente científicas? ¿Hay un territorio de pureza racional, o mejor dicho racionalista, en la filosofía que se asume como codependiente del quehacer científico?  
Preguntas  2.- ¿Cuáles son los costos que en los términos del despliegue del pensamiento se tendrían que pagar,  al sujetar el quehacer de la filosofía a  los parámetros de la racionalidad científica? ¿Qué se tendría que castrar y depurar de la potencia del pensamiento filosófico, al suscribir de manera unívoca y totalitaria a la filosofía en los intereses y necesidades de la razón científica?
Al inicio del artículo de Valles, se descalifica la creencia y la imaginación humanas que se fijan en seres fantásticos y míticos, de corte literario o religioso. Aunque el autor matiza esta crítica, justificando en parte la presencia de lo irracional en el pensamiento y  la vida de los hombres. Este guiño pudiera resultarnos sospechoso, ¿por qué Valles descalifica a la irracionalidad para luego matizar la afirmación, admitiendo que este tipo de pensamiento es inherente y necesario al ser humano?
El texto de Valles plantea a la ciencia, flanqueda por la filosofía,  como un saber deificado, un saber concebido como si fuera Dios. La postura de Valles es moderna, es la del hombre que toma el lugar de Dios, y que a su vez le otorga a esta deificación una existencia exterior a lo humano en los lugares de la ciencia. El texto de Valles pondera  los altares y las santificaciones de la ciencia y de la filosofía realista, de corte empirista e inductivista (Locke y Hume). Apela también a la lógica filosófica y a los aportes del mecanicismo newtoniano, que se elaboran desde las ciencias duras (la física). Esta postura se ancla en  el neopositivismo, derivado de los aportes del círculo de Viena, los cuales son capitalizados por Popper (el falsasionismo popperiano)  hacia la segunda mitad del siglo XX. A su vez, podemos considerar a Valles como un discípulo de Mario Bunge, el filósofo que ha abdicado las posibilidades de ser y de hacer de la filosofía ante la ciencia. Desconozco, si en la intención por matrimoniar de manera definitiva y a la vez trágica, a la filosofía con la ciencia, Valles está dispuesto a cargar con el cadáver de la filosofía, tal como lo hace Bunge.
En una entrevista, al preguntarle a Bunge si lee textos científicos (y filosóficos), responde: “Sí, estoy suscrito a las revistas Nature y Science; esta me llega gratuitamente por haber sido suscriptor durante más de medio siglo. No leo apenas revistas de filosofía porque no aprendo nada nuevo con ellas. Antes leía de cabo a rabo el Journal of Philosophy con gran interés, pero me parece que está decayendo. La filosofía vive un momento de decadencia” (“La ciencia se hace una matriz filosófica”, 2014).
Acudiendo a los mecanismos de reflexión lógicos planteados por Valles en su artículo, deducimos lo siguiente: Bunge, quien es un filósofo cientificista, sostiene que toda filosofía no cientificista es decadente. Lo cual no implica que la filosofía cientificista no lo sea. En los diversos textos de la filosofía cientificista, no se encuentran argumentos de suficiente peso para admitir que esta filosofía no sea decadente. Tal vez, en el texto analizado de Bunge y en otros escritos producidos por este autor, trata de sustentarse que la filosofía cientificista no es decadente, pero esto no deriva en automático que esta filosofía no lo sea. Un juicio sobre la decadencia o la no decadencia de alguna filosofía no obedece exclusivamente ni al racionalismo ni a las formas de pensar lineales de la lógica filosófica. Sino que es parte de una forma de verdad o de creencia , que más allá de lo teórico se instala en lo ideológico. ¿Qué forma de certeza, que forma de creencia es necesaria  para sostener que una filosofía determinada no es decadente y que otras filosofías si lo son? ¿Qué observador ideal tendría que decir cuál filosofía es decadente y cuál no lo es? ¿En qué razones se basaría este observador ideal al realizar esta tarea? Volvemos a los problemas planteados por la filosofía analítica de principios del siglo XX.
Más adelante en la entrevista, a pregunta expresa, Bunge asume que “la filosofía le ha dado la espalda a la ciencia” y que a partir de ello tiene lugar su “declive”. En base a un alegato que acude al recurso argumentativo de la autoridad intelectual, Bunge cita a Mosterín para explicar su respuesta. Valles también cita a Mosterín al inicio de su artículo, para sustentar la validez suprema de una filosofía cientificista. El triángulo autoral se convierte en un círculo, que puede entenderse a partir de los retornos del saber y de los discursos sobre sí mismos, para renovarse infinitamente (Foucault, “El orden del discurso”, 2005). 
En el caso específico de Bunge, hay una operación riesgosa en la que al unir bajo una ce-rrazón a la ciencia con la filosofía, se da lugar a la muerte de la filosofía. En el fondo, el pensamiento  de Bunge carga con el cuerpo muerto de la filosofía, desvitalizado y aquietado en el tablero de ajedrez del quehacer científico. La “ascesis teórica” que realiza Bunge para depurar al concepto y las tareas de la filosofía, en sujeción a los intereses y necesidades de la ciencia, da como resultado una “muerte en vida” del pensamiento y de la filosofía (Sloterdijk, “Muerte aparente del pensar”, 2013). Bunge es un necrófilo de la filosofía, carga en vida con el cadáver de la filosofía, mientras establece una extraña relación pragmática e idealizada con esta actividad humana.

II
A lo largo de la historia de la filosofía, son numerosos los textos que conceptualizan a  esta actividad humana. Desde luego que directa o indirectamente, cualquier conceptualización de la filosofía da lugar a una territorialización de las labores que tendría que llevar a cabo. Decir lo que la filosofía es conceptualmente, nos lleva a decir lo que la filosofía tendría que ser y tendría que hacer. Toda definición de la filosofía es un pensar condicionante de esta actividad humana, lo mismo en términos conceptuales que fácticos.
Aquí se sostiene, que toda conceptualización de la filosofía implica o una relatividad (una respuesta que solo puede tener un carácter provisional, historizado) o una desmesura (una pretensión tan abarcadora en la respuesta, que termine asfixiándose en los terrenos de la trascendencia). Se sostiene también, que toda  conceptualización de la filosofía, que puede implicar o una relatividad (una respuesta provisional, historizada) o una desmesura (una respuesta que aspira a lo trascendente), es una estrategia castrante de las posibilidades de ser y hacer de la filosofía, de la potencia del pensamiento de esta actividad humana. Arriesgarse a una conceptualización en los términos descritos, es como intentar obturar los ojos de la filosofía, como intentar cortar una parte de su lengua.

III
Desde el punto de vista de  la historia de las ideas, el cuerpo teórico de la filosofía tiene una forma no plenamente definible, es un cuerpo multiforme, configurado por diversas disciplinas y subdisciplinas (epistemología, ética, ontología, etc.) y por variadas  teorizaciones al interior de estas disciplinas. Más aún, el cuerpo teórico de la filosofía es un cuerpo que no se queda quieto, que se despliega permanentemente en una movilidad que resulta escurridiza. Una mirada miope puede llevarnos a pensar que la filosofía griega hubiera dado todo de sí, que no hay más asuntos que dialogar con  los pensadores helénicos.  Pero resulta, que algunas de las filosofías más creativas y constructivas del siglo XX, se han derivado de un retorno a la filosofía griega, son los casos de Castoriadis, Gadamer, Ricoeur y Colli entre otros filósofos.  
La conceptualización de la filosofía no tendría por qué hacerse en los términos descriptivos o procedimentales de su saber o su hacer. Su definición implica la conflictividad y la irresolución. La idea de la filosofía se enraíza en un pensar abierto y desbordante. Lo no pensado y lo no dicho por la filosofía, forman parte de la conceptualización de esta actividad humana. La conceptualización más áspera y más incómoda de la filosofía, tendría que definirse desde su afuera. ¿Qué linderos tendríamos que trazar sobre la filosofía para de-limitarla y en-cerrarla, para que se agote y vacíe sus posibilidades de ser y de hacer en ello? ¿Qué grilletes tendríamos que sujetarle para impedir sus avances, sus retrocesos y sus retornos? El lugar de la filosofía es el afuera, donde lo no pensado y lo no dicho se expanden complejamente a través de la vida. Desde luego que esta es una definición que se deriva de Foucault.
Los desdoblamientos del pensamiento filosófico en el siglo XX, han ocurrido a través de distintos territorios del saber humano. En este siglo, el cuerpo teórico de la filosofía posee un carácter transdisciplinario. Es un ir y venir de la filosofía hacia las ciencias sociales y las ciencias duras, hacia la literatura, el psicoanálisis y otras disciplinas. Aunque asumir que la filosofía es una actividad transdisciplinaria,  es en el fondo una tautología. La filosofía nace a la par de otras actividades humanas como la literatura y la ciencia en Grecia, donde no hay una división del saber tal como la conocemos ahora. La parcelación del saber es un asunto moderno, que tiene lugar entre los siglos XIX y XX. Morín ha escrito en abundancia sobre el tema criticando al conocimiento fragmentario (“El método”, seis tomos). Las estrategias de pensamiento y escritura en la filosofía, que pueden concebirse como transdisciplinarias y que tuvieron lugar en el siglo XX, no han sido investigadas todavía…