Leonardo
Meza Jara
(Artículo publicado en “El Diario de Chihuahua”, en la sección de
UPNECH)
I
Este texto entabla un diálogo crítico
con un artículo publicado en “El Diario de Chihuahua”, en la sección dominical
de UPNECH (“Ciencia y filosofía”, Valles
D., 16 de agosto de 2015). Lo primero que llama la atención en el artículo
citado, es que el autor omite cualquier pregunta sobre el concepto o el
quehacer de la filosofía. Toda pregunta que se realice sobre el concepto y las
tareas que tendría que desarrollar la filosofía, es una pregunta adscrita a un
condicionamiento o una serie de condicionamientos sobre los que habría que
cuestionarnos. ¿Por qué Valles evita preguntarse sobre la definición o las
tareas de la filosofía? Puede afirmarse que las preguntas están implícitas en
el texto. Es decir, que el mismo abordaje del autor las supone como ya sabidas y ya entendidas,
que no se requiere plantearlas, dado que resultan innecesarias al considerarse
inscritas en el tratamiento del artículo. Puede también sostenerse que
simplemente es cuestión de estilo en la escritura del autor. Pero no podemos dejar de lado que uno de los
territorios de mayor peso en el desenvolvimiento del quehacer filosófico, es el
planteamiento de preguntas, la interrogación como una actividad para distender
al pensamiento. En el artículo de
Valles, detrás de las afirmaciones que se realizan sobre el concepto y las
tareas de la filosofía, hay una serie de cuestionamientos no dichos. Son
preguntas que se omiten consciente o inconscientemente. Son interrogantes que
de ninguna manera podemos dar por supuestas o por innecesarias. Son preguntas
evitadas, pero no evitables. ¿Cuáles son estas interrogantes no dichas? Se
abordan enseguida los que se consideran los dos núcleos de preguntas claves
omitidas por Valles.
Preguntas 1.- ¿La actividad de la filosofía tal como la
asume Valles al lado del quehacer científico, está libre de componentes discursivos,
ideológicos, míticos o trascendentes, relacionados con ideas no estrictamente
científicas? ¿Hay un territorio de pureza racional, o mejor dicho racionalista,
en la filosofía que se asume como codependiente del quehacer científico?
Preguntas 2.- ¿Cuáles son los costos que en los términos
del despliegue del pensamiento se tendrían que pagar, al sujetar el quehacer de la filosofía a los parámetros de la racionalidad científica?
¿Qué se tendría que castrar y depurar de la potencia del pensamiento filosófico,
al suscribir de manera unívoca y totalitaria a la filosofía en los intereses y
necesidades de la razón científica?
Al inicio del artículo de Valles, se
descalifica la creencia y la imaginación humanas que se fijan en seres
fantásticos y míticos, de corte literario o religioso. Aunque el autor matiza esta
crítica, justificando en parte la presencia de lo irracional en el pensamiento
y la vida de los hombres. Este guiño
pudiera resultarnos sospechoso, ¿por qué Valles descalifica a la irracionalidad
para luego matizar la afirmación, admitiendo que este tipo de pensamiento es inherente
y necesario al ser humano?
El texto de Valles plantea a la
ciencia, flanqueda por la filosofía, como un saber deificado, un saber concebido
como si fuera Dios. La postura de Valles es moderna, es la del hombre que toma
el lugar de Dios, y que a su vez le otorga a esta deificación una existencia
exterior a lo humano en los lugares de la ciencia. El texto de Valles
pondera los altares y las
santificaciones de la ciencia y de la filosofía realista, de corte empirista e
inductivista (Locke y Hume). Apela también a la lógica filosófica y a los
aportes del mecanicismo newtoniano, que se elaboran desde las ciencias duras
(la física). Esta postura se ancla en el
neopositivismo, derivado de los aportes del círculo de Viena, los cuales son
capitalizados por Popper (el falsasionismo popperiano) hacia la segunda mitad del siglo XX. A su
vez, podemos considerar a Valles como un discípulo de Mario Bunge, el filósofo
que ha abdicado las posibilidades de ser y de hacer de la filosofía ante la
ciencia. Desconozco, si en la intención por matrimoniar de manera definitiva y
a la vez trágica, a la filosofía con la ciencia, Valles está dispuesto a cargar
con el cadáver de la filosofía, tal como lo hace Bunge.
En una entrevista, al preguntarle a
Bunge si lee textos científicos (y filosóficos), responde: “Sí, estoy suscrito
a las revistas Nature y Science; esta
me llega gratuitamente por haber sido suscriptor durante más de medio siglo. No
leo apenas revistas de filosofía porque no aprendo nada nuevo con ellas. Antes
leía de cabo a rabo el Journal of
Philosophy con gran interés, pero me parece que está decayendo. La filosofía
vive un momento de decadencia” (“La ciencia se hace una matriz filosófica”,
2014).
Acudiendo a los mecanismos de
reflexión lógicos planteados por Valles en su artículo, deducimos lo siguiente:
Bunge, quien es un filósofo cientificista, sostiene que toda filosofía no
cientificista es decadente. Lo cual no implica que la filosofía cientificista
no lo sea. En los diversos textos de la filosofía cientificista, no se
encuentran argumentos de suficiente peso para admitir que esta filosofía no sea
decadente. Tal vez, en el texto analizado de Bunge y en otros escritos
producidos por este autor, trata de sustentarse que la filosofía cientificista
no es decadente, pero esto no deriva en automático que esta filosofía no lo
sea. Un juicio sobre la decadencia o la no decadencia de alguna filosofía no
obedece exclusivamente ni al racionalismo ni a las formas de pensar lineales de
la lógica filosófica. Sino que es parte de una forma de verdad o de creencia , que
más allá de lo teórico se instala en lo ideológico. ¿Qué forma de certeza, que
forma de creencia es necesaria para
sostener que una filosofía determinada no es decadente y que otras filosofías
si lo son? ¿Qué observador ideal tendría que decir cuál filosofía es decadente
y cuál no lo es? ¿En qué razones se basaría este observador ideal al realizar
esta tarea? Volvemos a los problemas planteados por la filosofía analítica de
principios del siglo XX.
Más adelante en la entrevista, a
pregunta expresa, Bunge asume que “la filosofía le ha dado la espalda a la
ciencia” y que a partir de ello tiene lugar su “declive”. En base a un alegato
que acude al recurso argumentativo de la autoridad intelectual, Bunge cita a
Mosterín para explicar su respuesta. Valles también cita a Mosterín al inicio
de su artículo, para sustentar la validez suprema de una filosofía
cientificista. El triángulo autoral se convierte en un círculo, que puede
entenderse a partir de los retornos del saber y de los discursos sobre sí
mismos, para renovarse infinitamente (Foucault, “El orden del discurso”, 2005).
En el caso específico de Bunge, hay
una operación riesgosa en la que al unir bajo una ce-rrazón a la ciencia con la
filosofía, se da lugar a la muerte de la filosofía. En el fondo, el pensamiento
de Bunge carga con el cuerpo muerto de
la filosofía, desvitalizado y aquietado en el tablero de ajedrez del quehacer
científico. La “ascesis teórica” que realiza Bunge para depurar al concepto y
las tareas de la filosofía, en sujeción a los intereses y necesidades de la
ciencia, da como resultado una “muerte en vida” del pensamiento y de la
filosofía (Sloterdijk, “Muerte aparente del pensar”, 2013). Bunge es un
necrófilo de la filosofía, carga en vida con el cadáver de la filosofía,
mientras establece una extraña relación pragmática e idealizada con esta
actividad humana.
II
A lo largo de la historia de la
filosofía, son numerosos los textos que conceptualizan a esta actividad humana. Desde luego que
directa o indirectamente, cualquier conceptualización de la filosofía da lugar
a una territorialización de las labores que tendría que llevar a cabo. Decir lo
que la filosofía es conceptualmente, nos lleva a decir lo que la filosofía
tendría que ser y tendría que hacer. Toda definición de la filosofía es un
pensar condicionante de esta actividad humana, lo mismo en términos
conceptuales que fácticos.
Aquí se sostiene, que toda
conceptualización de la filosofía implica o una relatividad (una respuesta que
solo puede tener un carácter provisional, historizado) o una desmesura (una
pretensión tan abarcadora en la respuesta, que termine asfixiándose en los
terrenos de la trascendencia). Se sostiene también, que toda conceptualización de la filosofía, que puede
implicar o una relatividad (una respuesta provisional, historizada) o una
desmesura (una respuesta que aspira a lo trascendente), es una estrategia
castrante de las posibilidades de ser y hacer de la filosofía, de la potencia
del pensamiento de esta actividad humana. Arriesgarse a una conceptualización
en los términos descritos, es como intentar obturar los ojos de la filosofía,
como intentar cortar una parte de su lengua.
III
Desde el punto de vista de la historia de las ideas, el cuerpo teórico de
la filosofía tiene una forma no plenamente definible, es un cuerpo multiforme,
configurado por diversas disciplinas y subdisciplinas (epistemología, ética,
ontología, etc.) y por variadas
teorizaciones al interior de estas disciplinas. Más aún, el cuerpo
teórico de la filosofía es un cuerpo que no se queda quieto, que se despliega
permanentemente en una movilidad que resulta escurridiza. Una mirada miope
puede llevarnos a pensar que la filosofía griega hubiera dado todo de sí, que
no hay más asuntos que dialogar con los
pensadores helénicos. Pero resulta, que
algunas de las filosofías más creativas y constructivas del siglo XX, se han
derivado de un retorno a la filosofía griega, son los casos de Castoriadis, Gadamer, Ricoeur y Colli entre otros filósofos.
La conceptualización de la filosofía
no tendría por qué hacerse en los términos descriptivos o procedimentales de su
saber o su hacer. Su definición implica la conflictividad y la irresolución. La
idea de la filosofía se enraíza en un pensar abierto y desbordante. Lo no
pensado y lo no dicho por la filosofía, forman parte de la conceptualización de
esta actividad humana. La conceptualización más áspera y más incómoda de la filosofía,
tendría que definirse desde su afuera. ¿Qué linderos tendríamos que trazar sobre
la filosofía para de-limitarla y en-cerrarla, para que se agote y vacíe sus
posibilidades de ser y de hacer en ello? ¿Qué grilletes tendríamos que
sujetarle para impedir sus avances, sus retrocesos y sus retornos? El lugar de
la filosofía es el afuera, donde lo no pensado y lo no dicho se expanden complejamente
a través de la vida. Desde luego que esta es una definición que se deriva de
Foucault.
Los desdoblamientos del pensamiento
filosófico en el siglo XX, han ocurrido a través de distintos territorios del
saber humano. En este siglo, el cuerpo teórico de la filosofía posee un
carácter transdisciplinario. Es un ir y venir de la filosofía hacia las
ciencias sociales y las ciencias duras, hacia la literatura, el psicoanálisis y
otras disciplinas. Aunque asumir que la filosofía es una actividad
transdisciplinaria, es en el fondo una
tautología. La filosofía nace a la par de otras actividades humanas como la
literatura y la ciencia en Grecia, donde no hay una división del saber tal como
la conocemos ahora. La parcelación del saber es un asunto moderno, que tiene
lugar entre los siglos XIX y XX. Morín ha escrito en abundancia sobre el tema criticando
al conocimiento fragmentario (“El método”, seis tomos). Las estrategias de pensamiento
y escritura en la filosofía, que pueden concebirse como transdisciplinarias y
que tuvieron lugar en el siglo XX, no han sido investigadas todavía…