Además de imperfecta, la
democracia representativa importada de Europa y de los Estados Unidos, se ha
convertido en refugio de una parte de la clase política que desboca al país
hacia el neoliberalismo. Si los panistas no lograron las reformas que hasta
este momento ha alcanzado el peñanietismo, es porque les faltó astucia y les
sobró estupidez, amén del fraude electoral de 2006. Hoy el peñanietismo retoma
el aura reformista del salinato. Primero la reforma laboral que legisla y
normaliza la precarización que existe
en el mundo del trabajo en México desde la década de los ochentas del siglo XX.
Luego la reforma educativa, que sesga el debate hacia la figura del maestro,
mientras las condiciones complejas y profundas de los problemas educativos en México
–que están presentes desde la década de 1960, y que se han intentado
corregir inútilmente desde el Plan de los Once Años a la fecha- no han sido
debatidas ni consideradas en las políticas públicas.
Vendrían enseguida la
reforma fiscal y la energética, que después del albazo para aprobar la Ley del
Servicio Profesional Docente, se asoman dictadas desde los pinos y cobijadas
bajo el mayoriteo priista y panista, junto con el PANAL y el PVEM. El lugar del PRD en el poder legislativo, hoy trastocado por el Pacto por México, es un limbo maldito entre la socialdemocracia de una izquierda moderada y los reclamos por el entreguismo y la abdicación ideológica.Todas las re-definiciones y re-acomodos de las izquierdas, a fines del siglo XX y principios del XXI, cargan con los fantasmas verídicos de la no-muerte del marxismo.
La resquebrajada democracia
representativa que lleva a los políticos de profesión al poder, subsiste: entre
los fraudes y las trampas electorales –que en 1988, 2006 y 2012 se mostraron de forma
grotesca-; entre el abstencionismo y la representatividad que se diluye en la
partidocracia, la pactocracia y los grupos de poder que entremezclan la
macroeconomía y la macropolítica (no la microeconomía ni la micropolítica de
los ciudadanos de a pie); entre la democracia normativa que ordena y somete y, el vaciamiento de la
política como un ejercicio de seres humanos de carne hueso que no tendrían
porque dejar de mirarse frente a frente y a los ojos.
La democracia
representativa, artificiosa y mítica, delirante desde su propio discurso de
autoinstauración, que se repite una y
otra vez y que en los hechos falla, también de manera reiterada. Un modelo que
en-cubre los cinismos de la clase política en contubernio consigo misma, con
los sectores empresariales y con los organismos financieros del gran capital.
La democracia representativa que se esconde en los bunkers legislativos y en
los corrillos del poder cupular. La aristócrata democracia representativa.
Esta forma de seguir
engañándonos, como si la política en México pudiera ser lo que no ha sido…