martes, 6 de diciembre de 2016

La Cruz de clavos y las distancias del poder oficial

(Artículo en publicación en la revista Aserto del mes de diciembre)

I
Los camposantos son territorios que se extienden a lo largo de las ciudades, en cualquier lugar el acecho de la muerte se materializa. Hay terrenos baldíos, como el Campo Algodonero en Juárez, que se han convertido en cementerios, en símbolos de incumplimiento de la justicia y vacío de poder. Aquí mataron a uno, allá levantaron a otro… Y el lugar de los desaparecidos, ese lugar que no puede ser encontrado, que se convierte en una forma de escarbar sobre los deudos para desentrañarlos, para vaciarlos de la vida que les falta. ¿A dónde ir a rezarles? ¿Dónde buscar para encontrar la muerte de los desaparecidos, la mínima posibilidad de sanación?
Las veladoras sobre las banquetas, las cruces de cal, los pequeños altares para señalar los rastros de la muerte como ausencia. Y una tardanza, una ausencia de justicia que se alarga, que encuentra como su contraparte a los reclamos, a través de consignas y de gritos, de símbolos que pueblan de muerte a las ciudades.

II
Frente al palacio de gobierno en la ciudad de Chihuahua, la Cruz de clavos es el monumento más emblemático para significar a la muerte de los años recientes. La Cruz de clavos fue levantada como símbolo de reclamo de justicia ante los feminicidios,  que iniciaron con el gobierno de Francisco Barrio y que se han extendido a los sexenios siguientes. Es una creación ciudadana que se erigió a distancia del poder institucionalizado, un monumento autónomo que ha formado parte de una contrahistoria a la oficialidad. La ubicación de este monumento colectivo sobre uno de los corredores de la plaza Hidalgo, significa una exterioridad y una distancia ante el poder en turno.
A finales de noviembre, las integrantes de Justicia para nuestras hijas y otras organizaciones no gubernamentales, con Alma Gómez a la cabeza, arreglaron la Cruz de clavos para rememorar a las muertas de Chihuahua. En los últimos años en México y en Chihuahua, ha ido tomando forma un calendario contraoficial  para rememorar las fechas en las cuales se han cometido agravios contra la sociedad: Tlatelolco, Aguas Blancas, Acteal, Tlatlaya, Ayotzinapa… A diferencia de las fechas cívicas de los calendarios oficiales, no hay nada que celebrar, la rememoración es una afrenta no resuelta, es una protesta ante los abusos y las injusticias del poder, es una forma de resistencia.

III
“Aquí fue asesinada el 16 de diciembre de 2010 / MARISELA ESCOBEDO ORTIZ / POR EXIGIR JUSTICIA EN EL ASESINATO DE SU HIJA/ RUBÍ / Chihuahua, Chihuahua, junio de 2011.”  El texto de la placa en honor a la lucha mantenida por Marisela Escobedo trae consigo las fechas de una irresolución que se prolonga hasta nuestros días. El paso del siglo XX al siglo XXI en Chihuahua,  está marcado por una oleada de asesinatos que inician con los feminicidios, y que se extienden hasta los muertos y desaparecidos del narcotráfico. El transcurso temporal y la distancia entre la Cruz de clavos y la placa que rememora la lucha de Marisela Escobedo, es un puente de la muerte hacia la muerte. Para llegar de uno al otro de estos monumentos de la infamia, solo se tiene que cruzar la calle en la afueras del palacio de gobierno. La distancia entre ambos es el transcurso de una a otra lágrima, de una a otra de las muertes que no han terminado de ser reclamadas como afrentas.  
Hubo un momento en que el espacio de la Cruz de clavos fue insuficiente para significar el número de las mujeres asesinadas en Chihuahua . Pero los clavos se siguieron hundiendo en la memoria, en las muertes que nos golpean para que no las olvidemos. Es un martillar en forma de dolor y grito, es una forma de clavar a la muerte sobre la superficie de la historia. Y el ruido del metal que choca contra sí mismo, ese metal de los clavos que ha terminado siendo el mismo metal de la placa de Marisela Escobedo.

IV
Hincado frente a la placa de Marisela Escobedo, el gobernador Javier Corral mira de frente la Cruz de clavos. No hay distancias en la mirada de Corral. Es lo más cerca que un gobernador ha estado de los dos monumentos de vida y muerte que se levantan sobre el suelo de Chihuahua. La imagen muestra un acto de redención en el que la política queda investida por rastros de religiosidad. Frente a la Cruz de clavos que se enraíza simbólicamente en la religiosidad del cristianismo, Corral apoya las rodillas sobre el suelo y en el ambiente flota el aura de una redención. El poder del ejecutivo estatal que se había mantenido lejano, a la distancia de la lucha social por los feminicidios y los muertos del narcotráfico, queda expuesto, arrodillado ante una herida histórica de la que brota sangre todavía.
Al micrófono, Javier Corral abre el abanico de compromisos y promesas. Del otro lado, la voz de Rosa María Sáenz de parte de las víctimas, hace memoria de los feminicidios, señala la impunidad, recuerda la fabricación de culpables mediante la tortura en el caso del Campo Algodonero, y pone en claro que la Cruz de clavos es un monumento levantado por la sociedad civil, a la distancia del poder institucionalizado.
La redención no culmina con el acto de hincarse de Javier Corral ante la placa de Marisela Escobedo, ante la Cruz de clavos. La redención no se cierra con los protocolos de una ceremonia para rememorar los feminicidios. En sus márgenes de religiosidad y politicidad, la redención reclama una liberación del dolor y de la negatividad que han traído consigo las muertes de mujeres y las muertes del narcotráfico, reclama que la verdad y la justicia puedan hacerse presentes en los hechos.
Es la distancia lo que termina significando a la impartición de la verdad y la justicia que no llegan todavía, una distancia punzante, como el ruido de un clavo que no deja de martillar en las conciencias…