(Artículo
en publicación en la revista Aserto del mes de diciembre)
I
Los camposantos son territorios que se
extienden a lo largo de las ciudades, en cualquier lugar el acecho de la muerte
se materializa. Hay terrenos baldíos, como el Campo Algodonero en Juárez, que
se han convertido en cementerios, en símbolos de incumplimiento de la justicia
y vacío de poder. Aquí mataron a uno, allá levantaron a otro… Y el lugar de los
desaparecidos, ese lugar que no puede ser encontrado, que se convierte en una
forma de escarbar sobre los deudos para desentrañarlos, para vaciarlos de la
vida que les falta. ¿A dónde ir a rezarles? ¿Dónde buscar para encontrar la
muerte de los desaparecidos, la mínima posibilidad de sanación?
Las veladoras sobre las banquetas, las
cruces de cal, los pequeños altares para señalar los rastros de la muerte como
ausencia. Y una tardanza, una ausencia de justicia que se alarga, que encuentra
como su contraparte a los reclamos, a través de consignas y de gritos, de
símbolos que pueblan de muerte a las ciudades.
II
Frente al palacio de gobierno en la
ciudad de Chihuahua, la Cruz de clavos es el monumento más emblemático para
significar a la muerte de los años recientes. La Cruz de clavos fue levantada
como símbolo de reclamo de justicia ante los feminicidios, que iniciaron con el gobierno de Francisco
Barrio y que se han extendido a los sexenios siguientes. Es una creación
ciudadana que se erigió a distancia del poder institucionalizado, un monumento
autónomo que ha formado parte de una contrahistoria a la oficialidad. La
ubicación de este monumento colectivo sobre uno de los corredores de la plaza
Hidalgo, significa una exterioridad y una distancia ante el poder en turno.
A finales de noviembre, las
integrantes de Justicia para nuestras hijas y otras organizaciones no
gubernamentales, con Alma Gómez a la cabeza, arreglaron la Cruz de clavos para
rememorar a las muertas de Chihuahua. En los últimos años en México y en
Chihuahua, ha ido tomando forma un calendario contraoficial para rememorar las fechas en las cuales se
han cometido agravios contra la sociedad: Tlatelolco, Aguas Blancas, Acteal, Tlatlaya,
Ayotzinapa… A diferencia de las fechas cívicas de los calendarios oficiales, no
hay nada que celebrar, la rememoración es una afrenta no resuelta, es una
protesta ante los abusos y las injusticias del poder, es una forma de
resistencia.
III
“Aquí fue asesinada el 16 de diciembre
de 2010 / MARISELA ESCOBEDO ORTIZ / POR EXIGIR JUSTICIA EN EL ASESINATO DE SU
HIJA/ RUBÍ / Chihuahua, Chihuahua, junio de 2011.” El texto de la placa en honor a la lucha
mantenida por Marisela Escobedo trae consigo las fechas de una irresolución que
se prolonga hasta nuestros días. El paso del siglo XX al siglo XXI en Chihuahua,
está marcado por una oleada de
asesinatos que inician con los feminicidios, y que se extienden hasta los
muertos y desaparecidos del narcotráfico. El transcurso temporal y la distancia
entre la Cruz de clavos y la placa que rememora la lucha de Marisela Escobedo,
es un puente de la muerte hacia la muerte. Para llegar de uno al otro de estos
monumentos de la infamia, solo se tiene que cruzar la calle en la afueras del
palacio de gobierno. La distancia entre ambos es el transcurso de una a otra
lágrima, de una a otra de las muertes que no han terminado de ser reclamadas
como afrentas.
Hubo un momento en que el espacio de
la Cruz de clavos fue insuficiente para significar el número de las mujeres
asesinadas en Chihuahua . Pero los clavos se siguieron hundiendo en la memoria,
en las muertes que nos golpean para que no las olvidemos. Es un martillar en
forma de dolor y grito, es una forma de clavar a la muerte sobre la superficie
de la historia. Y el ruido del metal que choca contra sí mismo, ese metal de
los clavos que ha terminado siendo el mismo metal de la placa de Marisela
Escobedo.
IV
Hincado frente a la placa de Marisela
Escobedo, el gobernador Javier Corral mira de frente la Cruz de clavos. No hay
distancias en la mirada de Corral. Es lo más cerca que un gobernador ha estado
de los dos monumentos de vida y muerte que se levantan sobre el suelo de
Chihuahua. La imagen muestra un acto de redención en el que la política queda
investida por rastros de religiosidad. Frente a la Cruz de clavos que se
enraíza simbólicamente en la religiosidad del cristianismo, Corral apoya las
rodillas sobre el suelo y en el ambiente flota el aura de una redención. El
poder del ejecutivo estatal que se había mantenido lejano, a la distancia de la
lucha social por los feminicidios y los muertos del narcotráfico, queda
expuesto, arrodillado ante una herida histórica de la que brota sangre todavía.
Al micrófono, Javier Corral abre el
abanico de compromisos y promesas. Del otro lado, la voz de Rosa María Sáenz de
parte de las víctimas, hace memoria de los feminicidios, señala la impunidad,
recuerda la fabricación de culpables mediante la tortura en el caso del Campo
Algodonero, y pone en claro que la Cruz de clavos es un monumento levantado por
la sociedad civil, a la distancia del poder institucionalizado.
La redención no culmina con el acto de
hincarse de Javier Corral ante la placa de Marisela Escobedo, ante la Cruz de
clavos. La redención no se cierra con los protocolos de una ceremonia para
rememorar los feminicidios. En sus márgenes de religiosidad y politicidad, la
redención reclama una liberación del dolor y de la negatividad que han traído
consigo las muertes de mujeres y las muertes del narcotráfico, reclama que la
verdad y la justicia puedan hacerse presentes en los hechos.
Es la distancia lo que termina
significando a la impartición de la verdad y la justicia que no llegan todavía,
una distancia punzante, como el ruido de un clavo que no deja de martillar en
las conciencias…