sábado, 6 de diciembre de 2014

Ayotzinapa y el impuro territorio de la educación


Ya somos todo aquello
contra lo que luchamos a los veinte años.
José Emilio Pacheco

El de la educación es un territorio impuro, cuya superficie se nos manifiesta rotundamente accidentada. En los discursos de los políticos que rinden informes sobre la educación, hay una tendencia a idealizar y purificar al territorio educativo de cualquier aspereza que pueda subrayar su condición problemática. Si algo ha quedado manifiesto con el surgimiento y la inicial consolidación de la investigación educativa en México en los años recientes, es que la educación es un rompecabezas de múltiples problemas. La investigación educativa concibe a la educación como un territorio de problematicidad abierta. Esta es quizá la mayor fractura que pueda existir entre la clase política que tiene las riendas de la educación en México y los académicos que han profesionalizado su labor desde la investigación educativa. Los primeros subrayan la bienaventuranza de la educación, los segundos levantan la bandera de una problematicidad que a veces resulta abrumadora. ¿Qué diálogo puede construirse a partir de esta condición paradójica?
Lo que ha sucedido en los últimos meses en México, viene a resaltar la condición problemática y compleja de la educación, cuya territorialidad no puede concebirse a parte de lo social, lo político, lo ideológico,  lo jurídico, lo económico, etc. En el fondo de esto,  está el debate teleológico sobre la educación en México. Los fines de la educación son un componente que se encuentra entrampado en una lucha que comienza hacia finales del siglo XX y que se extenderá a lo largo del siglo XXI. La educación puede ser pensada y desarrollada como un dispositivo de control y acallamiento. Numerosos teóricos de la pedagogía crítica han puesto en claro cómo opera la educación en el aquietamiento de los sujetos, a quienes se les castra en sus posibilidades reflexivas, críticas y de transformación del mundo. Por otro lado, la educación puede concebirse como una maquinaria de resistencias, que a partir de las herencias del marxismo y de la pedagogía crítica, da lugar a la formación de sujetos reflexivos y críticos, que pueden dedicarse afanosamente a la transformación del mundo a partir del hecho educativo.
¿De qué formas lo educativo se desdobla hacia otros territorios humanos (lo social, lo político, lo ideológico,  lo jurídico, lo económico, etc.)? ¿Cómo estos otros territorios humanos se trenzan con lo educativo? Se analiza aquí un solo acontecimiento que tiene que ver directamente con la educación, el papel que han jugado los jóvenes y estudiantes en las recientes movilizaciones políticas, que a su vez poseen implicaciones ideológicas y de otra naturaleza.  
En el movimiento estudiantil de 1968 en México, los actores centrales fueron los estudiantes. Este año y las décadas que le siguen, son un tiempo histórico de ruptura, en el que según la teoría de los “sistemas mundo” (Wallerstein, 2006), lo que está en juego es la vigencia o la caída del capitalismo, como una visión del mundo que ha sido dominante durante varios siglos. No es posible saber con certidumbre si el capitalismo seguirá vigente después del siglo XXI,  o si puede construirse una manera de vida alternativa, desde luego abrevando del marxismo,  pero a la vez superándolo y modificándolo. Sobre esto último aún se está elaborando teoría, y a la vez se van generando luchas en el terreno político, luchas que están íntimamente conectadas con la educación.  
Algunas notas periodísticas han afirmado que el paso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa por la ciudad de Iguala, tiene que ver con la recaudación de fondos para que los normalistas pudieran asistir a las protestas por el aniversario de la matanza del dos de octubre, en la ciudad de México. La conexión no es casual. Hay una correlación entre las fechas y los acontecimientos de ambas masacres, los normalistas de Guerrero fueron asesinados casi una semana antes de conmemorar un aniversario más de la matanza de Tlatelolco. Sería interesante analizar los perfiles de los asesinados en 1968 y los asesinados en 2014. La más notoria coincidencia, es que unos y otros eran estudiantes y jóvenes. A su vez, en ellos queda manifiesto un ímpetu reflexivo, crítico y transformacional.  Pero habría que preguntarse por su perfil como estudiantes, por los contextos familiares en los que se formaron, por las condiciones socioculturales que le dieron forma a su desarrollo como sujetos educativos, sociales y políticos.
Entre 2006 y 2007 tuvo lugar en Chile la llamada “revolución de los pingüinos”, en la que las movilizaciones estudiantiles fueron clave para impulsar una reforma educativa de fondo en ese país, construida desde abajo, desde las demandas de los jóvenes. La revolución de los pingüinos se comprende ubicada más allá de lo educativo, en términos político e ideológicos, como un movimiento en lucha contra el neoliberalismo que atosiga a la educación en América Latina.  
En las recientes movilizaciones estudiantiles en México, resulta claro que lo educativo se entrecruza complejamente con lo político y lo ideológico, tiene que ver incluso con el problema del narcotráfico y la violencia social que se ha generado, afectando a miles de familias que han perdido a sus seres queridos en los últimos años, que han sido desplazados y despojados de sus formas de vida.
Desde luego que hay diferencias de fondo entre las movilizaciones estudiantes de 1968, que demandan una transformación del vetusto sistema político surgido de la revolución mexicana; la revolución de los pingüinos en Chile, que reclama cambios en el sistema educativo que  había sido sometido al neoliberalismo; y las movilizaciones estudiantiles en 2014 en México, en las que se entrecruzan las protestas por el asesinato de los 43 normalistas de Ayotzinapa y la lucha de los estudiantes del IPN (Instituto Politécnico Nacional), que demandan ser parte de la definición del proyecto educativo de esa institución. Pero el hito que une a estas movilizaciones, es la participación de los jóvenes y a la vez estudiantes.
¿Quién a estas alturas, puede cerrar suficientemente los ojos ante la abrumadora realidad que vivimos, para tener una fe ciega en la educación como motor de transformación de México? Ya en otros artículos he sostenido que este mito educativo,  que se arraiga y se fertiliza desde la modernidad, resulta cuestionable. La educación es un territorio sumamente complejo, que en este artículo se concibe como impuro. No hay, no puede haber una pureza educativa, ni en el ámbito teleológico ni en otros ámbitos.  En todo caso, podemos hablar de la pureza fallida de los actos educativos, en lo micro y en lo macro.
La masacre de Tlatelolco y el asesinato de los normalistas de Ayotzinapa, son dos nudos ciegos que nos muestran el complejo entramado de los problemas educativos en México. Los muertos de Ayotzinapa, en su calidad de estudiantes normalistas y de maestros a quienes se les truncó la posibilidad de ejercer el magisterio, forman parte de una serie de luchas en las que lo educativo no existe por sí mismo,  ni para sí mismo. Sino que se conjuga con una serie de factores sumamente problemáticos que tienen que ver con la historia del normalismo en México y el futuro que le depara; con la fuerte presencia de una disidencia magisterial que en Guerrero se conecta a la guerrilla,  la CNTE y la izquierda partidista y social; con la imposibilidad del gobierno federal para aplicar la reciente reforma educativa en todos y cada uno de los rincones del país; con la educación básica y superior, que en el México del siglo XX dio lugar a que miles de hijos de campesinos y de obreros pudieran convertirse en profesionistas, y que hoy no garantiza una democratización educativa, ni social, ni política, ni económica; con el despectivo concepto de los “ninis” (los jóvenes que ni estudian, ni trabajan) que han sido carne de cañón para engrosar las filas del narcotráfico en México. De la misma forma en que se hace necesario investigar sobre los perfiles de los asesinados en Ayotzinapa, se requiere investigar sobre los asesinos. Las fotos de los tres sicarios que declararon haber asesinado y quemado a los normalistas en un basurero de Cocula, nos muestran los rostros de jóvenes que quedaron atrapados en una trama histórica, cultural y educativa, que ha desembocado en la tragedia. ¿Qué llevó a estos jóvenes a convertirse en sicarios? ¿Qué rasgos pueden distinguirse en sus historiales educativos a lo largo de sus cortas vidas? 
El proyecto de nación del actual gobierno federal, surgido y sustentado desde el neoliberalismo, que se ha impulsado desde la década de los noventas hasta la fecha, se muestra tullido y balbuceante. La generalidad de los analistas han subrayado que las medidas reactivas que ha planteado recientemente la presidencia de la república, son insuficientes. Pero lo más grave,  es que sobre ellas no existe la suficiente fe como para hacerlas creíbles. El proyecto de nación sangra desde los diferentes costados que componen su cuerpo teórico y fáctico. Uno de estos costados es el territorio educativo, que se manifiesta impuro, atravesado por una historia que en este momento convulsiona.
No estamos hablando de un currículo visible o un currículo oculto, que como conceptos resultan insuficientes para analizar las formas de correlacionarse de la educación con otros territorios humanos. No estamos hablando de una agenda política que en sus entrecruzamientos ideológicos, pudiera haber previsto hace algunos meses lo que ha sucedido a partir del caso Ayotzinapa y las movilizaciones de los estudiantes del IPN. Estamos hablando de entramados complejísimos en los que las formas de ser de la educación trascienden los límites de “lo educativo” y se instalan en un siglo que desde sus primeros años ha estremecido a la humanidad de formas inauditas, en México y en otros lugares del mundo.
Cabe el riesgo de que Ayotzinapa se convierta en un símbolo de la debacle educativa (social y política) en México, masacrada y calcinada en las montañas del sur del país, significada entre el fuego y la ceniza, entre los gritos de rencor y los oídos gubernamentales que se han mostrado huecos, petrificados. Cabe el riesgo de que las fosas clandestinas en las que aún se buscan los cuerpos de los 43 estudiantes asesinados, se conviertan en símbolo de nuestras búsquedas fallidas de lo educativo, extraviado entre lo cercano y lo lejano, entre el horror y la utopía, entre lo luminoso y lo oscuro que los discursos educativos pueden ser...