Publico un artículo que Heriberto Yépez dio a conocer en la revista
“Yagular”(Num. 4, 2012, Oaxaca). El texto abre un debate que plantea un retorno
al marxismo radical, o mejor dicho, radicalizado. Desde una postura zizekiana,
Yépez mira a la izquierda ideológica y políticamente desbarrancada. Tanto a la
izquierda perredista que fija sus esperanzas en Ebrad (el PRD), como a la
izquierda López–obradorista (MORENA). Para Yépez, ya ni siquiera la idea de la
“izquierda” en América Latina, como denominación y como concepto deconstruido
(o mejor dicho, auto-deconstruido), serían válidos. La postura radical de
Yépez, recomienda “luchar contra la propia izquierda”. Concibiéndose como
“marxista”, el tijuanense admite: “Los
marxistas hacemos apuntes en las trincheras de las luchas sociales, con aliados
que nos desconocen y, en buena parte, desconocemos; nuestros lenguajes son
distintos; nuestras coincidencias, estratégicas y de tremenda importancia;
mientras nuestra misión final es desarrollar una ciencia inédita, de la cual
surgirán nuevas tecnologías para transformar al hombre, la política, la vida,
el mundo.” Hay en Yépez una extraña mezcla, de nostalgia por el marxismo
ortodoxo (fijado esto en la ideas como la “lucha de clases” y la posibilidad de
una “ciencia marxista”) y de posestructuralismo (la no fijación de estructuras
políticas y/o intelectuales definitivas, en lo teórico y en lo ideológico). Lo
más rescatable del texto, son su ácida crítica a la izquierda
institucionalizada y su postura que se abre hacia una crítica plena, sin
ataduras, sin asegunes (el eco de José Revueltas). En esto último es refleja la postura del intelectual
que desbroza en su decir…
Luchar contra la propia izquierda
Heriberto Yépez
La izquierda mexicana perdió sentido debido a que el discurso de
izquierda internacional fue apropiado por el gobierno prácticamente desde el
inicio mismo de la fase post-revolucionaria. Sin nunca haber sido un Estado
socialista, el gobierno mexicano tomó el discurso y ciertas políticas del
socialismo. Su clave fue nacionalizarlo, usarlo como herramienta demagógica
para su supuesta identificación con las demandas populares, y crear la
sensación de tratarse de un régimen “progresista”.
El discurso de izquierda, incluso, estaba al centro de una parte del
aparato corporativista, de tal modo que en México charrismo sindical e
izquierda verbal marcharon de la mano.
Pero la injusticia social hizo posible que el discurso de izquierda
fuera también peleado por los opositores. El 68 fue uno de los momentos en que
explotó un movimiento de izquierda anti-gubernamental, incluso compuesto por
clases medias. Luego vino la guerra sucia de los años setenta —que en realidad
duró hasta finales de siglo—: la izquierda fue perseguida, torturada,
desaparecida sistemáticamente, y en silencio, sin que la prensa o Televisa
diera señal alguna de la represión.
“Izquierda”, entonces, adquirió connotaciones de “guerrilla”,
“terrorismo” o “violencia”. La izquierda como un problema rural y urbano, un
riesgo para la estabilidad cotidiana y el futuro inmediato. “Amenaza Roja”.
Otro momento clave de la expansión del discurso de izquierda fue la
separación de Cuauhtémoc Cárdenas del PRI y la formación del Frente Democrático
Nacional y luego la fundación del Partido de la Revolución Democrática. Buen
momento y, a la vez, reiteración de mezclar una izquierda light,
burguesa, de boca para fuera, con impulso del izquierdismo a grandes capas de
la población.
En 1994, tras el alzamiento del EZLN, se re-popularizó la posición de
izquierda. Ahora en una nueva generación. El EZLN se volvió una bandera
internacional contra la globalización. Se nos llamaba los “globalifóbicos”
(Zedillo) y “transgresores de la Ley” (Zabludovsky-Gobernación). Surgía una
izquierda revolucionaria, radical y, a la vez, poética, posmoderna, indígena,
híbrida.
El EZLN se apagó hacia finales de siglo, y el PAN tomó al poder
presidencial.
Pero otro momento clave del desarrollo de la izquierda mexicana actual
—su historia post-68— fue el surgimiento de Andrés Manuel López Obrador como
figura emblemática, su líder después de Cárdenas.
La población que creció con la idea de que la
izquierda debe alejarse de lo “radical” o “extremista” se identificaron con el
estilo secretamente priista, “negociador” de la izquierda de Buena Imagen que
hoy se está expandiendo en México, sobre todo, entre las clases medias, que no
podrían identificarse con un discurso revolucionario, abiertamente
anticapitalista.
Otra generación se formó en izquierda escuchando el discurso de AMLO
acerca de la pobreza, las élites en el poder, la desigualdad hasta llegar al
fraude del 2006; luego, el crecimiento de su discurso religioso, “sereno”, la
República Amorosa del 2012, año en que ante los medios la izquierda pasó de ser
parte de Los Jodidos (Azcárraga), la “prole” (Paulina Peña Nieto dixit)
y “trolls” (López Dóriga y Loret de Mola). Esos nuevos adjetivos peyorativos
hablan de las nueva características sociales y tecnológicas de las masas
descontentas vistas por el gobierno, la burguesía y voceros de los poderes
fácticos.
A la vez que creció en el 2012, con 132, el movimiento post-mediático en
twitter y votantes, la izquierda se hizo cada vez más blanda. Algo pasó: la
izquierda radical fue aplastada a través de los sexenios y los medios,
satanizada, y una izquierda oportunista o desinformada, sin verdadero programa
de izquierda, la llamada “izquierda moderada” o “izquierda progresista” tomó su
lugar. Creció su apoyo como intento para quitar “mala imagen” a la izquierda.
Paradoja: la izquierda se hizo pragmática. Su nuevo representante:
Marcelo Ebrard.
Ebrard es un paso atrás. Es una vuelta a la izquierda retórica del PRI.
Ebrard es el PRI Bueno. Por eso recibe el apoyo de los intelectuales que
representan a la burguesía, como Enrique Krauze y decenas de otros
Intelectuales Bien.
La población que creció con la idea de que la izquierda debe alejarse de
lo “radical” o “extremista” se identificaron con el estilo secretamente
priista, “negociador” de la izquierda de Buena Imagen que hoy se está
expandiendo en México, sobre todo, entre las clases medias, que no podrían
identificarse con un discurso revolucionario, abiertamente anticapitalista, y
que en la figura post-salinista de Ebrard encuentran un modelo “respetable”,
“razonable” y que, en realidad, poco tiene de izquierdista.
¿De dónde salió el nuevo poder de Ebrard? Evidentemente del oportunismo
político y su habilidad para no provocar animadversión entre la clase media o
la burguesía. AMLO lo hizo posible. Al “serenar” su discurso le abrió la puerta
a Ebrard y, a la vez, Ebrard es percibido como lo mejor de AMLO sin AMLO.
¿Qué le espera a la izquierda en México a través de Ebrard? Su
disolución partidista. Izquierda hecha partido y programa socialista desechado.
He dicho “desinformación” porque la izquierda
mexicana, sin tener conciencia de ello, defiende la ideología que sustenta al
capitalismo, es decir, al cristianismo y el nacionalismo. La izquierda mexicana
parece totalmente ignorante de los postulados más elementales del marxismo.
Comienza apenas el verdadero reto de la izquierda mexicana, un desafío
múltiple.
De principio el reto es deshacerse de la identificación con el
pseudo-izquierdismo del PRD, Ebrard y el propio AMLO, que decidió incrementar
los componentes reaccionarios de su discurso durante el 2012, y así facilitó
que creciera aún más la desinformación entre los militantes y simpatizantes de
la supuesta izquierda mexicana.
He dicho “desinformación” porque la izquierda mexicana, sin tener
conciencia de ello, defiende la ideología que sustenta al capitalismo, es
decir, al cristianismo y el nacionalismo. La izquierda mexicana parece
totalmente ignorante de los postulados más elementales del marxismo.
Si para el marxismo la religión es el opio del pueblo, para AMLO, el
“pueblo” es el Cristo Social. Si para el marxismo, la estructura económica
genera a la “ideología” que justifica la permanencia en el poder de las clases
explotadoras, para AMLO, en cambio, lo importante es la ideología moral, todos
esos valores que la colonia española y en el último siglo, el capitalismo
mexicano promovió, y que AMLO tanto ha defendido en nombre de la “República del
Amor”, un concepto que parece directamente salido de la “renovación moral” de
Miguel de la Madrid Hurtado y de “Solidaridad” de Carlos Salinas de Gortari,
quien también hizo suyo el “liberalismo social” que ahora tanto promueve Ebrard
y el propio AMLO, y tras ellos una amplia capa de las clases medias y los
intelectuales burgueses mexicanos.
Es probable que en el 2018 muchos ciudadanos van a votar por Ebrard en
la medida que representa a la Izquierda Nice. Una izquierda desinformada, sin
programa, y que vive de ocurrencias, movilizaciones y propaganda. Son la
izquierda que creó el PRI. Pero esa izquierda es tan inconsciente que no lo
sabe; supone que es parte de la oposición, cuando sólo es la creación cultural
del discurso priista residual, abandonado por Salinas.
Con el último AMLO y Ebrard, la izquierda se redujo a una serie de
propuestas “liberales” para hacer soportable el neoliberalismo para la clase
media, y para hacer atractiva la “izquierda” a las trasnacionales.
El plan de construir una izquierda de fondo no tendrá mayor enemigo, por
cierto, que esta izquierda partidista, popular e institucionalizada. Para la
mayoría de México o el PRI, la izquierda radical no representa amenaza alguna,
por ser una minoría. Pero para la izquierda oficial, las críticas o reclamos de
una izquierda marxista pueden ser letales.
En el Manifiesto Comunista, Marx pide apoyar a todos los partidos
democráticos; colaborar a que ocurra una revolución burguesa, que es condición
para que ocurra después una revolución socialista.
Pero apoyar a izquierdas falsas como la mexicana suele ser difícil.
Siempre he creído que la petición de Marx es coherente, comprensible, y es el
mayor desafío de la izquierda radical, porque conocer que el enemigo es el
capitalismo es fácil; aceptar apoyar, aunque sea con un voto, a la izquierda
burguesa es un desafío enorme; requiere estar convencidos de la dialéctica.
El plan de construir una izquierda de fondo no
tendrá mayor enemigo, por cierto, que esta izquierda partidista, popular e
institucionalizada.
Sin embargo, quedan otros instrumentos. El principal de ellos, en
términos de reflexión, es la crítica. En la crítica no debemos abandonar los
fines últimos del marxismo como teoría: constituirlo como una ciencia,
que ahora todavía no es, porque el marxismo apenas es una serie de apuntes, de
conceptos flexibles y experiencias fallidas, una errática.
Debido al carácter periférico de la crítica, es un espacio-tiempo
(des-educativo y re-educativo) propicio para diseminar la izquierda radical.
Pero otro desafío de la crítica marxista es no caer bajo la ilusión ideológica
que aquellos que pensamos el marxismo vamos a crear ideas o tendencias.
El marxismo lo tiene claro: las ideas revolucionarias sólo surgen en
sectores intelectuales cuando ya hay tendencias revolucionarias entre las
clases explotadas. La crítica no es una producción filosófica; es una
síntesis razonada —y con inevitables elementos especulativos— que busca
congregar las nuevas tendencias de la rebelión, teorizarlas, explicarlas en su
propia historia, sin querer aislarla en la pura historia de las ideas o en la
discusión intelectual libresca.
Esa es precisamente la definición de teoría que opera en el
marxismo que busca constituirse como ciencia, no sólo “analítica” sino
revolucionaria, es decir, el proyecto de construir un saber acerca del proceso
de alimentar una revolución socialista.
No hemos podido desarrollar esa ciencia. Seguimos operando, en el mejor
de los casos, a nivel teórico, académico. E incluso este nivel ha fallado. Las
ideas revolucionarias sólo han podido expandirse en sectores reducidos. La
propia izquierda mundial hoy se ha alejado de la teoría marxista. En Europa y
Latinoamérica, el término izquierda ya no tiene mucho sentido. Se trata de una
postura anti-revolucionaria y a favor de enmendar el capitalismo, sin jamás
tocar sus bases.
Pero el fracaso de la teoría marxista puede ser una de sus grandes
ventajas. Puede incubar hasta resultar útil al propio proceso de acción
revolucionaria, a manera de sistema educativo clandestino o marginal.
En México, sin embargo, los mayores enemigos del marxismo están en la
izquierda. La derecha no distingue entre las izquierdas, hasta que la propia
izquierda se vuelve la derecha, y la izquierda radical se queda aislada.
Ese aislamiento, empero, sólo ocurre en el mundo de las ideas. En la
lucha de clases, la teoría marxista probablemente resulta ajena a las propias
clases explotadas, de la cual es aliada, pero la teoría va detrás, sigue a esos
grupos.
Los marxistas hacemos apuntes en las trincheras de las luchas sociales,
con aliados que nos desconocen y, en buena parte, desconocemos; nuestros
lenguajes son distintos; nuestras coincidencias, estratégicas y de tremenda
importancia; mientras nuestra misión final es desarrollar una ciencia inédita,
de la cual surgirán nuevas tecnologías para transformar al hombre, la política,
la vida, el mundo.
Mientras tanto, el marxismo tiene como enemigos inmediatos el
pragmatismo de la izquierda partidaria y la utopía autoritaria de nuestros
predecesores.
Para el marxismo en México no hay mayor reto que tomar conciencia de
todos nuestros peligros. Luchar contra la propia “izquierda”.