miércoles, 18 de junio de 2014

Las fisuras conceptuales del “neobarroco”



I
Nombrar al “neobarraco” en los rituales del bautizo de la teorización. Volverlo asequible. Registrarlo. Sus huellas digitales, sus contornos, sus presuntos códigos genéticos. Capturarlo en los lindes de la conceptualización, como algo que puede saberse con palabras definitivas y signos ortográficos de clausura. Es la cesárea del “neobarroco”, el parto inducido con instrumentos quirúrgicos y procedimientos para intervenir al cuerpo de la vida, del que se des-enraíza. Advenir al “neo-barroco” en su “verdadero nacimiento”, conceptual y no vital. No en la literatura ni en el arte, no en los espacios donde la vida se desboca, sino en la teoría, en la racionalidad que sustituye a las preguntas con respuestas y a los vacíos con obturaciones. ¿Cómo pensar al “neobarroco” arrinconado en los procedimientos de una conceptualización? ¿Cómo someterlo a las palabras, a la racionalización teórica de las palabras, y dejar de imaginarlo pre-lingüístico y post-lingüístico, en lucha con el decir y el significar de las palabras?

II
Vivimos una época histórica y cultural que está signada por la incertidumbre. Los desgastes de la teoría, las instituciones y la ideología, operan como una maquinaria que camina entre el orden y el desorden, entre las estructuraciones y las dispersiones. Nuestra época es la de una esquizofrenia que intenta ser diagnosticada y medicada como si fuera una crisis de la que habremos de salir de una u otra forma. Siendo propositivos, podríamos admitir que esta etapa habrá de concluir en las décadas o siglos por venir, que arribaremos a un horizonte en el que los hilos sueltos de las incertidumbres se vuelvan a entretejer, posibilitando la reconstrucción de las tramas y los sentidos que explican y justifican nuestras formas de estar en el mundo. Habría que ser lo suficientemente escépticos ante ello, como para no pecar de crédulos o inocentes. La fe, como mecanismo epistemológico, es una construcción cultural que atraviesa incluso a las maneras de creer y sustentar la verdad en el campo de la ciencia.
Pero, si algo nos mostraron los maestros de la sospecha (Marx, Nietzsche y Freud), es que también ellos pueden ser sospechados, llevados al cuestionamiento y a la duda que no se detiene ante cansancio alguno. Los caminos abiertos a destajo en la selva de las incertidumbres y la ausencia de fe, han sido trazados de maneras dispersas desde los terrenos de la filosofía y la literatura –entre otras disciplinas-. Uno de los puentes que une a la literatura con la filosofía, como territorios del pensamiento y el cuestionamiento, es el talante del sospechar. Este problema se agudiza cuando la sospecha se acumula sobre sí misma, de tal manera que los signos de interrogación se convierten en el sentido espiritual de una época histórica.
En el caso de la literatura, el re-surgimiento del barroco en el neo-barroco hacia el siglo XX, puede entenderse como un síntoma de esta época de incertidumbres y de ausencia de fe. El neobarroco que tiene lugar en el campo de la literatura, es una forma de ponderar a las preguntas por sobre las respuestas, de condensar a la mirada en lo claroscuro antes que en la luz. La epistemología del neobarroco es la del intersticio que se abre en los bloques de solidez epistemológica y ontológica, y que desde ahí construye cavernas. En occidente, la luz platónica que continúa acechándonos, no ha dejado de tener lunares de oscuridad, espacios de no respuesta, de absurdo en vez de lógica, de distanciamiento en lugar de proximidad. 
En el campo específico de la literatura, el neobarroco ha caminado lastrado y/o impulsado por la incertidumbre. ¿El no tener respuestas suficientes sobre las grandes preguntas de una época, es un lastre o es una forma de crear una energía que permite avanzar paradójicamente,  hacia no sabemos qué lugar? Esta pregunta esboza los contenidos espirituales del neo-barroco, sus maneras de bullir contradictoriamente. Habiendo ya teorizado en demasía sobre el neo-barroco,  desde la teoría literaria, la filosofía y otras disciplinas encargadas del estudio de la cultura, cabría preguntarse, ¿si la teorización sobre el neobarroco llegará a una serie de puntos de acuerdo entre los autores?, ¿si los debates se quedarán inmersos en la dispersión de los puntos de vista?, ¿si la búsqueda de un presunto consenso o de una postura hegemónica en la teorización del neo-barroco, estarían siendo contradictorios ante el espíritu de dispersión y de no-síntesis, sobre el que se levanta esta manera de pensar y cuestionar al mundo?
Desde la literatura, el tejido conceptual del neobarroco es un des-tejer y des-anudar, en los que las estructuras narrativas tiemblan y llegan a caminar incluso el territorio del desbarracancadero. Tal es el caso de la novelas “Tres tristes tigres” (Cabrera Infante,        2007), “Concierto barroco”  (Carpentier, 2013), “De dónde son los cantantes” (Sarduy,         1980) y “Paradiso” (Lezama Lima, 1968). Podríamos afirmar que estas novelas, desde sí mismas,  definen ostensivamente al neo-barroco y, que a partir de esta premisa, el neo-barroco está ya conceptualizado intrínsecamente en ellas. Los órganos del neobarroco estarían funcionando en estas obras, dándole forma a un cuerpo difuso, de descentramientos, de orillas abiertas y de hilos sueltos. ¿Qué caso tiene entonces responder a las preguntas sobre el neobarroco, desde un terreno no-literario, como el de la teoría literaria o el de la filosofía?
Por una parte, esta cuestión nos muestra que la literatura resulta insuficiente como territorio epistemológico que nos plantea dudas y que traza sentidos. La literatura se desdobla hacia otros planos epistemológicos (de las humanidades y las ciencias sociales fundamentalmente)  a la vez que los atrae, desde su propia condición de conflictividad e irresolución. Podemos pensar a la literatura como si fuera una gran herida en el pensamiento y la vida de los hombres. Una herida que prosigue doliéndonos y supurando dudas. Herida del lenguaje y de la historia, del mundo y de la vida, del hombre que se mira a sí mismo reflejado en laberintos que hoy son concebidos como “discursivos”, pero que no dejan de tener esa sustancia espiritual, metafísica, que no puede ser resuelta a partir de las posibilidades del pensamiento.
Por otra parte, se nos muestran las mediaciones teóricas y culturales, que le han dado forma a las correlaciones entre la literatura y otras disciplinas de las humanidades, las ciencias sociales o las ciencias duras. Estas mediaciones teóricas y culturales, podrían ser cuestionadas en términos foucaltianos, intentando una explicación arqueológica y/o genealógica. Las formas de correlación entre la literatura y otros campos epistemológicos como la teoría literaria o la filosofía, son materia de cuestionamiento. Hay una controlabilidad en las maneras de preguntar y de responder que brotan desde el campo de la literatura y, que desde ahí se distienden hacia otros campos disciplinarios.
Las preguntas sobre el neobarroco no le pertenecen intrínsecamente a la literatura, sino que se han generado y desplegado desde planos no específicamente literarios, pero enraizados en la literatura. De forma paradójica, estas preguntas le pertenecen a la literatura y no le pertenecen. Se enraízan en ella pero a la vez la desbordan problemáticamente. Estos cuestionamientos tienen la cualidad de ser trans-literarios, y estarían desplegándose en un limbo trans-disciplinario que no ha sido analizado con suficiencia, que camina a tientas,  entre cegueras y tumbos, tropezándose en primera instancia consigo mismo. Investigar sobre las no clarificadas co-rrelaciones entre la literatura y otras disciplinas es tarea de toda una vida. Se intuye que lo que pueda emerger desde aquí, tal vez sería un concepto muy distinto al de lo “transdisciplinario”. Este término es dulce, como si el maridaje entre las disciplinas pudiera ser una luna de miel. Lo primero que se atisba al analizar las maneras de relacionarse entre la literatura y otras disciplinas como la filosofía, es la conflictividad. ¿Qué sucede cuando se abrazan dos cuerpos cuya piel está hecha de espinas e intersticios? No hay dulzura aquí, no hay quietud ni amansamiento, sino co-rrelaciones atravesadas por traumas y violencias, formas de aproximarse que resultan intrincadas. El abrazo es una semilla, una manera de germinar, que parece ser doliente y abrasiva.
El neobarroco emerge desde aquí, como la incrustación problemática de un mapa que se inserta trans-disciplinariamente, en la construcción de preguntas y respuestas que atañen a una época definida por la incertidumbre. ¿Qué mapa es este? El de la búsqueda y la imaginación literarias, atadas al arrastre de la racionalidad de la teoría literaria y la filosofía. Es el mapa simbólico de la representación de una época histórica, que está atravesado por la incertidumbre y, que contradictoriamente, trata de ser develado, racionalizado teóricamente. Racionalizar la incertidumbre es uno de los rasgos de la teoría que se produce en el siglo XX desde diversas disciplinas. A la vez que la incertidumbre se disipa, crece la necesidad de construir respuestas ante ella, aunque tengan la cualidad de ser efímeras y fragmentarias, aunque su luz sea limitada y opaca. Re-soluciones en lugar de di-soluciones. Los brazos y el pensamiento de los hombres no pueden quedarse cruzados, sujetos a la inmovilidad del cuerpo. Tienen que escarbar sobre algo, tienen que llenar sus manos y sus razones de la búsqueda y la profundización. Aunque en lo más hondo del escarbamiento, cuando la luz del sol ya no tenga lugar, sean la oscuridad y el puro escarbar lo que vayan quedando, como rastros de una búsqueda, de un buscar y re-buscar, que ahondan en la caverna.

III
¿Qué lápidas culturales o históricas le hacemos cargar al “neobarroco”? ¿Qué respuestas pretendemos al someterlo a un interrogatorio inquisitivo? ¿Qué desmesuras se cometen en el afán de conceptualizar al “neobarroco”, como si fuera el lugar idealizante de la transparencia del mundo y de la vida? ¿Qué trascendencias se enraízan en esta operación que camina entre una racionalidad literaria que resulta irracional y los intentos de una racionalización teórica que pretende una certidumbre endurecida? ¿Qué componentes metafísicos se esconden aquí, como persecuciones fantasmales, como lastres de un allende que nos sigue faltando todavía?
Hay desmesuras en la conceptualización del “neobarroco”. Formas de llevar esta teorización a un terreno, que en su no-pertenencia a los campos de la literatura y el arte, se desbocan en la edificación de conceptos maestros y en la pretensión de la utopía.
Haciendo una revisión del desarrollo histórico del neobarroco latinoamericano, Kozel (2006) admite que el concepto tiene un desplazamiento semántico durante las décadas de 1960 y 1970, a partir de los aportes de Lezama y Carpentier.

(…) por varias vías se fue pasando de la idea de una barroco de Indias específico a una barroquización de América. Entre estas vías ocupan un lugar importante, además del acento puesto en el fenómeno del mestizaje, la insistencia en el fenómeno de suplantación de realidades por apariencias y, muy ligado a ellos, el señalamiento, formulado entre otros por Octavio Paz, de que en el barroco americano “las letras –y los signos de las cosas- sustituyeron a las cosas, convirtiendo al lenguaje en la única realidad”.           (Ibidem.)

Al referir la “barroquización de América”, Kozel admite que en el fenómeno caben operaciones que van de los procedimientos de significación de lo real, en donde lo concreto queda sometido a los contenidos lingüísticos y simbólicos de la literatura, al “mestizaje”, que puede entenderse en términos culturales o antropológicos,.  A partir de esta concepción de Kozel, pueden identificarse dos líneas en la conceptualización del “neobarroco”.
La primera de ellas quedaría ubicada en la tendencia estructuralista, que toma como ejes a los aportes de la lingüística y la semiótica. Es el caso de Paz al mencionar que las cosas son sustituidas por las letras y que el lenguaje queda entonces convertido en realidad única. Es también el caso de Sarduy y su concepción del “neobarroco” en el ensayo “El barroco y el neobarroco” (2011). La influencia del estructuralismo francés es notoria tanto en Paz como en Sarduy, quienes ponderan las capacidades de significación, en el lenguaje y los signos de la literatura. ¿Y cuál es el lugar de lo real, cuál es el lugar de lo concreto histórico de América Latina, en estas concepciones? El neobarroco queda conceptualizado desde una perspectiva esteticista y semiotizante. Son los adentros textuales los que resultan dominantes en la conceptualización del “neobarroco”. Toma forma un territorio no-concreto, en el que los componentes lingüísticos y semióticos determinan las estructuras a través las cuáles el neobarroco es teorizado. En el caso de Sarduy, estas estructuras de significación son el “artificio” y la “parodia” (Ibidem., P. 7-32). La vida y el hombre son hechos caber en el mundo de las palabras y los signos literarios, que de una u otra forma, se convierten en espejo o doble de lo real. Una parte de la realización de lo real tendría lugar aquí, a través de la mediación del concepto de “neobarroco”, que se piensa como  mapa y laberinto [1] que conecta a lo real con la sustancia literaria. ¿Pero, en esta conexión entre lo real y la sustancia literaria, el neobarroco funciona como un mapa, como una llave maestra que conecta definitivamente a las dos orillas del laberinto?, ¿o más bien, funciona como si fuera un laberinto, como un territorio en el que lo real y la sustancia literaria, se intrincan y se distancian entre sí? El mapa nos resulta difuso cuando su corporalidad toma la forma de un laberinto, cuando el trayecto entre el punto de partida y el punto de llegada es intrincado y arduo, al grado de la desesperación. La figura del laberinto remite al peligro del extravío, en donde la lógica se desborda, en donde el sujeto que se pierde puede quedar hundido en los vaivenes de la angustia.
La segunda línea se abre hacia los márgenes de la cultura, abarcando contenidos sociohistóricos, antropológicos, políticos e ideológicos. Aquí operan las concepciones de Calabrese, Moreano, Bolívar Echeverría y Arriarán Cuéllar.
Parfa Calabrese (1999, P. 12), el “neobarroco” se conceptualiza como el espíritu de una época histórica, como una tendencia estética predominante de nuestra época, que nos resulta confusa, fragmentada y difícil de descifrar.

El “neobarroco” es simplemente un “aire del tiempo” que invade muchos fenómenos culturales de hoy en todos los campos del saber, haciéndolos familiares los unos a los otros y que, al mismo tiempo, los diferencia de todos los otros fenómenos culturales de un pasado más o menos reciente. (Ibidem.)
                       
Resulta extraño que la mitad del libro de Calabrese esté dedicado a justificar el método mediante el cual el autor argumenta que el “neobarroco”  es la tendencia pre-dominante de una etapa histórica, que tiene lugar en las teorías científicas (la teoría de los fractales, la teoría del caos, las teorías de la complejidad y las estructuras disipativas), en las formas del arte, en la literatura, la filosofía y el consumo cultural. ¿Por qué abarcar la mitad de un libro para sustentar un mecanismo metodológico, que intenta demostrar la presencia del neobarroco como el espíritu cultural de una etapa de la historia? ¿Qué artificios se hacen presentes en la conceptualización de Calabrese?
La teoría de Calabrese sobre el “neobarroco”, se desarrolla en el mismo momento histórico en el que surge la teorización sobre la posmodernidad, en la década de 1980.  El texto del italiano se publica de origen en 1987. Cuatro años antes, Lipovetsky plantea su concepto de “posmodernidad” en la primera edición del libro “La era del vacío”:

La cultura posmoderna es descentrada y heteróclita, materialista y psi, porno y discreta, renovadora y retro, consumista y ecologista, sofisticada y espontánea, espectacular y creativa; el futuro no tendrá que escoger una de estas tendencias sino que, por el contrario desarrollará las lógicas duales, la correspondencia flexible de las antinomias. (Lipovetsky, 2008, P. 11)

La conceptualización del “neobarroco” de Calabrese resulta muy similar a la del filósofo francés: “El universo cultural se nos presenta fragmentario y originado por estructuras contradictorias que conviven juntas perfectamente” (1999, P. 169). Ambos autores califican respectivamente a la “posmodernidad” y al “neobarroco”, como formas de una cultura fijadas en lo fragmentario y en la contradicción. Junto a la anterior, Lipovetsky define a la “posmodernidad” como “una ola profunda y general a escala de todo lo social” (2008, P. 79). Por su parte, al conceptualizar al  “neobarroco”, Calabrese afirma que “invade muchos fenómenos culturales de hoy en todos los campos del saber” y de la cultura (1999, P. 12). Podríamos seguir rastreando las similitudes entre las concepciones de Lipovetsky y Calabrese.
En este caso, la definición de la “posmodernidad” y del “neobarroco”,  operan en el mismo plano de la filosofía de la cultura que pretende la postulación de conceptos que contraigan, delimiten y clarifiquen de manera rotunda a las cualidades de una etapa histórico-cultural. La “posmodernidad” y el “neobarroco” se pretenden como conceptos maestros, piedras de toque que expliquen al mundo de un solo trazo y bajo una lógica que se comporta omnívora ante lo real.
Aunque Calabrese trata de deslindar su conceptualización del “neobarroco” de las teorizaciones que realizan los autores posmodernos (Ibidem., P. 28-30), termina fijando su definición en una misma trama totalizante.
En una postura que resulta próxima a la de Calabrese, Moreano (2014, P. 137) coloca en un mismo plano semántico a los conceptos de “posmodernidad” y “neobarroco”:

La cultura posmoderna sería así la realización de la “espiritualidad” de la lógica del valor. Empero, y en principio, la posmodernidad y el neobarroco, aparecería(n) más bien como la expresión de la resistencia del imaginario artístico a la “abstracción moderna” y que comenzara con el pop art y las erranzas de Andy Warhol (…) lo decorativo, el fasto, la sobreabundancia, la desmesura (…)

Cuando la concepción del “neobarroco” como un fenómeno latinoamericano, se desperdiga geográfica y culturalmente, tal como sucede en los casos de Calabrese y Moreano, toma forma un problema de delimitación conceptual que resulta atravesado por componentes políticos e ideológicos. Este concepto ha llegado a convertirse en bandera de lucha de algunos teóricos, que han planteado que el “neobarroco” implica una construcción identitaria y de sentido entre los pueblos latinoamericanos. Pero más allá de esto, posee una carga histórica de liberación y de apertura utópica.
Si en Calabrese y Moreano, la desmesura en la conceptualización del “neobarroco” tiene que ver con la pretensión de un concepto maestro,  que explique a una etapa histórico-cultural, de manera totalizante y en unos cuantos trazos; en autores como Bolívar Echeverría y Arriarán Cuéllar, la desmesura se hace presente cuando se le adjudica al “neobarroco” un estigma de salvación, que tiene que ver con la ruptura con el capitalismo y el re-planteamiento de la utopía socialista. 
Bolívar Echeverría no aborda en específico un concepto de “neobarroco”. Su análisis desde los planos de la filosofía de la cultura y la filosofía política, plantean un concepto sui generis en torno al “barroco”. El barroco como manifestación artística durante los siglos XVII y XVIII es concebido en términos transhistóricos, como un carácter y una actitud del hombre que se posiciona ante los embates políticos, económicos, sociales y culturales en general, de la modernidad y el capitalismo histórico.
La teoría de Bolívar Echeverría (2013, P. 37) parte del concepto de “ethos”, que es entendido de manera ambigua, como “refugio” o “abrigo” y, como “arma” o “recurso ofensivo o activo”. Este autor se pregunta por la contradicción que es necesario resolver en la modernidad. Considerando el concepto de “ethos”,  se cuestiona también: “¿De qué hay que “refugiarse”, contra qué hay que “armarse” en la modernidad?” La respuesta es enfática, se requiere “refugiarse” y “armarse” contra el “hecho capitalista”, contra las tendencias neoliberales que están atadas de la teorización posmoderna.
A partir de lo anterior, el filósofo ecuatoriano asume el concepto del cuádruple ethos. Las cuatro formas del ethos denotan un posicionamiento y una actitud ante la modernidad capitalista (el ethos realista, el ethos romántico, el ethos clásico y el ethos barroco) [2]. Nos interesa aquí abordar el “ethos barroco”.

La cuarta manera de interiorizar el capitalismo en la espontaneidad de la vida cotidiana es la del ethos que podría llamarse “barroco”. Se trata de un comportamiento que no borra, como lo hace el realista, la contradicción propia del mundo de la vida en la modernidad capitalista, y tampoco la niega, como lo hace el romántico; que la reconoce y la tiene por inevitable, de igual manera que el clásico, pero que, a diferencia de éste, se resiste a aceptar y asumir la elección que se impone junto con ese reconocimiento, obligando a tomar partido por el término “valor” en contra del término “valor de uso” (…) consiste en vivir la contradicción bajo el modo de trascenderla y desrealizarla, llevándola a un segundo plano, imaginario, en el que pierde su sentido y se desvanece, y donde el valor de uso puede consolidar su vigencia pese a tenerla ya perdida. (Ibidem., P. 171)

Es notorio que en Bolívar Echeverría, la idea del ethos barroco no se plantea como una manera de superar y/o derrotar a los embates de la modernidad capitalista. El pensador ecuatoriano concibe al capitalismo,  como no posible de ser rebasado o concluido aún. El  capitalismo es una persistencia sobre la que habría que construir, no actitudes de desbordamiento, sino actitudes de inconformidad y resistencia desde sus mismos adentros, a partir del concepto ideológico del ethos barroco. La teorización sobre el barroco en Bolívar Echeverría se torna ideológica, levanta puentes que van de lo teórico a lo ideológico, dándole forma a un territorio que resulta sumamente conflictivo. El barroco se positiviza ideológicamente, es un trazo teórico-fáctico, realista-imaginario, que pretende, cuando no una salvación, al menos un alivio, una flotación alterna en el embravecido océano de la modernidad capitalista. La postura de Bolívar Echeverría se inscribe ideológicamente en los linderos de la tragedia capitalista, que pretende ser “trascendida”, “desrealizada”, en un “plano imaginario”. La sustancia literaria de la imaginación hace su aparición aquí. ¿De qué formas “trascender” y “desrealizar”,  desde un “plano imaginario”, a los embates del capitalismo? Entre lo excesivamente real de la modernidad capitalista y el “plano imaginario” que pudiera radicarse en la literatura o en otras capacidades del pensamiento, aparece de nuevo ese distanciamiento a través del cual serpentea la concepción del “neobarroco”, ya no solo como teorización, sino también como contenido ideológico, que implica una postura en la que se trenzan la política y la ética –y las incertidumbres que se abalanzan sobre ambas-. ¿Qué forma de resistencia es la del “neobarroco” ante la modernidad capitalista? ¿Cómo se configura real-imaginariamente, teórica-fácticamente, esta resistencia del “neobarroco”?
Por su parte, Arriarán Cuéllar (2007, P. 101) hace una dura crítica al “ethos barroco” de Bolívar Echeverría:

Pero no basta definir la cultura. Las ideas, por sí solas, no cambian nada. El problema es afirmar la posibilidad de su viabilidad histórica: ¿es el ethos barroco una alternativa real frente al capitalismo neoliberal? El desafío de la filosofía en América Latina es el de ayudar a determinar las fuerzas y movimientos sociales para enfrentar la globalización. Mi hipótesis es que la teoría del ethos barroco de Bolívar Echeverría (liberadora al principio) no constituye una alternativa por insuficiente (se queda en el pasado y, por tanto, no se conecta con las luchas sociales por la transformación del presente) (…) Frente a este sistema económico y político, hace falta desarrollar una estrategia de  resistencia donde el ethos barroco encuentre su sentido liberador. Para ello hace falta conectarse con la estrategia socialista.

Arriarán Cuéllar cuestiona la imposibilidad del ethos barroco para constituirse en estrategia que permita desbordar al capitalismo. Plantea a su vez, que se requiere re-pensar una teoría que lleve a superar esta limitación, que se asfixia en lo teórico y no se desdobla hacia la concreción histórica. ¿Pero, de qué maneras plantear una teoría que haga las veces de piedra de toque teórico-fáctica, real-imaginaria, que dé lugar al finiquito del capitalismo y a la instauración de una nueva forma de vida fundada en el socialismo? La crítica de Arriarán Cuéllar sobre Bolívar Echeverría es certera y necesaria. Pero en los textos en los que el filósofo mexicano debate a este respecto, está latente el problema de la realización de lo ideal. ¿Cómo lo ideal, de contenidos teórico-ideológicos puede concretarse históricamente, si una de las lecciones que nos ha dejado la modernidad, es la de un distanciamiento, tal vez trágico, entre lo ideal y su realización?
El “neobarroco” queda atrapado aquí, como un concepto al que se exige demasiado, un concepto al que se le pretende oracular, constituido teológicamente o teleológicamente, como un mandamiento de salvación que permita superar el viacrucis de la modernidad capitalista.

Mi conclusión es que si queremos explicar el presente, hace falta recurrir ya no al concepto de barroco (que se reduce al siglo XVII), sino al neobarroco, pero con la condición de no equipararlo al posmodernismo (que es una forma de ideología neoliberal, ya que postura el conservadurismo y legitima al capitalismo). En América Latina hay que redefinir la posmodernidad como un neobarroco correspondiente a una alternativa de sociedad. (Ibidem., P. 116).

¿Qué clase de conceptualización es esta que pretende idealizar al “neobarroco” como una parusía, tejida extrañamente  entre los territorios de la literatura, la filosofía y las ciencias sociales? ¿Qué es lo que está en torno a una serie de operaciones teóricas e intelectuales que configuran y merodean a un concepto, al que se le pretende totémico y salvífico? Mi conclusión son las preguntas. Por lo pronto, no puede haber más conclusión que los signos de interrogación, que en esta lucha, van ganando la posición de avance, o de no-avance, sobre los puntos finales.


Notas bibliográficas
[1 ] La analogía que se atisba sobre el “neobarroco” en esta parte, es el de “mapa-laberinto”. En donde lo dominante estaría siendo lo laberíntico. El mapa queda subsumido aquí, el barroco no es una cartografía que conecta a lo real con la sustancia literaria, sino un laberinto en el que lo real y la sustancia literaria, se extravían.
[2] Bolívar Echeverría aborda la conceptualización del cuádruple ethos en varios de sus ensayos. En nuestro caso se acude a los análisis que hace en el libro “La modernidad de lo barroco” (editorial Era, México, 2013).


Bibliografía
Arriarán Cuéllar S., La filosofía latinoamericana en el siglo XXI. ¿Después de la posmodernidad, ¿qué?, México: Universidad Pedagógica Nacional y ediciones Pomares, México, 2007, impreso.
Calabrese O., La era neobarroca, España:  editorial Cátedra, 1999, impreso.
Echeverría B., La modernidad de lo barroco, México: editorial Era, 2013, impreso.
Kozel A., Barroco americano y la crítica de la modernidad burguesa, México, UNAM, Anuario del Colegio de Estudios Lationoamericanos, Vol. 2, 2007, en: http://ru.ffyl.unam.mx:8080/jspui/handle/10391/592, electrónico.
Lipovetsky G. La era del vacío,  España: editorial Anagrama, 2002, impreso.
Moreano A., El discurso del (neo)barroco latinoamericano: ensayo de interpretación,  en: http://www.uasb.edu.ec/UserFiles/File/el%20neobarroco%20alejandro%20moreano.pdf , consulta realizada en febrero de 2014, electrónico. 
Sarduy S., El barroco y el neobarroco, Buenos Aires, Argentina: editorial El cuenco de plata, 2011, impreso.