I
De los escritores
latinoamericanos, nadie más que Julio Cortázar ha padecido esta extraña
patología de convertirse en intérprete de su propia escritura. Si ya de por sí,
las actividades de la lectura y la escritura nos resultan patológicas a quienes
solemos leer y escribir, pero más a quienes no hacen esto, el hecho de convertirse
en alguien que explica a la propia obra, desdobla esta patología.
Cortázar escribe de manera
cuantiosa y sustanciosa sobre su misma obra. A esto obedece el libro
“Correcciones de pruebas en Alta Provenza”, que analiza la escritura de la
novela “Libro de Manuel”. En esa misma vía caminan algunos de los ensayos de “Último
round” (“Estado de baterías”, “La muñeca rota” y “Cristal con una rosa dentro”)
que reflexionan sobre la novela “62 modelo para armar”. También en el libro
misceláneo “Último Round”, el argentino anota el breve texto “Poesía
permutante”, en el que explica cómo nació y se desarrolló la idea de escribir
los poemas con ese mismo título. Varias de las entrevistas que concede, entre
las que destaca la de González Bermejo (“Revelaciones de un cronopio. Conversaciones
con Julio Cortázar”), transitan ese plano. Bajo esa misma lógica habría que
leer el libro “Clases de literatura. Berkeley, 1980”, recientemente publicado. Probablemente, Cortázar no concibió que los
cursos que dio en esta universidad de los Estados Unidos, se convertirían
décadas después en un libro. Pero no podemos dejar de sospechar, que el
narrador Argentino sabía que estas clases estaban siendo grabadas, que
históricamente hay una tradición en occidente en la que los editores y críticos
persiguen hasta la más mínima nota o habla registrados de los autores
consagrados, para publicarlos o interpretar la obra a partir de ellos. No
podemos dejar de sospechar, que ya siendo un autor consagrado, Cortázar sabía
que las clases de Berkeley, podrían convertirse en un libro publicado. Este último
libro es el registro hablado y escrito, en el que el argentino analiza con
mayor detenimiento y profundidad su propia obra.
Entre los críticos
literarios y los integrantes de la academia, suele decirse que al estudiar una
obra, es mejor evitar la lectura de textos o entrevistas en los que el propio
autor explica su escritura. Esto estaría dando lugar a sesgos y contaminaciones
de la interpretación que se realiza. Pero Cortázar no es precisamente un autor
que se mira al espejo con una transparencia de por medio. Sino un autor que se
escribe sobre el espejo, que acumula sobre su primera escritura, la de su
narrativa y poesía, una segunda escritura, la de su auto-interpretación. ¿Qué
sucede cuando una escritura se empalma sobre otra de esta forma?
En el apartado 154 de
“Rayuela”, mientras Horacio y Etienne se encuentran con Morelli en un hospital,
este último personaje, un escritor que resulta ser un alter ego de Cortázar afirma: “Decíamos que hay que pensar en Hermes,
dejarlo que juegue” (P. 702). La referencia sobre el Dios griego, del que se
desprende la idea de la “hermeneútica” como actividad de interpretación de
textos, es obvia. Cortázar interpreta su propia obra intentando ponerla en
claro, pero al hacer esto nos hunde más en sus laberintos hechos de sustancia
literaria y filosófica. La “interpretación” es un “juego”, una serie de jugadas
en las que la escritura se desdobla con toda la seriedad posible, un juego de
trazos y borronamientos, de intertextualidad y de expansiones de la escritura,
de obturaciones que se vuelven desgarramientos y formas de escarbar que en el arrojo
suelen encontrar abismos, pozos sin fondo. Ninguna obra se basta así misma. De
la misma manera, ninguna interpretación de un texto narrativo o de un poema es
autosuficiente. Si algo resulta evidente con los desarrollos de la literatura y
la crítica literaria a lo largo del siglo XX, es la expansión de la
intertextualidad, de los mecanismos de escritura y de lectura que van de un
libro a otro, de un autor a otro, de un contenido a otro.
La presunta transparencia
e inocencia de Cortázar al interpretarse a sí mismo, es una trampa. El
argentino intenta poner en claro la forma mediante la cual le dio orden a los
capítulos de “Rayuela”:
Debo decir que muchos críticos han pasado muchas horas
analizando cuál pudo haber sido mi técnica para mezclar los capítulos y
presentarlos en el orden irregular. Mi técnica no es la que los críticos se
imaginan: mi técnica es que fui a casa de un amigo (Eduardo Jonquières) que
tenía una especie de taller grande como esta aula, puse todos los capítulos en
el suelo (…) y empecé a pasearme por entre los capítulos dejando pequeñas
calles y dejándome llevar por las líneas de fuerza: allí donde el final de un
capítulo enlazaba bien con un fragmento que era por ejemplo un poema de Octavio
Paz (…) inmediatamente le ponía un par de números y los iba enlazando, armando
un paquete que prácticamente no modifiqué. Me pareció que ahí el azar –lo que
llaman el azar- me estaba ayudando y tenía que dejar jugar un poco la
casualidad (…) [“Clases de literatura. Berkeley, 1980”, P. 208 y 209]
El azar que territorializa
los encuentros entre los personajes de Horacio Oliveira y la Maga en las calles
de París, es la misma sustancia que parece estar mediando en el mecanismo que
Cortázar puso en marcha para darle forma al acomodo de los capítulos de
“Rayuela”. La pregunta que se hace Oliveira en la primera línea de la novela:
“¿Encontraría a la Maga?”, estaría persiguiendo paradójicamente al jugador de
“Rayuela”: ¿En sus auto-interpretaciones, encontraría Cortázar a “Cortázar”?
Probablemente el jugador de “Rayuela” haya muerto creyendo con certeza que se
había descifrado a sí mismo. En los textos en los que el argentino reflexiona
su propia obra, es notoria una convicción de estar siendo certero. Pero, ¿qué
se esconde bajo estos procesos, qué territorios claroscuros abre Cortázar a
partir de los desdoblamientos sobre sí mismo?
En los capítulos
prescindibles de “Rayuela”, el personaje de Morelli es una alteridad de
Cortázar como autor, una conciencia de su escritura. En los indicios que deja
Morelli esparcidos a lo largo de los apartados prescindibles de la novela,
pueden rastrearse una serie de contenidos literarios y filosóficos que merodean
a la poética del texto. Junto a las dos forma de lectura sugeridas por el
narrador argentino, los rastros que deja Morelli en los capítulos prescindibles
de “Rayuela”, constituyen una posible tercer forma de lectura.
II
Es necesario interpretar a
los desdoblamientos de Cortázar sobre su propia obra, en términos sociológicos,
políticos e históricos. El Julio Cortázar que toma una clara conciencia
política e ideológica desde la izquierda, en la etapa final de su trayectoria,
admite que el boom latinoamericano no
es un fenómeno editorial capitalista de corte mercadotécnico. En el coloquio de
Royamount, que se llevó a cabo en París en 1972, Cortázar sostiene:
(…) eso que tan mal han dado en llamar el boom de la literatura latinoamericana,
me parece un formidable apoyo a la causa presente y futura del socialismo, es
decir, a la marcha del socialismo y a su triunfo que yo considero inevitable y
en un plazo no demasiado largo. Finalmente, ¿qué es el boom sino la más
extraordinaria toma de conciencia por parte del pueblo latinoamericano de una
parte de su propia identidad? (…) olvidan que el boom, no lo hicieron los
editores sino los lectores y, ¿quiénes son los lectores sino el pueblo de
América Latina? (Cortázar citado por Rama, en: “El boom en perspectiva”,
revista “Signos Literarios”, enero-junio de 2005, P. 169).
El “lector macho” es
idealizado, concebido colectivamente como motor de transformación social e
histórica de los pueblos latinoamericanos. Pero ese lector ideal colectivizado,
no ha existido hasta hoy tal como lo concibió el escritor argentino en términos
utópicos.
Si los lectores de
Cortázar, requieren un acompañamiento para facilitar la interpretación de su
obra, una especie de guía interpretativo. Es el mismo Cortázar quien se ocupa de esta
labor, con el cuidado de un patriarca que no abandona a su rebaño. Aún desde su
muerte, Cortázar nos habla interpretando su obra. Pero, ¿quién lo hace hablar y
de qué formas?
Si los e-lectores o los
revolucionarios latinoamericanos, requieren de un guía para descubrir el camino
que deben seguir en pos de la transformación de los pueblos, se corre el riesgo
de la perversión mesiánica.
Paradójicamente, el que
resulta hasta hoy ser el texto en el que Cortázar se interpreta con más
vehemencia a sí mismo, está condicionado en su contextualización y en el
proceso de su publicación, por los tentáculos del capitalismo. Los derechos de
la obra del argentino le pertenecen a su primera esposa, la traductora Aurora
Bernárdez. Bajo la tutela de Bernárdez, en los últimos años la editorial
Alfaguara, ha editado varios textos
inéditos: los tomos de las “Cartas”, el libro misceláneo de “Papeles
inesperados” y recientemente el texto de las clases en Berkeley. Tal parece que
pretende publicarse hasta la última línea escrita por el autor. Desde luego que
resulta pertinente la pregunta: ¿Era necesario publicar el libro “Clases de
literatura. Berkeley, 1980”? ¿Qué criterios literarios, éticos, políticos,
ideológicos, etc., habrían de considerarse para responder este cuestionamiento?
La grabación de las clases
que Cortázar imparte en Berkeley, sucede en el propio territorio de los Estados
Unidos, matriz del capitalismo neoliberal. Este país se ha encargado de “globalizar
a Hispanoamérica, recogiendo materiales de distintas procedencias” (Rama,
Ibidem.). Los más férreos impulsores del neoliberalismo, son quienes se han
dedicado a compilar las más variadas producciones culturales latinoamericanas,
para apropiarse de ellas, estudiarlas y aprovecharlas. La publicación del libro
de las clases de Berkeley, está auspiciada por el grupo español Prisa. Las
editoriales españolas y europeas se han
apropiado del mercado latinoamericano, y siguen explotando los restos de lo que
queda del boom, configurando una
industria editorial regida por premisas capitalistas.
El habla de Cortázar ya no
le pertenece únicamente a él, a sus concepciones literarias, políticas e
ideológicas. Es un habla de la que se han apropiado otros que piensan y hablan
distinto que él. Es un habla de la que el mismo Cortázar ha tratado de
apropiarse problemática y paradójicamente, estando vivo y aun estando muerto.
Es un habla de la que nosotros nos apropiamos en este momento. Un habla que
seguirá dando mucho que decir…