Todavía suele escucharse en la voz de
los (las) poetas, decir que escribir un poema o publicar un libro de poemas es como “parir
un hijo”. La analogía es romántica y nostálgica a la vez. Parece estar trazada
desde la ideología humanista occidental y huidobriana, que concibe al poeta
como un “pequeño Dios”, como un dador de vida. La concepción es antropomórfica.
En la analogía de “la escritura de un
poema” o “la publicación de un libro de poemas”, que se imaginan como si se “pariera
un hijo”, hay una fisiología de la escritura y de sus desdoblamientos. El poeta-hombre-mujer, signado por una extraña hibridez de parimientos, es concebido como centro del mundo, alguien por quien pasa necesariamente la escritura del mundo como creación,
como génesis infinito, sin puntos finales. El poeta suele pensarse a sí mismo
como alguien a quien le ha sido adjudicado por alguna divinidad imaginaria, el apostolado de la escritura de un génesis,
de una manera de nombrar y renombrar al mundo infinitamente – o ínfimamente -. Es la
fisiología de un parto que en el fondo idealiza un génesis inconcluso, el
génesis de decir poéticamente al mundo para significarlo en huida del mundo. El
topos del poema camina entre la u-topía y la dis-topía, donde el lugar del
mundo como alteridad es i-rrealidad. La realidad es desbordada en lenguaje, en
figuras de estetización del lenguaje –más o menos logradas estilísticamente-. En la poesía el mundo se sustancializa
metafísicamente. Heidegger anunció el fin de la metafísica, pero arrepentido de
esta clausura conecta la metafísica a un respirador natural o artificial para
que siga ins-pirando y ex-pirando. Este respirador es la poesía, y las tesis que sustentan a la poesía como el
espacio que le queda a la metafísica para seguir ad-viniendo al mundo, están escritas
en el ensayo que el alemán escribe a partir de Hölderlin. Desde entonces,
parece que la metafísica queda recluida en las posibilidades que le quedan al
poema. La sobrevivencia de la metafísica respira a través de los desencantos y
las fatigas de la poesía hacia finales del siglo XX y principios del XXI.
Pero, ¿qué significa seguir diciendo
que “el acto de escritura y/o publicación de poemas” es algo así como “parir un
hijo”? Desde hace mucho tiempo la sacralidad de la literatura, y en específico
de la poesía, es un olvido o una postergación. ¿De qué maneras justificar entonces
a la existencia de los poetas y de la poesía? ¿Cómo admitir más allá de la
nostalgia, que los poetas pudieran resultarnos necesarios? Las preguntas son
dolientes y las respuestas pueden serlo más. El poeta y la poesía han comenzado
a ser concebidos como ausencias y vaciamientos de una era de occidente desde hace
varias décadas. Los poetas y la poesía pertenecen a un ethos humanista que se sobreentiende borroso y en un alejamiento
que crece con los días que avanzan. Es un ethos
que ya no es presencia, y que si acaso se hace presente, adviene en forma de
nostalgia o de patetismo. Un ethos
que ya no colma al mundo con su sustancia estética-ontológica-metafísica. Un ethos de los borronamientos y de las
tachaduras, que en la escritura van acumulando capas sobre capas, en las que lo
primero escrito es imposible de ser leído.
El hombre como poeta originario es un
ángel caído. La poesía como génesis del nombrar del mundo, es discurso histórico que puede ser deconstruido.
Levantar analogías para conceptualizar a los actos del poeta, metaforizar sobre
ello, es la última defensa que les queda a los poetas. En ello habrá de
enmarañarse lo que pueda restarles para seguirse escribiendo sobre el mundo,
para hacer que sus poéticas destellen todavía algo de luz -si es que esto es posible- …