Las universidades se despliegan
históricamente como territorios de con-tensión y controlabilidad del saber que
resulta atravesado por el poder (Foucault). No hay que preguntarse por sus sentidos, no
hay que cuestionar los trazos de su presente y su futuro. Es necesario
desentrañar su historicidad entendida como una maquinaria que levanta cánones,
que delimita las posibilidades del pensamiento y de la acción, que pretende una
administración de las escrituras y del habla, que acompaña al poder como un
amanuense que certifica lo decible y lo indecible.
Hay que escarbar en
los entresijos de las universidades, para advertir sus laberintos
intelectuales, sus fisiologías (Nietzsche), sus funcionamientos, sus maneras de construirle autopistas y diques
a las distensiones de la vida.