El culto a las figuras
históricas, como la de Francisco Villa, parte de una serie de intenciones a las
que es necesario cuestionar de fondo. El enaltecimiento de los héroes de la
historia requiere ser leído desde el contexto político y social desde el cual
los héroes son colmados de laureles.
Katz (“Pancho Villa”, P.
15) señala que en noviembre de 1976, al ser trasladados los restos de Villa,
desde el cementerio de Parral hasta el monumento a la revolución en la ciudad
de México, mientras el féretro era rodeado por los descendientes del general,
una multitud de parralenses estalló en aplausos. El historiador subraya que lo
más extraño es que ninguno de los
“espectadores entusiastas” había conocido a Villa. ¿De qué formas se hace
manifiesto el villismo, en Parral, Chihuahua, y en otros lugares de México y el
mundo, desde la muerte de Villa hasta
los años finales del siglo XX? ¿Por qué, a inicios del siglo XXI, la figura de
Villa es revitalizada para ser explotada tal como ha sucedido a partir de la
organización de las llamadas "jornadas villistas", que se festejan en Parral y
que comienzan a tener ese nombre desde el año 2004? ¿Cómo es que surge un neovillismo
en la región sur del estado de Chihuahua, que tiene lugar a partir de la
organización de las jornadas villistas, a inicios del siglo XXI?
Sobre la figura de
Porfirio Díaz, Garner (“Porfirio Díaz: ¿héroe o villano?”, en: revista Letras
Libres, septiembre de 2003) afirma que han existido tres tendencias
historiográficas: el porfirismo, que se hace presente en una serie de textos
históricos y biográficos que aprueban a las andanzas del general y que se
publican al final de su mandato como presidente de México; el antiporfirismo,
que se origina y desarrolla a partir de los discursos de la revolución
mexicana, que rechazan y denostan a Díaz;
el neoporfirismo, que surge hacia el final del siglo XX, revalorando
aspectos positivos del dictador que murió en el exilio. Esta última tendencia
–subraya Garner- es un revisionismo que de nueva cuenta dulcifica a la figura
de Díaz, y que de la mano del neoliberalismo puede resultar tramposo.
Retomando los
planteamientos de Garner, podemos afirmar que en torno a la figura de Villa han
existido un villismo y un antivillismo, que pueden rastrearse a lo largo del
siglo XX, y un neovillismo que inicia con el siglo XXI, a partir de la organización de las jornadas villistas en Parral, Chihuahua.
El villisimo aprueba y
exalta a la figura del general que comandó a la división del norte, es un
discurso no solo histórico, sino social, político y artístico, que en términos
ideológicos se plegó al nacionalismo revolucionario priista, que decayó a
partir del viraje del PRI hacia la derecha neoliberal en la década de 1980. El
villismo se detecta lo mismo en textos históricos que literarios, en corridos, en
murales, en monumentos y en el cine. Son cuantiosos los discursos que enaltecen
a la figura del general, lo mismo llevándolo al altar de la historia patria (el
traslado de sus restos al monumento a la revolución en el DF) que reivindicando
su figura como un luchador de izquierda que defiende a las causas populares (el
tratamiento que hace Hobsbawn del personaje de Villa, en el libro “Bandidos”).
El antivillismo ha tenido
una presencia marginal en México. Pero hay quienes desde Chihuahua o desde
otros lugares han criticado y rechazado a la figura del general. El debate
sobre si villa fue un “bandido” o un “héroe” arroja los primeros indicios del
antivillismo. Si es posible concebir en términos negativos a Francisco Villa
como un “bandido” y no como un “héroe”, entonces existe un antivillismo, al que
habría que rastrear históricamente a lo largo del siglo XX. Los discursos
antivillistas son marginales y tienden a permanecer soterrados, reprimidos ante
el dominio avasallante del villismo. Una muestra del antivillismo está anotada
en el libro “Pancho Villa. Ese desconocido. Entrevistas en Chihuahua a favor y
en contra”, de Rubén Osorio. Este libro formado por diversas entrevistas,
refleja tanto al villismo como al antivillismo en la estructura sus dos
capítulos principales: “Entrevistas a favor de Francisco Villa” y “Entrevistas
en contra de Francisco Villa”. Esto también se hace patente en el libro de Katz
(“Pancho Villa”, P. 16 – 21) que refiere la existencia tanto de una “leyenda
blanca” como de una “leyenda negra” sobre la figura del centauro del norte.
El neovillismo toma forma
a partir de una revitalización de la figura de Francisco Villa, que se coloca
como centro de la organización de las jornadas villistas en Parral, Chihuahua.
Pero, a diferencia de la clasificación que Garner realiza sobre la figura de
Porfirio Díaz respecto al neoporfirismo, el resurgimiento de la figura del
general en un neovillismo, va más allá de la historiografía, obedeciendo a
motivaciones sociales, políticas e ideológicas del contexto chihuahuense reciente.
Resulta complicado y
riesgoso retomar las categorías que Garner aplica sobre la figura de Porfirio
Díaz para aplicarlas sobre Francisco Villa. Las dificultades son tanto
ideológicas como conceptuales. Aun así, se toma el riesgo con el afán
heurístico de repensar a la figura de Villa no tanto en términos históricos o
historiográficos – tal como lo hace Garner- sino en el plano del análisis del
discurso, que reflexiona a los componentes sociales, políticos e ideológicos
del neovillismo.
El neovillismo ha crecido
entre sombras, bajo la tutela de los sexenios de Patricio Martínez, José Reyes
Baeza y César Duarte. Hay un síntoma paradójico en el surgimiento del
neovillismo, que tiene que ver con el traspaso de un priismo revolucionario a
un priismo neoliberal, durante las décadas de 1980, 1990 y en lo que va del
siglo XXI. El neovillismo es un extraño síntoma ideológico del priismo, que
surgido de la revolución mexicana se agota a lo largo del siglo XX, y termina inclinándose hacia la derecha. El neovillismo surge y se desarrolla en
medio de los dos periodos reformistas del priismo neoliberal que logra cambios
de gran calado, entre los sexenios de Carlos Salinas de Gortari y de Enrique
Peña Nieto. ¿Qué sentido tiene reivindicar a la revolución mexicana y a la
figura de Villa, cuando políticamente los mismos priistas que desde Chihuahua
enaltecen y rememoran al pasado, agachan la cabeza y aprueban las reformas
neoliberales que han sepultado al idealismo revolucionario?
Uno de los eventos de más
peso en la organización de las jornadas villistas en Parral, Chihuahua, es el
“simulacro de la muerte de Villa”, que se ha convertido en un montaje teatral
que se ha ido sofisticando al paso del tiempo, desde los costos de producción y
la calidad actoral, hasta su afianzamiento como un espectáculo público de
masas, que pueda ser visto por el mayor número de gente posible. La manera de
llamar al evento en el que se rememora el asesinato del general, el “simulacro
de la muerte de Villa”, parte de una tendencia posmoderna en la cual la
historia es precisamente un “simulacro”, una memoria que al ser teatralizada
resulta desencantada mediante el ritual de una falsa representación. Junto a lo
anterior, resulta significativo que las jornadas villistas, concluyan una y
otra vez con el asesinato, el sepelio y el entierro de Villa. En los simulacros
de las jornadas villistas, al general se le asesina y sepulta, vez tras vez,
como recordándonos, más que su martirio y su heroicidad revolucionarias, su
ausencia y su postración bajo la muerte. ¿No es esta una forma de festejar su
olvido? ¿No es esta una manera de reírnos de nosotros mismos, sabiendo que en
lo presente los ideales revolucionarios son una desmemoria que se nos ha
impuesto de facto, a partir de las
andanzas reformistas neoliberales del priismo y el panismo?
El neovillismo lleva en
sus entrañas el festejo de un ardid: ¿quién engaña a quién?, ¿quién se deja
engañar por quién y a qué costos? Mientras la fiesta pueda ser democratizada
parece que no habrá mayor problema. Mientras el espectáculo y la pasarela sean
populares, a quien le importa si Villa y la revolución mexicana se festejan a
partir de su olvido y de su muerte. Lo que importa es la verbena y su contenido
que tendrá que irse perfeccionando e innovando si se desea dársele una larga
continuidad más allá del centenario de la revolución mexicana. Lo que importa
es la manipulación de Villa y de los ideales revolucionarios desvencijados.
En Parral, Chihuahua, la
figura de Villa de cuerpo entero, puede ser vista lo mismo como parte de un
monumento de Bronce en el cual el general monta su caballo (en la salida de la carretera a Durango), que como un
monigote fabricado con papel maché posando en la banca de un restaurante de
tacos (en la calle Independencia). Estas dos figuras representativas
del general, encierran la paradoja de los festejos de las jornadas villistas:
Villa erigido en bronce, montando su brioso caballo siete leguas y Villa
decaído en figura de papel maché, un monigote fabricado con periódico y engrudo.
El neovillismo se decanta
en su obstinación por la algarabía y el festejo. En medio de la fiesta, las
miradas críticas sobre el enaltecimiento de la figura de villa y la revolución
mexicana, no aparecen por ningún lado. El neovillismo enceguece, en el falso romanticismo
que mira los monumentos históricos con
nostalgia y embeleso. Ensordece, entre
el griterío de lo carnavalesco que cruza por las cabalgatas y por los
simulacros de la historia. Enmudece, ante la explotación comercial y política
de la figura de Villa, que lo mismo se convierte en la imagen de un llavero o
de un cenicero, que en el motivo central de un discurso político que pretende una
manipulación con tonos de religiosidad.