(Artículo publicado en "El Diario de Chihuahua", en la sección de UPNECh, el 13 de julio de 2014).
Los rastros de identidad del
maestro mexicano han cambiado profundamente en los últimos 50 años. Todavía en
la década de 1960, el maestro era idealizado como un héroe de la continuidad de
la revolución mexicana, que ya comenzaba a volverse borrosa. Un halo de
mesianismo educativo y cultural, rodeaba a la figura del maestro, dándole un papel crucial en un futuro que aún
podía pensarse como grandioso para el desarrollo individual, familiar y colectivo.
Habría que preguntarse por las conexiones que existen entre la fallida
revolución mexicana y la fallida idealización del maestro. ¿Cómo la falsedad y el
fracaso de la revolución mexicana, se correlacionan ideológicamente con los
mecanismos de idealización del maestro,
a quien se le piensa como redentor educativo y cultural de la nación
mexicana en siglo XX?
El maestro rural fue el
apóstol del desarrollo posrevolucionario que se agotó con la década de 1960. En
adelante comenzaría lo que Arnaut refiere como el proceso de urbanización
magisterial. Con el crecimiento demográfico del país y con la expansión de las
ciudades, el maestro pasó del campo a la ciudad. A partir de la década de
1970, se convirtió en un profesionista anónimo, opacado por las manchas
urbanas de lo masivo, la aglomeración y la multiplicación de los problemas
sociales, económicos, políticos y educativos. La herocidad y la redención
educativa del magisterio, fueron erosionadas en unas cuantas décadas.
En la segunda mitad del siglo
XX, la educación fue pensada como un
territorio desde el cual podrían resolverse los problemas de la repartición
justa de la riqueza y el borramiento de las fronteras entre las clases
sociales. Solo habría que estudiar para desarrollarse, impulsando de esta forma
a la nación entera. Desde hace muchos años nos hemos dado cuenta que esto no es
cierto. La educación, el terminar una carrera de nivel universitario, no
garantiza el futuro individual ni colectivo de una vida digna. Mientras la
educación, como motor de desarrollo, dejó de ser la respuesta a los
grandes problemas nacionales, los maestros fueron dejando de significar
como sujetos claves en un proceso que aún continua siendo una deuda histórica.
Ya en 1980, la profesión del
maestro estaba desvalorizada. En el ANMEB (Acuerdo Nacional para la
Modernización de la Educación Básica) firmado en 1992, uno de los apartados se
refirió a la “revalorización social del maestro”.
En los años iniciales de
este siglo XXI, la profesión del maestro ha quedado inmersa en un viacrucis
social que no termina de arrojar todos los lastres que la negativizan. Los
significados simbólicos del maestro rural mexicano, el maestro redentor, la
figura del apóstol educativo mexicano del siglo XX, culminan en el siglo XXI
con un viacrucis que no concluye todavía. Hoy el maestro carga con la cruz del
fracaso educativo, social y cultural. Es apedreado por los medios de
comunicación masiva y por la sociedad. Es llevado a los callejones educativos y
laborales del neoliberalismo de una forma a la que habría que pensar con
detenimiento. Tal parece que en la historia del desbarrancadero ideológico del “ethos”
docente, está inscrita de forma cifrada la historia del desbarrancadero
ideológico del México posrevolucionario.
Los símbolos de una
religiosidad laica instaurada por el estado mexicano y por la sociedad, la
religión moderna del desarrollismo a ultranza, parecen atravesar trágicamente a
la figura del maestro. Primero exaltado y enaltecido, luego culpabilizado y
apedreado. La figura del maestro mexicano es contradictoria, como lo son
actualmente otras figuras de poder y significación del desarrollo humano.
Si México no ha arribado a
un desarrollo educativo, social y político que nos salve de los grandes
problemas que nos aquejan. Si los horizontes de salvación nos resultan lejanos.
Alguien tiene que ser culpabilizado por esto. Alguien tiene que cargar con la
responsabilidad histórica de estos saldos. Los maestros cargan una gran parte
de esta culpabilización.
Pero no es válido victimizar
a los maestros. No se trata de seguir concibiéndolos a través de los símbolos
religiosos para mantener sobre ellos alguna aura de reconocimiento con
reminiscencias de divinidad. Los maestros son de carne y hueso, simples
mortales que viven y sobreviven, como
miles y millones de seres humanos en el mundo. Y en un momento histórico como
éste, es necesario hacer un balance frío de los significados de la profesión
docente, de sus debilidades y sus fortalezas, de las responsabilidades con las
que los maestros deben cargar y de los señalamientos de culpa que resultan
sumarios e inmerecidos.
Como otras instituciones de
la sociedad, la profesión docente se encuentra empantanada en un profundo
proceso de crisis existencial e histórica. Tal parece que los maestros no han
encontrado un espejo lo suficientemente claro y profundo como para mirarse con
detenimiento y encontrar las dimensiones de significación que los reflejan.
¿Pero, quién o qué le dará forma a este espejo? Por lo pronto, la reciente
legislación educativa resulta insuficiente. El “ethos” del maestro es muchísimo
más complejo que una legislación cuyos contenidos imperativos están en duda.