La ropa posee una serie de significados
ocultos que se hace necesario develar. Los significados de la cultura, la
historia, la sociedad, la economía y la sexualidad están presentes directa o
indirectamente en la ropa. Muchas de las veces no somos conscientes de los significados
que están presentes en las prendas de vestir que usamos a diario. Roland
Barthes dejó en claro la existencia de una semiótica de la ropa (“El sistema de
la moda”, 1978).
Aparentemente, la ropa nos protege de la
condición desnuda en que nacimos, nos protege también de las inclemencias del
tiempo. La ropa es un objeto que nos cobija ante la desnudez que aparece de
manera contundente con el nacimiento y con la muerte. El nacimiento es una
desnudez absoluta al igual que la muerte, y las prendas de vestir juegan un
papel ante esta desnudez.
La ropa oculta la desnudez humana, y al
ocultarla muchas veces se convierte en una especie de enmascaramiento. La ropa
es la cáscara de una desnudez que pretende ocultarse u olvidarse. Más allá de
la moral y de la sexualidad, el temor y el pudor que los seres humanos le
tenemos a lo desnudo, muestra la fragilidad de nuestro cuerpo ante el mundo.
La ropa que nos ponemos y nos quitamos
todos los días para salir de la casa, es la evidencia más notoria de nuestro
gusto por las máscaras. Combinar una prenda con otra, equilibrar los colores y
las formas de la ropa, usar utensilios en el cuello o las muñecas, es una
manera de jugar al enmascaramiento de los cuerpos que deben ser vestidos de la
forma más correcta y más bella posibles.
Hay una moral del buen vestir, así como
hay una estética del bello vestir. Aunque en las últimas décadas el acto del
buen vestir (lo moral) y del bello vestir (lo estético) es una de las coartadas
más eficientes del capitalismo. La compra y venta de ropa que se promueve desde
la industria textil y la industria cultural del capitalismo, es en el fondo un
mecanismo que compra y vende identidades bajo la forma de máscaras.
El hombre y la mujer tienen la necesidad
psicológica y ontológica de usar máscaras para cubrir la desnudez que los
muestra de manera rotunda en la fragilidad de su ser. La industria capitalista
de la moda y la cultura, ha encontrado la forma perfecta para que los hombres y
mujeres jueguen a enmascararse de manera versátil, combinando prendas, formas y
colores que procuran construirles una identidad, e incluso un destino.
La reciente polémica que se ha generado
sobre los usos de faldas y pantalones en los uniformes escolares, derivado de
un pronunciamiento del gobierno de la Ciudad de México y de la SEP, es un falso
debate que está plagado de premisas y sentencias sexistas y fundamentalistas.
No hace mucho tiempo, se decía que la
colocación de los zíper o los botones en las camisas y chamarras estarían
relacionados directamente con los usos sexuados de la ropa. Las camisas y
chamarras de los hombres, supuestamente tendrían el zíper o los botones del
lado derecho, mientras que las mismas prendas de las mujeres los tendrían del
lado izquierdo. ¿A quién le importa que un zíper o unos botones estén colocados
del lado o derecho o del lado izquierdo, en la definición sexuada de los usos
de la ropa? ¿Quién tiene la primera o la última razón, para decidir sobre los
usos correctos (lo moral) o bellos (lo estético) de la ropa? Nadie tiene por
completo la razón sobre los usos de la ropa. Las razones para sustentar lo
correcto y lo bello del vestir terminan siendo arbitrarias. Los usos correctos
o bellos de la ropa son epocales y transitorios, y están sujetos a juicios o
prejuicios sexuales, religiosos o ideológicos que llegan a ser inauditos. Los
usos correctos o bellos de la ropa son epocales y transitorios, y por lo tanto
relativos.
Del siglo XIX al XX, la mujer pasó de
usar corsé a usar minifalda, y el hombre pasó de usar traje de vestir y camisa
almidonada a usar pantalones de mezclilla deslavados y rotos. En este momento
de la historia, es absurdo discutir si los pantalones son de uso exclusivo de
los hombres y las faldas son de uso exclusivo de las mujeres. El moralismo y el
sexismo del vestir forman parte de una postura patética que se ha ido
desmoronando poco a poco.
La historia de las prendas de vestir en
los dos últimos siglos, nos deja en claro que los usos de la ropa terminan
siendo arbitrarios. Son la industria textil y la industria cultural del
capitalismo, las que dictan de forma colectiva y anónima a la vez, los rasgos
del buen vestir (lo moral) y del bello vestir (lo estético).
En las pasarelas de moda del primer
mundo aparecen hombres con faldas o vestidos, con calcetas de colores que
borran las fronteras entre lo femenino y lo masculino. Desde hace décadas, las
pasarelas de moda han diseminado las fronteras entre lo masculino y lo
femenino. Resulta extraño que quienes ahora se incomodan y reclaman ante la
postura del gobierno de la ciudad de México y de la SEP, que invitan a romper
los clichés y los estereotipos entre lo masculino y lo femenino en los
uniformes escolares, no se hayan inconformado desde hace tiempo ante las
pasarelas de los países europeos y de América del Norte.
Más bien, todos, incluso los más
conservadores, se dejan arrastrar por la industria textil y la industria
cultural del capitalismo. La moda es una dictadura que juega con los deseos
humanos del enmascaramiento ante los otros. Todos se abocan a seguir los designios
de la moda por inercia, se sujetan a los caminos que marcan las tendencias de
invierno o de verano. Todos buscan sus máscaras de colores y de formas
variadas, con la cantidades y las cualidades suficientes para ser versátiles y
oportunos, para atraer las miradas y los comentarios adecuados por estar (o no
estar) vestido a la moda.
La industria de la moda es una dictadura
que explota de forma descomunal el deseo humano que funciona de manera
inconsciente. Eres lo que vistes, vistes lo que deseas y deseas lo que te
imponen a través de la moda y sus designios. No un pantalón o una falda que
pudieran (o no) definir la identidad sexual de las personas, sino un
guardarropa competo con decenas y hasta cientos de prendas de vestir y de
zapatos que muchas de las veces son innecesarios.
Los hombres y mujeres del siglo XXI que
viven en los países del primer mundo, o cercanos al primer mundo, son
acumuladores de ropa y de zapatos que se mueven al ritmo de la moda y del deseo
por las máscaras. Los closets y guardarropas del siglo XXI son un signo
inequívoco del fracaso por generar una identidad definida y estable. Las
oleadas de la moda, los cambios de guardarropa cada verano o invierno, son uno
de las cualidades más notorias de las identidades líquidas de la posmodernidad
(Zygmunt Bauman, “La modernidad líquida”, 2012).
¿Cuántas prendas de vestir guardamos en
nuestras casas, cuántos pares de zapatos? ¿Cuántas combinaciones pueden jugarse
con esas prendas y esos zapatos? ¿Cuántos deseos identitarios se esconden detrás
de esas posibilidades combinatorias? ¿Cuántas máscaras pueden colocarse sobre
los cuerpos desnudos de hombres y mujeres?