Desde hace tiempo la
política ha sido monetarizada. La acción política ha pasado a ser dominada por
la lógica del dinero. Este es uno de los
grandes logros del neoliberalismo, que está detrás de los debates que se han
dado a partir del plan de gobierno de López Obrador en México.
Cuando se discute sobre el
monto de los salarios de los funcionarios de gobierno (integrantes del poder
ejecutivo, legisladores, jueces y magistrados), el fondo del asunto parece ser
el debate sobre la ética política y la función gubernamental. Pero lo que está
detrás, es una forma de discusión en la
que las variables económicas se colocan por sobre las variables de la política.
Al discutir el monto de los salarios de un funcionario público, queda claro que
el valor del dinero se sobrepone al contenido y la acción política. Primero es
el dinero, lo demás es secundario.
Pero no es solo el asunto de
los salarios de los funcionarios. Después del 1 de julio, las variables económicas
han hegemonizado a la discusión política: la deuda pública, el adelgazamiento
del gasto gubernamental, los alcances del presupuesto para subsidiar a los
grupos vulnerables, la venta del avión presidencial, la posible privatización
del aeropuerto de la ciudad de México, etc.
Lo que se da a notar, es que
los contenidos económicos se colocan por sobre los contenidos políticos. Esto
es una muestra del dominio neoliberal en México y en el mundo. En términos marxistas,
el triunfo del neoliberalismo se define por la dominación del “valor de cambio”
(representado por el dinero y los circuitos financieros) por sobre el “valor de
uso” (las formas de vida concretas de las personas).
El valor monetarizado del
dinero es colocado por el sobre el valor humanizante de las vidas de las
personas. Uno de los mandamientos del neoliberalismo establece que los
problemas de justicia social, pobreza y marginación, se resolverán solamente a
través del control de las variables macroeconómicas. Las vidas de las personas
que sufren, se juegan en los malabarismos de la macroeconomía y las finanzas
públicas. El futuro gobierno de López Obrador va quedando capturado en la jaula
neoliberal que monetariza toda posibilidad de acción política desde la
izquierda.
¿Es posible colocar a las
formas de vida concretas de las personas (el “valor de uso”) por sobre el
dinero y los circuitos financieros (el “valor de cambio”? Por supuesto que es
posible, esto ha sido teorizado por Bolívar Echeverría, quien interpreta a Marx
poniendo énfasis en el concepto de “valor de uso” y construyendo el concepto de
“ethos barroco”, como una forma de
resistencia ante la monetarización y la mercantilización de las vidas de los
seres humanos. El “ethos barroco” de Bolívar Echeverría plantea una
desmonetarización y una desmercantilización de las formas de vida.
Pero lo que se observa de
lleno en las discusiones políticas posteriores a las elecciones del 2018 en
México, son las dificultades e incluso las imposibilidades para desmonetarizar
y desmercantilizar a la política. La agenda del plan de gobierno de López
Obrador, las agendas de los gobiernos de izquierda en América latina, están
capturadas por un circuito conceptual y procedimental dominado por las fuerzas
vivas del neoliberalismo.
La izquierda no ha sido
capaz de plantear formas de vida alternas más allá de la teoría o de los
experimentos del comunitarismo zapatista, que son un islote de resistencia ante
la monetarización y la mercantilización de la acción política.
Los debates visibles en la
izquierda mexicana se decantan a partir de los conceptos monetarizados y
mercatilizados de la macroeconomía neoliberal. El mismo debate sobre la lucha
en contra de la corrupción que es el eje de gobierno de López Obrador, es un
asunto monetarizado y mercantilizado que se mide a partir del ahorro de dinero
para ensanchar el presupuesto y el gasto público.
Lo que los gobiernos de
izquierda en América Latina han hecho para luchar en contra de la
monetarización y la mercantilización de la política han sido actos simbólicos,
aunque no de poca envergadura. El caso de José Mujica en Uruguay es
representativo de la austeridad ante la cueva de Ali Babá y los 40 ladrones del
neoliberalismo. Mujica se mostró distante, lo mismo de la ambición monetaria
que de la ambición política, su caso se convirtió en emblema para oponerse a la
fastuosidad de la vida de los políticos en América Latina. La sencillez de la
vida de Mújica es un desprendimiento simbólico de las formas de vida neoliberalizadas
de los políticos lationoamericanos, pero no es un desprendimiento estructural
de las formas de vida del neoliberalismo dominadas por el dinero y la
mercancía.
López Obrador aspira a
seguir el camino de Mujica, postulando una austeridad republicana que se verá
reflejada en la vida del futuro presidente y en las mismas políticas públicas.
Pero esto no significa que se esté dando lugar a una desmonetarización y una
desmercantilización de la política. La austeridad de Mujica o la de Lopez Obrador
no escapan de los circuitos de captura de monetarización y mercatilización de
la política. Esta es una de las tragedias de la izquierda en el siglo XXI.