Toda militancia trae consigo una o
varias formas de ceguera. De forma voluntaria o involuntaria, el militante deja
de percibir lo que le resulta incómodo o inconveniente en la justificación
ideológica de lo que piensa y lo que hace en la defensa de una(s) causa(s). La
militancia es una forma de encerrarse en un contenido discursivo que está
atravesado por inconsistencias, fisuras y contradicciones. Son muy pocos los
militantes que son conscientes de las inconsistencias, fisuras y
contradicciones que los atraviesan ideológica y políticamente. Y son menos aún,
los que hacen algo ante ello.
Una de las inconsistencias en el
discurso de Morena es la sobreinterpretación del problema de la corrupción en
México. La interpretación sobredimensionada de la corrupción ha llevado a
concebir este problema como la causa y la consecuencia de todos y cada uno de
los males que vive México. La disminución o eliminación de la corrupción en
México, si es que llega a darse, no es la llave que permitirá abrir las puertas
a la solución de todos y cada uno los problemas. La corrupción es un problema
entre un cúmulo de problemas que se han acrecentado y complejizado en las
últimas décadas.
Una de las fisuras que comienza a
mostrar Morena, son las pugnas internas por los espacios de poder en el
gobierno y el partido. Al interior de Morena, ya se dejan ver las ambiciones
personales y de grupo, los pactos dudosos y las jugadas maquiavélicas que
llegan incluso a la antropofagia. Si perro no come perro, político si come
político. Se trata de allanarse el camino en la escalera para seguir trepando
hacia las cumbres del poder.
Una de las contradicciones que ya se
muestran en Morena es la repetición de los vicios que antes fueron criticados
desde la oposición. Diversos medios, entre los que destaca “El Diario de
Chihuahua”, informaron estos días sobre los actos de nepotismo y de conflicto
de intereses en la Secretaría de Bienestar del gobierno federal en Chihuahua.
Los señalados por actos de nepotismo o de conflicto de intereses son tres de los
coordinadores regionales de la Secretaría del Bienestar en el estado: Luis
Fernando Duarte González de Parral, Marcelino Gómez Brenes de Chihuahua e
Ivonne Contreras Peinado de Guachochi. Hasta el momento, ni los funcionarios
señalados, ni Juan Carlos Loera, quien está al mando de los señalados, han dado
explicaciones convincentes sobre los actos de nepotismo o de conflicto de
intereses.
Las inconsistencias, las fisuras y las
contradicciones dejan ver una serie de fallas que le resultan incómodas e inconvenientes
a la militancia morenista. Pero una de las cualidades de la militancia tiene
que ver con la elaboración de mecanismos discursivos, para justificar o para
dejar de lado lo que resulta incómodo o inconveniente.
Hay veces en que la militancia se muestra
como una fe, en un territorio en el que la política colinda con la religión. La
militancia puede llegar a convertirse en una feligresía. Cuando la militancia
es una fe, se elabora un discurso cuyo fondo es un credo que resulta
incuestionable, y cuya forma es el ropaje de una pureza que puede cruzar el
pantano decenas de veces sin mancharse.
Hay veces también, en que la militancia
queda impregnada por los beneficios económicos y políticos del poder. Cuando se
llega al poder, cuando los salarios aumentan exponencialmente y los beneficios
del quehacer político se acrecientan, la militancia se transforma (o se
trastorna). El idealismo del militante se entremezcla entonces con el
pragmatismo en el ejercicio de un poder que otorga dividendos, personales y de
grupo. Ya no se lucha únicamente por el ideal de cambiar al mundo, se lucha
también para permanecer en la nómina y en la red de beneficios que se abren a
través de las relaciones de poder. Bajo estas condiciones, la frase: “el futuro
ya no es como antes”, puede ser leída de forma irónica.
Lo que se está viviendo durante los
primeros meses del gobierno de López Obrador, trae consigo una transformación
de la militancia partidista de la izquierda. Después del 2018, la militancia
partidista de la izquierda mexicana ya no será la misma. De inicio comienzan a
suceder dos cosas a las cuales hay que observar con detenimiento: el
debilitamiento de la verdad del militante de la izquierda partidista y el brote
de una serie de manchas que esbozan una impureza ética y política.
Por un lado, la verdad que sostiene al
discurso y las acciones del militante de la izquierda partidista ha comenzado a
ser cuestionada en los hechos, y mientras más avance el sexenio esta verdad
será cuestionada de una forma más insistente y sistemática. Por otro lado, la
ética que ha sido uno de los bastiones de la protesta y los actos de
resistencia desde la izquierda, comienza a quedar manchada por actos que
resultan cuestionables ante la opinión pública.
Ambas variables estarán trazando lo que
será la transformación de la militancia de la izquierda partidista en México.
Desde la militancia que toma la forma de una feligresía, los morenistas
defenderán a capa y espada a los funcionarios que sean señalados por faltar a
la verdad y la justicia de su credo. Desde la militancia que ya ha bebido las
mieles del poder y del presupuesto, los morenistas le darán forma a una
maquinaria en las redes sociales y en la prensa para defenderse de “las falsas
acusaciones”, “las percepciones sesgadas” y “los señalamientos imprecisos”. Que
no se nos olvide que hacer el vacío, andarse por las ramas y darse baños de
manteca, son un deporte nacional entre los políticos mexicanos.
A fin de cuentas, la verdad en el siglo
XXI es una fábrica que transita entre lo real y lo imaginario, entre lo
consciente y lo consciente. La verdad es un vaso medio lleno o medio vacío, que
está antes o después del trago que le dan los políticos a la sustancia acuosa
del poder.
Ante el proceso histórico en el que la
militancia partidista de la izquierda en México se transforma (o se trastorna),
hay una pregunta que resulta ineludible: ¿Ya en el ejercicio del poder después
del 2018, que significa para el militante la izquierda partidista la
congruencia?...