La izquierda mexicana no termina de
sacudirse todavía, su lugar es un territorio ideológico y político que está
lleno de interrogantes. El reciente proceso electoral trae consigo una mutación
profunda de la izquierda mexicana, que inicia en 1988 y que se extiende hasta
los años que le siguen al 2018.
Después de 30 años de acercarse al
triunfo electoral, la izquierda arriba al poder y sigue sacudiéndose. Lo que se
ha referido como un “tsunami electoral” en la definición del triunfo
lópezobradorista, trae consigo la convulsión interna de la izquierda, que no
termina de estructurarse ideológica y políticamente hacia el siglo XXI.
El teórico de la izquierda Massimo
Modonesi, titula de manera provocadora un artículo: “Cuando puede ganar lo que
ya no es izquierda” (“Desinformémonos”, 11 de julio de 2018). La afirmación de
Modonesi que cuestiona de fondo al proyecto de Lopez Obrador es radical. ¿Si el
lópezobradorismo “ya no es izquierda”, qué es entonces la izquierda? ¿Cómo se
puede tener claridad sobre un proyecto ideológico y político, que puede ser o
no ser de izquierda en el siglo XXI? ¿El proyecto lópezobradorista es de
izquierda o no lo es?
El debate se traslada al punto de
confrontación entre el marxismo ortodoxo y los revisionismos del siglo XX.
¿Dónde termina la legitimidad ideológica y política de un proyecto de izquierda
en el siglo XXI, mientras los debates teóricos sobre esta fuerza comienzan a
ser habitados y dominados por las posturas posmarxistas de Žižek, Laclau y
Butler? Está claro que los debates posmarxistas rompen con el marxismo y con la
postura ideológica y política ortodoxa que se manifestó en el socialismo real del
siglo XX (la Unión Soviética, la Alemania oriental y el caso de Cuba en América
Latina).
Mientras Modonessi habla desde una
radicalidad ideológica y política que busca el retorno al Marx original. Otros
autores (Žižek, Laclau y Butler) conciben a la izquierda a partir de posturas
menos ortodoxas, que aprueban las alianzas en base al concepto de “hegemonía”
de Gramsci.
El eje teórico del posmarxismo son las
alianzas que se construyen de manera permanente, en lo electoral y lo
gubernamental. Para Laclau, la posibilidad de avance de las izquierdas son las
alianzas elaboradas sobre coyunturas como la que se vive actualmente en México.
Según este autor, se requiere que las izquierdas construyan un programa en
común, que las lleve a postular un bloque aliancista que logre dominar el
espacio político a partir de diversos motivos de lucha como la desigualdad
social, el asunto del género, la interculturalidad, etc. En el caso del
lópezobradorismo, los motivos que permiten cohesionar una alianza electoral y
gubernamental, son la lucha en contra de la corrupción y la búsqueda de la
justicia social que limite la desigualdad.
Desde 1988 hasta la fecha, lo que ha
definido a la izquierda mexicana es un aliancismo que se manifestó primero en
el Frente Democrático Nacional, que postuló la candidatura presidencial de
Cuauhtémoc Cárdenas y que posteriormente dio lugar a la fundación del Partido
de la Revolución Democrática. Tanto la candidatura presidencial de 1988 como la
fundación del PRD un año después, orbitaron alrededor de la figura de Cárdenas,
quien se convirtió en factor de cohesión y pugna al interior del perredismo.
En el caso específico de la alianza de
la izquierda en el 2018, lo que está en duda son tres cuestiones:
1º.- Los límites de las alianzas que
sobrepasaron al centro y se inclinaron hacia la derecha empresarial y
religiosa.
2º.- La construcción de una alianza
alrededor de la figura de un personaje que se impone bajo la forma del
caudillo.
3º.- La falta de claridad de un proyecto
de política económica de corte antineoliberal.
A partir de las alianzas electorales en
2018, la izquierda morenista se proyecta ideológica y políticamente abigarrada.
Esto queda manifiesto en el título de un artículo de la revista “Proceso”:
“Morena convertido en un revoltijo político que saca chispas” (16 de junio de
2018). Las “chispas” a las que se refiere este artículo habrán de saltar en el
momento en que los grupos que se aliaron alrededor de López Obrador comiencen a
tomar forma y fuerza en la lucha por los espacios de poder. Los intereses de
las diversas fuerzas políticas que son parte de la alianza lópezobradorista, se
pondrán en juego de inmediato y se desplegarán hasta la definición de la
candidatura presidencial de Morena en 2024.
Lo más problemático para la izquierda
que arriba al poder en el 2018 es la figura misma de López Obrador, garante
casi absoluto del proyecto de gobierno y del proyecto de partido. En las
últimas décadas, las luchas de la izquierda electoral han sido equilibradas a
partir de la figura del caudillo. En los primeros años del siglo XXI, el
caudillismo de la izquierda se trasladó del cardenismo hacia el
lópezobradorismo.
Cuando la figura del caudillo comienza a
desdibujarse y aparecen otras variables como las luchas entre los grupos que
buscan los espacios de poder, lo que se ha mostrado es la ley de la selva que
deja a un lado la ética y los principios ideológicos. En la izquierda electoral
la lucha por ocupar espacios de poder ha sido descarnada.
Por lo pronto, la figura de López
Obrador garantiza un cierto equilibrio en el proyecto gubernamental y del
partido. Pero esta variable se irá jugando al lado de otras variables en lo
local y lo nacional.
En el gobierno de López Obrador no
resulta claro un proyecto de política económica de corte antineoliberal. Esto
quedó manifiesto en el debate en torno a la reforma energética que se generó
entre Paco Ignacio Taibo y Alfonso Romo durante el mes de marzo.
Tal parece que las medidas de política
económica del gobierno de López Obrador no afectarán a los intereses de las
fuerzas vivas del neoliberalismo. En todo caso, se esperaría que entre las
medidas de política económica del nuevo gobierno se adopten mínimamente las
recomendaciones que plantea el economista Thomas Piketty (“El capital en el
siglo XXI”, 2014).
Piketty recomienda la creación de
medidas impositivas que limitan la acumulación desmedida de riqueza por parte
del empresariado. Pero estas recomendaciones no modifican de fondo las
estructuras del neoliberalismo. El de Piketty es un neoliberalismo humanizado,
cuya máscara sigue siendo el dominio macroeconómico por sobre las vidas
concretas de los hombres y mujeres marginados por el sistema. En el peor de los
casos, López Obrador ni siquiera aplicaría las medidas impositivas recomendadas
por Piketty.
Se ha dicho que después del 2018, con el
arribo al poder, la izquierda jamás será la misma. Pero esta afirmación resulta
debatible. Desde hace cuatro décadas la izquierda viene siendo lo mismo: una
fuerza que comienza a instalarse ideológica y políticamente más allá del
marxismo ortoxo, un proyecto que parece no tener los arrestos ni la potencia
para sobreponerse al neoliberalismo, y en el caso mexicano, la reiteración de
un aliancismo que gira en torno a la figura del caudillo, que se convierte
problemáticamente en garante del futuro de la izquierda.
La izquierda fija la posibilidad de la
esperanza en un territorio plagado de incertidumbres. Con el arribo al poder la
esperanza de una transformación queda a prueba y habrá de fijarse sobre los
hechos en el ejercicio de gobierno. El sexenio que va del 2018 al 2024 será un
espejo en el que la izquierda mexicana habrá de mirarse desde distintas
perspectivas y con diferentes intensidades.
Pero una cosa debe quedar clara, las
posibilidades de la izquierda no se agotan en un solo proceso electoral, ni en
un solo sexenio.