La única manera de cruzar el
pantano y no mancharse es la posibilidad de ser alguien no terrenal. Alguien
que flote de manera permanente en el aire. En el caso de los políticos de
cualquier filiación partidista, tarde o temprano terminan colocando los pies
sobre el suelo de la historia. Y en el caso del suelo de la historia del México
reciente, queda claro que es un lodazal donde la tierra se mezcla con los
escupitajos de las componendas políticas, con los orines de la corrupción y con
la sangre de miles de víctimas del crimen organizado.
Toda ave que cruza este
pantano termina colocando sus garras sobre un sitio cualquiera, sobre una
superficie terrenal que no puede ser garantizada como totalmente pura. No hay
que olvidar tampoco, que los pantanos también son subjetivos, forman parte del consciente y el
subconsciente de los seres humanos.
La política es un territorio
impuro, es un lugar donde los seres humanos pueden llegar a mostrar lo mejor al
lado de lo peor. La evidencia más impura de la política son los pactos que se
convierten en traiciones y los procesos electorales donde los ciudadanos
depositan la fe en un candidato que incumple sus promesas.
La promesa mayor del proceso
electoral del 2016 que llevó a Javier Corral al gobierno del estado, fue el
encarcelamiento de César Duarte. En el proceso electoral del 2018, donde
convergen las elecciones locales y las federales, la cabeza de Duarte sigue
siendo un trofeo deseado por unos (los ciudadanos chihuahuenses y los panistas)
y negado por otros (los priistas y otros grupos de poder más allá del priismo).
El mayor problema al que se enfrenta
la lucha corralista por la “dignidad”, es que el encarcelamiento de Duarte sigue
siendo una promesa. Ese es el significado rotundo de la caminata por la “dignidad”
del gobierno corralista, lo que está al final de la caminata que inicia este
sábado 20 de enero, es la promesa de una “dignidad” todavía no cumplida.
¿Qué garantías hay de
arribar al puerto de la “dignidad” prometida, de capturar y procesar a César
Duarte con todo el peso de la ley? Ninguna garantía. Entre la liberación de la
orden para capturar y extraditar a César Duarte, procesarlo y aplicar de esta
manera la justicia, están dos factores que pueden convertirse en un pantano: el
territorio donde lo político se mezcla con lo jurídico y el proceso electoral
del 2018. Aunque a fin de cuentas, ambos
factores son parte de un mismo entramado donde la lucha por la “dignidad” y la
aplicación de la justicia, se convierten
en moneda de cambio político y electoral.
La coyuntura electoral del
2018 es un pantano, un lodazal en el que se asoman:
- El desprestigio que llevará
al desbarrancadero al PRI.
- La historia reciente de
dos sexenios panistas que fueron echados por la borda.
- La guerra sucia que habrá
de salpicar de lodo a cada milímetro de los meses por venir.
- Una serie de alianzas que llevan
a la ideología y la política a un pragmatismo vergonzoso.
- Una lucha por la
“dignidad” y la justicia convertida en promesa todavía no cumplida.
- Y una sociedad lacerada
por el crimen organizado y la violencia.
Las variables que enmarcan
la coyuntura del 2018, son un coctel de desventuras que nuevamente va entrando
a la lógica de la mercadotecnia electoral. Es muy posible que César Duarte sea
extraditado y procesado, por 3 o más delitos de los que se le imputan. Es muy
posible que veamos a Duarte tras los barrotes por delitos del fuero federal y/o
local. Pero detrás del montaje que tal vez desemboque en la “dignidad”
prometida, detrás de un acto político que concentró a cerca de 10 mil
chihuahuenses en la Plaza del Ángel, detrás de una marcha cuyo final sigue
siendo una promesa, seguirá estando la lucha por el poder.
Por más que Javier Corral
quiera deslindar el asunto de la lucha por la “dignidad” del proceso electoral
y de los partidos integrantes de la coalición Por México al Frente (PAN, PRD y
MC), esto es imposible. Por más que Corral admita que no está en sus
pretensiones ser candidato a la presidencia de México en el proceso electoral
del 2018 o del 2024, hacia adelante se dibuja el deseo de poder.
Cuando la lucha por la
“dignidad” está atravesada por la lucha que busca el poder es imposible solicitar
inocencias, es inútil hacer un llamado a la pureza. La política del siglo XXI
es un lugar de claroscuros.