Cuerpos abatidos en las calles, con el
tiro de gracia. Cuerpos rotos, demasiado rotos por la saña con la que fueron
asesinados y descuartizados. Cuerpos colgados de los puentes, convertidos en la
semilla de lo que somos y no terminamos de ser.
Cuerpos sepultados en los patios de las casas o en fosas clandestinas. Cuerpos
cocinados en tambos de ácido, llevados hacia la desaparición y lo vacío, hacia
la angustia que tiene lugar al no encontrarlos. Cuerpos apilados a lo largo de
los años y los días, que no dejan de crecer y esparcirse por todos los lugares
y rincones. Cuerpos que acercan su muerte hasta los lugares donde jugamos
cuando niños.
Miles de cuerpos que son un mapa de la
violencia que comienza y termina en el fracaso de nuestras formas de hacer
política y construir sociedad, rastros de una animalidad que no logra ser
contenida por las herramientas de convivencia que hemos inventado a lo largo de
siglos en occidente. ¿Dónde comenzó nuestro fracaso? ¿De qué maneras nuestras formas de vivir se
han convertido en una necropolítica, donde el asesinato, el miedo y la zozobra han
llegado a ser los mecanismos más notorios del control político y social?
Los espacios públicos y privados son
un mapa de la violencia cuya forma más nítida es la muerte. Las notas de la
sección policiaca precisan las coordenadas donde suceden las ejecuciones y los
enfrentamientos: cruces de calles, estacionamientos, parques, colonias
populares o fraccionamientos privados, negocios y oficinas públicas. No existe un
solo lugar que no haya sido invadido por los asesinatos del crimen organizado. Hay
cientos de lugares que no identificamos todavía, convertidos en cementerios
clandestinos. Todo el espacio que nos rodea está cruzado por los estragos de la
violencia y la muerte. Es una mancha histórica que no termina de extenderse.
Desde hace tiempo las coordenadas de
nuestros espacios de vida han comenzado a ser identificadas por los mapas de la
violencia y la muerte. Cuando sucede una ejecución en la ciudad donde vivimos,
es común que la primera reacción sea pensar la cercanía de ese acto de
violencia con nuestros espacios de vida cotidiana: la casa, el lugar de
trabajo, la escuela. Los espacios donde
vivimos han sido trastocados de manera rotunda.
Recientemente, haciendo uso de las
herramientas de Google Maps, la
investigadora María Salguero diseñó un mapa de los feminicidios ocurridos en
México entre los años 2016 y 2017 (“El Universal”, 23 de abril de 2017).
Simbolizando las muertes de mujeres con una cruz enmarcada en un círculo rojo,
el mapa elaborado por Salguero cubre casi por completo al territorio nacional.
Los mapas geográficos de la economía y la política, están siendo sustituidos
por los mapas de la violencia de género, las ejecuciones y las desapariciones.
Falta elaborar decenas de mapas todavía: de las miles de ejecuciones del
narcotráfico en su conjunto, de los levantones, de asesinatos a periodistas y
defensores de derechos humanos, de las fosas clandestinas, de las
confrontaciones entre los integrantes del crimen organizado y las fuerzas policiales,
de los espacios donde se violan los
derechos humanos, de los territorios donde tiene lugar el estado fallido. La
acumulación de estos mapas son las marcas de los años que nos toca vivir, son
nuestro mapa psicológico a la manera de una maldición.
Nellie Campobello relató en una serie
de cuentos un momento similar al que vivimos en estos años los chihuahuenses
(“Cartucho. Relatos de la lucha en el norte de México”, 2013). Fueron los años
de la revolución Mexicana:
“Ya mataron a Bartolo allá en
Chihuahua, estaba tocando la puerta de su casa. Nadie sabe quien, pero lo
cosieron a balazos.”
“Traen un muerto –dijeron-, el único
que hubo en el cerro de la Iguana. En una camilla de ramas de álamo pasó frente
a mi casa…”
“No me saltó el corazón, ni me asusté,
ni me dio curiosidad; por eso corrí. Los encontré uno al lado del otro. Zequiel
boca abajo y su hermano mirando al cielo. Tenían los ojos abiertos, muy azules,
empañados, parecía como si hubieran llorado.”
“Destripen todo, busquen donde sea.
Picaban todo con las bayonetas, echaron a
mis hermanos hasta donde estaba Mamá, pero él no nos dejó acercarnos a Mamá.
Me revelé y me puse junto a ella, pero él me dio un empellón y me caí… Ella ni
con una ametralladora hubiera podido pelear contra ellos. Los soldados pisaban
a mis hermanitos, nos quebraron todo…”
La violencia narrada por Nellie
Campobello es un mapa de los estragos causados por la revolución mexicana en
diversas poblaciones del estado de Chihuahua. El personaje principal de los
cuentos de Campobello es la muerte que se hace presente en distintos lugares de
diferentes formas. Aquellas historias sucedieron cuando la escritora era una
niña que fue testigo la barbarie.
Existen algunas similitudes entre la
muerte y la violencia narrada en los cuentos de Nellie Campobello, con la muerte y la violencia que hoy vivimos.
Pero hay diferencias de fondo entre ambas. En nuestros días la violencia y la
muerte ocupan cada espacio que vivimos: el cine, los programas de televisión y
los noticiarios, los videojuegos, la música,
la literatura, los espacios escolares y laborales, la política y la sociedad en
su conjunto. Nellie Campobello logró relatar la cotidianeidad de la violencia y
la muerte a través de los ojos de una niña, la violencia y la muerte que hoy
vivimos está siendo narrada y registrada en fotografías por cientos de periodistas y escritores. Estamos hablando de
una acumulación y una expansión de la violencia y de la muerte, cuyas formas y
límites son imprecisos todavía.
En mayo del 2015, el gobierno del
estado encabezado entonces por César Duarte,
montó una exposición con la finalidad de “mantener vivo el horror de la
violencia”. El objetivo de “La galería de la memoria y la recuperación de la
paz”, instalada en el centro de la ciudad de Chihuahua, resultó desconcertante.
¿Cuál era el sentido de montar una
exposición con fotografías de escenas del crimen impregnadas de sangre, de
cadáveres torturados y mutilados? Las fotografías fueron dantescas, a través de
ellas podían caminarse los pasillos del
infierno. Lo real de la violencia y de la muerte se mostró de manera
descomunal. Ante las protestas y la oposición de académicos y luchadores
sociales, las fotografías de violencia y muerte extremas fueron retiradas y
colocadas otras.
En aquéllas imágenes quedó registrada
lo actual de la muerte. Esta es la forma de la muerte que se nos hace presente
hoy en día, que se repite del año 2008 hacia el año 2017, en los asesinados, los
levantados y los desaparecidos, en los
cálculos estadísticos que van configurando una matemática del horror. Sobre
esta forma actual de la muerte no tenemos por qué guardar silencio, es una
parte del infierno del cual somos testigos.