Lo mismo en la izquierda que
en la derecha se dejan ver los indicios de una disolución ideológica de la política.
En los dos últimos años y de cara al proceso electoral del 2018, las borraduras
de la ideología se acumulan una sobre otra.
Hay una serie de virajes en
la izquierda mundial a partir de 1968, a partir de la Primavera de Praga, el
Mayo Francés y las movilizaciones de estudiantes universitarios en México. Lo
más significativo de las movilizaciones de 1968 es la emergencia de lo que
Frederic Jameson y Terry Eagleton refieren como el “giro cultural”. La lucha de
clases dejó de ser el eje ideológico en las formas de hacer política entre las
izquierdas y fueron tomando forma los movimientos feministas, étnicos, ecologistas y contraculturales en general.
El año clave de 1968 derivó
en una serie de acontecimientos que desplazaron ideológicamente el trabajo
político de las izquierdas, desde la lucha de clases hacia otros territorios. En
1994, con el surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, una
parte de la lucha de la izquierda se desplaza hacia la defensa de las causas
indígenas y el poscolonialismo. También en la década final del siglo XX tomaron
fuerza los movimientos feministas que luchan contra la violencia de género. Las
activistas del feminismo en Chihuahua, que se organizaron ante los asesinatos
de mujeres en ciudad Juárez son punta de lanza para la izquierda feminista en
México.
¿Puede entenderse el hecho
del “giro cultural” que desplazó el quehacer político de las izquierdas desde
la lucha de clases hacia otros territorios, como una disolución ideológica de
esta fuerza política? En los debates académicos del marxismo posestructuralista, este
desprendimiento y desdoblamiento ideológico ha sido interpretado desde diversos
flancos. La postura más crítica a este respecto ha sido elaborada por el
filósofo esloveno Slavoj Žižek, quien elabora el concepto de “pospolítica”:
«En la “pospolítica” el
conflicto entre visiones ideológicas globales, encarnadas por los distintos
partidos que compiten por el poder, queda sustituido por la colaboración entre
tecnócratas ilustrados (economistas, expertos en opinión pública…) y los
liberales multiculturalistas: mediante la negociación de los intereses se
alcanza un acuerdo que adquiere la forma de consenso más o menos universal.»
(“En defensa de la intolerancia”, 2010).
Para Žižek, la “pospolítica”
es un territorio de disolución de la ideología, en donde la izquierda marxista
que lucha por las causas de los indígenas, las mujeres, el medio ambiente,
etc., termina pactando con los operadores del neoliberalismo. Desde este punto
de vista, las luchas indígenas, el feminismo, el ecologismo y otros movimientos
del llamado “giro cultural”, terminan siendo
capturados y sometidos por una serie de jugadas ideológicas y políticas de
corte neoliberal. En diversos de sus libros, Žižek aboga por un retorno a la
categoría de “lucha de clases”, como cimiento y eje ideológico para definir el
quehacer político de la izquierda.
Desde el marxismo
posestructuralista estos debates tuvieron un punto álgido en la primera década
del siglo XXI, con la publicación del libro “Contingencia, hegemonía,
universalidad” (2003). En este texto debaten Slavoj Žižek, Ernesto Laclau y
Judith Butler. Zizek defiende la prominencia de la categoría de “lucha de
clases” en el trazado del quehacer político de la izquierda, mientras que
Laclau y Butler reclaman el reconocimiento de las categorías de “género”,
“etnia” y “ecología” para re-trazar a partir de ellas los motivos ideológicos
de lucha en la izquierda.
La lectura de Žižek, de
Laclau y Butler resulta complicada, son autores que han elaborado sus teorías
en un territorio teórico que camina entre el marxismo y el psicoanálisis
lacaniano. Para entender el lenguaje y los conceptos que plantean estos
autores, es necesaria una lectura intensiva del marxismo y del psicoanálisis.
En el plano electoral las
borraduras ideológicas de la izquierda en México comenzaron a mostrarse con mayor contundencia hacia la
década de 1980. Con la fundación del PRD, la hoz y el martillo de color
amarillo que se trazaron sobre un fondo rojo (ícono del marxismo y bandera de
la extinta URSS), fueron desplazados por la imagen de un sol negro que se
estampó sobre un fondo amarillo. El lema de gobierno del “nuevo amanecer” de
Javier Corral resulta cercano en su significado al “sol” del PRD, ambos
símbolos políticos aluden a la luz que busca sobreponerse a una oscuridad.
En 2018, las alianzas de
López Obrador con algunos priistas y empresarios han generado una serie de debates
que parecen irresolubles. En Morena, de un lado están a quienes se les ha
llamado “puritanos de la izquierda” o “nostálgicos del marxismo”, que aún
defienden el contenido ideológico por sobre una estrategia político-electoral
pragmática. Del otro lado están los “pragmáticos de la izquierda”, los
“tejedores de pactos” que ponen la mira en el triunfo electoral del 2018 a toda costa. Entre ambos, la práctica
política en las filas de Morena camina sobre el filo de la navaja asomándose al
abismo de las incertidumbres, hacia un lado y hacia el otro.
La alianza del PAN con el
PRD está también trazada sobre una serie de borraduras ideológicas que resultan
sospechosas. Este es el mismo caso de la alianza de una parte de la izquierda
chihuahuense con el gobierno de Javier Corral. No queda claro si en Chihuahua
el Barzón se empanizó o si el PAN de Corral fue inoculado por el Barzón.
Aquí cabe hacer dos
preguntas que resultan clave: ¿Es la ideología lo que funda el quehacer de la
política? ¿O es el quehacer de la política lo que funda la ideología? Ambas
preguntas resultan clave para los debates del marxismo posestructuralista.
La primera pregunta antepone
la ideología al quehacer de la política y plantea entonces un sustancialismo
ideológico. En este caso, los contenidos ideológicos son los que determinan al
quehacer de la política. El marxismo del
siglo XX es el territorio más significativo en el cual la sustancia ideológica
se coloca por sobre el quehacer de la política.
La segunda pregunta coloca
al quehacer de lo político por sobre los contenidos ideológicos. Aquí la ideología
no posee una determinación ni una consistencia que se cierran sobre sí mismas,
sino que la ideología es un trazado que se amolda a los contenidos del quehacer
político. Cuando el quehacer político se sobrepone a los contenidos ideológicos
se abre un territorio que le da mayor peso al pragmatismo.
Entre estas dos posturas, la
izquierda se mira en el espejo del siglo XXI, tratando encontrar una imagen lo
suficientemente nítida que le permita reconocerse en lo presente y en lo
futuro. El caso de la candidatura de Marichuy, el Congreso Nacional Indígena
(CNI) y el EZLN, amerita un análisis por separado y sería materia de otro
artículo…