I
Las guillotinas se afilan en la etapa
final de los trienios o los sexenios. Lo que brilla en sus filos, son las
formas de poder que se hacen presentes a través del deseo. Hay que ir
preparando el escenario de la plaza pública para las decapitaciones. Y mientras
las masas se arremolinan alrededor del acto clamando por la idealidad de una
justicia que no termina por cumplirse a plenitud, mientras los verdugos hacen
que las cabezas rueden y que se formen pequeños hilillos de sangre que llegan
hasta nuestros pies, brota la manifestación de lo deseado por los políticos y
por los ciudadanos, entre los puestos públicos y las promesas de campaña, entre
los pasillos del poder que se trazan a distancia de la vida diaria de la gente
y los reclamos ciudadanos que no cesan: para detener la corrupción
gubernamental, para que el aumento a la gasolina y otros productos dejen de
asfixiar a la economía familiar, para mejorar el transporte, para que la
seguridad pública nos permita vivir con cierta tranquilidad.
El poder está atravesado por deseos e
intereses que se hacen manifiestos y que van dejando rastros por doquier. El
poder se distiende en forma de deseo, del proceso electoral federal del 2015
hacia las elecciones locales de 2016, y de ahí hacia las elecciones
presidenciales y locales del 2018. Lo que va quedando en medio son los rastros
de los deseos y los intereses de los participantes, son las manifestaciones de
un poder que resulta deseado por todos, desde una u otra trinchera, bajo una u
otra forma, el poder se desea entre lo claro y lo oscuro, entre lo manifiesto y
lo que suele buscar escondites por doquier. El poder se desnuda y se desborda,
se viste de colores partidarios que conviven conflictivamente con los reclamos
ciudadanos, y pasa de las oficinas gubernamentales a las protestas callejeras. El
poder que resulta trastocado y que trastoca, que se mimetiza en forma de pactos
y de alianzas, y que a veces nos cae encima como si fuera un monstruo. Por
todos lados va quedando manifiesto el deseo del poder, para iluminar lo que nos
queda del mundo (a la manera de José Mujica en Uruguay) o para oscurecerlo bajo
la densidad de la noche (a la manera de Donald Trump en Estados Unidos).
II
Hay que colocar las cabezas de los
sacrificados en la picota de los medios de comunicación masiva y las redes
sociales para ofrecerlas simbólicamente como decapitación de la maldad, la
corrupción política y la inutilidad gubernamental. Repetidas veces, las cabezas
son cortadas de manera violenta, con lentitud o de un solo tajo: la de Carlos
Salinas de Gortari, la de Vicente Fox, la de Felipe Calderón y la de Enrique
Peña Nieto.
En Chihuahua, la cabeza del
exgobernador César Duarte continúa sujeta de su cuello, aún no logran
cortársela, aunque el filo de la guillotina parece brillar en lo cercano, como
si fuera la luz de un amanecer cuyos orígenes discursivos y políticos están
hechos de promesas. Venga ya la cabeza de César Duarte, que la navaja de la
guillotina caiga y la separe de su cuerpo político, que la veamos expuesta como
un trofeo que pueda presumir Javier Corral, como una presa de caza perseguida a
lo largo de meses y de años, como un poder político que se impone sobre otro. Que
sea cortada entera, que no se falle al caer la cuchilla sobre ella, porque
pudiera ser un fracaso rotundo, una jugada política en la que los verdugos puedan
tomar el lugar de los decapitados.
De ser cortada la cabeza de Duarte,
podrá venir el grito de júbilo de las masas, podrá venir la algarabía de un
festejo que mira una cabeza expuesta. Uno más que se derrumba y otro más que se
encumbra, aunque sea por unas cuantas semanas, por unos cuantos meses o años. Ya
vendrán otros tiempos y otras cabezas que se pierden en los laberintos de la
política, cuesta abajo de la historia.
Aunque la sentencia aparece trazada de
forma extraña e inexplicable, en la lucha que se extiende electoralmente a lo
largo de los años: que la cabeza permanezca, que no logre ser cortada hasta la
última orilla de su cuello, que persista y siga resollando y emitiendo ruidos
que persiguen al poder político, que desean al poder como si fuera el último
respiro, la última gota de sangre que da continuidad a la vida, entre las
ruinas de lo que hemos llegado a ser.
III
La ruleta de los procesos electorales
continua girando mientras México camina esta etapa histórica impregnada de
claroscuro. El poder político es un botín deseado de manera masiva y a veces desenfrenada
por los integrantes de toda la clase política. No importan los colores ni los
signos partidarios. No importan los eslóganes de campaña o los escudos gubernamentales
que se borran y trazan una y otra vez, para indicar lo efímero de una presencia
en los gobiernos municipales, estatales o federales. Son los signos de un poder
político que se desea, y que termina siendo simbolizado en las plazas públicas
y los documentos oficiales, de un color o de otro, bajo formas que pueden compararse
en sus coincidencias lingüísticas o imaginarias.
El poder sigue siendo deseado. Se
recrean las formas a partir de las cuales se manifiesta su deseo. ¿Quién no
quiere un trozo de poder en forma de luz o de oscuridad? ¿Quién no está
dispuesto a jugar en el ajedrez del poder para dejar de ser una pieza movida
por otros y convertirse en el jugador, en el fabricante del tablero y de las
piezas? ¿Quién no quisiera dejar de ser el espectador que mira detenidamente
las jugadas, para pasar a intervenir, para hacer manifiesto su deseo en la
forma de hacer las cosas, imaginariamente o de facto, aunque se arriesgue la
cabeza, aunque en la jugada se ponga de por medio la posibilidad del sacrificio
propio, aunque la corona y el báculo del poder asumido lleguen a tomar la forma
de una guillotina que pudiera caer sobre la cabeza propia? Ese es el sacrificio
atravesado por el deseo de poder…