martes, 18 de junio de 2019

La guillotina, el deseo del poder y la cabeza de César Duarte (Artículo publicado en la revista "Aserto" - Febrero de 2017)


I
Las guillotinas se afilan en la etapa final de los trienios o los sexenios. Lo que brilla en sus filos, son las formas de poder que se hacen presentes a través del deseo. Hay que ir preparando el escenario de la plaza pública para las decapitaciones. Y mientras las masas se arremolinan alrededor del acto clamando por la idealidad de una justicia que no termina por cumplirse a plenitud, mientras los verdugos hacen que las cabezas rueden y que se formen pequeños hilillos de sangre que llegan hasta nuestros pies, brota la manifestación de lo deseado por los políticos y por los ciudadanos, entre los puestos públicos y las promesas de campaña, entre los pasillos del poder que se trazan a distancia de la vida diaria de la gente y los reclamos ciudadanos que no cesan: para detener la corrupción gubernamental, para que el aumento a la gasolina y otros productos dejen de asfixiar a la economía familiar, para mejorar el transporte, para que la seguridad pública nos permita vivir con cierta tranquilidad.
El poder está atravesado por deseos e intereses que se hacen manifiestos y que van dejando rastros por doquier. El poder se distiende en forma de deseo, del proceso electoral federal del 2015 hacia las elecciones locales de 2016, y de ahí hacia las elecciones presidenciales y locales del 2018. Lo que va quedando en medio son los rastros de los deseos y los intereses de los participantes, son las manifestaciones de un poder que resulta deseado por todos, desde una u otra trinchera, bajo una u otra forma, el poder se desea entre lo claro y lo oscuro, entre lo manifiesto y lo que suele buscar escondites por doquier. El poder se desnuda y se desborda, se viste de colores partidarios que conviven conflictivamente con los reclamos ciudadanos, y pasa de las oficinas gubernamentales a las protestas callejeras. El poder que resulta trastocado y que trastoca, que se mimetiza en forma de pactos y de alianzas, y que a veces nos cae encima como si fuera un monstruo. Por todos lados va quedando manifiesto el deseo del poder, para iluminar lo que nos queda del mundo (a la manera de José Mujica en Uruguay) o para oscurecerlo bajo la densidad de la noche (a la manera de Donald Trump en Estados Unidos).


II
Hay que colocar las cabezas de los sacrificados en la picota de los medios de comunicación masiva y las redes sociales para ofrecerlas simbólicamente como decapitación de la maldad, la corrupción política y la inutilidad gubernamental. Repetidas veces, las cabezas son cortadas de manera violenta, con lentitud o de un solo tajo: la de Carlos Salinas de Gortari, la de Vicente Fox, la de Felipe Calderón y la de Enrique Peña Nieto.
En Chihuahua, la cabeza del exgobernador César Duarte continúa sujeta de su cuello, aún no logran cortársela, aunque el filo de la guillotina parece brillar en lo cercano, como si fuera la luz de un amanecer cuyos orígenes discursivos y políticos están hechos de promesas. Venga ya la cabeza de César Duarte, que la navaja de la guillotina caiga y la separe de su cuerpo político, que la veamos expuesta como un trofeo que pueda presumir Javier Corral, como una presa de caza perseguida a lo largo de meses y de años, como un poder político que se impone sobre otro. Que sea cortada entera, que no se falle al caer la cuchilla sobre ella, porque pudiera ser un fracaso rotundo, una jugada política en la que los verdugos puedan tomar el lugar de los decapitados.
De ser cortada la cabeza de Duarte, podrá venir el grito de júbilo de las masas, podrá venir la algarabía de un festejo que mira una cabeza expuesta. Uno más que se derrumba y otro más que se encumbra, aunque sea por unas cuantas semanas, por unos cuantos meses o años. Ya vendrán otros tiempos y otras cabezas que se pierden en los laberintos de la política, cuesta abajo de la historia.
Aunque la sentencia aparece trazada de forma extraña e inexplicable, en la lucha que se extiende electoralmente a lo largo de los años: que la cabeza permanezca, que no logre ser cortada hasta la última orilla de su cuello, que persista y siga resollando y emitiendo ruidos que persiguen al poder político, que desean al poder como si fuera el último respiro, la última gota de sangre que da continuidad a la vida, entre las ruinas de lo que hemos llegado a ser.

III
La ruleta de los procesos electorales continua girando mientras México camina esta etapa histórica impregnada de claroscuro. El poder político es un botín deseado de manera masiva y a veces desenfrenada por los integrantes de toda la clase política. No importan los colores ni los signos partidarios. No importan los eslóganes de campaña o los escudos gubernamentales que se borran y trazan una y otra vez, para indicar lo efímero de una presencia en los gobiernos municipales, estatales o federales. Son los signos de un poder político que se desea, y que termina siendo simbolizado en las plazas públicas y los documentos oficiales, de un color o de otro, bajo formas que pueden compararse en sus coincidencias lingüísticas o imaginarias.
El poder sigue siendo deseado. Se recrean las formas a partir de las cuales se manifiesta su deseo. ¿Quién no quiere un trozo de poder en forma de luz o de oscuridad? ¿Quién no está dispuesto a jugar en el ajedrez del poder para dejar de ser una pieza movida por otros y convertirse en el jugador, en el fabricante del tablero y de las piezas? ¿Quién no quisiera dejar de ser el espectador que mira detenidamente las jugadas, para pasar a intervenir, para hacer manifiesto su deseo en la forma de hacer las cosas, imaginariamente o de facto, aunque se arriesgue la cabeza, aunque en la jugada se ponga de por medio la posibilidad del sacrificio propio, aunque la corona y el báculo del poder asumido lleguen a tomar la forma de una guillotina que pudiera caer sobre la cabeza propia? Ese es el sacrificio atravesado por el deseo de poder…