martes, 18 de junio de 2019

La política antes o después de las masacres (Artículo publicado en el sitio electrónico de "Aserto" - Octubre de 2017)


I.- Los cuerpos quedaron tendidos a lo largo de las habitaciones del centro de rehabilitación “Uniendo Familias para Vivir Mejor”. La imagen interior del lugar es un contraste entre el color tenue del piso y el color rojo de la sangre que se derramó hasta la banqueta.
La noche del martes 26 de septiembre en la ciudad de Chihuahua extiende sus rastros de muerte sobre las personas atrapadas en la extraña condición de “víctimas”: víctimas del crimen organizado, víctimas de la política que manifiesta su impotencia y sus errores, víctimas de una sociedad que no puede sobreponerse a los estragos de la violencia, víctimas de una historia que se prolonga hacia las primeras décadas del siglo XXI en México.
De nueva cuenta, los habitantes de la colonia Rosario vivieron horas de zozobra y desesperación. Primero, tres minutos de disparos que sacudieron los interiores de las casas y la vida en las calles. El ruido de la metralla que llevó a las personas a tirarse al suelo, cerrar los ojos y apretar los dientes, esperando lo peor. Luego un silencio, una espera de la que brota el miedo ante la muerte de los cercanos o lejanos. Y junto al silencio, los gritos desgarradores de los sobrevivientes y los primeros testigos.
La noche se detiene cuando las sirenas de las patrullas y ambulancias se desparraman en el aire. Las cintas amarillas son colocadas a una cuadra de distancia del lugar, señalando la escena del crimen. Los curiosos y familiares de los internos del centro de rehabilitación comienzan a llegar y surgen las preguntas. Pero no hay respuestas, todavía no hay respuestas de los nombres de los asesinados y los heridos, de los sobrevivientes que recordarán aquello como un pedazo del infierno. La angustia es un nudo en la garganta, cuando el silencio y los gritos se mezclan en un solo amasijo, cuando son inútiles las palabras y quedarse callado es imposible…
II.- Sorprende la distancia, la frialdad de las declaraciones del comisionado de seguridad pública estatal, Oscar Aparicio, al día siguiente de la ejecución masiva de 15 personas en un centro de rehabilitación en Chihuahua. El funcionario estatal declaró que el móvil del asesinato es la confrontación entre dos grupos del crimen organizado: los Aztecas y los Mexicles. Días antes de la declaración de Aparicio sobre la masacre, el fiscal del estado César Augusto Peniche, afirmó que el asesinato de 5 personas en el bar “El show” al norte de la ciudad de Chihuahua, fue debido a una confrontación entre grupos antagónicos que pelean por el control de la venta de drogas.
Las declaraciones del gobernador Javier Corral mantuvieron el mismo tono de distancia y frialdad ante los hechos de violencia: “En realidad no estamos ante un fenómeno de violencia contra la población en general también eso es importante decirlo y no caer en la magnificación que luego sí produce zozobra y angustia en toda la sociedad… Los acontecimientos están muy localizados en un enfrentamiento entre grupos criminales que se disputan las plazas y tenemos algunos elementos ya, dentro de los primeros datos de la investigación, que nos permiten, efectivamente, advertir que hay ajusticiamientos entre ellos por virtud de deserciones, de divisiones o subdivisiones en los grupos criminales en el estado, no se está afectando, vamos a decir, a la población civil en general…” (El puntero, 28 de septiembre de 2017).
La distancia y la frialdad de las declaraciones de Aparicio, Peniche y Corral, se construyen desde la burbuja del poder, detrás de los vidrios blindados, detrás de las escoltas que abren el paso a las camionetas de los funcionarios públicos por las calles, detrás de las ceremonias y protocolos que convierten al poder en un ritual de la verdad. Para los funcionarios públicos, la verdad es un acto de poder que se manifiesta en una declaración pública o en un boletín de prensa, es una trinchera política para defender la posición propia a costa de lo que sea. No hay que olvidar que en la política las verdades son el arma y la armadura, son la pólvora que estalla en contra de los adversarios y la trinchera que protege ante cualquier afectación que pueda imaginarse o concretarse.
Es cierto que las puertas del palacio de gobierno que César Duarte mandó cerrar fueron reabiertas por Javier Corral, es cierto que las audiencias públicas acercan de nueva cuenta a la sociedad chihuahuense y al gabinete del gobierno del estado, pero los distanciamientos se manifiestan de otras formas y comienzan a tomar un contenido diferente. Los distanciamientos de Corral y su gabinete ante la sociedad chihuahuense se manifiestan en la frialdad de sus declaraciones por los asesinatos de septiembre, se manifiestan en la violencia que asemeja los días aciagos de 2008 y 2009, se manifiestan en la impunidad que crece al paso de los días.
III.- Todavía falta poner en claro los territorios donde el crimen organizado y la política se entrecruzan y reconfiguran las formas de vida de los chihuahuenses y los mexicanos. Está demostrado que la corrupción en México es uno de esos territorios donde los capos y los políticos han ido escribiendo una parte lacerante de la historia en las décadas recientes. Cuando Anabel Hernández titula uno de sus libros más notorios con el nombre: “Los señores del narco” (2010), la referencia a “los señores” es un juego verbal que se elabora sobre la ambigüedad. “Los señores” aludidos por Anabel Hernández,  pueden ser los narcotraficantes o los mismos políticos. Hay un territorio en el que la política y el crimen organizado se traslapan. Este territorio nos tiene sumidos en una oleada de violencia que continúa expandiéndose a lo largo y ancho del país.
Queda claro que Javier Corral le declaró la guerra al crimen organizado en Chihuahua, que las acciones emprendidas por la fiscalía del estado son frontales en el combate a la delincuencia. Difícilmente podría mostrarse una colusión entre los integrantes del gabinete de Corral y la delincuencia organizada. Pero, la manera en que las acciones gubernamentales para combatir al crimen organizado en el estado de Chihuahua, se entrecruzan con las acciones mismas de los delincuentes, toman otra forma y otro contenido. Cuando Aparicio, Peniche y Corral declaran que los asesinatos de septiembre en Chihuahua son ajustes de cuentas entre grupos del crimen organizado, que son una lucha por el control del narcomenudeo, que no afectan a la sociedad, de manera indirecta reconocen la presencia del crimen organizado y sus efectos como una sombra incómoda, como un lastre que puede sobrellevarse de una u otra forma.
En las declaraciones de los tres políticos panistas se detectan indicios de una aceptación tácita, incómoda e inconveniente del crimen organizado y sus efectos violentos sobre la sociedad. Esto se muestra en los hechos, va quedando demostrado en los hechos. Es imposible que cualquier gobierno emanado de cualquier partido político, pueda acabar con el crimen organizado que se ha enraizado con tremenda fuerza en la vida económica, social y cultural de México. Una y otra vez las declaratorias de guerra ante el crimen organizado han fallado, lo mismo Calderón, que Peña Nieto o  Corral. Entonces, cuando el poder del crimen organizado irrumpe la tranquilidad social tal como sucedió en Chihuahua en los años 2008 y 2009,  tal como sucede en estos meses, los gobernantes elaboran justificaciones discursivas, mediáticas y de políticas públicas para sobrellevar el asunto, para pasar el trago amargo ante los estragos y los reclamos sociales. Es aquí que surgen los distanciamientos y la frialdad de los políticos, es aquí que los discursos, los recursos mediáticos y las políticas públicas para paliar los efectos del crimen organizado terminan convirtiéndose en un artificio, en un engaño necesario.
¿Verdaderamente, Aparicio, Peniche y Corral piensan que sus declaraciones y explicaciones resultan suficientes, que las posturas que van tomando ante estos acontecimientos pueden justificarse? ¿Qué sucede con los políticos cuando, más allá de su voluntad y de sus posibilidades de acción, son rebasados por las acciones del crimen organizado? ¿Qué sucede cuando los códigos de ética que cuelgan en paredes de las oficinas públicas del gobierno estatal van siendo desmoronados por las acciones del crimen organizado? ¿Qué sucede con la política cuando el crimen organizado se apodera de regiones enteras en un estado, y comienza a trazar una contra-agenda que avanza por sobre las agendas gubernamentales?
Directa o indirectamente, la política del siglo XXI en México está siendo definida por los intereses del crimen organizado. El gobierno de Corral es víctima o victimario de esta historia.