Todavía hace algunos años
había personas que resaltaban la herencia histórica que el PRI construyó a lo
largo del siglo XX mediante el impulso de instituciones como la escuela
pública, la seguridad social (IMSS e ISSSTE), los sindicatos, la industria
nacional y la obra pública. Todavía en la década de 1990 algunos taxistas,
obreros y maestros se atrevían a defender al priismo de los ataques de la
oposición. Esta visión es nostálgica y está cargada de un grado de ingenuidad
que resulta sospechoso. El PRI de mediados del siglo XX que dio lugar al
desarrollo estabilizador (el llamado “milagro mexicano”), es una entidad
política de la que solo quedan los escombros.
Las instituciones
construidas por el PRI en los años posteriores
a la revolución mexicana están sumidas en una crisis de profundas
dimensiones. En los últimos 25 años, la escuela pública ha sido sometida a varias
reformas y la política educativa de Peña Nieto amenaza con la privatización. A
pesar de las recientes reformas de los sistemas pensionarios en México, el IMSS
y el ISSSTE se encuentran en una aguda crisis financiera que se traduce en la
constante de los números rojos y la deficiente atención a los derechohabientes.
El sindicalismo en México pasó de los sindicatos charros a los sindicatos
blancos, entregando la lucha de las clases trabajadoras a los intereses
neoliberales. En el caso de la obra pública, los sexenios de Peña Nieto y de
César Duarte arrojan innumerables indicios de corrupción.
¿Qué es lo que queda
entonces del PRI? ¿Qué es lo que sigue sosteniendo a un partido que desde hace
muchos años se encuentra en el desbarrancadero de la historia? Lo que sostiene
al PRI es una estructura político partidista que está sujeta de espacios de
poder gubernamental y de poder económico que mantienen una intrincada red de
relaciones personales, grupales e institucionales. Lo que sostiene al PRI es una
ideología pragmática que termina manifestándose bajo la forma del cinismo.
El PRI del nacionalismo
revolucionario, el de las grandes instituciones y los grandes logros sociales y
económicos, fue muriendo hacia finales de la década de 1960 y se convirtió en
cadáver político en los años siguientes. Ya en la década de 1990, el PRI tomó
la forma de un Frankenstein neoliberal, que en términos ideológicos dio un viraje
del centro-izquierda hacia la derecha. Este es uno de los rastros de cinismo
ideológico en el PRI.
Ninguno de los militantes
destacados del PRI se atrevió a explicar el viraje ideológico de este partido
durante los gobiernos de Miguel de Madrid y Carlos Salinas de Gortari.
Ideológicamente, el PRI pasó de la defensa de las causas heredadas de la
revolución mexicana, a la defensa de los intereses de la empresa y el libre
mercado. Los priistas conversos del nacionalismo revolucionario al
neoliberalismo que permanecieron en las filas de ese partido, demostraron la voluntad de sacrificarse
ideológicamente por los intereses del partido y por los intereses del gran
capital. Son ellos los que nos han mostrado la capacidad que tienen los
integrantes de un partido político para tomar como su principal bandera
ideológica al pragmatismo en forma de cinismo. Son ellos los que se montaron en
la ola de resurrección del PRI después del 2012, con el fracaso posterior a
cuestas. Son ellos los que han llevado al priismo a una crisis mucho más
profunda y oscura a la que este partido vivió en los años posteriores al año 2000,
después de su primera derrota en las elecciones presidenciales.
Los militantes que
mantuvieron algo de dignidad ante el viraje ideológico del PRI en los años
finales del siglo XX, se desplazaron hacia
la izquierda y han alimentado una conversión de esta fuerza política que
amerita un análisis por separado. A estas alturas de la historia no se sabe con
claridad si la izquierda mexicana fue injertada por el priismo disidente de la
década de 1980, o si fue el priismo disidente, el que fue injertado por la
izquierda. Los resultados de estos traslapes resultan evidentes.
Los militantes que se
hincaron ante el viraje ideológico del PRI en los años finales del siglo pasado
mostraron la radicalidad a la que puede llevar el pragmatismo cínico. Hay
quienes llaman a esto “disciplina”, “entrega” y “sacrificio” por las
instituciones y por el partido. El PRI de las décadas finales siglo XX y de los
primeros años del siglo XXI, está
marcado por innumerables rastros de pragmatismo que ideológicamente se
manifiestan como cinismo. Esto quedó evidenciado en la toma de protesta de Omar
Bazán como presidente del comité estatal del PRI. Los militantes del PRI que
antes fueron disidentes ante la imposición de Bazán, los que reclamaban una
elección justa y democrática ante la militancia, los que exigieron que el PRI
saldara cuentas ante la sociedad después de los estragos causados por las
corruptelas del duartismo, terminaron por disciplinarse y tomaron una decisión
a todas luces pragmática. Cuando el pragmatismo político se muestra una y otra
vez de esta forma, eso a lo que le llaman “disciplina” tiene como trasfondo las
sombras del cinismo.
La escuela política que la
militancia del priismo deja a sus cuadros jóvenes y viejos es una hoguera en forma
de cinismo. En esta hoguera puede arder la dignidad hasta convertirse en cenizas.
En esta hoguera se cocinan actos tan pragmáticos que la ideología puede llegar
al grado cero, ni de izquierda ni de derecha, sino lo que se solicite a la carta por quienes
resulten convenientes. En esta hoguera la humareda de la corrupción puede
extenderse hasta el hartazgo, hasta que nos ceguemos después de mirar tanta negrura
y podredumbre, hasta que la respiración se nos convierta en asco.