En las elecciones presidenciales del
2006 y el 2012 el fenómeno del voto duro se manifestó todavía con una presencia
considerable: los panistas, los priistas, los perredistas, los panalistas, etc.
eran agrupamientos de ciudadanos que tenían claras una militancia partidista y
una simpatía electoral que se traducían en votos asegurados.
Antes del 2018, para los partidos de
izquierda o de derecha, el voto duro parecía ser un voto asegurado, un voto
blindado sobre cualquier posibilidad de viraje ideológico o de traición
política.
Las elecciones del 2018 están marcadas
por un reblandecimiento y una fluctuación cuantitativa y cualitativa del voto
duro, y por ende de la simpatía y la militancia.
Lo que llevó al triunfo de Javier Corral
en las elecciones del 2016 fue una alianza fraguada a partir de la
participación política de Unión Ciudadana. Lo que le permitió ganar la elección
del 2018 a López Obrador fue una alianza encaminada a partir de un movimiento
que no se constituye todavía como partido en términos ideológicos y
programáticos. En torno al triunfo de Corral y el triunfo de López Obrador no
hay una militancia o una simpatía fuertes traducibles al voto duro. Los
triunfos de Corral y López Obrador son parte del fenómeno de la fluctuación del
voto, bajo una lógica que amerita ser analizada mucho más allá de la mera
alternancia en un régimen democrático.
Los priistas arraigaron su voto duro en
una estructura electoral presupuestalmente aceitada lo mismo por las finanzas
electorales que por las finanzas gubernamentales. Otra parte del voto duro del
priismo siguió estando en los sectores obrero, campesino y empresarial, aunque
de forma disminuida. Los ríos de dinero que los priistas han invertido en las
elecciones han sido el motor de un voto duro que se desmorona de manera
estrepitosa después del 2018. El voto duro del priismo ha sido un voto
pragmático fijado en los intereses de poder y de dinero. El voto duro del
priismo se desintegra a la par que se desintegran las vías de financiamiento de
ese partido. En los años por venir, lo que vaya quedando del voto duro priista
será el voto residual de una militancia y una simpatía que fueron
artificiosamente infladas por el dinero y la corrupción.
El voto duro de los panistas tuvo un
clímax en las luchas electorales de la década de 1980, cuando ese partido
luchaba por la democratización del país y por el bien común que procuraba una
justicia social conservadora. El voto duro del PAN de finales del siglo XX
estaba todavía cargado de una enorme dosis de romanticismo político, fijado en
el ideario de Gómez Morín. Bastaron dos décadas para que el romanticismo de
voto duro panista se convirtiera en pragmatismo o en fracaso. La operación
política tejida por Ricardo Anaya alrededor de su candidatura, cimbró al voto
duro del panismo que todavía no termina de resquebrajarse. En el 2018 el voto
duro del PAN se fragmentó, y no hay garantías de que el próximo nombramiento de
la dirigencia nacional de este partido lleve a la sanación de las rupturas.
Aunque el triunfo aplastante de López Obrador es un factor que puede
retroalimentar a la postura opositora del panismo, y por ende a su voto duro.
El voto duro de la derecha y el voto
duro de la izquierda se perfilan hacia una polarización y una confrontación
entre el panismo y el morenismo en los años siguientes.
El voto duro del Partido Nueva Alianza,
es un voto del neocorporativismo sindical que tenía que ver directamente con
los cerca de 80 mil comisionados que el SNTE mantuvo en sus oficinas hasta
antes de la reforma educativa peñanietista. Esos cerca de 80 mil comisionados
se encargaban de mantener en funcionamiento a la maquinaria electoral del Panal
para garantizar un voto duro estable. Pero con la reforma educativa los miles
de comisionados pasaron a ser unos cientos. A su vez, el voto duro del Panal
fue roto por el descontento de los maestros ante la reforma educativa y por la
alianza que los operadores de Gordillo tejieron con la candidatura de López
Obrador. Al perder el registro, el voto duro del Panal, que era un voto de un
solo dígito en los porcentajes electorales, se desintegró.
Esto último no significa la desaparición
de una fuerza electoral anclada en la organización sindical de los maestros. En
adelante se verá si los grupos políticos al interior del SNTE tienen la
capacidad de reconstruir al voto duro del Panal, si forman otro partido o se
convierten en apéndice de otra agrupación política.
Desde 1980 hasta la fecha, el voto duro
de la izquierda pasó de una fuerte militancia ligada a la izquierda histórica
del siglo XX a una militancia fraguada en el aliancismo del PRD y de Morena. El
voto duro de la izquierda de finales del siglo XX es un voto aliancista que se
ve reflejado en la composición fluctuante de Morena. También en la izquierda,
el voto duro quedó atravesado por dosis de romanticismo ideológico y dosis de
pragmatismo en la operación política. Entre lo romántico y lo pragmático, el
voto duro de la izquierda en México es un voto inestable.
El PRD tuvo un voto duró que se deslizó
hacia Morena en las elecciones del 2018. Morena no tiene todavía un voto duro
bien definido, tampoco tiene un perfil ideológico y político claro. El voto
duro morenista está en un proceso de transición en cuanto a su consolidación
ideológica y su cuantía en el número de militantes y simpatizantes.
El triunfo de Morena fue generado por la
presencia de un voto flotante, derivado del hartazgo ciudadano y de una serie
de escisiones que se convirtieron en alianzas. El sexenio de López Obrador será
un laboratorio de reproducción y sostenimiento del voto duro que tendrá la
izquierda electoral en México.
En Chihuahua, el bastión del posible
voto duro morenista es Juárez, un islote ideológico y político que en tres
décadas mutó del priismo hacia el panismo, que regresó al priismo, que le abrió
las puertas a una candidatura independiente que no era tan independiente, y que
ahora se define por el morenismo. La historia del voto en ciudad Juárez en las
últimas décadas, es una historia de vuelcos y extrañezas.
Algunas conclusiones pueden plantearse
al analizar el llamado “voto duro”:
- El voto duro puede modificarse
abruptamente en determinadas coyunturas y bajo ciertas condiciones, tal como
sucedió en las elecciones del 2018.
- El voto duro es mucho más que un voto
romántico, es mucho más que un voto ideologizado. Es un voto que está en juego
bajo las inercias y los hechos pragmáticos de las coyunturas políticas
- El voto duro no es un voto plenamente
solidificado. El proceso electoral del 2018 nos mostró las fisuras, los
resquebrajamientos y las fluctuaciones del voto duro.
- El voto duro tiene en sus mismos
adentros un territorio no sólido, un territorio inestable y gelatinoso que se
ve reflejado tanto en su composición ideológica como en sus implicaciones
pragmáticas
- Todo lo anterior nos lleva a pensar en
los mecanismos de reblandecimiento del voto. Los primeros procesos electorales
del siglo XXI en México, son un escenario para analizar los mecanismos a partir
de los cuales el voto pierde su dureza.