martes, 18 de junio de 2019

Los mapas de la violencia y de la muerte (Artículo publicado en la revista "Aserto" - Junio de 2017)


Cuerpos abatidos en las calles, con el tiro de gracia. Cuerpos rotos, demasiado rotos por la saña con la que fueron asesinados y descuartizados. Cuerpos colgados de los puentes, convertidos en la semilla de lo que somos y no terminamos de ser.  Cuerpos sepultados en los patios de las casas o en fosas clandestinas. Cuerpos cocinados en tambos de ácido, llevados hacia la desaparición y lo vacío, hacia la angustia que tiene lugar al no encontrarlos. Cuerpos apilados a lo largo de los años y los días, que no dejan de crecer y esparcirse por todos los lugares y rincones. Cuerpos que acercan su muerte hasta los lugares donde jugamos cuando niños.
Miles de cuerpos que son un mapa de la violencia que comienza y termina en el fracaso de nuestras formas de hacer política y construir sociedad, rastros de una animalidad que no logra ser contenida por las herramientas de convivencia que hemos inventado a lo largo de siglos en occidente. ¿Dónde comenzó nuestro fracaso?  ¿De qué maneras nuestras formas de vivir se han convertido en una necropolítica, donde el asesinato, el miedo y la zozobra han llegado a ser los mecanismos más notorios  del control político y social?
Los espacios públicos y privados son un mapa de la violencia cuya forma más nítida es la muerte. Las notas de la sección policiaca precisan las coordenadas donde suceden las ejecuciones y los enfrentamientos: cruces de calles, estacionamientos, parques, colonias populares o fraccionamientos privados, negocios y oficinas públicas. No existe un solo lugar que no haya sido invadido por los asesinatos del crimen organizado. Hay cientos de lugares que no identificamos todavía, convertidos en cementerios clandestinos. Todo el espacio que nos rodea está cruzado por los estragos de la violencia y la muerte. Es una mancha histórica que no termina de extenderse.
Desde hace tiempo las coordenadas de nuestros espacios de vida han comenzado a ser identificadas por los mapas de la violencia y la muerte. Cuando sucede una ejecución en la ciudad donde vivimos, es común que la primera reacción sea pensar la cercanía de ese acto de violencia con nuestros espacios de vida cotidiana: la casa, el lugar de trabajo, la escuela.  Los espacios donde vivimos han sido trastocados de manera rotunda.
Recientemente, haciendo uso de las herramientas de Google Maps,  la investigadora María Salguero diseñó un mapa de los feminicidios ocurridos en México entre los años 2016 y 2017 (“El Universal”, 23 de abril de 2017). Simbolizando las muertes de mujeres con una cruz enmarcada en un círculo rojo, el mapa elaborado por Salguero cubre casi por completo al territorio nacional. Los mapas geográficos de la economía y la política, están siendo sustituidos por los mapas de la violencia de género, las ejecuciones y las desapariciones. Falta elaborar decenas de mapas todavía: de las miles de ejecuciones del narcotráfico en su conjunto, de los levantones, de asesinatos a periodistas y defensores de derechos humanos, de las fosas clandestinas, de las confrontaciones entre los integrantes del crimen organizado y las fuerzas policiales,  de los espacios donde se violan los derechos humanos, de los territorios donde tiene lugar el estado fallido. La acumulación de estos mapas son las marcas de los años que nos toca vivir, son nuestro mapa psicológico a la manera de una maldición.
Nellie Campobello relató en una serie de cuentos un momento similar al que vivimos en estos años los chihuahuenses (“Cartucho. Relatos de la lucha en el norte de México”, 2013). Fueron los años de la revolución Mexicana:
“Ya mataron a Bartolo allá en Chihuahua, estaba tocando la puerta de su casa. Nadie sabe quien, pero lo cosieron a balazos.”
“Traen un muerto –dijeron-, el único que hubo en el cerro de la Iguana. En una camilla de ramas de álamo pasó frente a mi casa…”
“No me saltó el corazón, ni me asusté, ni me dio curiosidad; por eso corrí. Los encontré uno al lado del otro. Zequiel boca abajo y su hermano mirando al cielo. Tenían los ojos abiertos, muy azules, empañados, parecía como si hubieran llorado.”
“Destripen todo, busquen donde sea. Picaban todo con las bayonetas, echaron a  mis hermanos hasta donde estaba Mamá, pero él no nos dejó acercarnos a Mamá. Me revelé y me puse junto a ella, pero él me dio un empellón y me caí… Ella ni con una ametralladora hubiera podido pelear contra ellos. Los soldados pisaban a mis hermanitos, nos quebraron todo…”
La violencia narrada por Nellie Campobello es un mapa de los estragos causados por la revolución mexicana en diversas poblaciones del estado de Chihuahua. El personaje principal de los cuentos de Campobello es la muerte que se hace presente en distintos lugares de diferentes formas. Aquellas historias sucedieron cuando la escritora era una niña que fue testigo la barbarie.
Existen algunas similitudes entre la muerte y la violencia narrada en los cuentos de Nellie Campobello,  con la muerte y la violencia que hoy vivimos. Pero hay diferencias de fondo entre ambas. En nuestros días la violencia y la muerte ocupan cada espacio que vivimos: el cine, los programas de televisión y los noticiarios, los videojuegos,  la música, la literatura, los espacios escolares y laborales, la política y la sociedad en su conjunto. Nellie Campobello logró relatar la cotidianeidad de la violencia y la muerte a través de los ojos de una niña, la violencia y la muerte que hoy vivimos está siendo narrada y registrada en fotografías por cientos de  periodistas y escritores. Estamos hablando de una acumulación y una expansión de la violencia y de la muerte, cuyas formas y límites son imprecisos todavía.
En mayo del 2015, el gobierno del estado encabezado entonces por César Duarte,  montó una exposición con la finalidad de “mantener vivo el horror de la violencia”. El objetivo de “La galería de la memoria y la recuperación de la paz”, instalada en el centro de la ciudad de Chihuahua, resultó desconcertante.
¿Cuál era el sentido de montar una exposición con fotografías de escenas del crimen impregnadas de sangre, de cadáveres torturados y mutilados? Las fotografías fueron dantescas, a través de ellas podían caminarse  los pasillos del infierno. Lo real de la violencia y de la muerte se mostró de manera descomunal. Ante las protestas y la oposición de académicos y luchadores sociales, las fotografías de violencia y muerte extremas fueron retiradas y colocadas otras.
En aquéllas imágenes quedó registrada lo actual de la muerte. Esta es la forma de la muerte que se nos hace presente hoy en día, que se repite del año 2008 hacia el año 2017, en los asesinados, los levantados  y los desaparecidos, en los cálculos estadísticos que van configurando una matemática del horror. Sobre esta forma actual de la muerte no tenemos por qué guardar silencio, es una parte del infierno del cual somos testigos.

La cicatriz histórica de la violencia actual (Artículo publicado en el sitio electrónico de "Aserto" - 30 de mayo de 2017)


La violencia actual lo mismo es económica, que política, social o histórica.  Un primer síntoma de la violencia se aloja en los rastros del lenguaje que ha comenzado a ser transformado.  Hacia el año 2006 comenzaron a aparecer en México algunas palabras que surgieron a raíz de la violencia: “cocinar”, “levantar”, “sicarear”, etc. Cada una de estas palabras aloja una serie de significados de la “violencia” que desconocíamos hasta hace poco tiempo.
El acto de “cocinar” o “hacer pozole” es un procedimiento mediante el cual los cuerpos de los ejecutados por el narco son introducidos en tambos con sustancias químicas para disolverlos y desaparecerlos. Santiago Meza López, El Pozolero,  narra la manera en que se deshacía de los cuerpos de los ejecutados por el cartel de Tijuana:
“Aprendí a hacer pozole con una pierna de res, la puse en una cubeta, le eché un líquido y se deshizo. Comencé a hacer experimentos y me convertí en pozolero…
- ¿A quiénes deshacías aquí?
- No sé quiénes eran. A mí solo me los daban.
- ¿Los despedazabas?
- No, los echaba enteros en los tambos.
- ¿Cuánto tardaban en deshacerse?
- Catorce o quince horas.
- ¿Qué hacías con lo que quedaba?
- Lo enterraba.
- ¿En dónde?
- Aquí – dijo El Pozolero, mientras apuntaba con los ojos al suelo”. (Héctor de Mauleón, “Marca de sangre”, 2010).
“Levantar” a una persona es mucho más que un secuestro, el significado de esta palabra tiene que ver con los actos de desaparición de personas en el contexto del crimen organizado y la impunidad de los años recientes. Los “levantados” son sometidos a un cobro de facturas o de venganza que caminan al margen de la legalidad y la justicia. Los “levantados” son miles de desaparecidos que continúan siendo buscados sin descanso.
El sustantivo de “sicario” que se refiere al papel que desempeña un asesino a sueldo, se convirtió en verbo y es utilizado para nombrar a los asesinatos cometidos por las células del crimen organizado.
La violencia se aloja en el lenguaje y en las formas de vida de la sociedad actual. Los videos e imágenes de la violencia cometida en espacios escolares, calles, carreteras, comercios, oficinas, etc.,  son el reflejo de una manifestación sistemática de lo peor de lo humano que se registra sin palabras de por medio. Los primeros años del siglo XXI en México son miles de historias que narran a la violencia y a la muerte.
Hay dos espacios que resultan significativos en la generación de la violencia, uno es el económico, el otro es sociopolítico. Las recientes acciones de las compañías mineras en Chihuahua para reducir drásticamente las utilidades de sus trabajadores son una forma de violencia económica que lentamente ha ido adelgazando al derecho laboral y a los salarios de los trabajadores. Los sueldos que se pagan a los trabajadores de la industria maquiladora son un ejercicio de la violencia económica que constriñe las vidas de las personas y las familias a lo mínimo posible en el sustento socioeconómico. ¿Quiénes están dispuestos a empeñar sus vidas por un salario de mil pesos a la semana, sin mayores prerrogativas que un bono de productividad, unas vacaciones disminuidas a dos semanas por año, un servicio médico que resulta cada vez más precario y una pensión que lo único que garantiza es una vejez sumida en la miseria? En las últimas tres décadas los derechos laborales y salariales de los trabajadores han ido siendo desmantelados hasta convertirse en una entelequia. La violencia económica también se explica en las jugosas ganancias de las compañías administradoras de las Afores que resultan estratosféricas. Debido a manejos monopólicos, a principios de mayo de 2017 la Comisión Federal de Competencia Económica (COFECE) impuso una multa de mil 100 millones de pesos a cuatro Afores: Profuturo GNP, Sura, XXI Banorte y Principal Afore. Mientras las compañías de las Afores hacen jugosos negocios y enriquecen a unos cuantos, millones de trabajadores aspiran a un ahorro pensionario que a todas luces resultará insuficiente para una sobrevivencia digna en la vejez.
La violencia también es sociopolítica. Vivir en un espacio de 120 metros cuadrados, en tres o cuatro habitaciones, sumidos en las limitaciones del espacio y el hacinamiento es también una forma de violencia, un encierro que al paso de los años causará estragos de una u otra forma. Habitar un espacio urbano sitiado por los actos del crimen organizado es una forma de violencia que resulta monstruosa.  La impunidad es otra forma de la violencia que tiene lugar a partir de la negación de la justicia.  Violencia contra las mujeres (feminicidio), contra los hombres (homicidio), contra los jóvenes (juvenicidio), contra la naturaleza (ecocidio), contra los indígenas, contra los periodistas y defensores de los derechos humanos, etc., etc.
En el caso de México tendríamos que hablar de una violencia exacerbada. Una violencia que por momentos se aproxima al desasosiego. Una violencia cuyos nombres más precisos son: corrupción, impunidad, injusticia, colusión, inacción  y cinismo. Una violencia que no deja de crecer y que nos muestra cada vez más nuestro fracaso como sociedad y como país.  

Apuntes críticos sobre la universidad en México (Artículo publicado en la revista "Aserto" - Mayo de 2017)


En el texto “De los libros al poder” que se publica de origen en 1988 en la editorial Grijalbo, Gabriel Zaid critica señeramente a las instituciones universitarias. Su argumento se centra en la relación simbiótica que se establece entre la clase política y la clase universitaria, que se fundirían en un solo grupo de intereses coligado por el poder. Miguel Alemán Valdés sería el primer “cachorro de la revolución” (bautizado de esa manera por Vicente Lombardo Toledano), el primer universitario que ascendería hasta la presidencia de la república. Desde Alemán Valdés a los tecnócratas con doctorados y posdoctorados en Harvard y otras universidades extranjeras, se mantiene la hegemonía de los universitarios que se encumbran en el poder político en México.
Son escasos los textos críticos sobre las universidades. Más bien, lo que suele decirse de la universidad consiste en reconocimientos y elogios que la enmarcan como piedra de toque de la historia nacional, la pasada y la futura. La sacrosanta institucionalidad universitaria ha sido mas venerada que apedreada, más colocada en nichos de santificación que llevada a los juicios de la crítica razonada y hasta irónica. Zaid combina con inteligencia ambos componentes en sus ensayos sobre la universidad, sus argumentaciones son razonadas y fundamentadas a la vez de recurrir a la ironía.  
Recientemente me encontré en una librería de viejo de la ciudad de Chihuahua un texto de Sergio Espinosa Proa (“El deshielo y la nube. Incursiones sobre la Universidad y la crisis de la modernidad”, 1991) en el que se ensaya sobre la universidad en la misma línea crítica emprendida por Zaid. Espinosa Proa escribe desde los adentros de la academia universitaria, que suele devorar cualquier signo de saber para convertirlo en alimento y armadura de sus designios e intereses. Su libro es publicado por la Universidad Autónoma de Zacatecas.
En un plano también crítico de la universidad, el ácido Heriberto Yépez cuestiona a la ritualidad de las tesis envuelta por la burocracia universitaria en el artículo: “La UNAM, las tesis y Dios” (suplemento “Laberinto” del periódico “Milenio”, 3 de marzo de 2012). Yépez propone “descrucificar a las tesis de la divina burocracia universitaria.” El escritor tijuanense escribe su artículo moviéndose entre su trabajo como maestro de la Universidad Autónoma de Baja California y su labor como ensayista y crítico que ha optado por un camino libertario. En Yépez respira la libertad de pensamiento y de escritura que lucha por no dejarse capturar por las mazmorras de la universidad. ¿Cómo es que los intelectuales y artistas han jugado sus cartas ante la institucionalidad universitaria? Es un asunto interesante por investigar.
Recientemente Gabriel Zaid publica un libro en el que da continuidad a su postura crítica sobre la universidad en México (“Dinero para la cultura”, 2013).  Zaid analiza como el marxismo y el psicoanálisis nacieron en lo que refiere como la “cultura libre”, al margen de la institucionalización universitaria. Pero ya habiendo ganado reconocimiento y fama, la universidad capturaría estas corrientes de pensamiento en el siglo XX. Las universidades han aprendido a navegar con sus conveniencias e inconveniencias, a fin de cuentas sus jugadas se inscriben en un ajedrez más político que académico, más de intereses de poder que educativos. Los textos de Espinosa Proa y de Yépez, que salen de plumas universitarias,  son acicates que le permiten a la estirpe universitaria estar alerta ante cualquier embestida que venga desde sus mismas filas.
La escritura de Zaid ha resultado demasiado incómoda para la institucionalidad universitaria. En torno a la crítica de Zaid hay un extraño silencio de la academia universitaria. No es un silencio reflexivo que vaya de la crítica externa ejercida por Zaid a la autocrítica de las clases universitarias. Parece ser más bien un silencio en forma de desaprobación y de sordera. Un silencio de no darse por enterados de la crítica zaidiana y de no hacer entonces nada al respecto. Pudiera afirmarse que esta actitud de los universitarios (de derecha y de izquierda) resulta preocupante. ¿Pero, que caso tiene hacer esta afirmación?  Este comportamiento de sordera y de quietud conscientes ante la crítica de Zaid, es una evidencia más de que las formas de desenvolvimiento de las instituciones de educación superior, van siendo cada vez más afines a las maniobras de los políticos. De la misma forma en que un político que se siente aludido en una crítica, responde con evasivas y silencios, los universitarios han respondido a los cuestionamientos de Zaid con vueltas de tuerca y con acallamientos. No es lo mismo un político universitario que un universitario político, aunque tal vez si lo sean…

El discurso de Corral y los puntos suspensivos de la “verdad” (Artículo publicado en el sitio electrónico de "Aserto" - 22 de abril de 2017)


En los diversos discursos pronunciados por Javier Corral, desde la campaña electoral de 2016 hasta el mensaje que dio recientemente por los primeros seis meses de su gobierno, se hace notorio un afán por enunciar una verdad. Lo que se ha hecho presente desde la campaña electoral de 2016 hasta la fecha en los discursos de Corral, es la insistencia por mostrar una verdad que se asume como establecida de una vez por todas, una verdad infalible, imposible de ser puesta en entredicho. Habría que analizar con detenimiento los componentes discursivos de esta narrativa, sus mecanismos de difusión y la respuesta de los ciudadanos ante ello.  
Es obvio que todos los políticos postulan y defienden una verdad a lo largo de las campañas electorales y durante el ejercicio de gobierno. Lo que resulta significativo en el caso de Javier Corral, es que su llegada al gobierno del estado se da en el momento de una severa crisis de la verdad en las formas de hacer política. Esta crisis se hace presente mediante la desconfianza e incertidumbre de los ciudadanos hacia la clase política en general. Los desempeños de César Duarte, de Enrique Peña Nieto y de otros actores políticos en los tiempos recientes, han dado lugar a una exacerbación de la desconfianza y la incertidumbre entre los ciudadanos. La verdad política en México es un par de signos de interrogación que crecen y se inflaman de manera sorprendente e inesperada a veces.
La actual coyuntura política trae consigo un imperativo para el gobierno de Corral: la restauración de la verdad en el ejercicio de la política local, la recuperación de la confianza y la certidumbre ciudadana. Sin lugar a dudas, este es el mayor problema que le toca resolver al gobierno del estado.
Al analizar los discursos de Javier Corral se detecta una vehemencia por la instauración de una verdad, que a toda costa tendría que ser cierta. Pero lo que parece olvidársele tanto a Javier Corral como a sus asesores, es que la verdad se configura social e históricamente. La verdad no se forma a través de un discurso, o de una serie de discursos que se entraman para subrayar una y otra vez lo pretendido como verdad. Más bien, la verdad se forma a través de una  serie de acontecimientos que suceden entre los discursos y su recepción por parte de los ciudadanos, una serie de acontecimientos que tienen lugar entre los discursos y los hechos políticos.
Resulta interesante hacer un doble análisis en los intentos por formar una verdad durante el gobierno de Javier Corral, este análisis tomaría en cuenta: A) los contenidos discursivos en la postulación de una verdad, B) los mecanismos políticos para volver efectiva esta verdad. Estamos hablando de la efectualidad de una verdad que pasa de las palabras a los hechos.  La verdad sucede más allá de las palabras, puede o no tener lugar cuando se hace presente o no se hace presente, en los hechos que la reflejan como tal.
Hay diversos hechos que han puesto a prueba a la formación de una verdad durante el gobierno de Corral. Entre los más significativos resalta el caso del Instituto Chihuahuense de Transparencia y Acceso a la Información Pública (Ichitaip), en el que estuvieron implicados: la Secretaria de la Función Pública, Estefany Olmos, su esposo Ricardo Gándara y el ex presidente de ese organismo, Rodolfo Leyva. La jugada política para destituir a Rodolfo Leyva como presidente del organismo, colocó en entredicho el papel del gobierno de Corral, al no respetar la autonomía de una instancia como el Ichitaip. La posterior colocación de Ricardo Gándara como asesor de Alonso Bassanetti, consejero del Instituto Estatal Electoral (IEE), terminó por fortalecer las críticas que le hicieron al gobierno de Corral por su intervencionismo en instancias como el Ichitaip y el IEE. ¿Después de lo sucedido, de qué manera se estará garantizando que el Ichitaip, ya intervenido por el gobierno de Corral, procure por todos los medios a su alcance la información que garantice una efectiva rendición de cuentas por parte del gobierno del estado?
Un capítulo similar, que pone en entredicho al discurso de Corral que postula una idealidad de la verdad, es la candidatura de Armando Valenzuela a la Auditoría Superior del Estado (ASE). Es de todos sabido que Armando Valenzuela es el candidato del gobierno del estado para ocupar el puesto de auditor. Él mismo declaró que estaba a cargo temporalmente de ese puesto a invitación expresa de Arturo Fuentes Velez, Secretario de Hacienda en el gobierno de Corral. El error que cometieron los diputados con el nombramiento de Ignacio Rodríguez como encargado de la ASE, al no cumplir con uno de los requisitos legalmente establecidos, revive la posibilidad del nombramiento de Armando Valenzuela. El proceso para nombrar al nuevo auditor habrá de reponerse y se podrán ver con claridad los hilos que el gobierno de Corral moverá en el nombramiento del auditor. En caso de nombrarse a Valenzuela como auditor, otra de las instancias que resguarda la rendición de cuentas quedará intervenida por el gobierno de Corral. ¿De nombrarse como encargado de la ASE a Armando Valenzuela, de qué manera se estaría reguardando una distancia entre el gobierno estatal en turno y una instancia que amerita plena independencia para garantizar una efectiva rendición de cuentas en el manejo del presupuesto? En lo que viene queda a prueba el intervencionismo del gobierno de Corral en una instancia como la ASE, que requiere desarrollar su trabajo a distancia del poder en turno, resguardando la autonomía que resulta imperativa para el cabal cumplimiento de su tarea.
La formación de una narrativa de la verdad en los discursos de Corral va siendo puesta a prueba en su efectualidad, en los hechos que han girado en torno al Ichitaip, la ASE y en otras acciones políticas emprendidas en el ejercicio de gobierno. Es aquí que las palabras pronunciadas van tomando una forma política, social e histórica que no puede matizarse con los recursos retóricos de la oratoria. Es aquí que las palabras pronunciadas y escritas pueden mirarse con toda claridad en el espejo de los hechos. Es en este territorio donde la verdad puede formarse como tal, o no formarse.

Narcocultura y narcopoder: la matriz neoliberal (Artículo publicado en la revista "Aserto" - Abril de 2017)


En las dos últimas décadas se hacen notar dos conceptos que una y otra vez se han escrito en artículos periodísticos, ensayos y libros de investigación. El primero de ellos es el concepto de “narcocultura”, el segundo es el de “narcopoder”.
El concepto de “narcocultura” ha sido planteado para analizar los mecanismos a partir de los cuales las formas de vida del narcotráfico se han insertado en la cultura, en la vida diaria de las personas a través del lenguaje,  la música, la literatura, el cine, la televisión, la moda y los gustos personales, etc.  El fenómeno de expansión y profundización de la cultura del narco en la sociedad trae consigo una serie de procedimientos que positivizan a estas formas de vida. El narcotráfico es un asunto legal y moralmente reprobable, tanto por parte de las leyes, como por parte de los valores que sustentan nuestras formas de convivencia. Con la expansión y profundización de la narcocultura, se incentiva  el reconocimiento y la aprobación moral y social de estas formas de vida que se enraízan y crecen en amplios sectores de la sociedad. Estamos hablando de una positivización moral y social de las formas de vida procreadas por la cultura del narcotráfico, que de ninguna manera se detienen con la prohibición de los narcocorridos en el radio o en eventos públicos.
Por otro lado, está el concepto de “narcopoder”, que hace referencia a los mecanismos a partir de los cuales el crimen organizado  se ha convertido en un poder fáctico cuyas cualidades pueden rastrearse lo mismo en la política, que en la economía y la vida en sociedad. Son identificables una serie de mecanismos a partir de los cuales el poder del narco se ha desdoblado hacia la vida política, económica y social. Un ejemplo de la manera en que el poder del narco se trenza con el poder político institucional, son los casos de los narcogobernadores Mario Villanueva y Tomás Yarrington, está también el caso del asesinato y la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa bajo la colusión de autoridades políticas e integrantes del crimen organizado. El asunto de la aparición del Chapo Guzmán en la lista de la revista Forbes, pone en claro como el poder del narco se mezcla con las estructuras del orden económico global. A su vez, el poder del narco ha procreado formas de vida social que terminan siendo determinantes, en Guadalupe y Calvo y otras regiones de la sierra de Chihuahua, las formas de vida en sociedad están determinadas por el narcotráfico y es imposible escapar de ello. Estamos hablando de un poder que opera de manera compleja. En el momento en que el crimen organizado se constituye como un poder que coexiste temporal y espacialmente con el poder político institucional, con las operaciones financieras de la “economía formal” y con las formas de vida toleradas en la sociedad, tiene lugar una aceptación silenciosa y solapada de ese poder no formalizado, no reconocido por las leyes. El narcopoder que no se reconoce institucional ni legalmente, va siendo reconocido de otras formas,  al margen de lo institucional, lo legal y lo convencional, por sobre lo institucional, lo legal y lo convencional.  
Diversas investigaciones periodísticas han puesto en claro como el crimen organizado ha utilizado mecanismos para influir y/o penetrar al poder político legalmente reconocido, a la economía y a las formas de vida en sociedad. Este es uno de los territorios, el más riesgoso quizá, desde el cual realizó su trabajo la periodista Miroslava Breach.  En los meses previos a su asesinato la reportera investigaba sobre la corrupción municipal y estatal durante el sexenio de César Duarte, y sobre la complicidad entre políticos y narcotraficantes. Al momento de ser asesinada, la corresponsal de La Jornada y columnista del Norte de Juárez, “trabajaba en una investigación relacionada con la perforación ilícita de pozos de agua y la compra de equipos de alta tecnología para riego en al menos nueve municipios de la entidad, todo ello como parte de una operación de lavado de dinero del narcotráfico” (La Jornada, 25 de marzo de 2017).
Los fenómenos del surgimiento y expansión de la narcocultura y el narcopoder, no están separados, no son distantes entre sí. Más bien, habría que preguntarnos por los mecanismos a partir de los cuales las formaciones de la narcocultura y del narcopoder son parte de una misma lógica, de un mismo problema que ha trastocado a la sociedad chihuahuense y mexicana. Las formaciones de la cultura del narco alimentan a las formaciones del poder del narco y viceversa. Esta lógica trabada entre la narcocultura y el narcopoder es perversa, demasiado perversa. Lo primero que se observa en ambos fenómenos es su aceptación silenciosa y solapada, a conveniencias.
Lo que vivimos en Chihuahua y en México a partir del correlato que se establece en la aceptación silenciosa y solapada de la narcocultura y del narcopoder, es una fase demasiado oscura del neoliberalismo en América Latina. Las fuerzas políticas, económicas y sociales del neoliberalismo han tolerado e incentivado tanto a la narcocultura como al narcopoder. Desde la lógica del “mainstream” neoliberal (la cultura de masas impulsada por el neoliberalismo), la narcocultura es un industria del entretenimiento que deja cuantiosas ganancias con su música, sus teleseries, sus libros y sus estilos de vida caros y popularizados. No importa que la narcocultura sea uno de los pilares sobre los que se aloja la ideología del narco y del crimen organizado, con toda su violencia y su muerte. Desde la lógica de los países y las organizaciones del neoliberalismo (Estados Unidos, los países europeos y asiáticos, El BM, el FMI, la OCDE, etc.), tampoco interesa que la aceptación tácita y tolerada del narcopoder, haya convertido a países enteros de América latina en laboratorios donde la experimentación política juega con la muerte y la desaparición forzada de miles de personas.
No se está hablando de la existencia de una conspiración neoliberal que ha convertido a Colombia, México o Brasil en países devastados por la violencia del narcotráfico. Aquí no se plantea una tesis conspiracionista. Lo que ha tenido lugar es un neoliberalismo en el que, el principio del “laissez faire”, el “dejar hacer” y el “dejar pasar” como formas del libertinaje político y económico, han llegado a límites de afectación y destrucción inusitados. El silencio y la tolerancia permisivos que solapan a la narcocultura y al narcopoder, son parte una misma lógica neoliberal  que no pone límites a la producción y acumulación incesantes de la riqueza. No importa de qué manera se produzca y acreciente la riqueza, no importan los orígenes oscuros de los millones de dólares que terminan formando parte de los mercados financieros internacionales blanqueados. No importan que las formas de la política que se experimentan, hayan dado lugar a la conformación y mantenimiento de un poder monstruoso como el narcopoder. Lo que importa es el destino del neoliberalismo, su permanencia. Lo que importa es que siga el enriquecimiento y la prosperidad de unos cuantos a costa de las vidas de miles y millones de seres humanos.
Raúl Zibechi plantea que no existe ninguna diferencia entre los narcotraficantes y los empresarios cuyas dinastías han sido impulsadas por las fuerzas políticas y económicas del neoliberalismo (“Latiendo resistencia. Mundos nuevos y guerras de despojo”, 2015). Tanto los grandes capos del narcotráfico como los grandes empresarios, y los políticos que de forma tácita y a veces condescendiente impulsan a unos y otros, pertenecen a una misma clase que continúa enriqueciéndose y empoderándose, bajo el manto violento de la explotación, la muerte y la desaparición de miles de seres humanos en América Latina.

El crimen organizado y el estado insuficiente (Artículo publicado en el sitio electrónico de "Aserto" - 26 de marzo de 2017)

Las muertes relacionadas con el crimen organizado en México no se han detenido desde el gobierno de Felipe Calderón. En Chihuahua, esa hidra se ha desplazado a lo largo de los sexenios de José Reyes Baeza, César Duarte y Javier Corral. Los efectos han sido devastadores y eso se comprueba con los recientes hechos ocurridos en el estado de Chihuahua: los diversos enfrentamientos entre dos grupos rivales de la Línea en el corredor que conecta las poblaciones de Cuauhtémoc y Rubio, y el asesinato de la periodista Miroslava Breach. La violencia se magnifica, los asesinatos de periodistas y ciudadanos no se detienen, las desapariciones continúan.  Las intervenciones del estado en sus diferentes niveles de gobierno (federal, estatal y municipal) para detener este problema de grandes magnitudes, una y otra vez han resultado insuficientes e ineficaces.
Entre los especialistas en el tema se ha referido que México no ha llegado a ser un “estado fallido” como tal, que el estado mexicano aún continúa manteniendo la hegemonía en lo político, lo social y lo económico, que el crimen organizado no ha logrado desplazar ni suplantar por completo al estado mexicano. Pero, si bien es cierto que México no ha llegado a ser un “estado fallido”, lo que ha tenido lugar de manera reiterada son las insuficiencias y errores del estado en las políticas para detener al crimen organizado. Estaríamos hablando entonces de un estado insuficiente, de un estado errado, que una y otra vez implementa políticas para combatir al crimen organizado que no resuelven el problema y que se equivocan en su cometido.
En Chihuahua, las insuficiencias y los errores del estado para detener al crimen organizado, nos han llevado a una vorágine de violencia que ha llegado a límites inaceptables. Y en este momento los responsables de atender ese problema son los gobiernos estatal (a cargo de Javier Corral), federal (a cargo de Enrique Peña Nieto) y los gobiernos municipales. Son ellos los principales responsables actuales, a los que se dirigen los reclamos, los que tienen que respondernos a los ciudadanos. Son ellos los que tienen que tomar las decisiones para que las políticas dirigidas a detener al crimen organizado no sigan siendo insuficientes y no se sigan equivocando.
Este es un reclamo puntual que debe ser atendido de manera inmediata, pero con solvencia a corto, mediano y largo plazo. Las preguntas que quedan flotando son las siguientes:
¿Pueden los gobiernos de los tres órdenes en Chihuahua (federal, estatal y municipal) responder de manera convincente, con políticas atinadas de seguridad pública, del orden social y educativo, a las acciones del crimen organizado que de nueva cuenta han puesto en jaque a las vidas de los ciudadanos?
¿O estaríamos esperando acciones que se quedan en el mero o paliativo, o que dan lugar a un agravamiento de la violencia en forma de asesinatos y desapariciones? ¿Tiene el estado mexicano la potencia política en su capacidad de planeación y ejecución para poner un alto al crimen organizado en Chihuahua y en otros estados del país, o su perfil es el de un estado incapaz e impotente ante esta fuerza oscura que no ha podido ser siquiera limitada?
A lo largo de los sexenios y los trienios va dejándose ver una incapacidad y una impotencia gubernamental ante las fuerzas vivas del narcotráfico, que han profundizado sus raíces y aumentado los ramales de su acción criminal.  El problema del narcotráfico bajo la forma del crimen organizado se ha convertido en un monstruo, en una hidra de mil y más cabezas que ha arrinconado al estado mexicano en uno de los callejones más obscuros de la historia de México. El horizonte no es nada alentador. Pero algo tiene que hacerse, algo tiene que construirse en los años por venir para salir de esta oscuridad que sigue atosigándonos… 

La guillotina, el deseo del poder y la cabeza de César Duarte (Artículo publicado en la revista "Aserto" - Febrero de 2017)


I
Las guillotinas se afilan en la etapa final de los trienios o los sexenios. Lo que brilla en sus filos, son las formas de poder que se hacen presentes a través del deseo. Hay que ir preparando el escenario de la plaza pública para las decapitaciones. Y mientras las masas se arremolinan alrededor del acto clamando por la idealidad de una justicia que no termina por cumplirse a plenitud, mientras los verdugos hacen que las cabezas rueden y que se formen pequeños hilillos de sangre que llegan hasta nuestros pies, brota la manifestación de lo deseado por los políticos y por los ciudadanos, entre los puestos públicos y las promesas de campaña, entre los pasillos del poder que se trazan a distancia de la vida diaria de la gente y los reclamos ciudadanos que no cesan: para detener la corrupción gubernamental, para que el aumento a la gasolina y otros productos dejen de asfixiar a la economía familiar, para mejorar el transporte, para que la seguridad pública nos permita vivir con cierta tranquilidad.
El poder está atravesado por deseos e intereses que se hacen manifiestos y que van dejando rastros por doquier. El poder se distiende en forma de deseo, del proceso electoral federal del 2015 hacia las elecciones locales de 2016, y de ahí hacia las elecciones presidenciales y locales del 2018. Lo que va quedando en medio son los rastros de los deseos y los intereses de los participantes, son las manifestaciones de un poder que resulta deseado por todos, desde una u otra trinchera, bajo una u otra forma, el poder se desea entre lo claro y lo oscuro, entre lo manifiesto y lo que suele buscar escondites por doquier. El poder se desnuda y se desborda, se viste de colores partidarios que conviven conflictivamente con los reclamos ciudadanos, y pasa de las oficinas gubernamentales a las protestas callejeras. El poder que resulta trastocado y que trastoca, que se mimetiza en forma de pactos y de alianzas, y que a veces nos cae encima como si fuera un monstruo. Por todos lados va quedando manifiesto el deseo del poder, para iluminar lo que nos queda del mundo (a la manera de José Mujica en Uruguay) o para oscurecerlo bajo la densidad de la noche (a la manera de Donald Trump en Estados Unidos).


II
Hay que colocar las cabezas de los sacrificados en la picota de los medios de comunicación masiva y las redes sociales para ofrecerlas simbólicamente como decapitación de la maldad, la corrupción política y la inutilidad gubernamental. Repetidas veces, las cabezas son cortadas de manera violenta, con lentitud o de un solo tajo: la de Carlos Salinas de Gortari, la de Vicente Fox, la de Felipe Calderón y la de Enrique Peña Nieto.
En Chihuahua, la cabeza del exgobernador César Duarte continúa sujeta de su cuello, aún no logran cortársela, aunque el filo de la guillotina parece brillar en lo cercano, como si fuera la luz de un amanecer cuyos orígenes discursivos y políticos están hechos de promesas. Venga ya la cabeza de César Duarte, que la navaja de la guillotina caiga y la separe de su cuerpo político, que la veamos expuesta como un trofeo que pueda presumir Javier Corral, como una presa de caza perseguida a lo largo de meses y de años, como un poder político que se impone sobre otro. Que sea cortada entera, que no se falle al caer la cuchilla sobre ella, porque pudiera ser un fracaso rotundo, una jugada política en la que los verdugos puedan tomar el lugar de los decapitados.
De ser cortada la cabeza de Duarte, podrá venir el grito de júbilo de las masas, podrá venir la algarabía de un festejo que mira una cabeza expuesta. Uno más que se derrumba y otro más que se encumbra, aunque sea por unas cuantas semanas, por unos cuantos meses o años. Ya vendrán otros tiempos y otras cabezas que se pierden en los laberintos de la política, cuesta abajo de la historia.
Aunque la sentencia aparece trazada de forma extraña e inexplicable, en la lucha que se extiende electoralmente a lo largo de los años: que la cabeza permanezca, que no logre ser cortada hasta la última orilla de su cuello, que persista y siga resollando y emitiendo ruidos que persiguen al poder político, que desean al poder como si fuera el último respiro, la última gota de sangre que da continuidad a la vida, entre las ruinas de lo que hemos llegado a ser.

III
La ruleta de los procesos electorales continua girando mientras México camina esta etapa histórica impregnada de claroscuro. El poder político es un botín deseado de manera masiva y a veces desenfrenada por los integrantes de toda la clase política. No importan los colores ni los signos partidarios. No importan los eslóganes de campaña o los escudos gubernamentales que se borran y trazan una y otra vez, para indicar lo efímero de una presencia en los gobiernos municipales, estatales o federales. Son los signos de un poder político que se desea, y que termina siendo simbolizado en las plazas públicas y los documentos oficiales, de un color o de otro, bajo formas que pueden compararse en sus coincidencias lingüísticas o imaginarias.
El poder sigue siendo deseado. Se recrean las formas a partir de las cuales se manifiesta su deseo. ¿Quién no quiere un trozo de poder en forma de luz o de oscuridad? ¿Quién no está dispuesto a jugar en el ajedrez del poder para dejar de ser una pieza movida por otros y convertirse en el jugador, en el fabricante del tablero y de las piezas? ¿Quién no quisiera dejar de ser el espectador que mira detenidamente las jugadas, para pasar a intervenir, para hacer manifiesto su deseo en la forma de hacer las cosas, imaginariamente o de facto, aunque se arriesgue la cabeza, aunque en la jugada se ponga de por medio la posibilidad del sacrificio propio, aunque la corona y el báculo del poder asumido lleguen a tomar la forma de una guillotina que pudiera caer sobre la cabeza propia? Ese es el sacrificio atravesado por el deseo de poder…