miércoles, 8 de enero de 2014
domingo, 5 de enero de 2014
Las universidades y los cuestionamientos del pensamiento utópico
(Publico completo un artículo de la sección de UPNECH en El Diario de Chihuahua, del 5 y el 12 de enero)
I
Uno de los territorios
teóricos y de acción humana en el que las utopías se manifiestan persistentes
es la educación. La concreción del acto educativo está atravesada por
llamamientos utópicos, en cualquiera de los sentidos teleológicos que puedan
asignársele. ¿Es posible pensar a la educación sin asomarse a la utopía? En este momento histórico la pregunta es
riesgosa. El espíritu educativo que hemos heredado de la modernidad está
investido por el pensamiento utópico. Desde el siglo XVIII hasta la fecha, la educación y la utopía se retroalimentan
mutuamente de tal manera que llegan a pensarse como constituyente una de la
otra. Pero, esta condición ha entrado en crisis. Los cuestionamientos que se
lanzan sobre el pensamiento utópico coinciden con las dudas sobre la educación
como palanca de desarrollo social y humano.
En occidente, la educación representa a la luz y al
progreso civilizacional, es la antítesis
de la caverna platónica, el camino para llegar a la iluminación y al progreso
indetenibles. En esta manera de pensar a la educación, las universidades son
una piedra de toque que redondea la fe educativa. Los distintos discursos que
reflexionan a los problemas y la crisis de las instituciones de educación
superior y que comienzan a barajar alternativas de solución, traen consigo la
esperanza de reavivar la fe en la educación y en las instituciones
universitarias. Ante la nostalgia y la condolencia, por lo que pudo ser, pero que no ha sido, se
ponen en marcha discursos y dispositivos que pretenden darle forma a un optimismo fuerte sobre
los futuros de la educación superior.
Desde las instituciones
universitarias, los argumentos para sustentar el correlato persistente entre
educación y utopía parten de dos variables dependientes, que le
dan forma a una tesis que parece incuestionable: El desarrollo de la educación superior impacta positivamente al
desarrollo de las sociedades de distintas maneras y en distintos ámbitos. Esta afirmación
que se ha racionalizado desde la
academia universitaria y desde las políticas públicas, que muy pocos nos
atrevemos a cuestionar, es un credo al que se protege a toda costa. La creencia
está blindada al grado de considerar como herejía a las posibles críticas que
puedan hacérsele. ¿Qué puede quedarnos a los seres humanos, después de los cuestionamientos y las
críticas a las limitaciones y las imposibilidades de la educación en su
conjunto? ¿Qué es lo que se desnuda, al
mostrar que las utopías educativas son un imaginario que en su desmesura
ideológica, sigue lacerándonos desde lo que no podremos ser, desde lo que quizá
jamás llegaremos a ser?
La persistencia del credo
depositado en la educación universitaria, amerita ser analizada considerando a
sus componentes ideológicos. La fundamentación de esta fe, es racional e
irracional.
La racionalidad de la fe
en la educación universitaria se
fundamenta en la interrelación de las dos variables de la tesis analizada en
los párrafos anteriores, que se asume científica y políticamente como una
verdad incuestionable. Mediante investigaciones sociológicas, históricas,
económicas, etc., se trazan argumentos que permiten demostrar con números o con
información de otra naturaleza, que los aportes de la educación universitaria
impactan positivamente al desarrollo social y cultural de la humanidad.
La irracionalidad de esta
fe, puede rastrearse en los lemas de las
universidades y en otros componentes discursivos. El lema vasconcelista de la
UNAM es: “Por mi raza hablará el espíritu”. En Chihuahua, el lema de la UACH,
refiere: “Luchar para lograr, lograr para dar”. La utopía se desborda desde
estos enunciados que sintetizan en unas pocas palabras el espíritu de las
instituciones de educación superior.
En el primer caso, el
enunciado alude de manera directa a la “raza cósmica” de Vasconcelos. El
mestizaje latinoamericano llegaría a un desarrollo tal, que dominaría al
continente y al mundo. La utopía de Vasconcelos no ha tenido lugar, sin embargo
persiste en el espíritu discursivo del lema de la UNAM. Varias décadas después,
el humor ácido de Yépez (“La increíble hazaña de ser mexicano”, 2011, P. 104 –
119), se refiere a la “raza cósmica”
como la “raza cómica”.
En el segundo caso, la utopía
se asume en los verbos planteados en infinitivo. Este modo verbal trae consigo
una manera de plantear acciones que eterniza al presente. Las acciones
significadas en estos verbos, no concluyen jamás. La forma verbal “infinitiva” alude a lo
“infinito”. En el lema de la UACH, los
verbos en infinitivo se asumen de tal forma que los significados se conjugan en
una tríada verbal de resonancias poéticas. El “luchar” universitario tiene como
fin un “lograr” directo, que su vez
deriva en automático la donación de un “dar”. Pero ya en los hechos concretos
de la vida universitaria de la UACH: ¿qué es esta “lucha”?, ¿cómo y por qué se
“lucha”?, ¿en qué consisten concretamente los “logros” obtenidos?, ¿a quiénes
benefician estos “logros” y de qué formas?, ¿cuál es el “dar” concreto que
puede tener sentidos no para unos cuantos, sino para la sociedad en su
conjunto?, ¿cómo este “dar” toma forma entre los pocos que logran acceder a la
educación universitaria y, entre los grupos de poder académico, político y
económico que se han formado desde la educación universitaria?
II
La educación superior en
el mundo se encuentra en una etapa de crisis que lleva a cuestionar de fondo
sus fundamentos. Una de las facetas de la crisis toma forma a partir del
agotamiento de la ideología progresista, que lleva a pensar a la educación como un
espacio de generación de capital social. Los sistemas educativos, desde los
niveles básicos hasta los superiores, han sido pensados como espacios en los
que podría resolverse la lucha de clases y el desarrollo individual, familiar y
de la sociedad en su conjunto. Desde este punto de vista, el papel del estado y
de las familias se centraría en garantizar el acceso a la educación y el
término de una carrera universitaria. ¿Pero, qué queda garantizado hoy, con el acceso a la educación universitaria y
el término de una carrera?
La maquinaria ideológica
que ha permitido darle forma al progresismo de la educación universitaria está
funcionando de manera forzada de algunos años a la fecha. La premisa nominal de
la educación superior, que funda su nombre en el concepto occidental de “lo
universal” da muestras de su agotamiento. ¿En qué momento de su historia la
“universidad” ha sido verdaderamente “universal”, en el sentido de generar
beneficios para todo el conjunto de la sociedad, convirtiéndose en garante, junto con otras instituciones del
estado, de la justicia social, económica
y política?
Retomado las críticas de
Zaid sobre la educación universitaria, Bartra (“El oficio de ser mexicano”,
2013, P. 58 y 59) analiza las relaciones que se han establecido entre las
universidades y la sociedad a partir del componente sociopolítico del poder.
Las universidades no solo se parecen al estado en su condición paternalista que
procura protecciones y prebendas para algunos grupos y segmentos de la
sociedad. Debido a su crecimiento acelerado y a la masificación, las
universidades tienen semejanzas con la sociedad civil. En las instituciones
universitarias hay múltiples condiciones no académicas que restan seriedad a la
enseñanza, “la academia se encuentra sumergida en una masa universitaria a la
que se han agregado militantes de partidos políticos, intelectuales sin café
pero con cubículo, burócratas desplazados, pordioseros, trepadores, vendedores
de artesanías… empleados de confianza,
ex guerrilleros, alquiladores de inteligencia barata, jilgueros priistas,
fósiles, grillos, profetas, resolvedores de los grandes problemas nacionales,
poetas frustrados, dirigentes campesinos y sindicales.”
Desde la perspectiva de
Bartra, las instituciones de educación superior que han aumentado la
plantilla de profesores y que han abierto
los cauces de captación de alumnos y de emisión de títulos, han dado lugar a
una decadencia. La reflexión de Bartra se publicó de origen hace veinte años
(en 1993) y hacía referencia a las universidades que en este entonces tuvieron
un crecimiento y desarrollo significativos a partir de los primeros impactos de
la explosión demográfica.
Tal vez el auge y
crecimiento recientes de la educación superior en Chihuahua, no pueda ser
reflexionado por las mismas premisas planteadas por Bartra. Pero sin duda el
referente del crecimiento acelerado y la masificación de la enseñanza
universitaria en el estado, traerán consigo una serie de implicaciones problemáticas
que apenas comienzan a hacerse visibles. ¿De qué formas se está seleccionando y
formando a los académicos que están ingresando a la planta de profesores de las
universidades? ¿Cuáles son las condiciones laborales que se ofrecen a los
académicos para desarrollar no solo la docencia, sino la investigación y la
difusión de la ciencia y la cultura? ¿Cuáles son las formas y los grados de
contaminación política, que a partir del
poder, impactan negativamente a la educación universitaria? ¿Cómo se está
resguardando la calidad universitaria respecto al crecimiento acelerado y la
masificación, de la planta de profesores y del alumnado? ¿De qué formas se está
preparando al campo laboral para captar en los años futuros a los miles de
egresados de la educación superior en Chihuahua?
Desde un punto de vista
que defienda la democratización de la educación universitaria, garantizando la
emisión de títulos universitarios al mayor número posible de jóvenes, las
críticas de Bartra y las preguntas lanzadas son contradictorias. El papel de la
universidad en México ha caminado paradójicamente entre el elitisimo y la democratización. Por
un lado, las universidades han funcionado como el espacio de formación y
empoderamiento de algunos segmentos de la sociedad. Por otro lado, los discursos
de la política educativa la postulan como un espacio de democrático que puede
garantizar a cualquiera el acceso a mejores niveles de vida. ¿Cuáles son los significados profundos de esta contradicción?
El desarrollo de las
universidades, el aumento del número de profesores y de la matrícula de alumnos
en Chihuahua, parecen traer consigo una serie de condiciones a las que es
necesario analizar con mucho detenimiento. En los años recientes, el
pensamiento utópico sujeto de la educación universitaria, que en Chihuahua se
ha hecho notar apoyando enfáticamente a este tipo de instituciones, posee
territorios claroscuros, racionales e irracionales. Es una moneda que ya ha
sido lanzada al aire. En algún momento la moneda ha de tocar el suelo, la hemos
de tener a nuestros pies y hemos de recoger lo que esta jugada de política
educativa nos depare. ¿Qué cálculos, qué cifras o datos esperamos recibir de
esta jugada? ¿Qué derivaciones sociales, políticas y económicas se han
calculado en un futuro próximo y lejano? ¿Qué realidades concretas habrán de
acontecer después de esta jugada?
viernes, 3 de enero de 2014
De la "sospecha" concebida como el "fantasma" de Marx
¿Quiénes aspiran hoy a tener en su
biblioteca las obras completas de Marx? ¿Quiénes aspiran a leer las
obras completas de Marx? La empresa es desmesurada, más allá de las aspiraciones
de los especialistas, de los buscadores
y rebuscadores del marxismo, es una tendencia que pretende extender la vida
escritural del filósofo alemán más allá de sus propios límites. La hermenéutica de Marx es
monstruosamente ilimitada. Sánchez Vásquez busca en los escritos de Marx que
preceden a la escritura de “El Capital”. El Marx joven, el de los textos de 1848,
es realzado por Sánchez Vázquez. Por
otra parte, Dussel hurga en los archivos marxistas, en lo no publicado de Marx,
como aspirando a un Marx no buscado ni reconocido, un Marx no encontrado aún.
El autor de "El capital" es uno de los “tres maestros de
la sospecha” referidos por Paul Ricoeur. Los otros dos, cuya obra camina entre
los siglos XIX y XX, son Freud y Nietzche. Los tres autores referidos por
Ricoeur ponen en entredicho los fundamentos de la civilización occidental. En
la tradición marxista, la sospecha se positiviza
de tal manera que la figura intelectual de Marx es sospechada como incompleta, como portadora de una voz que no lo ha dicho todo,
como un archivo sobre el que hay que escarbar para encontrar respuestas a los
problemas que no existen todavía. Las obras completas de Marx serán siempre
unas obras incompletas. Habrá en todo momento algo que no han dicho, aún desde
su propio silencio. La voz de Marx está colgada de un teléfono infinito que nos
habla consciente o inconscientemente, al mediodía o a las tres de la mañana.
Los revisionismos, los
posestructuralismos marxistas, los neomarxismos, que no son propiamente la voz
de Marx, son una distensión hermenéutica de Marx, una evocación del espíritu de
Marx que continua hablando y sospechando a través de nosotros. La sospecha es
un dispositivo fantasmal. Funciona lo
mismo para criticar y replantear utópicamente a lo real del capitalismo y del
neoliberalismo, que para dudar de la muerte de Marx. Hay un indicio sintomático
aquí, son los largos años de silencio que Derrida guardó para escribir sobre Marx. ¿Por qué fue
casi hasta el final de su labor intelectual que Derrida escribió el ensayo Los espectros de Marx? Derrida
sospechaba de Marx y del marxismo. Más aún, sospechaba de sí mismo y de lo que
pudiera decir sobre Marx. ¿Pero, qué forma de sospechar es esta de Derrida? ¿Qué
se hace manifiesto en la manera de sospechar de Derrida? En la sospecha del
francés se muestra como indicio el concepto de lo “espectral” de Marx. Entre el
sospechar de Marx y el sospechar de Derrida hay un hito que no ha sido
analizado y que tiene que ver con la evocación del fantasma de Marx, con las
maneras de llamar al fantasma de Marx.
Derrida no se atrevió a guardar
silencio sobre Marx, tenía que hablar sobre él. Habría que analizar sus motivos
más allá de lo teórico, lo político y lo ético. ¿Quién es capaz de no hablar a
través de Marx? ¿Quién puede no hacer que la voz de Marx se haga presente en
uno como una huella o un síntoma de algo?...
sábado, 28 de diciembre de 2013
Utopía de las persecuciones
No se trata de quebrar a la utopía,
llevándola a lo vacío en forma de infinito –de atisbo hacia lo infinito-. No se
trata de quebrarse ante los vaciamientos de la utopía, como quien se mira
frente a un espejo destrozado y solo alcanza a mirar pedazos
de la alteridad de lo real utopizado. No se trata de hacer una autopsia de una
forma de pensamiento que aun persiste y se mueve desde dentro de nosotros.
Se trata de lo “espectral” de Derrida,
lo fantasmático que complejamente habita al concepto totalizante de “utopía”.
Es una persecución milenaria que atosiga a nuestro ser. Que de la misma manera
en que se adentra en el concepto occidental de “utopía”, se adentra en los
conceptos de “hegemonía”, de “universal” y de “contingencia” que han debatido
Laclau, Žižek y Butler. Estos son macrocoenceptos
contagiados de imposibilidad analítica. Conceptos arbóreos –que no dejan de
crecer vitalmente- que al intentar ser descompuestos
y explicados en su constitutividad conceptual-real, desangran su ser
totalizante, su posibilidad material-inmaterial de ser conceptos-Aleph, en el
sentido en el que Borges deposita simbólicamente al universo y sus posibilidades en
un objeto y un sentido luminosos y oscuros a la vez.
Conceptos fantasmáticos que persiguen
a lo posible en forma de imposible, y que a su vez son perseguidos por las
antinomias de las que emergen. Palabras conformadas de un complejo amasijo de
componentes, en el que lo imaginario, lo real y lo simbólico de Lacan se anudan
y se deshebran irremisiblemente, sin racionalidades ni lógicas rotundas. Son un nudo en la garganta y en los cuerpos de
los hombres, una hacerse-des-hacerse, que llaga a las palabras, que las hiere de
lo que la vida no puede ser. Somos nosotros la herida en las palabras, la
fantasmal herida en las palabras. Son las palabras el grito de esa herida que
prosigue... Algo supura desde ahí, algo que
no puede ser dicho ni pensado…
viernes, 27 de diciembre de 2013
Persecuciones de la utopía
Etimológicamente la “utopía” es el “no-lugar”. En términos filosóficos y políticos, el
concepto puede rastrearse hasta Grecia. “La república” de Platón puede considerarse
como el primer texto de contenido utópico. El “no lugar” de la utopía implica
el “no acaecimiento” de los contenidos utópicos, en el entendido de su no
realización fáctica precedida por un imaginario desbordante. El lugar (topos) primero de la utopía es lo
imaginario que de una u otra forma precede a lo que no ha tenido lugar, a lo
que no tendrá lugar de forma alguna.
Lo imaginario de la utopía posee
contenidos racionales e irracionales a los que no se les ha analizado con suficiencia.
Se ha pensado a la utopía como el “no-lugar” pero no se le ha pensado como “el-lugar-del-no”.
¿De qué formas la negación (el no) y
el lugar (el topos) se conjugan en el concepto occidental de la “utopía”? ¿Hemos
llegado a un punto tal en el que el “no-lugar” de la utopía nos muestre lo
rotundo de la negación del lugar, la inexistencia irrebasable en la que el “no” enfático pueda ser la única posibilidad del infinito?
En su abstracción de lo real, la
utopía trastoca a lo real y al pensamiento mismo.
Lo real se manifiesta insuficiente y
carente respecto a lo que es, al ser pensado desde lo que puede ser (lo deseado
y necesario como factibles) y desde lo que imperativamente debe ser (lo
deseado y necesario como impuestos). Lo
que puede y lo que debe ser lo real, son obra del pensamiento humano que no
logra contenerse. Paradójicamente, al igual que la utopía, los-límites-no-tienen-lugar. A su vez, la contingencia y el azar no cabrían en el pensamiento
utópico, lo real es factible de ser transformado –o trastornado- desde el
pensamiento.
El pensamiento no se contiene en lo
real mismo, sino que lo trasciende, disloca a lo real, le construye otro-lugar
desde el no-lugar de la utopía, acudiendo a una racionalidad desbordante de
contenidos irracionales (mágicos,
míticos y poéticos). En el pensamiento utópico puede identificarse una estética
de lo no-real del pensamiento, que al desprenderse de lo real, lo deconstruye y
lo reconstruye en una narrativa de aspiraciones embellecedoras. Lo real puede
ser bellamente mejor desde el pensamiento utopizante, de hecho lo es
imaginariamente. Hay aquí rasgos de la patología occidental en la que el
pensamiento es mucho más que lo real. Si el pensamiento, si la potenciación del
pensamiento, ha rebasado a lo real, esto
significa que lo real nos será siempre insuficiente ante la potenciación de lo
que el pensamiento pueda-ser, pueda-hacer. Sin embargo hay limitaciones del pensamiento que
nos han venido quedando claras en los últimos siglos. La patología queda identificada. ¿Hasta qué grados el pensamiento puede ser más que
lo real? ¿De qué formas el pensamiento puede ser más que lo real? ¿Qué implicaciones
tienen el lenguaje y los discursos, respecto a la configuración de un
pensamiento que ha sido y que pretende seguir siendo mucho más que lo real?
Después de la palabra “Dios”, el
término “utopía” es el qué más se excede a sí
mismo como lenguaje y como pensamiento.
Es una palabra que nos muestra un excedente desbocado del pensamiento y
de lo real. Es el “no-lugar” de la “no-palabra”…
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