No se trata de quebrar a la utopía,
llevándola a lo vacío en forma de infinito –de atisbo hacia lo infinito-. No se
trata de quebrarse ante los vaciamientos de la utopía, como quien se mira
frente a un espejo destrozado y solo alcanza a mirar pedazos
de la alteridad de lo real utopizado. No se trata de hacer una autopsia de una
forma de pensamiento que aun persiste y se mueve desde dentro de nosotros.
Se trata de lo “espectral” de Derrida,
lo fantasmático que complejamente habita al concepto totalizante de “utopía”.
Es una persecución milenaria que atosiga a nuestro ser. Que de la misma manera
en que se adentra en el concepto occidental de “utopía”, se adentra en los
conceptos de “hegemonía”, de “universal” y de “contingencia” que han debatido
Laclau, Žižek y Butler. Estos son macrocoenceptos
contagiados de imposibilidad analítica. Conceptos arbóreos –que no dejan de
crecer vitalmente- que al intentar ser descompuestos
y explicados en su constitutividad conceptual-real, desangran su ser
totalizante, su posibilidad material-inmaterial de ser conceptos-Aleph, en el
sentido en el que Borges deposita simbólicamente al universo y sus posibilidades en
un objeto y un sentido luminosos y oscuros a la vez.
Conceptos fantasmáticos que persiguen
a lo posible en forma de imposible, y que a su vez son perseguidos por las
antinomias de las que emergen. Palabras conformadas de un complejo amasijo de
componentes, en el que lo imaginario, lo real y lo simbólico de Lacan se anudan
y se deshebran irremisiblemente, sin racionalidades ni lógicas rotundas. Son un nudo en la garganta y en los cuerpos de
los hombres, una hacerse-des-hacerse, que llaga a las palabras, que las hiere de
lo que la vida no puede ser. Somos nosotros la herida en las palabras, la
fantasmal herida en las palabras. Son las palabras el grito de esa herida que
prosigue... Algo supura desde ahí, algo que
no puede ser dicho ni pensado…