(Artículo publicado en El Diario de Chihuahua, en la sección de UPNECH, 17 y 24 de marzo de 2013)
I
Hes del
verbo ser, se escribe con hache, quizá también con zeta. Al decir
fonológicamente la palabra, la hache sale sobrando y la zeta no tiene gran
diferencia con la ese. Ya Saussure, fundador de la lingüística, afirmó que la
relación entre el significante (el sonido o la escritura simbólica de las
palabras) y el significado (lo que las palabras significan en tanto conceptos)
es arbitraria. Si la palabra “casa” se emplea para referir un “espacio de
habitación humana”, esto se debe a una invención lingüística que se ha ido
asumiendo a través de las convenciones sociales del lenguaje. Pero en un
momento determinado, otra palabra en lugar de “casa” puede significar lo mismo,
sustituyéndola o anexándose al mismo significado a la manera de un sinónimo. En
el norte, en el lenguaje popular del barrio, entre los cholos, “casa” es “cantón” y es “chante”, aunque
estos dos últimos términos no hayan sido aceptados por la real academia de la
lengua, existen socialmente y están en uso. Hay usos del lenguaje que se mueven
en espacios que la convencionalidad lingüística rígida no puede controlar ni
someter.
En el plano
teórico estricto donde se mueven la filosofía, las ciencias sociales y la
literatura, existe por ejemplo, el derecho de estipulación, que consiste en
llamar a las cosas o hechos de forma cualesquiera, siempre y cuando se precise
el uso de una palabra determinada para significar algo. La estipulación se
funda en los mismos aportes de Saussure, en el fondo toda palabra escrita o
hablada es una invención arbitraria de significación. Pero a su vez, la
estipulación también tiene que ver con las aperturas del lenguaje. Ningún
escritor, ningún teórico, ningún investigador, estaría dispuesto a que la
convencionalidad del lenguaje delimite sus creaciones y sus hallazgos. Si
alguien se limita por alguna convencionalidad del lenguaje, por la asunción
estricta de los bandos de policía y buen gobierno del lenguaje, está limitando
sus búsquedas, su propio pensamiento y los hallazgos que puedan derivarse de
ello.
Más allá de
la pétrea arquitectura lingüística del diccionario, más allá de la gramática
que somete a las posibilidades abiertas del lenguaje, más allá de la ortografía
que encierra a las palabras en “una escritura”, está el ser rotundo del
lenguaje, misterioso y profundamente vivo.
II
Los intentos
por controlar y someter al lenguaje poseen una conexión con el espíritu humano
que pretendió levantar la Torre de Babel. En el génesis de la biblia, este
pasaje refiere que los hombres en un intento desmesurado por arribar al cielo y
acceder a dios, construyeron una enorme torre. Antes de levantar el edificio,
los hombres hablaban una sola lengua. Cuando dios se dio cuenta de ello, lanzó su
castigo, los seres humanos dejaron de hablar una sola lengua y tuvo lugar una
dispersión lingüística. La torre nunca fue terminada. El edificio de Babel,
símbolo de connotación fálica, representa la fallida intención humana de contener
a una sola y enorme arquitectura lingüística. La Torre de Babel significa el
quiebre de una sola lengua humana, materializada en una arquitectura, encerrada
en sus paredes que delimitan un interior y un exterior, grandiosa en su manera
de unir la tierra con el cielo. En esta construcción mítica se enraízan las
arquitecturas del diccionario, de la gramática y de la ortografía. El mito de
la Torre de Babel, una edificación única en la humanidad, se conecta con el
mito de la controlabilidad y el ordenamiento de un solo lenguaje construido y
autorizado. Como si el lenguaje pudiera ser uno solo, sin fallas, sin
dispersiones, sin olvidos, sin aperturas. Más aún, como si el lenguaje en su
arquitectura (diccionario, gramática, ortografía) solidificada, pudiera unir la
tierra con el cielo de manera concreta, pudiera aspirar el acercarse a dios. La
arquitectura no terminada de la Torre de Babel, habita míticamente los intentos
por controlar al lenguaje, y en el fondo de ello está una aspiración divina. El
hombre que quiere llegar al cielo y estar a la altura de dios, que como castigo
recibió la dispersión lingüística y el derrumbe de la Torre de Babel, es el
mismo hombre que habita las academias de la lengua, que inútilmente intenta
someter al lenguaje a un solo diccionario, una sola gramática, una sola ortografía.
III
Todo diccionario,
toda regla ortográfica y gramatical, es
un artificio de ordenamiento y dominación del lenguaje y, de lo que el lenguaje
representa y significa, no poca cosa, lo real, lo vivo. Hay autores que
conciben al lenguaje como un ser vivo. Otros lo conciben como algo que está por
sobre lo humano y que de esta forma lo sobredetermina, como una imposición que
le es dada al hombre desde un afuera incomprensible.
Las palabras
no son meras palabras, no son cosas que están a la mano del pensamiento o de
alguna utilidad práctica. Las palabras no son meramente objetos de educación, o
mejor dicho, de escolarización de la educación. La escuela es un complejo de
instituciones, leyes, normas y actores que escolarizan a la educación de los
sujetos, la cuadriculan y la colocan sobre renglones: de arriba hacia abajo, de
izquierda a derecha. Las formas de escritura occidental son una metáfora de las
dominaciones que la escuela comete a través de la educación que se inscribe
sobre los sujetos, sobre sus cuerpos y sus pensamientos.
Las palabras
tampoco son objetos de diccionario. No son parte de glosarios que descomponen
las significaciones del lenguaje a la manera en que el biólogo aísla una diminuta
entidad viva en el laboratorio.
Una de las
tareas pendientes por hacer radica en investigar los ordenamientos del lenguaje.
¿Cómo es que las palabras han intentado ser sometidas a encuadramientos de
diversa condición, a trayectos y mapas que conciben al lenguaje como una
geografía aquietante, al grado de la petrificación?
Una de las
concepciones más próximas al ser del lenguaje, es su condición inquietante, no
aquietante, mucho menos petrificante. El lenguaje no deja de estar en
movimiento, es la Torre de Babel que se derrumba eternamente. Es una continuidad sin puntuación alguna. Un
estar en movimiento que nos muestra lo limitado de los signos en los que queda
depositado. El silencio mismo, los espacios en blanco, pueden pensarse como
lenguaje, como palabras no dichas, palabras por decirse, que se desdoblan desde
el solo pensamiento. Pensar en silencio es levantar ciudades de palabras no
dichas, es habitar la carencia de palabras y los espacios en blanco.
Es común,
demasiado común, en los corrillos magisteriales, escuchar quejas por la pésima
ortografía y la peor gramática de los alumnos. El argumento mas usado por los
maestros para señalar culpables al respecto, es el uso del lenguaje mediatizado
por dispositivos electrónicos: computadoras o celulares. Otro argumento en la
repartición de culpas admite que los alumnos no leen. A pesar de que el
decálogo del lector planteado por Daniel Pennac y promovido por la Secretaría
de Educación Pública (“Como una novela”, 2000, SEP, colección: Biblioteca para
la actualización del maestro), admite “el derecho a no leer”; la no lectura sigue
siendo fuente de acusaciones y persecuciones educativas. En el fondo de las
argumentaciones está el control del lenguaje. La potestad por el control del
lenguaje y, lo que ello implica.
En estos
momentos de mutación histórica y lingüística, los maestros y la escuela, que
institucionalizan los procesos educativos y linguísticos, que a la vez acuden a
la autoridad superior de las academias de la lengua –instituciones con un
espíritu monástico e inquisitivo-, no tienen la voluntad ni la convicción de aceptar
que el lenguaje está cambiando de una forma inusitada y, que en el fondo esto
es reflejo del ser profundo del lenguaje. Lo que hoy está siendo el lenguaje
entre niños y jóvenes que usan dispositivos electrónicos, a contracorriente de
formalizaciones e institucionalizaciones educativas y lingüísticas, mediante
formas de escritura y lectura novedosas, dará lugar a formaciones alternativas del
lenguaje.La convivencia de las nuevas generaciones con el lenguaje, que tiene
lugar en espacios no escolarizados, es lo que dentro de algunos años derivará transformaciones lingüísticas que no
terminamos de entender aún.
¿Cómo es que
las novedosas formas de escritura y de lectura entre las generaciones
jóvenes, habrán de convivir con las
formas de escritura y de lectura escolarizadas, institucionalmente formalizadas? Hay una especie de dialéctica
entre ambas, una dialéctica que nos resulta indefinida, a través de la cual la
escritura y la lectura, la significación del lenguaje que hay en ellos, habrán
de ser algo distinto. Más allá de los bordes del diccionario, de la ortografía
y la gramática, el lenguaje se abre hacia su historicidad jamás escrita…