miércoles, 4 de diciembre de 2013

La skritura kmbia



(Artículo publicado en El Diario de Chihuahua, en la sección de UPNECH, 17 y 24 de marzo de 2013)

I
Hes del verbo ser, se escribe con hache, quizá también con zeta. Al decir fonológicamente la palabra,  la hache sale sobrando y la zeta no tiene gran diferencia con la ese. Ya Saussure, fundador de la lingüística, afirmó que la relación entre el significante (el sonido o la escritura simbólica de las palabras) y el significado (lo que las palabras significan en tanto conceptos) es arbitraria. Si la palabra “casa” se emplea para referir un “espacio de habitación humana”, esto se debe a una invención lingüística que se ha ido asumiendo a través de las convenciones sociales del lenguaje. Pero en un momento determinado, otra palabra en lugar de “casa” puede significar lo mismo, sustituyéndola o anexándose al mismo significado a la manera de un sinónimo. En el norte, en el lenguaje popular del barrio, entre los cholos,  “casa” es “cantón” y es “chante”, aunque estos dos últimos términos no hayan sido aceptados por la real academia de la lengua, existen socialmente y están en uso. Hay usos del lenguaje que se mueven en espacios que la convencionalidad lingüística rígida no puede controlar ni someter.

En el plano teórico estricto donde se mueven la filosofía, las ciencias sociales y la literatura, existe por ejemplo, el derecho de estipulación, que consiste en llamar a las cosas o hechos de forma cualesquiera, siempre y cuando se precise el uso de una palabra determinada para significar algo. La estipulación se funda en los mismos aportes de Saussure, en el fondo toda palabra escrita o hablada es una invención arbitraria de significación. Pero a su vez, la estipulación también tiene que ver con las aperturas del lenguaje. Ningún escritor, ningún teórico, ningún investigador, estaría dispuesto a que la convencionalidad del lenguaje delimite sus creaciones y sus hallazgos. Si alguien se limita por alguna convencionalidad del lenguaje, por la asunción estricta de los bandos de policía y buen gobierno del lenguaje, está limitando sus búsquedas, su propio pensamiento y los hallazgos que puedan derivarse de ello.

Más allá de la pétrea arquitectura lingüística del diccionario, más allá de la gramática que somete a las posibilidades abiertas del lenguaje, más allá de la ortografía que encierra a las palabras en “una escritura”, está el ser rotundo del lenguaje, misterioso y profundamente vivo.


II
Los intentos por controlar y someter al lenguaje poseen una conexión con el espíritu humano que pretendió levantar la Torre de Babel. En el génesis de la biblia, este pasaje refiere que los hombres en un intento desmesurado por arribar al cielo y acceder a dios, construyeron una enorme torre. Antes de levantar el edificio, los hombres hablaban una sola lengua. Cuando dios se dio cuenta de ello, lanzó su castigo, los seres humanos dejaron de hablar una sola lengua y tuvo lugar una dispersión lingüística. La torre nunca fue terminada. El edificio de Babel, símbolo de connotación fálica, representa la fallida intención humana de contener a una sola y enorme arquitectura lingüística. La Torre de Babel significa el quiebre de una sola lengua humana, materializada en una arquitectura, encerrada en sus paredes que delimitan un interior y un exterior, grandiosa en su manera de unir la tierra con el cielo. En esta construcción mítica se enraízan las arquitecturas del diccionario, de la gramática y de la ortografía. El mito de la Torre de Babel, una edificación única en la humanidad, se conecta con el mito de la controlabilidad y el ordenamiento de un solo lenguaje construido y autorizado. Como si el lenguaje pudiera ser uno solo, sin fallas, sin dispersiones, sin olvidos, sin aperturas. Más aún, como si el lenguaje en su arquitectura (diccionario, gramática, ortografía) solidificada, pudiera unir la tierra con el cielo de manera concreta, pudiera aspirar el acercarse a dios. La arquitectura no terminada de la Torre de Babel, habita míticamente los intentos por controlar al lenguaje, y en el fondo de ello está una aspiración divina. El hombre que quiere llegar al cielo y estar a la altura de dios, que como castigo recibió la dispersión lingüística y el derrumbe de la Torre de Babel, es el mismo hombre que habita las academias de la lengua, que inútilmente intenta someter al lenguaje a un solo diccionario, una sola gramática, una sola ortografía.


III
Todo diccionario, toda regla ortográfica y gramatical,  es un artificio de ordenamiento y dominación del lenguaje y, de lo que el lenguaje representa y significa, no poca cosa, lo real, lo vivo. Hay autores que conciben al lenguaje como un ser vivo. Otros lo conciben como algo que está por sobre lo humano y que de esta forma lo sobredetermina, como una imposición que le es dada al hombre desde un afuera incomprensible.

Las palabras no son meras palabras, no son cosas que están a la mano del pensamiento o de alguna utilidad práctica. Las palabras no son meramente objetos de educación, o mejor dicho, de escolarización de la educación. La escuela es un complejo de instituciones, leyes, normas y actores que escolarizan a la educación de los sujetos, la cuadriculan y la colocan sobre renglones: de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha. Las formas de escritura occidental son una metáfora de las dominaciones que la escuela comete a través de la educación que se inscribe sobre los sujetos, sobre sus cuerpos y sus pensamientos.

Las palabras tampoco son objetos de diccionario. No son parte de glosarios que descomponen las significaciones del lenguaje a la manera en que el biólogo aísla una diminuta entidad viva en el laboratorio.

Una de las tareas pendientes por hacer radica en investigar los ordenamientos del lenguaje. ¿Cómo es que las palabras han intentado ser sometidas a encuadramientos de diversa condición, a trayectos y mapas que conciben al lenguaje como una geografía aquietante, al grado de la petrificación?

Una de las concepciones más próximas al ser del lenguaje, es su condición inquietante, no aquietante, mucho menos petrificante. El lenguaje no deja de estar en movimiento, es la Torre de Babel que se derrumba eternamente.  Es una continuidad sin puntuación alguna. Un estar en movimiento que nos muestra lo limitado de los signos en los que queda depositado. El silencio mismo, los espacios en blanco, pueden pensarse como lenguaje, como palabras no dichas, palabras por decirse, que se desdoblan desde el solo pensamiento. Pensar en silencio es levantar ciudades de palabras no dichas, es habitar la carencia de palabras y los espacios en blanco.

Es común, demasiado común, en los corrillos magisteriales, escuchar quejas por la pésima ortografía y la peor gramática de los alumnos. El argumento mas usado por los maestros para señalar culpables al respecto, es el uso del lenguaje mediatizado por dispositivos electrónicos: computadoras o celulares. Otro argumento en la repartición de culpas admite que los alumnos no leen. A pesar de que el decálogo del lector planteado por Daniel Pennac y promovido por la Secretaría de Educación Pública (“Como una novela”, 2000, SEP, colección: Biblioteca para la actualización del maestro), admite “el derecho a no leer”; la no lectura sigue siendo fuente de acusaciones y persecuciones educativas. En el fondo de las argumentaciones está el control del lenguaje. La potestad por el control del lenguaje y, lo que ello implica.

En estos momentos de mutación histórica y lingüística, los maestros y la escuela, que institucionalizan los procesos educativos y linguísticos, que a la vez acuden a la autoridad superior de las academias de la lengua –instituciones con un espíritu monástico e inquisitivo-, no tienen la voluntad ni la convicción de aceptar que el lenguaje está cambiando de una forma inusitada y, que en el fondo esto es reflejo del ser profundo del lenguaje. Lo que hoy está siendo el lenguaje entre niños y jóvenes que usan dispositivos electrónicos, a contracorriente de formalizaciones e institucionalizaciones educativas y lingüísticas, mediante formas de escritura y lectura novedosas,  dará lugar a formaciones alternativas del lenguaje.La convivencia de las nuevas generaciones con el lenguaje, que tiene lugar en espacios no escolarizados, es lo que dentro de algunos años derivará  transformaciones lingüísticas que no terminamos de entender aún.

¿Cómo es que las novedosas formas de escritura y de lectura entre las generaciones jóvenes,  habrán de convivir con las formas de escritura y de lectura escolarizadas, institucionalmente  formalizadas? Hay una especie de dialéctica entre ambas, una dialéctica que nos resulta indefinida, a través de la cual la escritura y la lectura, la significación del lenguaje que hay en ellos, habrán de ser algo distinto. Más allá de los bordes del diccionario, de la ortografía y la gramática, el lenguaje se abre hacia su historicidad jamás escrita…