martes, 18 de junio de 2019

Narcocultura y narcopoder: la matriz neoliberal (Artículo publicado en la revista "Aserto" - Abril de 2017)


En las dos últimas décadas se hacen notar dos conceptos que una y otra vez se han escrito en artículos periodísticos, ensayos y libros de investigación. El primero de ellos es el concepto de “narcocultura”, el segundo es el de “narcopoder”.
El concepto de “narcocultura” ha sido planteado para analizar los mecanismos a partir de los cuales las formas de vida del narcotráfico se han insertado en la cultura, en la vida diaria de las personas a través del lenguaje,  la música, la literatura, el cine, la televisión, la moda y los gustos personales, etc.  El fenómeno de expansión y profundización de la cultura del narco en la sociedad trae consigo una serie de procedimientos que positivizan a estas formas de vida. El narcotráfico es un asunto legal y moralmente reprobable, tanto por parte de las leyes, como por parte de los valores que sustentan nuestras formas de convivencia. Con la expansión y profundización de la narcocultura, se incentiva  el reconocimiento y la aprobación moral y social de estas formas de vida que se enraízan y crecen en amplios sectores de la sociedad. Estamos hablando de una positivización moral y social de las formas de vida procreadas por la cultura del narcotráfico, que de ninguna manera se detienen con la prohibición de los narcocorridos en el radio o en eventos públicos.
Por otro lado, está el concepto de “narcopoder”, que hace referencia a los mecanismos a partir de los cuales el crimen organizado  se ha convertido en un poder fáctico cuyas cualidades pueden rastrearse lo mismo en la política, que en la economía y la vida en sociedad. Son identificables una serie de mecanismos a partir de los cuales el poder del narco se ha desdoblado hacia la vida política, económica y social. Un ejemplo de la manera en que el poder del narco se trenza con el poder político institucional, son los casos de los narcogobernadores Mario Villanueva y Tomás Yarrington, está también el caso del asesinato y la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa bajo la colusión de autoridades políticas e integrantes del crimen organizado. El asunto de la aparición del Chapo Guzmán en la lista de la revista Forbes, pone en claro como el poder del narco se mezcla con las estructuras del orden económico global. A su vez, el poder del narco ha procreado formas de vida social que terminan siendo determinantes, en Guadalupe y Calvo y otras regiones de la sierra de Chihuahua, las formas de vida en sociedad están determinadas por el narcotráfico y es imposible escapar de ello. Estamos hablando de un poder que opera de manera compleja. En el momento en que el crimen organizado se constituye como un poder que coexiste temporal y espacialmente con el poder político institucional, con las operaciones financieras de la “economía formal” y con las formas de vida toleradas en la sociedad, tiene lugar una aceptación silenciosa y solapada de ese poder no formalizado, no reconocido por las leyes. El narcopoder que no se reconoce institucional ni legalmente, va siendo reconocido de otras formas,  al margen de lo institucional, lo legal y lo convencional, por sobre lo institucional, lo legal y lo convencional.  
Diversas investigaciones periodísticas han puesto en claro como el crimen organizado ha utilizado mecanismos para influir y/o penetrar al poder político legalmente reconocido, a la economía y a las formas de vida en sociedad. Este es uno de los territorios, el más riesgoso quizá, desde el cual realizó su trabajo la periodista Miroslava Breach.  En los meses previos a su asesinato la reportera investigaba sobre la corrupción municipal y estatal durante el sexenio de César Duarte, y sobre la complicidad entre políticos y narcotraficantes. Al momento de ser asesinada, la corresponsal de La Jornada y columnista del Norte de Juárez, “trabajaba en una investigación relacionada con la perforación ilícita de pozos de agua y la compra de equipos de alta tecnología para riego en al menos nueve municipios de la entidad, todo ello como parte de una operación de lavado de dinero del narcotráfico” (La Jornada, 25 de marzo de 2017).
Los fenómenos del surgimiento y expansión de la narcocultura y el narcopoder, no están separados, no son distantes entre sí. Más bien, habría que preguntarnos por los mecanismos a partir de los cuales las formaciones de la narcocultura y del narcopoder son parte de una misma lógica, de un mismo problema que ha trastocado a la sociedad chihuahuense y mexicana. Las formaciones de la cultura del narco alimentan a las formaciones del poder del narco y viceversa. Esta lógica trabada entre la narcocultura y el narcopoder es perversa, demasiado perversa. Lo primero que se observa en ambos fenómenos es su aceptación silenciosa y solapada, a conveniencias.
Lo que vivimos en Chihuahua y en México a partir del correlato que se establece en la aceptación silenciosa y solapada de la narcocultura y del narcopoder, es una fase demasiado oscura del neoliberalismo en América Latina. Las fuerzas políticas, económicas y sociales del neoliberalismo han tolerado e incentivado tanto a la narcocultura como al narcopoder. Desde la lógica del “mainstream” neoliberal (la cultura de masas impulsada por el neoliberalismo), la narcocultura es un industria del entretenimiento que deja cuantiosas ganancias con su música, sus teleseries, sus libros y sus estilos de vida caros y popularizados. No importa que la narcocultura sea uno de los pilares sobre los que se aloja la ideología del narco y del crimen organizado, con toda su violencia y su muerte. Desde la lógica de los países y las organizaciones del neoliberalismo (Estados Unidos, los países europeos y asiáticos, El BM, el FMI, la OCDE, etc.), tampoco interesa que la aceptación tácita y tolerada del narcopoder, haya convertido a países enteros de América latina en laboratorios donde la experimentación política juega con la muerte y la desaparición forzada de miles de personas.
No se está hablando de la existencia de una conspiración neoliberal que ha convertido a Colombia, México o Brasil en países devastados por la violencia del narcotráfico. Aquí no se plantea una tesis conspiracionista. Lo que ha tenido lugar es un neoliberalismo en el que, el principio del “laissez faire”, el “dejar hacer” y el “dejar pasar” como formas del libertinaje político y económico, han llegado a límites de afectación y destrucción inusitados. El silencio y la tolerancia permisivos que solapan a la narcocultura y al narcopoder, son parte una misma lógica neoliberal  que no pone límites a la producción y acumulación incesantes de la riqueza. No importa de qué manera se produzca y acreciente la riqueza, no importan los orígenes oscuros de los millones de dólares que terminan formando parte de los mercados financieros internacionales blanqueados. No importan que las formas de la política que se experimentan, hayan dado lugar a la conformación y mantenimiento de un poder monstruoso como el narcopoder. Lo que importa es el destino del neoliberalismo, su permanencia. Lo que importa es que siga el enriquecimiento y la prosperidad de unos cuantos a costa de las vidas de miles y millones de seres humanos.
Raúl Zibechi plantea que no existe ninguna diferencia entre los narcotraficantes y los empresarios cuyas dinastías han sido impulsadas por las fuerzas políticas y económicas del neoliberalismo (“Latiendo resistencia. Mundos nuevos y guerras de despojo”, 2015). Tanto los grandes capos del narcotráfico como los grandes empresarios, y los políticos que de forma tácita y a veces condescendiente impulsan a unos y otros, pertenecen a una misma clase que continúa enriqueciéndose y empoderándose, bajo el manto violento de la explotación, la muerte y la desaparición de miles de seres humanos en América Latina.

El crimen organizado y el estado insuficiente (Artículo publicado en el sitio electrónico de "Aserto" - 26 de marzo de 2017)

Las muertes relacionadas con el crimen organizado en México no se han detenido desde el gobierno de Felipe Calderón. En Chihuahua, esa hidra se ha desplazado a lo largo de los sexenios de José Reyes Baeza, César Duarte y Javier Corral. Los efectos han sido devastadores y eso se comprueba con los recientes hechos ocurridos en el estado de Chihuahua: los diversos enfrentamientos entre dos grupos rivales de la Línea en el corredor que conecta las poblaciones de Cuauhtémoc y Rubio, y el asesinato de la periodista Miroslava Breach. La violencia se magnifica, los asesinatos de periodistas y ciudadanos no se detienen, las desapariciones continúan.  Las intervenciones del estado en sus diferentes niveles de gobierno (federal, estatal y municipal) para detener este problema de grandes magnitudes, una y otra vez han resultado insuficientes e ineficaces.
Entre los especialistas en el tema se ha referido que México no ha llegado a ser un “estado fallido” como tal, que el estado mexicano aún continúa manteniendo la hegemonía en lo político, lo social y lo económico, que el crimen organizado no ha logrado desplazar ni suplantar por completo al estado mexicano. Pero, si bien es cierto que México no ha llegado a ser un “estado fallido”, lo que ha tenido lugar de manera reiterada son las insuficiencias y errores del estado en las políticas para detener al crimen organizado. Estaríamos hablando entonces de un estado insuficiente, de un estado errado, que una y otra vez implementa políticas para combatir al crimen organizado que no resuelven el problema y que se equivocan en su cometido.
En Chihuahua, las insuficiencias y los errores del estado para detener al crimen organizado, nos han llevado a una vorágine de violencia que ha llegado a límites inaceptables. Y en este momento los responsables de atender ese problema son los gobiernos estatal (a cargo de Javier Corral), federal (a cargo de Enrique Peña Nieto) y los gobiernos municipales. Son ellos los principales responsables actuales, a los que se dirigen los reclamos, los que tienen que respondernos a los ciudadanos. Son ellos los que tienen que tomar las decisiones para que las políticas dirigidas a detener al crimen organizado no sigan siendo insuficientes y no se sigan equivocando.
Este es un reclamo puntual que debe ser atendido de manera inmediata, pero con solvencia a corto, mediano y largo plazo. Las preguntas que quedan flotando son las siguientes:
¿Pueden los gobiernos de los tres órdenes en Chihuahua (federal, estatal y municipal) responder de manera convincente, con políticas atinadas de seguridad pública, del orden social y educativo, a las acciones del crimen organizado que de nueva cuenta han puesto en jaque a las vidas de los ciudadanos?
¿O estaríamos esperando acciones que se quedan en el mero o paliativo, o que dan lugar a un agravamiento de la violencia en forma de asesinatos y desapariciones? ¿Tiene el estado mexicano la potencia política en su capacidad de planeación y ejecución para poner un alto al crimen organizado en Chihuahua y en otros estados del país, o su perfil es el de un estado incapaz e impotente ante esta fuerza oscura que no ha podido ser siquiera limitada?
A lo largo de los sexenios y los trienios va dejándose ver una incapacidad y una impotencia gubernamental ante las fuerzas vivas del narcotráfico, que han profundizado sus raíces y aumentado los ramales de su acción criminal.  El problema del narcotráfico bajo la forma del crimen organizado se ha convertido en un monstruo, en una hidra de mil y más cabezas que ha arrinconado al estado mexicano en uno de los callejones más obscuros de la historia de México. El horizonte no es nada alentador. Pero algo tiene que hacerse, algo tiene que construirse en los años por venir para salir de esta oscuridad que sigue atosigándonos… 

La guillotina, el deseo del poder y la cabeza de César Duarte (Artículo publicado en la revista "Aserto" - Febrero de 2017)


I
Las guillotinas se afilan en la etapa final de los trienios o los sexenios. Lo que brilla en sus filos, son las formas de poder que se hacen presentes a través del deseo. Hay que ir preparando el escenario de la plaza pública para las decapitaciones. Y mientras las masas se arremolinan alrededor del acto clamando por la idealidad de una justicia que no termina por cumplirse a plenitud, mientras los verdugos hacen que las cabezas rueden y que se formen pequeños hilillos de sangre que llegan hasta nuestros pies, brota la manifestación de lo deseado por los políticos y por los ciudadanos, entre los puestos públicos y las promesas de campaña, entre los pasillos del poder que se trazan a distancia de la vida diaria de la gente y los reclamos ciudadanos que no cesan: para detener la corrupción gubernamental, para que el aumento a la gasolina y otros productos dejen de asfixiar a la economía familiar, para mejorar el transporte, para que la seguridad pública nos permita vivir con cierta tranquilidad.
El poder está atravesado por deseos e intereses que se hacen manifiestos y que van dejando rastros por doquier. El poder se distiende en forma de deseo, del proceso electoral federal del 2015 hacia las elecciones locales de 2016, y de ahí hacia las elecciones presidenciales y locales del 2018. Lo que va quedando en medio son los rastros de los deseos y los intereses de los participantes, son las manifestaciones de un poder que resulta deseado por todos, desde una u otra trinchera, bajo una u otra forma, el poder se desea entre lo claro y lo oscuro, entre lo manifiesto y lo que suele buscar escondites por doquier. El poder se desnuda y se desborda, se viste de colores partidarios que conviven conflictivamente con los reclamos ciudadanos, y pasa de las oficinas gubernamentales a las protestas callejeras. El poder que resulta trastocado y que trastoca, que se mimetiza en forma de pactos y de alianzas, y que a veces nos cae encima como si fuera un monstruo. Por todos lados va quedando manifiesto el deseo del poder, para iluminar lo que nos queda del mundo (a la manera de José Mujica en Uruguay) o para oscurecerlo bajo la densidad de la noche (a la manera de Donald Trump en Estados Unidos).


II
Hay que colocar las cabezas de los sacrificados en la picota de los medios de comunicación masiva y las redes sociales para ofrecerlas simbólicamente como decapitación de la maldad, la corrupción política y la inutilidad gubernamental. Repetidas veces, las cabezas son cortadas de manera violenta, con lentitud o de un solo tajo: la de Carlos Salinas de Gortari, la de Vicente Fox, la de Felipe Calderón y la de Enrique Peña Nieto.
En Chihuahua, la cabeza del exgobernador César Duarte continúa sujeta de su cuello, aún no logran cortársela, aunque el filo de la guillotina parece brillar en lo cercano, como si fuera la luz de un amanecer cuyos orígenes discursivos y políticos están hechos de promesas. Venga ya la cabeza de César Duarte, que la navaja de la guillotina caiga y la separe de su cuerpo político, que la veamos expuesta como un trofeo que pueda presumir Javier Corral, como una presa de caza perseguida a lo largo de meses y de años, como un poder político que se impone sobre otro. Que sea cortada entera, que no se falle al caer la cuchilla sobre ella, porque pudiera ser un fracaso rotundo, una jugada política en la que los verdugos puedan tomar el lugar de los decapitados.
De ser cortada la cabeza de Duarte, podrá venir el grito de júbilo de las masas, podrá venir la algarabía de un festejo que mira una cabeza expuesta. Uno más que se derrumba y otro más que se encumbra, aunque sea por unas cuantas semanas, por unos cuantos meses o años. Ya vendrán otros tiempos y otras cabezas que se pierden en los laberintos de la política, cuesta abajo de la historia.
Aunque la sentencia aparece trazada de forma extraña e inexplicable, en la lucha que se extiende electoralmente a lo largo de los años: que la cabeza permanezca, que no logre ser cortada hasta la última orilla de su cuello, que persista y siga resollando y emitiendo ruidos que persiguen al poder político, que desean al poder como si fuera el último respiro, la última gota de sangre que da continuidad a la vida, entre las ruinas de lo que hemos llegado a ser.

III
La ruleta de los procesos electorales continua girando mientras México camina esta etapa histórica impregnada de claroscuro. El poder político es un botín deseado de manera masiva y a veces desenfrenada por los integrantes de toda la clase política. No importan los colores ni los signos partidarios. No importan los eslóganes de campaña o los escudos gubernamentales que se borran y trazan una y otra vez, para indicar lo efímero de una presencia en los gobiernos municipales, estatales o federales. Son los signos de un poder político que se desea, y que termina siendo simbolizado en las plazas públicas y los documentos oficiales, de un color o de otro, bajo formas que pueden compararse en sus coincidencias lingüísticas o imaginarias.
El poder sigue siendo deseado. Se recrean las formas a partir de las cuales se manifiesta su deseo. ¿Quién no quiere un trozo de poder en forma de luz o de oscuridad? ¿Quién no está dispuesto a jugar en el ajedrez del poder para dejar de ser una pieza movida por otros y convertirse en el jugador, en el fabricante del tablero y de las piezas? ¿Quién no quisiera dejar de ser el espectador que mira detenidamente las jugadas, para pasar a intervenir, para hacer manifiesto su deseo en la forma de hacer las cosas, imaginariamente o de facto, aunque se arriesgue la cabeza, aunque en la jugada se ponga de por medio la posibilidad del sacrificio propio, aunque la corona y el báculo del poder asumido lleguen a tomar la forma de una guillotina que pudiera caer sobre la cabeza propia? Ese es el sacrificio atravesado por el deseo de poder…

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Morena y la hibridación ideológica y política de la izquierda



Al fondo de la fotografía, la imagen de una casa de campo se convierte en símbolo del poder y la riqueza, del dinero que se acumula cuando los callejones de la política y los intereses empresariales se cruzan de manera dudosa. Son las instalaciones de la Vinícola Cavall 7, propiedad de Jaime Galván, uno de los empresarios preferidos de César Duarte. Un enorme prado de pasto recién cortado, trae consigo la imagen de una belleza ostentosa que asemeja los grandes jardines de los monarcas y burgueses europeos de los siglos XVII y XVIII.
Al frente de la fotografía, Martín Chaparro coloca las manos cerca de las bolsas delanteras de su pantalón de mezclilla, tratando de marcar cierta distancia de sus dos anfitriones: el empresario Jaime Galván y el político de origen panista y compadre de Javier Corral, Cruz Pérez Cuéllar. Pero aunque las manos de Chaparro no abracen a Galván o Pérez Cuéllar, el cuerpo del dirigente estatal de Morena está rodeado por los demás componentes de la imagen: los cuerpos del expanista y el empresario duartista, la residencia de campo que nos lleva a imaginar los lujosos interiores donde charlaron y bebieron los comensales, y el pasto verde que extiende su horizonte hacia las tierras vinícolas de Cavall 7 en la planicie chihuahuense.
El dirigente estatal de Morena aparece flanqueado por Cruz Pérez Cuéllar y por Jaime Galván. La fotografía es el reflejo de una celada, de una trampa que terminó convirtiéndose en una imagen cuyos significados son un augurio claroscuro para Morena. La captura fotográfica de la imagen se desdobla hacia la captura ideológica y política de un proyecto que pone las miras sobre el 2018.
Al mirar la imagen de frente, los tres fotografiados (Chaparro, Galván y Pérez Cuéllar) se ubican del lado izquierdo. Pero desde la posición propia de los tres fotografiados, la ubicación es del lado derecho. Y al centro de la imagen, exactamente al centro, está la figura de Jaime Galván que coloca a sus invitados en una extraña jugada fotográfica, ideológica y política. No hay que olvidar que la idea de la “izquierda” y la “derecha” es en el fondo una imagen del parlamento francés, cuando los jacobinos se sentaron a la izquierda y los conservadores a la derecha.
La fotografía de Chaparro, Galván y Pérez Cuéllar leída a partir del contexto ideológico y político de la izquierda mexicana actual, trae consigo una serie de paradojas. ¿Dónde quedó la izquierda y dónde la derecha? ¿Cómo es que los territorios ideológicos y políticos de la izquierda y la derecha, han sido invadidos por pasadizos en forma de túneles y puentes que se escarban o se levantan de manera pragmática? ¿Cuáles son los lugares ideológicos y políticos que la izquierda tendría que resguardar para sí misma desde una postura ética?
La óptica de la fotografía trae consigo detalles extraños. La mano izquierda de Pérez Cuéllar no aparece en la imagen, es un enigma. Solo se alcanza a mirar la mano derecha del expanista y ex candidato a gobernador por Movimiento Ciudadano. Queda flotando la pregunta: ¿Por qué razón la mano izquierda de Pérez Cuéllar no aparece en la imagen? A su vez, la mano derecha de Galván sujeta al cuerpo de Martín Chaparro a la altura del hombro. En la toma de la fotografía está depositado lo consciente o lo inconsciente de la ideología y la política, que se manifiesta en las posturas de los cuerpos. Desde luego que en la fotografía hay una pose. No es una fotografía tomada de manera azarosa, es una fotografía posada y quienes aparecen en ella tuvieron algunos segundos para pensar y tomar una postura determinada.
En estos días en que Morena comienza a destapar los nombres de algunos de sus posibles candidatos a senadores y diputados, aparecen las figuras de algunos priistas y empresarios. El aliancismo de Morena está reflejado en la fotografía de Chaparro, Pérez Cuéllar y Galván, es un aliancismo del orden pragmático que ya está trayendo conflictos para las dirigencias estatales en la definición de las candidaturas para el 2018. El aliancismo pragmático de Morena –junto al Frente Ciudadano por México formado por el PRD, el PAN y MC- es un laboratorio que resulta interesante para analizar los comportamientos ideológicos y políticos de la izquierda partidista en México. Por lo pronto, lo que se deja ver en el proceder electoral de Morena es una tendencia hacia la hibridación ideológica y política. La fotografía de Martín Chaparro, Jaime Galván y Cruz Pérez Cuéllar, es la imagen de una extraña mezcla ideológica y política que va resultando incierta para la izquierda partidista en México…

El corralismo que asemeja al duartismo o las formas de la política como absurdo



I.- Todo amanecer es un alumbramiento o al menos tendría que serlo. Alumbrar es dar a luz, alumbrar es un parto. Después de once meses de gestación el gobierno del “nuevo amanecer” queda postrado ante el parto de Karina Velázquez como presidenta del congreso estatal. El partero no es una ley que permite a la segunda fuerza del congreso colocar a uno de sus cuadros, el partero es la distorsión de la política.

II.- Como distorsión la política es elástica y por lo tanto adaptativa. La sobrevivencia del hombre sobre el mundo se debe a la política como mecanismo adaptativo. La sobrevivencia de los habitantes del sexenio se debe a la capacidad adaptativa de sus propias distorsiones. Entre más elásticas sean las distorsiones, la gimnasia de la política puede llegar a ser más inverosímil.

III.- El pragmatismo es la gimnasia de la política. Somos testigos de políticos cuya capacidad para practicar la gimnasia llega al grado del contorsionismo. La escultura más perfecta de la política actual es una contorsión en la que el cuerpo de lo político es monstruoso.

IV.- Cualquier indiciado en calidad de presunto culpable puede ser culpable o puede no serlo. En el derecho hay una figura que se llama “presunción de inocencia”. Se trata de evitar el castigo a quienes no son culpables. La frase: “Nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario”, se puede escribir de formas diferentes, ensayemos algunas: A) “Nadie es contrario, todos pueden ser aliados, de esa forma la posibilidad de la culpa se reparte”, B) “Nadie puede terminar siendo alguien, sobre todo al asumir la presidencia de un congreso estatal”, C) “Nadie puede llegar a ser el culpable de todos los latrocinios cometidos durante el sexenio de César Duarte, entonces, persigamos a nadie”…

V.- Pactar no es una forma de traicionar, aunque traicionar si puede ser una forma de pactar. Los políticos se pueden traicionar a sí mismos, aunque el espejo les mienta cuando se miren a los ojos. Los políticos pueden traicionar a los ciudadanos, esa es una historia ya muy conocida por todos. Los políticos pueden traicionar a otros políticos, y de esta forma los pactos se renuevan y se desdoblan para que la política persista, para que siga adelante en la creación indetenible de pactos y traiciones.

VI.- El pez no muere por la boca, en el terreno de la política la boca del pez habla sin detenerse hasta el último minuto del sexenio. Mientras el pez sigue hablando la boca no muere y la política prosigue. El pez comienza a morir cuando el deseo de poder se convierte en un anzuelo inevitable, cuando la soberbia del poder trata de convertir a un estanque en un lago y a un lago en un océano. Y ya con el anzuelo atravesado en su boca, con la inmensidad del océano convertida en la marea del poder, el pez se agita, no deja de moverse. Ese movimiento es la forma de la muerte del pez.

El caso del "Pato" Ávila como síntoma de un debate fallido



Uno de los asuntos sobre los cuales se ha escrito más en las últimas semanas en el portal electrónico de Aserto, es el nombramiento del “Pato” Ávila como integrante de la comisión de atención a víctimas en el estado. Las interpretaciones del caso son diversas y desde luego polémicas. En varios artículos escritos por los colaboradores de “Aserto”, pueden identificarse dos posturas ante el nombramiento del “Pato” Ávila:
A) El caso puede interpretarse como ilegal en los términos de la violación al principio de laicidad establecido en la constitución. Este argumento es sostenido por Cortinas Murra en el artículo “Hacerse Pato” (Aserto, 21 de julio de 2017), y es sostenido también por Mariela Castro en el artículo “El enemigo público” (Aserto, 28 de agosto de 2017). Aunque el artículo de Castro plantea como idea central, la construcción política y mediática de la figura de “enemigo público número uno” sobre la persona de Rodolfo Leyva. Tomando en cuenta la argumentación de Mariela Castro, puede también admitirse que sobre la persona del “Pato” Ávila se ha construido política y mediáticamente una animadversión que lo coloca como “enemigo público” (número uno o número dos…) de la contraparte. El asunto como materia de debate trae consigo posiciones irreconciliables. La invención de los “enemigos” es real y espectral a la vez.
B) La segunda postura plantea también la ilegalidad del nombramiento del “Pato” Ávila, pero no por la cualidad jurídica del laicismo, sino por lo que se refiere como el incumplimiento del “estado constitucional democrático de derecho”. Esta posición es sostenida por Rodolfo Villalobos del Rosal en el artículo “¿Estado laico o Estado constitucional democrático de Derecho?” (Aserto, 22 de agosto de 2017). Esta segunda postura no plantea una violación del principio constitucional del laicismo como tal, sino una violación constitucional. Villalobos del Rosal afirma que: “… el nombramiento de Javier Ávila, no se encuentra apegado a derecho, al violentar la disposición del artículo 130 constitucional, y su reglamentario, el 14 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, violación que va más allá de la laicidad del Estado…”
La postura del inciso A) y la postura del inciso B) no difieren de fondo, ambas argumentaciones admiten una violación a la norma constitucional, ya sea considerando el principio del laicismo o considerando en sí mismo al derecho constitucional. Las dos interpretaciones coinciden de fondo con el alegato de Rodolfo Leyva en el amparo que presenta, rechazando el nombramiento del “Pato” Ávila como integrante de la comisión de atención a víctimas.
La postura que en lo personal he tomado, difiere de las interpretaciones de Leyva, Cortinas Murra, Castro y Villalobos del Rosal. De mi parte, he escrito un artículo que critica al laicismo como una forma de gobierno, de gubernamentalidad, en cuyas entrañas reside una dominación, que resulta atravesada por el principio de la soberanía planteado por Rousseau. El estado laico o el estado de derecho democrático del orden constitucional, trae consigo formas de dominación que pueden analizarse a partir de la biopolítica de Foucault, que reflexiona sobre los mecanismos control que se ejercen sobre de los cuerpos («Las inconsistencias e hipocresías del laicismo en el caso del “Pato” Ávila», Aserto, 22 de julio de 2017).
Desde el momento de escritura de este artículo, elaboré una serie de argumentos que no he puesto sobre la mesa y que expongo enseguida. Estos argumentos caminan entre los contenidos de la teoría del derecho y los contenidos de la teoría política. Sostengo que: El asunto del “Pato” Ávila tiene que ser analizado tanto por argumentos desprendidos de la teoría del derecho, como por argumentos desprendidos de la teoría política. Y fundamento esta argumentación en una sola razón: en este momento en específico, el asunto de fondo de este tema, que es el asunto del crimen organizado y de la violencia en el estado y el país, tiene que ver directamente con anomalías en el terreno de la impartición del derecho y con anomalías en el terreno del ejercicio de gobierno en cuanto a la acción política. El surgimiento de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas del Estado se deriva de anomalías en la impartición del derecho hacia las víctimas y hacia la sociedad en general, y se deriva también de un ejercicio gubernamental anómalo en donde la política se manifiesta como un fracaso rotundo.
En esta misma línea argumentativa, sostengo que: El nombramiento del “Pato” Ávila como sujeto que forma parte de la comisión estatal de atención a víctimas, amerita ser pensado más allá de la sola violación al principio constitucional del laicismo o de la violación al principio de derecho constitucional en sí mismo. Desde luego que el nombramiento del “Pato” Avila es una anomalía jurídica, dado que se viola la legislación constitucional. Pero en este caso, la condición de anomalía, lo que tendríamos que pensar como anomalía, va mucho más allá de lo jurídico. La anomalía inicia con el rotundo fracaso jurídico y político por parte de los gobiernos federal, estatal y municipal en la resolución al problema del crimen organizado y de la violencia. La anomalía inicia cuando se inventa en los términos del derecho, de las políticas públicas y de la cultura en general, la figura de la “víctima”. Una “víctima” es un sujeto cuyo derecho ha sido vulnerado en grado extremo, una “víctima” es un exiliado del derecho, alguien marcado por un daño que resulta monstruoso. La figura de la “víctima” es el resultado de la impotencia del estado (laico o no laico) en la atención a los problemas del crimen organizado y la violencia. Las comisiones de atención a las víctimas en los ámbitos federal y estatal, dibujan con toda claridad el fracaso rotundo del estado en la impartición del derecho y en la acción política. Si bien es cierto que el estado mexicano no es por completo un estado fallido, puede admitirse que es un estado insuficiente, un estado que muestra su incapacidad y su impotencia, lo mismo en el plano del derecho, que en la política, la economía, etc. Estamos hablando de un estado que se asoma al fracaso de manera apabullante.
La Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas del Estado, de la que aún forma parte el “Pato” Ávila como consejero, es una manifestación rotunda del estado insuficiente que muestra su impotencia para detener al crimen organizado y a la violencia, y que recurre entonces a un artificio lo mismo jurídico que político: la invención de la figura de la “víctima” como sujeto de un derecho y de un orden político que tendría que ser remediado a través de un organismo “desconcentrado” del estado, como lo es la Comisión Estatal de Atención a Víctimas. En el libro “La administración Estatal en México” (1982), Carlos Aldama se refiere a los organismos públicos desconcentrados como “un fenómeno de excrecencia administrativa”. Una “excrecencia” es un bulto que crece de manera anormal en un organismo vivo. La imagen más próxima que tenemos de una excrecencia es un tumor, que se enraíza en un organismo vivo y que vive simbióticamente a partir de ese organismo. La Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas es un órgano que en los términos administrativos del derecho y de la acción política posee la condición de una “excrecencia”. A través de este organismo el estado ha crecido de manera anómala, intentado solucionar un problema que tendría que ser resuelto, mucho antes de la invención de la figura de la “víctima” como sujeto del derecho y de la política. Las “víctimas”, que han sido inventadas artificiosamente como “víctimas” por los integrantes del crimen organizado, por la fallas de los agentes policiales, de los ministerios públicos, de los abogados y jueces; por la fallas de la clase política y por las fallas de la sociedad mexicana; reclaman a gritos que su condición de “víctimas” desaparezca, que las vejaciones y humillaciones que se han construido en torno a ellas dejen de existir. Y la manera más consistente para que esto tenga lugar, es que ellos no tendrían por qué ser “víctimas” de la manera en que lo están siendo. Ellos no tendrían que ser pensados ni inventados como “víctimas” por nosotros, de la manera en que lo estamos haciendo desde el derecho, desde las políticas públicas y desde la cultura en su conjunto. No tendría por qué existir una comisión estatal para atender a las víctimas, por el simple hecho de que no tendrían por qué existir las víctimas. En términos de la ética política, es inadmisible que concibamos la existencia de la figura de la “víctima”, es inadmisible que seamos partícipes de la invención jurídica, política y cultural de la figura de la “víctima”.
En el caso del “Pato” Ávila, el reclamo sobre la violación del laicismo o del derecho constitucional, esconde tras de sí un reclamo que tendría que ser más radical. El problema del crimen organizado y de la violencia, ha intentado ser solucionado a través de artificios. La Comisión Estatal de Atención a Víctimas es uno de esos artificios, un artificio en forma de excrecencia. El amparo interpuesto por Rodolfo Leyva y las discusiones que se han generado en torno a este caso, son también un artificio, una manera de “andarse por las ramas”.
En términos ideológicos y políticos, más allá del derecho, aceptar la existencia de esta comisión y aceptar de esta forma la invención de la figura de la “víctima”, es aceptar la invención de una serie de figuras que lo único que reflejan es el fracaso del estado. La formación de esta comisión y los nombramientos de cada uno de los consejeros que forman parte de ella, implica de manera directa aceptar al estado bajo la forma de una excrecencia que se manifiesta como colapso, como desbarrancadero de nuestras formas de vida.
Más allá de las violaciones al principio de la laicidad o al principio del derecho constitucional, tendríamos que debatir sobre los quiebres del estado en el territorio del derecho, en el territorio de la política, en el territorio de la economía, etc. Tendríamos que debatir sobre los quiebres del estado en la compleja territorialidad donde el derecho, la política y la economía, se trenzan y se vuelven una maraña dominada por el neoliberalismo como religión del siglo XXI. Los debates sobre el caso del “Pato” Ávila, terminan siendo un síntoma de nuestra ceguera jurídica y política. No es la punta de un hilo el que se debe meter por una aguja para intentar remediar los problemas por los que atraviesan el estado de Chihuahua y el país, es una madeja con múltiples hilos, una madeja cuyos hilos están mezclados de manera caótica, una madeja manchada de sangre que se enreda cada vez más y más, que nos tapa los ojos y la boca, que se convierte en máscara…