jueves, 12 de febrero de 2015

Pedro Ángel Palou y las formas de narrar a Villa



I
En las últimas décadas, son numerosos los mecanismos que los autores de novela histórica han puesto en marcha, intentando renovar tanto la forma como el fondo narrativo de este género literario. En la novela “No me dejen morir así. Recuerdos póstumos de Pancho Villa” (2014), Pedro Ángel Palou narra la historia de Francisco Villa en primera persona. Pero, ¿cuáles son las cualidades que envuelven a la voz del personaje, quien se narra a sí mismo en la novela de Palou? Desde las primeras páginas de la novela, estas cualidades se asumen en términos simbólicos. Al inicio del texto, el general Villa se despierta de madrugada,  después de tener el sueño premonitorio de su muerte. El general de la División del Norte se da cuenta de su muerte a la media noche del 20 de julio, el mismo día en que lo asesinan. Después del sueño premonitorio, Villa no puede volver a dormirse. La voz narrativa de Villa en primera persona,  emerge desde la “media madrugada”,  desde la “medianoche” (P.13). Simbólicamente, el limbo desde el cual emerge la voz del personaje, se configura entre la ensoñación y la vigilia, entre la vida y la muerte. Es un estado entre lo dormido y lo despierto, entre el día y la noche, entre la luz y la oscuridad. Este estado  resulta muy próximo a la muerte.
La estrategia narrativa de Palou no es novedosa. El autor ha escrito varias novelas históricas: “Zapata” (2006), “Morelos. Morir es nada” (2007) y “Pobre patria mía. La novela de Porfirio Díaz” (2010). En la novela sobre José María Morelos, la narración se plantea a partir de la voz de Jerónima, una mujer que fue pareja sentimental del líder del ejército independiente. La voz narrativa del personaje femenino también emerge desde un territorio que se levanta entre el día y la noche (P. 75, 104 y 162). En el texto sobre Morelos, publicado siete años antes que la novela sobre Villa, el personaje de Jerónima narra la historia mientras la está escribiendo. En varias ocasiones se refiere que la narración y la escritura de este personaje tienen lugar durante la noche y culminan con el día. El espacio narrativo desde el cual emerge la voz de Villa en el texto analizado, es el mismo desde el cual se configura la voz narrativa de Jerónima en la novela sobre Morelos. En ambas novelas, Palou repite al simbolismo que le da forma las voces narrativas: un limbo entre la noche y el día.
Este mecanismo narrativo que simbólicamente queda depositado en un territorio claroscuro, puede ser analizado a partir de una anotación teórica de Palou, escrita al final de la novela sobre Francisco Villa, al margen de la historia narrada: “¿Quién habla? ¿Quién escucha? ¿Qué se está diciendo? Estas tres preguntas en medio del ruido, siguen siendo las únicas relevantes para la novela. Pancho Villa es un significante vacío… (P. 183).” Un “significante vacío” es un contenido que no posee una interpretación definitiva, que continuamente requiere ser reinterpretado para lograr entenderlo de una manera diferente. Como “significante vacío”, el personaje de Villa queda envuelto por la relatividad, tiene que ser interpretado y reinterpretado una y otra vez. Desde la perspectiva teórica que Palou anota al final de la novela, se invita a un análisis de corte posestructuralista y posmoderno. Hay una tendencia generalizante que suele clasificar como posmoderna a la nueva novela histórica, que se ha escrito en las últimas décadas. Desde esta perspectiva, tanto los textos históricos como la novela histórica, estarían sujetos de significados flotantes e imprecisos. Esto daría lugar a un limbo interpretativo, determinado por la relatividad, que estaría envolviendo de forma definitiva, tanto a la labor del historiador como del escritor de novelas históricas.
Diversos autores han teorizado sobre la escritura de la historia, concibiendo bajo un mismo plano epistemológico al quehacer del historiador  y a la tarea del escritor de novelas históricas. Hayden White (“Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX”, 1992), Paul Ricoeur (“La memoria la historia, el olvido”, 2004) y F. R. Ankersmit (“Historia y tropología. Ascenso y caída de la metáfora”, 2004) equiparan el trabajo del historiador y del escritor de novelas históricas. No habría diferencias entre una y otra tarea, dado que el proceso de interpretación y de escritura da lugar a una subjetivación y una representación de la historia, que al quedar escrita, se aleja de una objetividad dura. Esto da cabida a la posible validez de las más diversas interpretaciones y escrituras de la historia.
Hay otros componentes que configuran simbólicamente a la voz de Villa que se asume en primera persona. A lo largo de la novela, la historia de Villa queda también significada por un atrincherarse, que al mismo tiempo que resulta ser una forma de resguardo, es un escaparse, una huida continua del personaje. La voz de Villa que desde las primeras páginas del libro se “atrinchera” en un limbo, entre la ensoñación y la vigilia, entre la vida y la muerte, se “atrinchera” en La Cueva del Coscomate, donde el personaje se resguarda de la expedición punitiva, y se “atrinchera” también en la Hacienda de Canutillo, después de 10 años de lucha revolucionaria (P. 21, 22 y 32). La huida y el resguardo de Villa en diversas trincheras a lo largo de la novela, están cruzadas por territorios espirituales y físicos a la vez. El limbo narrativo desde el cual emerge la voz de Villa en la novela, levanta un puente entre el mundo espiritual y el mundo físico. Este es quizá el mayor logro de la novela de Palou, en donde la forma y el fondo de la novela se conjugan.
Pero, ¿estos “atrincheramientos”, estas formas de resguardarse del personaje en la novela son suficientes para que su vorágine histórica se aquiete? Por supuesto que no. Ni en la misma muerte el personaje queda resguardado en lugar alguno. En el capítulo final, se relata cómo se le desprende la cabeza al cadáver de Villa, mientras está sepultado en el panteón de Parral Chihuahua: “-Para qué van a querer a un muerto sin cabeza… Uno sin cabeza es mejor que una tumba vacía… ¿Será? ¿Será que alguna vez alguien podrá contar la verdad?... No lo creo. La verdad, ya la menté hace rato, no existe y quizá no importa mucho” (P. 165 y 170).
Villa no queda protegido en lugar alguno, sus maneras de huir y su atrincherarse en la novela de Palou, reflejan la precariedad de su resguardo, que historiográficamente parece desdoblarse como un “significante vacío”, interpretado desde la multiplicidad y la dispersión, en un sentido posmoderno. Cientos y miles de escrituras han intentado acorralar interpretativamente a la figura del general Francisco Villa. La novela de Palou es una escritura más sobre Villa, que construye su propia interpretación sobre el personaje histórico. A fin de cuentas,  Villa termina siendo un tránsfuga, su “atrincherarse” es un moverse continuamente a lo largo de las más diversas interpretaciones historiográficas, desde la novela o desde la historia. En ello radica la riqueza narrativa del personaje.

II
Entre la búsqueda de la verdad histórica, el mito y la leyenda, la figura de Villa ha sido objeto de innumerables escrituras. Desde la historia o desde la novela, sobre la figura del Centauro del Norte pesa una especie de sobre-escritura, escritura que se acumula sobre escritura, que una y otra vez acomete en su decir sobre el personaje histórico. Katz (“Pancho Villa”, 2000, p. 393) refiere que hasta 1978 un índice de textos publicados en periódicos y revistas sobre Villa, anota cerca de dos mil. A raíz del resurgimiento de la novela histórica y de la celebración del centenario de la revolución mexicana, en los años recientes, en Chihuahua y en México, se han multiplicado los textos sobre Villa. ¿Qué no se ha dicho sobre Villa? ¿Qué no ha sido escrito a partir del nombre de Francisco Villa? ¿Cómo decir al centauro del norte,  de tal manera que la forma de narrar y lo narrado puedan arrojar un territorio  inexplorado y novedoso?
En la novela de Pedro Ángel Palou, la voz de Villa planteada desde la primera persona, fluye con un acierto lingüístico, las palabras son certeras y parecieran pertenecerle al mismo Villa. No se detectan componentes lingüísticos que nos lleven a sospechar que es el mismo general Francisco Villa,  quien narra su propia historia, entretejiendo las vivencias que brotan de la subjetividad de un hombre del campo, que fraguó su vida en el norte de México, entre el bandolerismo y la lucha revolucionaria. Lingüísticamente, la voz narrativa es verosímil. Pero la credibilidad del Villa que se narra a sí mismo en la novela de Palou,  se debilita en el momento en que el personaje es idealizado y moralizado de forma persistente.
La historiografía villista,  por lado,  asume al héroe justiciero que defiende las causas populares, por otro lado,  plantea a un Villa bandolero y ruin. Katz (“Pancho Villa”, 2000, P. 17 y 20) se refiere a “la leyenda blanca” y la “leyenda negra” del revolucionario. Palou se decide por endulzar a la figura de Doroteo Arango, moralizándola e idealizándola en un sentido positivo. A partir de esto, la voz narrativa de Villa asumida en primera persona resulta debilitada. De forma insistente, Villa se afirma como un hombre justo y bueno, que termina por defender su papel histórico como héroe popular.
A lo largo de la novela hay una insistencia por moralizar e idealizar a Villa, que se hace manifiesta ante los diversos acontecimientos históricos en los cuáles el papel del personaje puede percibirse dubitativo, claroscuro. Por ejemplo, en la novela Villa defiende su condición de polígamo, admitiendo que en todo momento estuvo al cuidado de sus numerosas esposas: “Insisto en que no olvidé a ninguna de mis mujeres” (P. 79). En el mismo apartado en el que narra su vida amorosa, el personaje asume que está realizando un “examen de conciencia” (P. 80). Villa se justifica y defiende su actuar. En el mismo tono, el personaje justifica su cambio de postura ante Venustiano Carranza, con quien pacta el derrocamiento de Victoriano Huerta, y de quien posteriormente se distancia a partir de los sucesos de la Convención de Aguascalientes: “Insisto, lo obedecí hasta que la decencia me lo permitió y atacamos, pues, Zacatecas” (P.66). En los fragmentos citados, está presente el verbo “insistir”. A lo largo de la novela,  este “insistir”, se convierte en un mecanismo narrativo reiterado, que postula a un Villa benevolente y justo. Se manifiesta en el personaje una “decencia” que lo mismo puede entenderse como moral, política o histórica. En ningún momento en la novela de Palou, Villa es puesto en duda en su actuar. Es un personaje que intenta limpiar su nombre desde su propia voz narrativa, pero que al hacerlo, deja entrever que la operación moralizante e idealizante, viene de la mano y de la pluma del autor, no del personaje que se narra a sí mismo. En toda narrativa se hace necesario que los personajes tomen cuerpo y voz por sí mismos, de tal manera que la figura del escritor se desdibuje y permanezca en la sombra.  El autor requiere construir su alejamiento de los personajes y las voces que narran, para que de esta forma lo narrado adquiera vida propia, al margen del escritor y del proceso de escritura. La novela de Palou falla en este cometido. Quien moraliza e idealiza a Villa, no es el personaje que se narra a sí mismo, intentando un “examen de conciencia”, sino Palou mismo, que a lo largo de la novela “insiste” reiteradamente en la dulcificación del personaje.
En una nota al final de la novela, el mismo Paolu intenta justificar la operación moralizante e idealizante: “…por eso elegí la primera persona… Quise además que fuera el mismo –su voz- …  la constante rectificación de su figura.” (P. 188). Muchas veces las notas teóricas que los autores escriben para poner en claro los contenidos de un texto literario resultan  innecesarias y estorbosas. La nota final de la novela de Palou deja en claro la intromisión del autor en la voz narrativa de Villa. El personaje de Villa es sometido a un juego narrativo,  en el que por momentos,  el escritor se superpone a las acciones y la voz del personaje mismo.
Los mecanismos narrativos de la novela analizada configuran los hechos históricos desde una perspectiva posmoderna: fijados en la voz de un yo que recuerda desde una subjetividad que se pretende franca y alejada del historicismo academicista, lejanos de una linealidad que se fija en la lógica causa-efecto y trazados fragmentariamente a partir de una vida que se cuenta por retazos. Esto se nota por ejemplo, en la manera dispersa en que se narra el asesinato de Villa,  que es abordado en diversos apartados del texto: entre las páginas  13 y 16, de la página 98 a la 101, entre las páginas 115 y 124, de la página 151 a la 155 y en la página 163. La novela busca asumir de manera genuina que es Villa quien se narra, a partir de los mecanismos de un recordar no historicista ni academicista, lejano de una lógica lineal y asumiendo un manera de contar fragmentaria y dispersa.
Pero hay dos momentos en la novela,  en los que la misma voz de Villa intenta justificar sus maneras de narrar. “Algunas cosas se me quedaron más grabadas en la memoria que otras. Después de tanta cosa, tanto acto, tanta proclamación, la memoria es selectiva y escoge lo que la ayudó a formarse, nada más.” (P.47). “Quizá porque la música y los sueños se quedan, regresan cuando uno los necesita, permanecen en la memoria. Todo lo demás se escapa, se esfuma como las nubes…” (P.106)
En ambos fragmentos citados, la voz del Villa que se narra a sí mismo, pretende justificar la selectividad que opera en la historia contada. ¿Qué es lo que se cuenta y qué es lo que no se cuenta? Es una pregunta que busca responder el personaje mismo. Pero lo que se refleja en ambos fragmentos,  es la selectividad narrativa del autor, que también queda superpuesta al personaje central de la novela. ¿Tenía algún caso que Villa justificara la selectividad narrativa que opera en la historia de la novela? ¿Por qué un personaje tendría que explicar lo que se narra y lo que no se narra? Estos fragmentos son indicios de la actividad técnica del escritor, que investiga, ordena, selecciona, omite y escribe una historia a partir de datos, en este caso,  la historia novelada de Francisco Villa. ¿Es Francisco Villa el que intenta justificar la selectividad narrativa de su historia, o es Pedro Ángel Palou, quien pretende esta justificación? Hay indicios de que el autor usurpa el lugar de la voz narrativa de Villa, que resulta extraviada en la superposición.
Tanto en el mecanismo narrativo de moralización e idealización de Villa, como en los fragmentos que explican la selectividad de lo que se cuenta y de lo que se omite, se  hace notoria una intromisión del autor en la voz narrativa de la novela. Esta condición debilita a la historia narrada.

III
En el primer apartado se analizó como el limbo narrativo desde el cual se plantea la voz de Villa en primera persona, tiene como antecedente el territorio desde el cual emerge la voz narrativa de Jerónima, en la novela que Palou escribe sobre Morelos (“Morelos. Morir es nada”, 2007). Ambas voces brotan simbólicamente de un territorio que se abre entre la noche y el día. En el texto analizado hay  elementos que Palou retoma de otros autores  e introduce en su propia novela.
Una de las imágenes mejor logradas en la novela de Palou, es el momento en el que ocurre el fusilamiento de Pablo López (P. 34-37). Mientras el personaje es fusilado tiene en su boca un puro. Aun habiendo sido derrumbado por la descarga de las balas del pelotón, Pablo López sostiene el puro en su boca, el cual “tenía mordido entre los dientes”. Al cigarro nunca se le cae siquiera la ceniza, permanece encendido mientras el personaje muere. La del puro que permanece encendido es una imagen fálica, que significa la hombría y el arrojo del personaje al momento de ser fusilado. Esta imagen insertada en la novela de Palou, es tomada de los relatos de Nellie Campobello, en particular dos de ellos: “El ahorcado” y “El cigarro de Samuel” (“Cartucho”, 2000, P. 86-87 y P. 127). En el primer relato, mientras un personaje es ahorcado, parece buscar con su lengua un cigarro de macuchi, que traía sujeto de la oreja. En el segundo relato, se cuenta una anécdota de Samuel Tamayo, un personaje ficticio que acompaña a Villa en su automóvil al momento de ser asesinado en Parral. Campobello relata que Villa, Trillo y Samuel Tamayo, “se quedaron dormidos dentro de un automóvil”.  Mientras el personaje de Samuel Tamayo es cosido a balazos,  está fumando y el cigarro que sostiene entre sus dedos prosigue encendido.
Es obvio que en la novela de Palou,  la imagen del fusilamiento de Pablo López, mientras fuma y sostiene encendido un puro entre los dientes, fue tomada de los cuentos citados de Nellie Campobello. Los préstamos narrativos resultan válidos. Son jugadas de intertextualidad que se trazan de un autor hacia otro, en este caso, entre dos autores que escriben narrativa histórica de la revolución mexicana a partir del personaje de Francisco Villa. Pero a fin de cuentas, el préstamo que Palou toma de Campobello, le resta originalidad a la novela aquí analizada.


sábado, 7 de febrero de 2015

Blue Demon y la promoción de la lectura en México



(Artículo en publicación en "El Diario de Chihuahua", en la sección de UPNECH, los días 1 y 8 de febrero)

Quien hubiera pensado que aun estando muerto, Blue Demon libraría otra gran batalla en los escenarios de la cultura mexicana, portando su esplendorosa máscara azul  y cubierto a la espalda con su brillante capa que hace alegoría del estilo aristócrata en el vestir. Quien hubiera pensado que la lucha por la promoción de la lectura en México,  tomaría como uno de sus embajadores simbólicos, al enmascarado que junto a El Santo, se convirtió  en un ícono de la cultura popular mexicana en el siglo XX.
En el cartel que anuncia la XXXV Feria Internacional del Palacio de Minería (organizada en 2014), aparece la imagen de Blue Demon portando y leyendo un libro. Después de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), la del Palacio de Minería es la segunda en importancia a nivel nacional. Las ferias del libro que año con año se organizan en Chihuahua, son diminutas y tienen una forma caricaturesca cuando se les compara con la FIL y el evento del Palacio de Minería. Físicamente, no virtualmente, ambos eventos estarían siendo la imagen más cercana de la biblioteca total de Borges, un espacio geométrico concebido a través de los libros que llega a tomar la forma de un laberinto físico, intelectual y espiritual.  Caminar por los pasillos de la FIL o por los pasillos de la feria del libro del Palacio de Minería,  es una forma de perderse entre los  libros.
En la imagen del cartel de la feria del libro del Palacio de Minería, Blue Demon aparece sosteniendo un libro con su mano izquierda. De perfil, la mirada y la concentración del luchador  están atrapadas en el contenido del texto. De la máscara del héroe del ring se desprende una estela de luz,  que a la manera de los rayos del sol ilumina la escena. El acto de la lectura está rodeado por un cúmulo de luz que se desborda a través del lector y del libro. La triada libro-lector-lectura, queda iluminada por completo en una sola escena que representa las verdades y las ficciones del saber en occidente.
La imagen del cartel fue tomada de una de las muchas películas que tuvieron como protagonistas a los luchadores que durante años se sostuvieron como ídolos de la cultura popular mexicana, entre la lucha libre y el cine nacional. El personaje que se nos presenta como lector idealizado,  forma parte de una de las varias secuencias de la película “Blue Demon contra el poder satánico”, filmada en 1966. Es un instante, un segundo tal vez, que en la fotografía del cartel que promueve a la feria del libro del Palacio de Minería, se pasa de la idolatría de la lucha libre y el cine, a la idolatría del libro, del lector y la lectura. No hay indicios históricos que señalen que Blue Demon fue un gran lector, ni siquiera llega a mostrarse como un lector mediano. ¿Cuántos libros habrá leído Blue Demon a lo largo de su vida? Habrá que hurgar en la historia de vida del luchador preguntándose por sus inclinaciones lectoras.
Al inicio del filme hay un extraño mensaje que se advierte  al espectador: “Todos los personajes de esta película son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o muertas, será mera coincidencia.”  Tal vez resulte innecesario advertir la ficción en una película de lucha libre, en la que los héroes pelean contra seres monstruosos e infernales. Pero lo que resalta de esta frase, es que la ficción es posible de parecerse a la realidad. Esto no es nada nuevo. La novedad en esta parte,  radica en los mecanismos de representación a través de los cuales se idealiza al libro, al lector y la lectura. En este caso el mecanismo de representación reside en el soporte de una película de ficción bajo la temática de la lucha libre, en la que los buenos (los héroes) pelean contra los malos (los antihéroes). En la película,  Blue Demon busca en una vieja biblioteca un libro que le servirá de apoyo para derrotar a las fuerzas malignas. Las imágenes del lector y de la lectura quedan representadas por la heroicidad de Blue Demon, quien se convierte  simbólicamente en un héroe letrado, un héroe representado como un gran lector, que lucha contra la ausencia de la lectura, contra los bajísimos promedios del número de libros leídos por los mexicanos. Pero, ¿la de Blue Demon como un gran lector es una heroicidad real?
En el proceso de representación simbólica de Blue Demon como un héroe lector, que tiene lugar en el cartel de la feria del libro del Palacio de Minería, se hace presente una contradicción.  Por un lado hay una imagen tomada de una narrativa cinematográfica que obviamente es ficticia, por otro lado hay una idealización del libro, del lector y de la lectura que se pretende real. Aunque la heroicidad de Blue Demon no radique en haber sido un gran lector, queda representada de esta forma en el usufructo publicitario y cultural de la imagen. La operación que representa a Blue Demon como un héroe de la lectura, como gran lector, esconde los mecanismos a través de los cuales se ha idealizado al libro, a la lectura y al lector.  No existe, no puede existir la imagen real de un gran lector, sino que está imagen ha sido elaborada a partir de artificios teóricos y estéticos que se han encargado de santificar al libro, al lector y a la lectura. El cartel de la feria del libro del Palacio de Minería es uno de estos artificios.
Las imágenes que asumen la existencia de un gran lector son parte de una idealización que se pretende realizable. Es aquí que radica la utopía lectora en occidente, en los procesos de idealización de un gran lector que toman forma entre lo imaginario y lo real. Este es un limbo ideológico que no ha sido suficientemente analizado. En la historia moderna de occidente se han formado dos imágenes que tienen que ver con la idea de un gran lector.
Por un lado,  se piensa en un sujeto específico que dedica un considerable tiempo de su vida a leer, alguien que sea capaz de leer muchos libros en el menor tiempo posible y, que a partir de ello tenga una capacidad reflexiva y comprensiva de grandes proporciones. Pero en lo individual, los grandes lectores han sido escasos a lo largo de nuestra historia. Solo un puñado de hombres y mujeres llegan a convertirse en personas que se dedican de manera sistemática a la lectura a lo largo de sus vidas. Por lo general, estas personas pertenecen al ámbito académico de las universidades, al mundo intelectual o de la literatura. Junto a lo anterior,  está la problematicidad que tiene lugar entre las personas que leen de manera permanente. De la misma manera en que la lectura constante puede convertirse en una maquinaria para resolver los problemas de la vida común, puede convertirse en una maquinaria para crearlos. El deseo por acumular  conocimientos incesantemente, que está presente en los lectores asiduos, tal vez traiga consigo más problemas que soluciones. Este rasgo queda reflejado en los cuentos de Borges, que de manera persistente abordan el tema de la angustia por la lectura, que toma la forma de una angustia por el saber total.
Por otro lado, se piensa en el incremento social de la lectura que pueda dar lugar a una masificación de esta actividad educativa y cultural, que el mayor número de los integrantes de la sociedad se conviertan en lectores permanentes.   Pero en ningún momento de la historia de la humanidad, en ninguna sociedad específica, ha existido una gran mayoría que se dedique a la actividad lectora.  Los lectores permanentes son una minoría que termina agrupándose en torno a grupos de poder académico o intelectual.
La cualidad más notoria que se hace presente en el cartel de la feria del libro del Palacio de Minería, es el mecanismo a través del cual la ficción y la realidad se pierden en el limbo de representación que idealiza el mundo de los libros. Entre lo imaginario y lo real, el libro, el lector y la lectura son llevados a la ponderación  ideal  de la utopía lectora. De ahí la estela de luz que brota de la máscara de Blue Demon en la imagen, convertido en una especie de arcángel de la lectura, una figura que lee a toda costa,  que lee aunque no sea un lector probado, que eterniza su figura leyendo en la imagen del cartel. Y aunque no sea verdad,  lo que importa es el simbolismo y la estatización de la imagen. Es aquí que la representación ideal de la lectura se consagra. No importa que Blue Demon  jamás haya sido un lector destacado, no importa que el acto de lectura del luchador haya sido tomado de una narrativa cinematográfica, obviamente ficticia. Lo importante son los mecanismos de representación que nos resultan válidos: un cartel, un personaje idolatrado, una feria del libro con amplio reconocimiento, una imagen que se nos vuelve dulce y amena a pesar de sus contradicciones.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Ayotzinapa y el impuro territorio de la educación


Ya somos todo aquello
contra lo que luchamos a los veinte años.
José Emilio Pacheco

El de la educación es un territorio impuro, cuya superficie se nos manifiesta rotundamente accidentada. En los discursos de los políticos que rinden informes sobre la educación, hay una tendencia a idealizar y purificar al territorio educativo de cualquier aspereza que pueda subrayar su condición problemática. Si algo ha quedado manifiesto con el surgimiento y la inicial consolidación de la investigación educativa en México en los años recientes, es que la educación es un rompecabezas de múltiples problemas. La investigación educativa concibe a la educación como un territorio de problematicidad abierta. Esta es quizá la mayor fractura que pueda existir entre la clase política que tiene las riendas de la educación en México y los académicos que han profesionalizado su labor desde la investigación educativa. Los primeros subrayan la bienaventuranza de la educación, los segundos levantan la bandera de una problematicidad que a veces resulta abrumadora. ¿Qué diálogo puede construirse a partir de esta condición paradójica?
Lo que ha sucedido en los últimos meses en México, viene a resaltar la condición problemática y compleja de la educación, cuya territorialidad no puede concebirse a parte de lo social, lo político, lo ideológico,  lo jurídico, lo económico, etc. En el fondo de esto,  está el debate teleológico sobre la educación en México. Los fines de la educación son un componente que se encuentra entrampado en una lucha que comienza hacia finales del siglo XX y que se extenderá a lo largo del siglo XXI. La educación puede ser pensada y desarrollada como un dispositivo de control y acallamiento. Numerosos teóricos de la pedagogía crítica han puesto en claro cómo opera la educación en el aquietamiento de los sujetos, a quienes se les castra en sus posibilidades reflexivas, críticas y de transformación del mundo. Por otro lado, la educación puede concebirse como una maquinaria de resistencias, que a partir de las herencias del marxismo y de la pedagogía crítica, da lugar a la formación de sujetos reflexivos y críticos, que pueden dedicarse afanosamente a la transformación del mundo a partir del hecho educativo.
¿De qué formas lo educativo se desdobla hacia otros territorios humanos (lo social, lo político, lo ideológico,  lo jurídico, lo económico, etc.)? ¿Cómo estos otros territorios humanos se trenzan con lo educativo? Se analiza aquí un solo acontecimiento que tiene que ver directamente con la educación, el papel que han jugado los jóvenes y estudiantes en las recientes movilizaciones políticas, que a su vez poseen implicaciones ideológicas y de otra naturaleza.  
En el movimiento estudiantil de 1968 en México, los actores centrales fueron los estudiantes. Este año y las décadas que le siguen, son un tiempo histórico de ruptura, en el que según la teoría de los “sistemas mundo” (Wallerstein, 2006), lo que está en juego es la vigencia o la caída del capitalismo, como una visión del mundo que ha sido dominante durante varios siglos. No es posible saber con certidumbre si el capitalismo seguirá vigente después del siglo XXI,  o si puede construirse una manera de vida alternativa, desde luego abrevando del marxismo,  pero a la vez superándolo y modificándolo. Sobre esto último aún se está elaborando teoría, y a la vez se van generando luchas en el terreno político, luchas que están íntimamente conectadas con la educación.  
Algunas notas periodísticas han afirmado que el paso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa por la ciudad de Iguala, tiene que ver con la recaudación de fondos para que los normalistas pudieran asistir a las protestas por el aniversario de la matanza del dos de octubre, en la ciudad de México. La conexión no es casual. Hay una correlación entre las fechas y los acontecimientos de ambas masacres, los normalistas de Guerrero fueron asesinados casi una semana antes de conmemorar un aniversario más de la matanza de Tlatelolco. Sería interesante analizar los perfiles de los asesinados en 1968 y los asesinados en 2014. La más notoria coincidencia, es que unos y otros eran estudiantes y jóvenes. A su vez, en ellos queda manifiesto un ímpetu reflexivo, crítico y transformacional.  Pero habría que preguntarse por su perfil como estudiantes, por los contextos familiares en los que se formaron, por las condiciones socioculturales que le dieron forma a su desarrollo como sujetos educativos, sociales y políticos.
Entre 2006 y 2007 tuvo lugar en Chile la llamada “revolución de los pingüinos”, en la que las movilizaciones estudiantiles fueron clave para impulsar una reforma educativa de fondo en ese país, construida desde abajo, desde las demandas de los jóvenes. La revolución de los pingüinos se comprende ubicada más allá de lo educativo, en términos político e ideológicos, como un movimiento en lucha contra el neoliberalismo que atosiga a la educación en América Latina.  
En las recientes movilizaciones estudiantiles en México, resulta claro que lo educativo se entrecruza complejamente con lo político y lo ideológico, tiene que ver incluso con el problema del narcotráfico y la violencia social que se ha generado, afectando a miles de familias que han perdido a sus seres queridos en los últimos años, que han sido desplazados y despojados de sus formas de vida.
Desde luego que hay diferencias de fondo entre las movilizaciones estudiantes de 1968, que demandan una transformación del vetusto sistema político surgido de la revolución mexicana; la revolución de los pingüinos en Chile, que reclama cambios en el sistema educativo que  había sido sometido al neoliberalismo; y las movilizaciones estudiantiles en 2014 en México, en las que se entrecruzan las protestas por el asesinato de los 43 normalistas de Ayotzinapa y la lucha de los estudiantes del IPN (Instituto Politécnico Nacional), que demandan ser parte de la definición del proyecto educativo de esa institución. Pero el hito que une a estas movilizaciones, es la participación de los jóvenes y a la vez estudiantes.
¿Quién a estas alturas, puede cerrar suficientemente los ojos ante la abrumadora realidad que vivimos, para tener una fe ciega en la educación como motor de transformación de México? Ya en otros artículos he sostenido que este mito educativo,  que se arraiga y se fertiliza desde la modernidad, resulta cuestionable. La educación es un territorio sumamente complejo, que en este artículo se concibe como impuro. No hay, no puede haber una pureza educativa, ni en el ámbito teleológico ni en otros ámbitos.  En todo caso, podemos hablar de la pureza fallida de los actos educativos, en lo micro y en lo macro.
La masacre de Tlatelolco y el asesinato de los normalistas de Ayotzinapa, son dos nudos ciegos que nos muestran el complejo entramado de los problemas educativos en México. Los muertos de Ayotzinapa, en su calidad de estudiantes normalistas y de maestros a quienes se les truncó la posibilidad de ejercer el magisterio, forman parte de una serie de luchas en las que lo educativo no existe por sí mismo,  ni para sí mismo. Sino que se conjuga con una serie de factores sumamente problemáticos que tienen que ver con la historia del normalismo en México y el futuro que le depara; con la fuerte presencia de una disidencia magisterial que en Guerrero se conecta a la guerrilla,  la CNTE y la izquierda partidista y social; con la imposibilidad del gobierno federal para aplicar la reciente reforma educativa en todos y cada uno de los rincones del país; con la educación básica y superior, que en el México del siglo XX dio lugar a que miles de hijos de campesinos y de obreros pudieran convertirse en profesionistas, y que hoy no garantiza una democratización educativa, ni social, ni política, ni económica; con el despectivo concepto de los “ninis” (los jóvenes que ni estudian, ni trabajan) que han sido carne de cañón para engrosar las filas del narcotráfico en México. De la misma forma en que se hace necesario investigar sobre los perfiles de los asesinados en Ayotzinapa, se requiere investigar sobre los asesinos. Las fotos de los tres sicarios que declararon haber asesinado y quemado a los normalistas en un basurero de Cocula, nos muestran los rostros de jóvenes que quedaron atrapados en una trama histórica, cultural y educativa, que ha desembocado en la tragedia. ¿Qué llevó a estos jóvenes a convertirse en sicarios? ¿Qué rasgos pueden distinguirse en sus historiales educativos a lo largo de sus cortas vidas? 
El proyecto de nación del actual gobierno federal, surgido y sustentado desde el neoliberalismo, que se ha impulsado desde la década de los noventas hasta la fecha, se muestra tullido y balbuceante. La generalidad de los analistas han subrayado que las medidas reactivas que ha planteado recientemente la presidencia de la república, son insuficientes. Pero lo más grave,  es que sobre ellas no existe la suficiente fe como para hacerlas creíbles. El proyecto de nación sangra desde los diferentes costados que componen su cuerpo teórico y fáctico. Uno de estos costados es el territorio educativo, que se manifiesta impuro, atravesado por una historia que en este momento convulsiona.
No estamos hablando de un currículo visible o un currículo oculto, que como conceptos resultan insuficientes para analizar las formas de correlacionarse de la educación con otros territorios humanos. No estamos hablando de una agenda política que en sus entrecruzamientos ideológicos, pudiera haber previsto hace algunos meses lo que ha sucedido a partir del caso Ayotzinapa y las movilizaciones de los estudiantes del IPN. Estamos hablando de entramados complejísimos en los que las formas de ser de la educación trascienden los límites de “lo educativo” y se instalan en un siglo que desde sus primeros años ha estremecido a la humanidad de formas inauditas, en México y en otros lugares del mundo.
Cabe el riesgo de que Ayotzinapa se convierta en un símbolo de la debacle educativa (social y política) en México, masacrada y calcinada en las montañas del sur del país, significada entre el fuego y la ceniza, entre los gritos de rencor y los oídos gubernamentales que se han mostrado huecos, petrificados. Cabe el riesgo de que las fosas clandestinas en las que aún se buscan los cuerpos de los 43 estudiantes asesinados, se conviertan en símbolo de nuestras búsquedas fallidas de lo educativo, extraviado entre lo cercano y lo lejano, entre el horror y la utopía, entre lo luminoso y lo oscuro que los discursos educativos pueden ser...