lunes, 3 de febrero de 2014

Los libros y la lectura entre los pasillos del poder



(Publico completo un texto que se da a conocer en El Diario de Chihuahua, en la sección de UPNECH, los días 26 de enero, 2 y 9 de febrero)


¡Oh divino reducto de la soledad, bastión de la paz, última trinchera contra el bullicio del mundo! Una biblioteca en cada excusado, hará de tus hijos mejores mexicanos.
Zaid G., El costo de leer y otros ensayos, P. 112.  


I
La lectura es una actividad humana que a partir de la ilustración y el enciclopedismo europeos ha tenido un reconocimiento educativo y cultural de significativas proporciones. Puede afirmarse que en los entresijos histórico-culturales de la modernidad (entre 1500 y 1950) se apuntalan las subjetivaciones y discursos occidentales sobre el libro y la lectura. En los años recientes Roger Chartier, formado en la tradición historiográfica crítica de la corriente de los Annales, es quien ha llevado a cabo un trabajo más sistemático y consistente en las investigaciones sobre el libro y la actividad lectora desde una perspectiva de larga duración. Chartier (“Cultura escrita, literatura e historia”, 2006, P. 228) refiere la importancia de investigar desde una perspectiva histórica al libro y la lectura: “Lo que me interesa destacar es que el tema que nos ocupa es el de la relación entre la historia de los textos, cualquiera que sea su estatuto, su naturaleza o su legitimidad; la historia de los libros, que transportan los textos a sus lectores, y, para terminar, esta misteriosa historia de la lectura entendida como una serie de gestos, comportamientos, prácticas y lugares. Definida además como la invención de sentido de un lector particular, si bien esa particularidad se ubicaría en lo que comparte este lector con otros lectores y lectoras que pertenecen a la misma comunidad de interpretación.”
En México las preocupaciones sobre el tema tienen distintas vertientes. El programa de lectura emprendido durante el gobierno de Vicente Fox, como uno de los pilares de la política educativa, fue retomado en el sexenio de Calderón y prosigue durante el gobierno actual. Su basamento parte de la misma premisa vasconcelista de publicar masivamente obras, en este caso de literatura infantil y juvenil, y acercarlas a los lectores en formación a través de las Bibliotecas de aula y de las Bibliotecas escolares. La edición de millares de libros colocados en las aulas y las escuelas, el acompañamiento de una serie de medidas emprendidas a partir del Programa Nacional de Lectura, son medidas encaminadas a la promoción del libro y la lectura. “Según David Acevedo Santiago, director de Bibliotecas y Promoción de la Lectura de la SEP, la meta es que cada aula tenga “entre 110 y 120 libros desde el primer grado de preescolar hasta el tercero de secundaria”; y que las bibliotecas escolares tengan 300 libros en los planteles preescolares, 650 en las primarias y 670 en las secundarias.” (Zaid, Información de nota periodística de El Universal, 11 de junio de 2012).
No cabe duda del esmero con el que los gobiernos federales (y estatales) han atendido a la promoción del libro y la lectura. Zaid (2012) hace cálculos y contabliliza  a partir de las cifras dadas por Acevedo Santiago y del número de planteles de educación básica: 172.5 millones de volúmenes que se han publicado y que se pretenden publicar para las bibliotecas escolares y de aula. Aunque el mismo Zaid afirma que en un análisis comparativo con otros países, el número de libros por persona en México nos coloca en una situación marginal.
Entre las políticas locales de promoción del libro y la lectura, destacan el Programa Estatal de Lectura y el concurso Don Quijote nos invita a leer, que opera desde el gobierno de Patricio Martínez hasta la fecha
Por otra parte, en los últimos años se han publicado múltiples textos que en formato de libro y de artículos,  abordan el tema del libro y la lectura en México. Entre las colecciones de libros publicados destacan las siguientes:
-- La más importante  es Espacios para la lectura, del Fondo de Cultura Económica (FCE), que inicia en 1999 y sigue publicando hasta la fecha. Tiene en su haber más de 25 títulos.
-- La segunda en importancia es LECTURASSOBRELECTURA, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA). Esta colección nace como producto del Seminario Internacional del Fomento de la Lectura, que se celebra en la ciudad de México desde 1996 hasta la fecha, en el marco de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil. Los libros comienzan a publicarse en 2002 y la colección se cierra en 2006, con el tomo número 20.
-- Dentro de la colección Croma de la  editorial Paidós se identifican al menos nueve libros, de entre los cuales destacan tres de Juan Domingo Arguelles, el especialista mexicano que más ha escrito y publicado en este campo.
-- La editorial Océano posee una colección llamada Ágora, la cual inicia hacia 2008 y sigue publicando. Se contabilizan ocho publicaciones. Fuera de esta colección la editorial Océano ha publicado tres textos de Juan Domingo Arguelles.
-- Las universidades también han realizado publicaciones en la materia. Se detectan libros de la Universidad Nacional Autónoma de México, de la Universidad Pedagógica Nacional, el Colegio de México y otras instituciones.
-- Existen publicaciones de otras editoriales que no son parte de colecciones especializadas.
En este mismo contexto tuvo lugar en México en septiembre de 2009, el Congreso Internacional del Mundo  del Libro, cuya memoria fue editada por la Secretaria de Educación Pública (SEP), el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) y el Fondo de Cultura Económica (FCE), ese mismo año.
Los territorios del libro y de la promoción de la lectura en México, constituyen una línea educativa y cultural escasamente investigada.

II
Los discursos oficiales suelen concebir a la lectura en términos ideales, utópicos. Hablamos de utopización de la lectura, de magnificación educativa y cultural de esta actividad humana. Si la lectura ha de ser sublime, lo ha de ser para sublimar al hombre entero, a la cultura toda. “La lectura, en especial la de libros, es un factor fundamental para el crecimiento económico, político, social y cultural de las personas y las naciones. El nivel de desarrollo de un país puede medirse por el número y la calidad de sus lectores, así como por la infraestructura que sostiene a la lectura y la escritura.” (Hacia un país de lectores, CONACULTA, encuesta realizada en 2007).
¿Es demostrable que la lectura traiga consigo “crecimiento económico, político, social y cultural de las personas y las naciones”? ¿Cómo puede evidenciarse una afirmación de esta envergadura? No hay evidencias certeras sobre una correlación directa entre las variables del desarrollo lector y el desarrollo económico, político y social de las naciones. La utopización de la lectura posee una serie de componentes a los que es necesario rastrear en los discursos que se han emitido sobre el libro y la lectura
Desde una perspectiva crítica Zaid (“De los libros al poder”, 1988, P. 27) plantea una conexión estrecha entre el poder intelectual de las clases universitarias y el poder político: “Desde sus orígenes, y de mil maneras, el saber teórico ha legitimado al poder práctico (…) En 1932, Alfonso Reyes veía en el mundo “un paulatino advenimiento al poder de las clases universitarias… En 1987, según el “Diccionario biográfico del gobierno mexicano”, de los 1156 funcionarios más altos del poder ejecutivo, el 98 % tenía estudios superiores (más de la mitad en la UNAM) y el 48 % posgrados (más de la mitad en el extranjero); el 70 % tenía experiencia académica (docencia, investigación), el 60 % pertenecía a academias u organismos semejantes, el 30 % había publicado libros; sólo el 4 % había tenido cargos públicos de elección; ninguno estaba afiliado a un partido de oposición; la mitad había nacido en la capital, y no había hijos de campesinos ni de obreros.”
Según Zaid, la promoción de los libros y la actividad lectora en el México del siglo XX se conectan  con el arribo de las clases universitarias al poder. Miguel Alemán Valdés, el “cachorro de la revolución”, es el primer presidente universitario en el México del siglo XX. De él en adelante se consolida de facto la ascensión de los sectores universitarios al poder público.
En los años finales del siglo XX y principios del XXI, Gabriel Zaid y Juan Domingo Arguelles (ambos poetas y ensayistas) son quienes se han ocupado con mayor sistematicidad y visión crítica por investigar sobre los libros, la lectura y las bibliotecas. Entre estos tres elementos (los libros, la lectura y las bibliotecas) encontramos como ejes vertebradores a la educación por un lado y al poder por otro. Hay entonces una serie de tramas discursivas que van de: la educación (1), a los libros (2), a la lectura (3), a las bibliotecas (4) y, a la conformación de un poder legitimado en el halo del saber que estos componentes convalidan para convalidarse en sí mismos (5).
Este es un plano analítico que se atisba para preguntarse y hurgar en torno a los orígenes y desarrollos de los discursos sobre los libros y la actividad lectora en México.  Hay zonas oscuras, o mejor dicho, oscurecidas, en los orígenes y desarrollos de los discursos sobre los libros y la lectura. Esta cuestión toma forma no solo a partir del discurso concebido como superestructura cultural, no solo a partir de un habla oficial emitida textualmente por autoridades gubernamentales e intelectuales desde diversos niveles de superioridad; sino también como factor que a su vez está en juego en los espacios de la microfísica del poder (Foucault, “Microfísica del poder”, 1992): en las aulas, en las instituciones educativas, en los espacios bibliotecarios, en cualquier lugar donde la lectura y los libros tengan cabida.
A partir del correlato de los 5 componentes referidos, se asumen entonces dos planos analíticos. Uno situado en los discursos oficiales emitidos por actores con autoridad gubernamental y/o intelectual, que pueden rastrearse en textos de proyectos y programas de impulso a la lectura, textos de política educativa y de índole curricular, discursos pronunciados por políticos, memorias,  autobiografías, etc. Otro ubicado microfísicamente,  entre los promotores de la lectura en las escuelas y las comunidades, entre los bibliotecarios,  los directivos, los maestros, los padres de familia y los alumnos que han desarrollado una serie de subjetivaciones y prácticas sobre los libros y la actividad lectora.

III
De forma no del todo clara los discursos pronunciados por autoridades gubernamentales (primer plano analítico) se enredan en su propias contradicciones. La clase universitaria que ha arribado al poder a partir del enaltecimiento de los libros, las bibliotecas, la lectura y el saber depositado en ello, fija su proclama en el absurdo. “Es significativo que los políticos –como las demás figuras públicas- estén obligados a decir que leen y que la lectura es importante: tienen que hablar con relativa frecuencia de sus libros y sus autores favoritos, fingiendo una familiaridad con la lectura que la mayoría de las veces es ostensiblemente falsa (…) Paradójicamente, ese reconocimiento del lugar simbólico de los libros es una forma de señalar su insignificancia, su carácter puramente decorativo; en la práctica, los libros están en la escuela, como material obligatorio, más allá de eso no tienen lugar en el espacio cotidiano.” (Escalante Gonzalbo F., “A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública”, 2007, P. 64 y 65).
El desliz cometido por Enrique Peña Nieto en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara en 2012, al adjudicar erróneamente la autoría de la novela “La silla del águila” a Enrique Krauze y no a Carlos Fuentes, es una evidencia más del señalamiento que hace Escalante Gonzalbo. Desde luego que habría que asumir críticamente a este hecho acontecido en la FIL de Guadalajara en 2012, indagando sobre los factores que inscritos en una historia de larga duración,  han sostenido a las subjetivaciones, los discursos y las políticas públicas en torno al libro y la lectura.
Hay una historicidad a través de la cual toman forma y consistencia los discursos sobre los libros y la actividad lectora en México durante el siglo XX y hasta la actualidad. Desde luego que la política educativa vasconcelista resulta detonadora en este plano, pero habría que hurgar más hacia atrás.
Citado por Zaid (“De los libros al poder”, 1988, P. 27), Reyes afirma “un paulatino advenimiento al poder de las clases universitarias (…)”. Lo que Reyes asume tiene su génesis no solo en el deseo y la necesidad de un poder ilustrado: el “advenimiento” de  una clase política formada a través de los libros y el saber universitarios. Reyes fue un perseguido y un perseguidor de la lectura que en grados superlativos apacigua y atormenta al espíritu a la vez. En el Ateneo de la juventud se configura lo que aquí se refiere como la angustia por la lectura. En lo individual, la posibilidad de crecer a través de la lectura implica una caída. Es un despeñarse irresolublemente hacia las preguntas. “Yo solo sé que no se nada”, la referencia socrática ilustra la oscuridad del saber depositado en los libros y la lectura.
Los indicios ideológicos de la angustia por la lectura pueden rastrearse hasta las actividades que realizaron los integrantes del Ateneo de la juventud, en los primeros años del siglo XX. Entre las figuras más destacables de los integrantes del Ateneo están:  Pedro Enríquez Ureña, quien jugaría el papel de líder intelectual del grupo; Alfonso Reyes, el más joven y cercano a Enríquez Ureña; Antonio Caso, quien sería rector de la UNAM y; José Vasconcelos, quien estaría al frente de la SEP en la etapa posrevolucionaria e impulsaría la primera gran cruzada por la lectura en México. Se atribuye a Justo Sierra, Secretario de Instrucción Pública en los años finales del gobierno de Porfirio Díaz, el impulso y padrinazgo del grupo que existió entre 1905 y 1915.
Las vivencias y las tramas intelectuales vividas por los integrantes del Ateneo de la Juventud,  son una de las raigambres de las que brotan ideológicamente las concepciones sobre los libros y la lectura en el México del siglo XX, en ellas están presentes la intelectualidad y el poder político, anudados desde tiempo atrás y aún hasta nuestros días. Las memorias de Enríquez Ureña atisban la ideologización de la lectura: “Una vez nos citamos para releer en común “El banquete, de Platón” (…) La lectura acaso duró tres horas, nunca hubo mayor olvido del mundo de la calle, por más que ocurría en un taller de arquitecto, inmediato a las populosa avenida de la ciudad.” (Henríquez Ureña P., citado por Quintanilla, “Nosostros. La juventud del Ateneo,” 2008, P. 71). Quintanilla refiere que aquella lectura tuvo lugar en 1907 en el taller del arquitecto Acevedo. Junto con él,  estuvieron presentes Alfonso Reyes, Alfonso Caso y Pedro Enríquez Ureña, además de Gómez Ribelo y Valenti.
En los acontecimientos que vivieron los integrantes del Ateneo de la juventud – aún antes quizá-  pueden  rastrearse elementos de naturaleza pragmática y trascendental que están presentes en los discursos en torno al libro y la lectura, que toman forma en los correlatos entre la intelectualidad y el poder político en México.  

lunes, 27 de enero de 2014

José Emilio Pacheco en entrevista con Cristián Warnken, en el programa de la televisión chilena: "La belleza del pensar"

Esta primera conversación tiene lugar en el año 2000 y sucede durante la XX Feria internacional del Libro de Santiago, Chile (FILSA). Hay un segundo diálogo entre Pacheco y Warnken, que sucede en 2004, cuando el autor de Las batallas del desierto, recibe el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. La segunda entrevista puede bajarse del sitio de internet Videoteca de humanidades: http://doclecticos.blogspot.mx/search/label/Pacheco.%20Jos%C3%A9%20Emilio.




















sábado, 25 de enero de 2014

Rastros de la intelectualidad chihuahuense que crece desde la investigación educativa…



Cuando uno deja de pensar o de criticar vehemente a lo que es,
a lo que ha comenzado a ser como sujeto,  
es signo de que empieza a ocurrirnos la muerte o el cinismo.
Leonardo Meza Jara

I
Todavía no se escribe la historia de la intelectualidad mexicana en la que,  de los “Ateneos”,  de los círculos de los “7 sabios” y de los “Hiperiones”, que eran grupos reducidos de intelectuales, se pasa a la masificación. En México, la explosión demográfica y los impulsos de la educación universitaria en el siglo XX,  trajeron consigo un proceso en el que los intelectuales han crecido como hierba silvestre pero domesticada.
De los escasos grupos de intelectuales en México, formados por unos cuantos artistas, escritores o pensadores, se pasó a la existencia de cientos de estos grupos que también han crecido en membresía. Paradójicamente, la expansión demográfica de la intelectualidad, que trae consigo un falso proceso de democratización, sucede a la par del desbarrancamiento de la figura del intelectual. Hay quienes afirman que los intelectuales ya no existen y que intentar nombrarlos es solo una evocación, una nostalgia inútil.
Leo el artículo: “Confesiones a dos años de descentralización de UPNECH” (Hernández Orozco G., en: revista Punto y seguido, Universidad Pedagógica nacional del Estado de Chihuahua, Num. 4, agosto de 2013, P. 52 – 54), como un rastro existencial de la auto-deconstrucción de un intelectual ante las instituciones que lo cobijan. Guillermo Hernández se mira al espejo, como intentando reclamarse a sí mismo lo que tal vez está más allá de sus alcances, como historiador de la educación en Chihuahua, como catedrático, como gestor de las instituciones de educación superior. El texto de Hernández tiene como primer y último destinatario al mismo Hernández. Todos los demás lectores somos intrusos de ese texto, que al ser publicado, nos pertenece también. La mirada de Hernández es fonomenológica, también auto-clínica en un sentido psicoanalítico y sobre todo, no-catártica. Sospecho que los intelectuales que llegan al grado de su propia auto-deconstrucción, jamás podrán llegar a la catarsis.
Lo que se lee entre líneas en el texto de Hernández es la tragedia de la intelectualidad chihuahuense que labora en las instituciones de educación superior dedicadas a la formación y profesionalización de maestros.

¿Y los jóvenes de UPNECH? Como nosotros tendrán que vivir su propio proceso, crear y matar sus propias ilusiones, matar enemigos, convivir con sus fantasmas y descubrir quiénes son en realidad. Ellos deben vivir su propio proceso y no son objeto de análisis de este artículo, pero de que tendrán el futuro de la institución, lo tendrán.  (Hernández, P. 53)

En el texto de Hernández hay una dialéctica irresuelta entre la institucionalidad constituyente de los intelectuales y, los intelectuales mismos. ¿Es posible que los intelectuales puedan “tener el futuro” de la institucionalidad que los acoge, tanto en un sentido positivo como en uno negativo? ¿Pueden las instituciones pertenecer a los intelectuales de las que éstos emanan, en la que éstos enraízan lo que pudiera quedarles de  espíritu ideológico y político? El correlato entre los intelectuales y las instituciones está atravesado por los componentes del poder y del saber, que se entraman complejamente. 
Hernández refiere que las jóvenes generaciones de intelectuales “no son objeto de análisis de su artículo”. Pero ellos estarían siendo el primer objeto de análisis, en tanto se dibuja con unos trazos lo suficientemente francos y nítidos, los indicios de lo que seguirá pasando de una u otra forma. Leo el testimonio de Hernández como una “confesión” de lo futuro. Este texto es una “confesión” que en la auto-deconstrucción de la intelectualidad del propio Hernández, lleva consigo una serie de rastros dolorosos de la deconstrucción de la intelectualidad futura, que en Chihuahua labora en las instituciones que se abocan a la formación y profesionalización docente.

II
Las categorías analíticas de Foucault y Agamben (a partir de los conceptos de “dispositivo” y de “discurso”) y de Bordieu (a partir de los concepto de “campo de poder” y de “campo intelectual), son insuficientes para analizar el complejo correlato entre las instituciones y los intelectuales. Es común que entre los intelectuales de la educación en Chihuahua, se cite al menos a Bordieu (unos cuantos citan a Foucault y a nadie he escuchado referir a Agamben) para analizar crítica pero silenciosamente, a los mecanismos que configuran la intelectualidad que trabaja desde la investigación educativa. Sin citar a Bordieu, Guillermo Hernández hace uso de las tesis de este sociólogo para referir analógicamente las formas en las que se da la lucha por las ideas, el poder y el reconocimiento intelectual:

Un UPNECH, uno sabe, hay que estar vacunado contra la rabia, porque siempre se encuentra compañeros más perros que uno y puede que se los encuentre en aulas, patios, pasillos, discusiones. Cierto, son perros, pero invoquemos que somos de la sociedad protectora de animales y cuidémoslos, la instancia antirrábica que se encargue de ellos. (Ibidem. P, 54)

El discurso analógico de Hernández trae consigo una serie de conceptos que mas allá de Bordieu, se desplazan marcando una serie de territorios disciplinarios y de poder a los que analizamos brevemente. La analogía es cruda. Hay una animalidad en la intelectualidad chihuahuense dedicada a la investigación educativa. Ante esta animalidad "rabiosa" se requiere estar "vacunado". La "vacuna" es un dispositivo médico,  que estaría pretendiendo una especie de inmunología ante una intelectualidad que resulta amenazante. A su vez, hay una “instancia antirrábica” para “cuidar” y “encargarse” de los “perros”, o de lo “perro” que son estos intelectuales. Pero la única manera de llegar a ella, según Hernández es mediante una “invocación”. "Invocar" es “acogerse a una ley o costumbre”, pero es también un “llamado a un ser sobrenatural”. En el fragmento analizado se  detectan   indicios discursivos de los dispositivos de controlabilidad de los intelectuales. El "vacunarse", el “cuidado” y el “encargarse” de la animalidad de los intelectuales,  tienen que ver con componentes médicos,  jurídicos y metafísicos (Foucault y Agamben analizan la imbricación de estos discursos en sus estudios arquelógicos y genealógicos). En este párrafo son notorias algunas huellas de los dispositivos de control que actúan en las relaciones entre los mismos intelectuales y, entre los intelectuales y las instituciones. A manera de hipótesis se afirma que: En la controlabilidad de los intelectuales de la educación en Chihuahua, hay un espacio terrenal de ordenamiento que hunde sus raíces en la medicina, en lo jurídico -y en lo político-;  su vez, de se detecta un espacio no terrenal, metafísico.

III
Ayer estuve con un amplio grupo de intelectuales de la educación en Chihuahua. Un territorio selvático, que pareciera ser, o que quisiera ser paradisiaco. Pero que no puede serlo más que en los éxtasis de la subjetividad. Esta mañana releí el prólogo de “Crítica de la razón cínica” de Peter Sloterdijk. Creo que Sloterdijk es el filósofo que con más vehemencia reflexiona sobre la intelectualidad que pasa del siglo XX al XXI,  atosigada por su desbarrancamiento. En la intelectualidad mundial, mexicana y chihuahuense hay una serie de rastros de cinismo que Sloterdijk detecta con agudeza. A la luz del texto del filósofo Alemán,  re-pienso a la intelectualidad chihuahuense que se ha erigido desde los territorios de la investigación educativa, y me pienso a mí,  entrando  o ya estando en los adentros de estos territorios. Sloterdijk es radical en su crítica de la filosofía, de la ciencia, de la educación y de los intelectuales. Su lectura incomoda y sacude, pero de eso se trata el pensamiento,  el no-aquietamiento del pensamiento. Posteo enseguida las primeras páginas del prólogo de “Crítica de la Razón cínica”:


«(...) Desde hace un siglo, la filosofía se está muriendo y no puede hacerlo porque todavía no ha cumplido su misión. Por esto, su atormentadora agonía tiene que prolongarse indefinidamente. Allí donde no pereció convirtiéndose en una mera administración de pensamientos, se arrastra en una agonía brillante en la que se le va ocurriendo todo aquello que olvidó decir a lo largo de su vida. En vista del fin próximo quisiera ser honrada y entregar su último secreto. Lo admite: los grandes temas no fueron sino huidas y verdades a medias. Todos estos vuelos de altura vanamente bellos -Dios, universo, teoría, praxis, sujeto, objeto, cuerpo, espíritu, sentido, la nada- no son nada. Sólo son sustantivos para gente joven, para marginados, clérigos, sociólogos.
“Palabras, palabras... sustantivos. Sólo necesitan abrir las alas y milenios caen de su vuelo” (Gottfried Benn, Epilog und lyrisches Ich).
Esta última filosofía, dispuesta a confesar, trata semejantes temas en la rúbrica histórica... junto con los pecados de juventud. Su tiempo ya ha pasado. En nuestro pensamiento no queda ni una chispa más del impulso de los conceptos y de los éxtasis del comprender. Nosotros somos ilustrados, estamos apáticos, ya no se habla de un amor a la sabiduría. Ya no hay ningún saber del que se pueda ser amigo (philos). Ante lo que sabemos no se nos ocurre amarlo, sino que nos preguntamos cómo nos acomodaremos a vivir con ello sin convertirnos en estatuas de piedra.
Lo que aquí proponemos, bajo un título que alude a una gran tradición, es una meditación sobre la máxima “saber es poder”; precisamente la que en el siglo XIX se convirtió en el sepulturero de la filosofía. Ella resume la filosofía y es, al mismo tiempo, la primera confesión con la que empieza su agonía centenaria. Con ella termina la tradición de un saber que, como su nombre indica, era teoría erótica: amor a la verdad y verdad del amor. Del cadáver de la filosofía surgieron, en el siglo XIX, las modernas ciencias y las teorías del poder -en forma de ciencia política, de teoría de las luchas de clases, de tecnocracia, de vitalismo- que, en cada una de sus formas, estaban armadas hasta los dientes. “Saber es poder.”  Fue lo que puso el punto tras la inevitable politización del pensamiento. Quien pronuncia esta máxima dice por una parte la verdad. Pero al pronunciarla quiere conseguir algo más que la verdad: penetrar en el juego del poder.
En la época en que Nietzsche empezaba a sacar a la luz, de debajo de cada voluntad de saber, una voluntad de poder, la antigua socialdemocracia alemana llamaba a sus miembros a participar en la competencia por el poder que es saber. Allí donde las opiniones de Nietzsche querían ser “peligrosas”, frías y sin ilusión, la socialdemocracia se manifestaba pragmática y mostraba una afición formativa de cuño Biedermeie (...)  Ambos hablaban de poder: Nietzsche, al socavar vitalistamente el idealismo burgués; los socialdemócratas, al intentar obtener una conexión, a través de la “formación”, con las posibilidades de poder de la burguesía. Nietzsche enseñaba un realismo que tenía que facilitar a las futuras generaciones de burgueses y pequeño-burgueses la despedida de las patrañas idealistas que impedían la voluntad de poder; la socialdemocracia intentaba participar en un idealismo que hasta entonces había portado en sí mismo las esperanzas del poder. En Nietzsche, la burguesía podía ya estudiar los refinamientos y las inteligentes rudezas de una voluntad de poder carente de ideal, cuando el movimiento de trabajadores miraba todavía de reojo a un idealismo que se adecuaba mejor a su todavía ingenua voluntad de poder.
Hacia 1900, el ala radical de la izquierda había alcanzado el cinismo señorial de la derecha. La competición entre la conciencia cínicamente defensiva de los antiguos detentadores del poder y la utópicamente ofensiva de los nuevos creó el drama político-moral del siglo XX. En la carrera por la conciencia más dura de los duros hechos, Satán y Belcebú se impartían lecciones el uno al otro. Y de esta competencia de las conciencias surgió esa penumbra característica del presente: el acecho mutuo de las ideologías, la asimilación de los contrarios, la modernización del engaño; en pocas palabras, esa situación que envió al filósofo al vacío y en la que el mendaz llama al mendaz mendaz.
Y nosotros percibimos una segunda actualidad de Nietzsche, una vez que la primera ola nietzscheana, la fascista, se ha calmado. De nuevo queda de manifiesto cómo la civilización occidental ha desgastado su atuendo cristiano. Después de decenios de reconstrucción y de uno de utopías y “alternativas” es como si se hubiera perdido de repente un impulso naïf. Se temen catástrofes, los nuevos valores, al igual que los analgésicos, experimentan una fuerte demanda. Con todo, la época es cínica y sabe que los nuevos valores tienen las piernas cortas. Interés, proximidad al ciudadano, aseguramiento de la paz, calidad de vida, conciencia de responsabilidad, conciencia ecologista... Algo no marcha bien. Se puede esperar. En el fondo, el cinismo espera agazapado a que pase esta ola de charlatanería y las cosas inicien su curso. Nuestra modernidad, carente de impulso, sabe, efectivamente, “pensar de manera histórica”, pero hace tiempo que duda de vivir en una historia coherente. “No hay necesidad de Historia Universal.”
El eterno retorno de lo idéntico, el pensamiento más subversivo de Nietzsche -desde un punto de vista cosmológico insostenible, pero desde un punto de vista morfológico-cultural fecundo- se encuentra con un nuevo avance de motivos cínicos que ya se habían desarrollado primeramente en la época imperial romana y, posteriormente, también en el Renacimiento, hasta convertirse en vida consciente. Lo idéntico son los aldabonazos de una vida orientada al placer que ha aprendido a contar con los acontecimientos. Estar dispuesto a todo nos hace invulnerablemente listos. Vivir a pesar de la historia, reducción existencial; proceso de integración en la sociedad “como si”; ironía contra política; desconfianza frente a los“bocetos”. Una cultura neopagana que no cree en una vida después de la muerte tiene consiguientemente que buscarla antes de ésta.
La decisiva autodesignación de Nietzsche, a menudo pasada por alto, es la de “cínico”. Con ello, él se convirtió, junto con Marx, en el pensador más influyente del siglo. En el “cinismo” de Nietzsche se presenta una relación modificada al acto de “decir la verdad”: es una relación de estrategia y de táctica, de sospecha y de desinhibición, de pragmatismo e instrumentalismo, todo ello en la maniobra de un yo político que piensa en primer y último término en sí mismo, que interiormente transige y exteriormente se acoraza.
El fuerte impulso antirracionalista en los países de Occidente reacciona frente a un estado espiritual en el que todo pensamiento se ha hecho estrategia; él testimonia una náusea frente a cierta forma de autoconservación. Es un sensible encogerse de hombros ante el gélido hálito de una realidad en la que saber es poder y poder, saber. Al escribir este libro he pensado en lectores, he deseado lectores que sientan de esta manera; a ellos el libro podría tener que decirles algo, pienso yo.
La antigua socialdemocracia había anunciado el lema “saber es poder” como una receta prácticamente racional. Y en ello no se lo pensó mucho. Se consideraba que había que aprender algo adecuado para, posteriormente, tenerlo más fácil. Una confianza pequeño- burguesa en la escuela era la que había dictado la frase. Esta confianza está hoy día en descomposición. Solamente entre nuestros jóvenes y cínicos estudiantes de medicina hay una línea nítida que lleva de la carrera al standard de vida. Casi todos los restantes viven con el riesgo de aprender para el vacío. Quien no busque el poder, tampoco querrá su saber, su equipamiento sapiencial, y quien rechaza a ambos ya no es, en secreto, ciudadano de esta civilización. Son numerosos los que ya no están dispuestos a creer que habría que “aprender algo” primeramente para, después, tenerlo un poco más fácil. En ellos, creo, crece una intuición de aquello que en el antiguo quinismo era certeza: el que primeramente hay que tenerlo más fácil para poder aprender algo racional. El proceso de integración en la sociedad a través de la escolarización, tal y como sucede en nuestro país, es un embobamiento a priori tras el cual el aprender ya no tiene ninguna oportunidad más de que las cosas vuelvan a ser mejores alguna vez. La reversión de la relación de vida y aprendizaje está en el aire, es decir, el fin de la confianza en la educación, el fin de la escolástica europea. Esto es lo que les aterra en igual medida tanto a conservadores como a pragmáticos, tanto a voyeurs de la decadencia como a bienintencionados. En el fondo, ningún hombre cree que el aprender de hoy solucione “problemas de mañana” ; más bien, es casi seguro que los provoca.
¿Por qué, pues, una Crítica de la razón cínica? ¿Qué disculpa puedo tener yo ante el reproche de haber escrito un grueso libro en unos tiempos en los que libros no tan voluminosos se sienten ya como una arrogancia?... »

martes, 21 de enero de 2014

Las peripecias narrativas de lenguaje y del signo en el siglo XX



A lo largo del siglo XX tiene lugar un viraje clave y enigmático en la filosofía y en otras áreas del conocimiento: el giro lingüístico. En virtud de su complejidad no es factible hablar de un solo giro lingüístico. Algunos autores han pluralizado al giro lingüístico, de tal manera que se puede hablar de la presencia de varios giros linguísticos o de diversas manifestaciones del giro linguístico. Está el giro lingüístico de Wittgenstein (que va de una lingüística dura fundada en la lógica a los juegos de lenguaje que tienen lugar en la praxis) , el de Saussure (que técnicamente funda a la lingüística a partir de la tesis en la cual el signo se concibe como el significado que se conjuga con el significante), el de Lacan (que inserta al lenguaje y al signo en las profundidades psicoanalíticas a partir de la triada de lo real, lo simbólico y lo imaginario), el de Tarsky (que plantea la insuficiencia de todo lenguaje científico o de otra naturaleza para autofundamentarse, y que requiere entonces de un metalenguaje que lo sustente). Dentro de los giros lingüísticos podríamos también identificar a los desarrollos de la hermenéutica a partir de Dilthey, Heidegger, Gadamer, Ricoeur, Beuchot, Vattimo, etc. En este último plano el giro lingüístico puede entenderse como el empoderamiento filosófico –y de otra naturaleza- del lenguaje.
Pueden identificarse una multiplicidad de indicios del giro lingüístico en el siglo XX.
Lo que sucede a partir de las diversas manifestaciones del giro lingüístico, es que los debates epistemológicos, lógicos y ontológicos que en la tradición filosófica habían quedado resguardados canónicamente en sí mismos,  se trasladan a la linguística, la semiótica y el análisis del discurso,  que los filósofos y pensadores conciben de distintas maneras desde diversos marcos teóricos.
Entre los posestructuralistas y los posmodernos resalta una duda, aún irresuelta. Se cuestiona sobre, ¿si es el ser humano el que funda al lenguaje (a los discursos) o es el lenguaje el que funda al ser humano? La pregunta resulta simplificada y tendría que complejizarse. Entre el lenguaje y el ser humano se encuentra el pensamiento como acto y como potencia, están a su vez otros componentes a los que habría que tomar en cuenta.
El giro lingüístico parece haber dado todo de sí, aunque tal vez me equivoque. En la línea de pensamiento que se enfrasca en el lenguaje, desbrozando a las palabras y los discursos, buscando entre su rincones e intersticios,  hay una especie de locura a la que me refiero como la “posesión del lenguaje”.
Nosotros creemos tener al lenguaje, “poseerlo” en el sentido de asirlo y dominarlo. Hay una serie de apropiaciones del lenguaje que no sólo residen en lo epistemológico, sino que transcurren a lo histórico, lo político y lo social. Esto se complica cuando se desemboca en la ontología. El lenguaje pertenecido implica a lo pertenecido del lenguaje, en tanto ser dicho en el lenguaje. Es decir, cuando el lenguaje es pertenecido por el hombre, cuando éste se apropia del lenguaje como ciñéndolo con la boca, con los oídos, con las manos y con todo el cuerpo, hay conjuntamente un adueñarse de lo nombrado en tanto ser. Pero la filosofía heideggeriana plantea un ser abierto, advenedizo. El mismo Heidegger asume una condición incapturable y metafísica del lenguaje.
Hay un allende del lenguaje y del ser,  que desde la hermenéutica nos hecha en cara   la imposibilidad de los cierres y las determinaciones. Hay una imposible posesión del lenguaje, en tanto que el lenguaje no puede ser pertenecido a plenitud, como tampoco puede ser pertenecido el ser nombrado a través de él. Este allende del lenguaje, implica la otra cara de la “posesión”.  Del lenguaje hacia nosotros se lanza una posesión en el sentido de un embrujo. No es el lenguaje ya dicho, el lenguaje ya escrito, el que nos posee, es el lenguaje no dicho ni escrito el que nos hechiza. La decibilidad abierta del lenguaje, al lado de la apertura heideggeriana del ser, despliega un embrujo sobre el hombre.
Varias ocasiones he criticado duramente a  Baudrillard debido a que su giro lingüístico ha dado lugar a lo que he referido como una “dictadura del signo” o una “dictadura semiótica”. Baudrillard ontologiza al signo, de tal manera que llega a sustituir al ser mismo. Esta es una desmesura. El signo no es ni puede ser el ser mismo, dado que el signo opera en un plano lingüístico y/o semiótico que no puede suplantar a lo que el ser es. Pero paradójicamente, la única forma de acceder al ser, de aproximarse a él, es a través del lenguaje. El ser solo puede manifestarnos su ser a través del lenguaje. La cultura occidental ha sido erigida a través de las palabras y los signos. Hemos depositado en las palabras y en los signos a las posibilidades de plenitud del ser, aunque sabemos que la plenitud del ser en las palabras es imposible.
La mística, la oración profunda, parecen acceder al ser sin la necesidad de las palabras. Aunque esto es dudoso. No creo que pueda existir una subjetividad pura sin palabras, extáticamente a-linguística y/o a-semiótica, que pueda permanecer en sí misma.
El lenguaje es una maldición para no llegar al ser, para que el ser se nos aleje. El lenguaje es una maldición que huye del ser que nombra, de sí mismo y del hombre. El lenguaje se nos escabulle, es un abrir boquetes entre el ser y nosotros. La literatura es la actividad humana que con más intensidad filosofa sobre los agujeros negros del lenguaje. El gesto del último Heidegger, que refugia su filosofía en la poesía de Hölderlin, denota la enorme importancia de la literatura, de la que algunos filósofos como Badiou, han intentado escapar inútilmente.