A lo
largo del siglo XX tiene lugar un viraje clave y enigmático en la filosofía y
en otras áreas del conocimiento: el giro lingüístico. En virtud de su
complejidad no es factible hablar de un solo giro lingüístico. Algunos autores
han pluralizado al giro lingüístico, de tal manera que se puede hablar de la presencia de varios giros linguísticos o de diversas manifestaciones del giro linguístico. Está el
giro lingüístico de Wittgenstein (que va de una lingüística dura fundada en la
lógica a los juegos de lenguaje que tienen lugar en la praxis) , el de Saussure (que técnicamente funda a la lingüística a partir
de la tesis en la cual el signo se concibe como el significado que se conjuga
con el significante), el de Lacan (que inserta al lenguaje y al signo en las profundidades psicoanalíticas a partir de la triada de lo real, lo simbólico y lo imaginario), el de Tarsky (que plantea la insuficiencia de todo
lenguaje científico o de otra naturaleza para autofundamentarse, y que requiere entonces
de un metalenguaje que lo sustente). Dentro de los giros lingüísticos podríamos
también identificar a los desarrollos de la hermenéutica a partir de Dilthey,
Heidegger, Gadamer, Ricoeur, Beuchot, Vattimo, etc. En este último plano el
giro lingüístico puede entenderse como el empoderamiento filosófico –y de otra
naturaleza- del lenguaje.
Pueden
identificarse una multiplicidad de indicios del giro lingüístico en el siglo
XX.
Lo
que sucede a partir de las diversas manifestaciones del giro lingüístico, es
que los debates epistemológicos, lógicos y ontológicos que en la tradición
filosófica habían quedado resguardados canónicamente en sí mismos, se trasladan a la linguística, la semiótica y el análisis del discurso, que los filósofos y
pensadores conciben de distintas maneras desde diversos marcos teóricos.
Entre
los posestructuralistas y los posmodernos resalta una duda, aún irresuelta. Se
cuestiona sobre, ¿si es el ser humano el que funda al lenguaje (a los discursos)
o es el lenguaje el que funda al ser humano? La pregunta resulta simplificada y
tendría que complejizarse. Entre el lenguaje y el ser humano se encuentra el
pensamiento como acto y como potencia, están a su vez otros componentes a los
que habría que tomar en cuenta.
El
giro lingüístico parece haber dado todo de sí, aunque tal vez me equivoque. En la línea de pensamiento que se enfrasca en el lenguaje, desbrozando a las palabras y los discursos, buscando entre su rincones e
intersticios, hay una especie de
locura a la que me refiero como la “posesión del lenguaje”.
Nosotros
creemos tener al lenguaje, “poseerlo” en el sentido de asirlo y dominarlo. Hay
una serie de apropiaciones del lenguaje que no sólo residen en lo
epistemológico, sino que transcurren a lo histórico, lo político y lo social.
Esto se complica cuando se desemboca en la ontología. El lenguaje pertenecido
implica a lo pertenecido del lenguaje, en tanto ser dicho en el
lenguaje. Es decir, cuando el lenguaje es pertenecido por el hombre, cuando
éste se apropia del lenguaje como ciñéndolo con la boca, con los oídos, con las
manos y con todo el cuerpo, hay conjuntamente un adueñarse de lo nombrado en
tanto ser. Pero la filosofía heideggeriana plantea un ser abierto, advenedizo.
El mismo Heidegger asume una condición incapturable y metafísica del lenguaje.
Hay
un allende del lenguaje y del ser, que desde la hermenéutica nos hecha en
cara la imposibilidad de los cierres y las
determinaciones. Hay una imposible posesión del lenguaje, en tanto que el
lenguaje no puede ser pertenecido a plenitud, como tampoco puede ser
pertenecido el ser nombrado a través de él. Este allende del lenguaje, implica
la otra cara de la “posesión”. Del
lenguaje hacia nosotros se lanza una posesión en el sentido de un embrujo. No es el lenguaje ya dicho, el lenguaje ya escrito, el que nos posee, es el
lenguaje no dicho ni escrito el que nos hechiza. La decibilidad abierta del
lenguaje, al lado de la apertura heideggeriana del ser, despliega un embrujo sobre el hombre.
Varias
ocasiones he criticado duramente a
Baudrillard debido a que su giro lingüístico ha dado lugar a lo que he referido como una “dictadura del signo” o una “dictadura semiótica”.
Baudrillard ontologiza al signo, de tal manera que llega a sustituir al ser
mismo. Esta es una desmesura. El signo no es ni puede ser el ser mismo, dado que
el signo opera en un plano lingüístico y/o semiótico que no puede suplantar a lo que el ser es. Pero paradójicamente, la única forma de acceder al ser, de
aproximarse a él, es a través del lenguaje. El ser solo puede manifestarnos
su ser a través del lenguaje. La cultura occidental ha sido erigida a través de las palabras y los signos. Hemos depositado en las palabras y en los signos a las posibilidades de plenitud del ser, aunque sabemos que la plenitud del ser en las palabras es imposible.
La
mística, la oración profunda, parecen acceder al ser sin la necesidad de las
palabras. Aunque esto es dudoso. No creo que pueda existir una subjetividad
pura sin palabras, extáticamente a-linguística y/o a-semiótica, que pueda permanecer
en sí misma.
El
lenguaje es una maldición para no llegar al ser, para que el ser se nos aleje.
El lenguaje es una maldición que huye del ser que nombra, de sí mismo y del
hombre. El lenguaje se nos escabulle, es un abrir boquetes entre el ser y
nosotros. La literatura es la actividad humana que con más intensidad filosofa
sobre los agujeros negros del lenguaje. El gesto del último Heidegger, que
refugia su filosofía en la poesía de Hölderlin, denota la enorme importancia de
la literatura, de la que algunos filósofos como Badiou, han intentado escapar
inútilmente.