martes, 21 de enero de 2014

Las peripecias narrativas de lenguaje y del signo en el siglo XX



A lo largo del siglo XX tiene lugar un viraje clave y enigmático en la filosofía y en otras áreas del conocimiento: el giro lingüístico. En virtud de su complejidad no es factible hablar de un solo giro lingüístico. Algunos autores han pluralizado al giro lingüístico, de tal manera que se puede hablar de la presencia de varios giros linguísticos o de diversas manifestaciones del giro linguístico. Está el giro lingüístico de Wittgenstein (que va de una lingüística dura fundada en la lógica a los juegos de lenguaje que tienen lugar en la praxis) , el de Saussure (que técnicamente funda a la lingüística a partir de la tesis en la cual el signo se concibe como el significado que se conjuga con el significante), el de Lacan (que inserta al lenguaje y al signo en las profundidades psicoanalíticas a partir de la triada de lo real, lo simbólico y lo imaginario), el de Tarsky (que plantea la insuficiencia de todo lenguaje científico o de otra naturaleza para autofundamentarse, y que requiere entonces de un metalenguaje que lo sustente). Dentro de los giros lingüísticos podríamos también identificar a los desarrollos de la hermenéutica a partir de Dilthey, Heidegger, Gadamer, Ricoeur, Beuchot, Vattimo, etc. En este último plano el giro lingüístico puede entenderse como el empoderamiento filosófico –y de otra naturaleza- del lenguaje.
Pueden identificarse una multiplicidad de indicios del giro lingüístico en el siglo XX.
Lo que sucede a partir de las diversas manifestaciones del giro lingüístico, es que los debates epistemológicos, lógicos y ontológicos que en la tradición filosófica habían quedado resguardados canónicamente en sí mismos,  se trasladan a la linguística, la semiótica y el análisis del discurso,  que los filósofos y pensadores conciben de distintas maneras desde diversos marcos teóricos.
Entre los posestructuralistas y los posmodernos resalta una duda, aún irresuelta. Se cuestiona sobre, ¿si es el ser humano el que funda al lenguaje (a los discursos) o es el lenguaje el que funda al ser humano? La pregunta resulta simplificada y tendría que complejizarse. Entre el lenguaje y el ser humano se encuentra el pensamiento como acto y como potencia, están a su vez otros componentes a los que habría que tomar en cuenta.
El giro lingüístico parece haber dado todo de sí, aunque tal vez me equivoque. En la línea de pensamiento que se enfrasca en el lenguaje, desbrozando a las palabras y los discursos, buscando entre su rincones e intersticios,  hay una especie de locura a la que me refiero como la “posesión del lenguaje”.
Nosotros creemos tener al lenguaje, “poseerlo” en el sentido de asirlo y dominarlo. Hay una serie de apropiaciones del lenguaje que no sólo residen en lo epistemológico, sino que transcurren a lo histórico, lo político y lo social. Esto se complica cuando se desemboca en la ontología. El lenguaje pertenecido implica a lo pertenecido del lenguaje, en tanto ser dicho en el lenguaje. Es decir, cuando el lenguaje es pertenecido por el hombre, cuando éste se apropia del lenguaje como ciñéndolo con la boca, con los oídos, con las manos y con todo el cuerpo, hay conjuntamente un adueñarse de lo nombrado en tanto ser. Pero la filosofía heideggeriana plantea un ser abierto, advenedizo. El mismo Heidegger asume una condición incapturable y metafísica del lenguaje.
Hay un allende del lenguaje y del ser,  que desde la hermenéutica nos hecha en cara   la imposibilidad de los cierres y las determinaciones. Hay una imposible posesión del lenguaje, en tanto que el lenguaje no puede ser pertenecido a plenitud, como tampoco puede ser pertenecido el ser nombrado a través de él. Este allende del lenguaje, implica la otra cara de la “posesión”.  Del lenguaje hacia nosotros se lanza una posesión en el sentido de un embrujo. No es el lenguaje ya dicho, el lenguaje ya escrito, el que nos posee, es el lenguaje no dicho ni escrito el que nos hechiza. La decibilidad abierta del lenguaje, al lado de la apertura heideggeriana del ser, despliega un embrujo sobre el hombre.
Varias ocasiones he criticado duramente a  Baudrillard debido a que su giro lingüístico ha dado lugar a lo que he referido como una “dictadura del signo” o una “dictadura semiótica”. Baudrillard ontologiza al signo, de tal manera que llega a sustituir al ser mismo. Esta es una desmesura. El signo no es ni puede ser el ser mismo, dado que el signo opera en un plano lingüístico y/o semiótico que no puede suplantar a lo que el ser es. Pero paradójicamente, la única forma de acceder al ser, de aproximarse a él, es a través del lenguaje. El ser solo puede manifestarnos su ser a través del lenguaje. La cultura occidental ha sido erigida a través de las palabras y los signos. Hemos depositado en las palabras y en los signos a las posibilidades de plenitud del ser, aunque sabemos que la plenitud del ser en las palabras es imposible.
La mística, la oración profunda, parecen acceder al ser sin la necesidad de las palabras. Aunque esto es dudoso. No creo que pueda existir una subjetividad pura sin palabras, extáticamente a-linguística y/o a-semiótica, que pueda permanecer en sí misma.
El lenguaje es una maldición para no llegar al ser, para que el ser se nos aleje. El lenguaje es una maldición que huye del ser que nombra, de sí mismo y del hombre. El lenguaje se nos escabulle, es un abrir boquetes entre el ser y nosotros. La literatura es la actividad humana que con más intensidad filosofa sobre los agujeros negros del lenguaje. El gesto del último Heidegger, que refugia su filosofía en la poesía de Hölderlin, denota la enorme importancia de la literatura, de la que algunos filósofos como Badiou, han intentado escapar inútilmente.