jueves, 9 de enero de 2014

Rastros teóricos e ideológicos de la interculturalidad



I
En los círculos académicos no se ha analizado con detenimiento ni a profundidad  sobre las configuraciones teóricas e ideológicas que han ido dándole forma al modelo de interculturalidad. Esta perspectiva parece instaurarse sin haber sido debatida con suficiencia. El surgimiento y desarrollo de la interculturalidad, no ha sido analizado críticamente,  tanto en el plano de la historia de las ideas en los años recientes, como en el plano de su propia configuración ideológica.
La historia de las ideas es una línea de trabajo de la filosofía que en la tradición labora abstractamente, ahistóricamente. Como si las ideas filosóficas –o de otra naturaleza- tomarán forma desde una pureza abstracta, sin contextualización alguna. Sin embargo, las ideas emergen en un contexto que las signa y las envuelve. No es que las ideas estén totalmente determinadas por el contexto desde el que emergen. Hay un territorio de abstracción desde el que las ideas toman forma. Pero la territorialidad abstracta de las ideas se configura en un contexto de múltiples componentes: históricos, sociales, políticos, económicos, etc. Los debates sobre la certeza y la validez de las ideas no se definen abstractamente.
Chartier (2005, P. 66) pugna por una historia de las ideas no “estructural” ni “internalista”. Una manera de entender a las ideas que rompa con los distanciamientos entre la filosofía y la historia, y que procure analizarlas considerando los diversos componentes contextuales a través de los cuales estas tomaron forma.
La interculturalidad no es una idea que pertenece solo al campo filosófico, emerge complejamente desde la teoría de la comunicación, las ciencias de la educación,  la antropología, la sociología –entre otras disciplinas-. Shmidt-Welle  (2011, P. 45) refiere que la interculturalidad ha sido desarrollada desde el campo de la comunicación internacional o intercultural, desde la filosofía y las ciencias de la educación.
En este ensayo se pretende reflexionar a la interculturalidad en el marco de la historia de las ideas que ha tenido lugar a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y en los primeros años del siglo XXI. Junto a lo anterior, se busca estudiar a este tópico considerando el plano de su propia configuración ideológica. Analizar a la interculturalidad pensándola como una ideología en sí misma. La interculturalidad es mucho más que un “paradigma” en el sentido científico planteado por Khun. Es un corpus que surge y se desarrolla conjugando componentes de carácter teórico e ideológico. Ya los integrantes de la escuela de Frankfurt plantearon la tesis que afirma que las tareas y los productos generados desde la ciencia, poseen componentes ideológicos. El concepto de “paradigma” de Khun resulta limitado en este sentido.
Se ponen en claro las tesis de las que parte este estudio:

·         -- Para entender a la interculturalidad es necesario concebirla como un corpus de componentes tanto teóricos como ideológicos, que se entraman de formas diversas.
·      -- La interculturalidad requiere ser estudiada tomando en cuenta el contexto complejo desde el que emerge, en el que los componentes teóricos e ideológicos de esta perspectiva  se han  configurado históricamente.

En los apartados siguientes se desarrollan las tesis planteadas.

II
La  interculturalidad es un modelo teórico, una manera de pensar al ser humano y al mundo que ha construido sus bases desde diversos flancos que pueden identificarse disciplinariamente.  Este modelo ha surgido desde la antropología y su tendencia a reconocer a los grupos culturales étnicos como factores determinantes en la comprensión del mundo y del desarrollo humano. Emerge también con los aportes de la filosofía de la cultura y de la filosofía política,  que a partir de las categorías de lo universal y lo particular, cuestionan el dominio eurocéntrico y pugnan por el empoderamiento de visiones alternativas, surgidas desde los países del tercer mundo o regiones periféricas. La teorización sobre la interculturalidad posee desarrollos en la ciencia política y el derecho, a partir del surgimiento de los movimientos indigenistas en América Latina y sus demandas de reconocimiento y reconfiguración del estado-nación.
Desde una perspectiva antropológica, Harris (2007, P. 115) refiere  a las categorías  de “raza” y de “etnia” como factores políticos de peso respecto al desarrollo de la democracia en occidente.

En una democracia solo se oye a los que levantan la voz: los forasteros, por amistosos que sean, nunca constituyen una base sólida sobre la que cimentar el poder. Traducidos a principios de la política racial y étnica, esto significa que, para alcanzar el poder, cada grupo tiene que aprender al mismo tiempo a levantar la voz, su propia voz, y a explotar fundamentalmente sus recursos materiales e ideológicos propios.

Desde un texto que revisa a la antropología cultural posmoderna, Harris sustenta una tesis de política intercultural. Los “forasteros” son los grupos “raciales” y “étnicos” que existen y se mueven desde las periferias políticas e institucionales, sin reconocimiento, sin voz, sin espacios de poder que les permitan desarrollarse. El camino político propuesto por Harris implica el empoderamiento, o mejor dicho, el autoempoderamiento de estos grupos. La visión intercultural planteada por Harris, hace converger al discurso antropológico con la ciencia política y con la sociología.
Resulta arriesgado analizar a la interculturalidad desde una perspectiva limitada a una sola disciplina. Más bien habría que pensarla a partir de su desarrollo desde diversos campos disciplinarios.
Morín (1999, P. 126 y 127) refiere las diferencias entre la “inter-disciplina”, la “pluri-disciplina” y la “trans-disciplina”. La primera es una tendencia en la que distintas disciplinas se “sientan a la mesa” demandando sus propios derechos y contribuciones, con un cierto nivel de entendimiento y cooperación que no llega a un integración de fondo. La segunda tiene lugar cuando las disciplinas laboran sobre un proyecto en común, “las disciplinas pueden ser convocadas tanto como técnicas especializadas para resolver tal o cual problema o, por el contrario, pueden estar en interacción profunda para intentar concebir este objeto y este proyecto…” El nivel de mayor correlación se logra con el tercer enfoque. La “trans-disciplina” está atravesada por componentes epistemológicos que llegan a cuestionar y poner en jaque a los fundamentos de los campos disciplinarios.
Tomando en cuentas las categorías planteadas por Morín, la teorización intercultural ha desarrollado entre lo “inter-disciplinario” y lo “pluri-disciplinario”. La interculturalidad no ha logrado desarrollarse teóricamente a un nivel “trans-disciplinario”, de tal manera que lleguen a cuestionarse y criticarse los fundamentos de los diversos campos disciplinarios que la han sustentado. Mucho menos se ha logrado llegar a un nivel  “meta-disciplinario” (Ibidem.), que logre “superar” y “conservar” a la vez los aportes disciplinarios. Morín aboga por una dialéctica que considere dialécticamente la apertura y el cierre disciplinarios.
En su emergencia y desarrollo inicial,  la teorización intercultural posee puntos ciegos en su desarrollo interdisciplinario y pluridisciplinario.  La interculturalidad tiene un sustento teórico en el que las variadas disciplinas que la constituyen,  no se han mirado a los ojos frente a frente con suficiencia, no han buscado  ni revuelto en  sus entrañas (epistemológicas, éticas, históricas, políticas, sociológicas, etc.)  los indicios claroscuros que le son inherentes al modelo. Por ejemplo, en la concepción de Harris citada párrafos atrás, se identifica un camino que va de la antropología a la ciencia política y la sociología. El hilo de correlación disciplinar implica al componente del poder. A lo largo de la historia humana el poder ha mostrado sus derivaciones constructivas y destructivas, sus oasis de racionalidad y sus agujeros negros de irracionalidad. Esto queda evidenciado a partir de las lecturas diversas que ha tenido “El príncipe” de Maquiavelo. Lo “maquiavélico” encierra a la bondad y/o la maldad que se configuran en torno al poder,  que se entiende antinómicamente en un sentido ético. En la historia de occidente, entre el poder y la ética hay una serie de contradicciones  que nos resultan desconcertantes.  
No se trata de sustancializar al poder, de convertirlo en una entidad teórico-práctica totalitazante en los análisis de la interculturalidad. El poder es uno de varios elementos que atraviesa a la configuración del modelo de interculturalidad. Tampoco se trata de no considerarlo al analizar a la interculturalidad en el campo de la historia de las ideas en los años recientes y como ideología en sí misma. El surgimiento y desarrollo de la interculturalidad tiene lugar en un contexto de confrontaciones teóricas y prácticas, en las que el elemento del poder amerita ser analizado con detenimiento.
Los planteamientos de Olivé sobre la interculturalidad muestran problemas que no descansan en la sola correlación disciplinaria,  sino que tienen que ver con los diálogos que se trazan entre la teoría y la práctica.

Para el modelo pluralista, el significado de conceptos clave en la vida moral y política, como de “derechos humanos”, “dignidad”, “autodefensa legítima”, “necesidades básicas”, sobre los cuáles deben construirse los proyectos sociales, ni están dados de una vez y para siempre por una teoría trascendente, ni son  patrimonio exclusivo de alguna cultura particular. El significado de esos conceptos tiene que determinarse una y otra vez, según las épocas, según los contextos, según los actores sociales y el conocimiento disponible. Y en ello deben participar las diversas partes que se enfrentan en el mundo social con distintos intereses y puntos de vista. (Olivé, 1999, P. 34)       

En esta concepción se hace presente un relativismo histórico en el que tendrían que trabajar disciplinas como la ética, la sociología y la política para encontrar puntos de confluencia que residen en el “modelo pluralista” –antecedente y/o fundamento de la interculturalidad-.  Pero la configuración teórico-fáctica  de este relativismo histórico está atravesada también por el componente del poder. El planteamiento de Olivé se desliza entre una procuración de consensos y una confrontación de dominios, que tiene lugar en la praxis de la realidad histórica. ¿Cuáles son las “partes que se enfrentan en el mundo social con distintos intereses y puntos de vista”? ¿Cómo estos “enfrentamientos” se hacen manifiestos? ¿Cómo resolver las antinomias de la postulación de un consenso “pluralista” de implicaciones interculturales, que se entrama con la advertencia de “enfrentamientos” de “distintos intereses” y “puntos de vista”?
El relativismo histórico de Olivé aspira a convertirse interculturalmente en una “comunidad universal” (Ibidem., P. 35). El aparente sosiego, la tranquilidad teórica desde la que se alza el planteamiento de Olivé no acerca su oído a los componentes de poder que atraviesan al planteamiento intercultural. Resulta significativo que en el libro analizado de Olivé (“Multiculturalismo y pluralismo”, 1999) el asunto de la rebelión zapatista en Chiapas sea analizado y adscrito de manera forzada a una teorización formalista. El levantamiento zapatista se revisa solamente a partir de la categoría de la “inconmensurabilidad lingüística” entre los pueblos indígenas y los mestizos en México. Olivé purifica teóricamente al problema. No menciona datos históricos, sociológicos, políticos, ideológicos. El movimiento zapatista es deshistorizado, trastocado teóricamente al ser abstraído desde una perspectiva intercultural formalista [1].
En el momento en el que se escribe este texto, se cumplen 20 años del alzamiento zapatista. Una historia no concluida, de datos y nombres vivos, de efervescencias ideológicas irresueltas, de luchas políticas no agotadas:

El levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) hizo temer al gobierno de Carlos Salinas de Gortari lo peor: la movilización de otros grupos guerrilleros en varias partes del país, una respuesta terrorista de la ultraderecha y la intervención abierta de Estados Unidos. Ante ese escenario no le quedó más que buscar una solución pacífica, mantener el cese unilateral del fuego y negar en todo momento que el de Chiapas fuera un problema militar. (Carrasco Araizaga, 2014)

La referencia periodística tomada de la revista Proceso (Num. 1939, 29 de diciembre de 2013) muestra la crudeza y la complejidad de un problema que ha sido alojado interpretativamente en la teorización intercultural. ¿Este asunto tendría que ser analizado de manera preponderante desde una perspectiva intercultural? ¿Qué otras implicaciones, no propiamente interculturales ha manifestado sintomáticamente el movimiento zapatista? Los incumplidos Acuerdos de San Andrés Larráinzar, que redondean  la engañosa estrategia salinista para contener el problema, que se extienden hasta los gobiernos de Ernesto Zedillo y Vicente Fox, hacen notar al componente problemático del poder, en un asunto que no es solamente intercultural y que tiene otros componentes teóricos y fácticos. ¿De qué formas el hecho del alzamiento zapatista ha sido analizado desde diversas disciplinas teóricas? ¿Cómo es que las disciplinas teóricas se han reconfigurado a partir de la reflexión y la abstracción del problema zapatista y de otros movimientos indigenistas en América Latina? ¿Cómo la perspectiva de interculturalidad ha abstraído a este hecho histórico y se ha apropiado teóricamente de él?
Los diálogos abiertos entre la teorización intercultural y los hechos analizados como interculturales son problemáticos. Además de hacerse presentes en las correlaciones disciplinares, los puntos ciegos de la interculturalidad pueden identificarse también entre la teoría y la praxis que resulta teorizada. En el presente ensayo no se pretende hacer un análisis exhaustivo de los puntos ciegos de la interculturalidad, que pueden identificarse en la correlaciones disciplinares y en las formaciones dialógicas que van de la teoría a la práctica. Hacer un inventario analítico de estos puntos ciegos es una tarea abierta. El más notorio de estos puntos ciegos es la concepción de la interculturalidad como una gran narrativa.
Los filósofos posmodernos anunciaron el fin de los grandes relatos. Según esta postura, el marxismo, el capitalismo, la ciencia,  y otras formas narrativas que auguraban utópicamente el progreso  de la humanidad,  habían sido desfondadas. Lyotard (2004, P. 9) refiere que estos “relatos” se convierten en “fábulas”. La tesis del fin de los grandes relatos ha sido duramente cuestionada. Diversos autores han sostenido que los filósofos posmodernos sostienen la caída de las grandes narrativas desde la enunciación de una gran narrativa posmoderna. La contradicción es obvia.
Hay indicios de persistencia de las grandes narrativas en el siglo XXI. El discurso de la interculturalidad es evidencia de ello. ¿Cómo es que la interculturalidad ha tomado forma como una gran narrativa? En un momento histórico caracterizado por dos condicionamientos. Por un lado está el giro cultural en los debates de las ciencias sociales y la filosofía. Por otro lado está la crisis y la transformación de las izquierdas. Ambos acontecimientos son detonados después del año simbólico de 1968.
Jameson (citado por Eagleton, 2001, P. 217) identifica un giro cultural en los debates sociales y políticos hacia 1970, “una prodigiosa expansión de la cultura por el ámbito social, hasta el punto en que se puede decir que todo lo que contiene nuestra vida social –desde el valor económico y el poder estatal, hasta las prácticas y la propia estructura mental- se ha vuelto “cultural” en un sentido original y que todavía no se ha teorizado”. Los problemas antes discutidos en términos sociales, económicos o políticos, pasan a ser estudiados mediante interpretaciones que colocan como centro a la cultura. La perspectiva intercultural comienza su ebullición teórica e ideológica desde las entrañas de este giro cultural.
Junto a lo anterior está la crisis de la izquierda que puede analizarse en dos apartados: la caída del socialismo real y los debates que cuestionan al marxismo desde el revisionismo  y las posturas posestructuralistas.
La segunda mitad del siglo XX traza el mapa del declive del socialismo real, que desemboca en la caída del muro de Berlín y la Perestroika al final del siglo. A su vez, los posicionamientos  revisionistas y posestructuralistas del marxismo, que operaron tanto en la teoría como en los hechos, mostraron la insuficiencia de la categorías analíticas marxistas que habían sido banderas de la lucha histórica para la izquierda. Junto al concepto tradicional marxista de la lucha de clases, que atraviesa de lado a lado la escritura y la recepción de “El capital” de Marx, aparecen otras categorías: el género, que se deriva de las luchas feministas de mediados del siglo XX;  las minorías de homosexuales;  el ecologismo bajo el que han nacido las organizaciones y los partidos verdes; los movimientos contraculturales, que surgen principalmente en Europa y Norteamérica ; las ideas de raza y etnia, que han sido pilares en la fundamentación de la interculturalidad.
Los condicionamientos teóricos e ideológicos de la interculturalidad,  toman forma en un contexto histórico en el que las izquierdas en el mundo  están inmersas en un proceso no concluido de transformación. Wallerstein (2005, P. 63 y 68) refiere que los movimientos revolucionarios sucedidos a partir de 1968 protestaron no sólo contra el capitalismo y el imperialismo estadounidense, sino también contra la izquierda desgastada y anquilosada que se refugió en la URSS y en la Internacional Socialista. 1968 es un año ícono en la reconfiguración ideológica y fáctica de la izquierda. Aquí se hace presente una ruptura del bloque político de la izquierda,  que permitió aglutinar a la lucha desde mediados del siglo XIX hasta la mitad del siglo XX. Las ideas, los motivos, las intenciones de la izquierda, se dispersan, se de-construyen y se re-construyen. “La izquierda” se convierte en “las izquierdas”. Uno de los puntos que más se debaten de entonces a la fecha es una alianza ideológica y estratégica de las izquierdas, que pueda darle forma a un solo bloque de lucha.  La génesis y desarrollo inicial de la interculturalidad, se territorializa en una de las diversas izquierdas que son posteriores al marxismo que se deconstruye y se transforma al final del siglo XX.
Eagleton (2001, P. 218) identifica una confluencia entre el giro cultural y la crisis y transformación de las izquierdas en la década de 1970. Según Eagleton, este proceso queda atrapado en los pasadizos posmodernos que se vertebran con el capitalismo del final del siglo XX.

Con todo, la cultura aun necesitaba otro componente para llegar a ser totalmente posmoderna. Dejó su marca en el capitalismo, desde luego, pero, también, en la izquierda. ¿Qué había sobrevivido de las revueltas políticas de la década de 1960? Pues estilos de vida y política de identidad, dos factores que saltaron a la palestra desde que a mediados de 1970 la lucha de clases se congelara. Al movimiento de liberación de las mujeres (que se incubó en la década de 1960, en un ambiento de inhóspita masculinidad, pero que floreció en el pequeño resquicio que quedó entre la defunción de esa cultura y el comienzo de una reacción global) se unieron otros movimientos para los que la cultura no era un extra opcional, ni una distracción idealista, sino la verdadera gramática de la lucha política. (Ibidem.)

Pudiéramos hablar en términos de una ontologización teórica e ideológica de la cultura, que se concibe como una piedra de toque para algunos sectores de la izquierda, puerta de salvación para el pensamiento y la acción venideros. En la configuración de la interculturalidad desde la izquierda, es observable una operación teórica e ideológica,  en la que la categoría de la lucha de clases (A),  se entremezcla de una forma no suficientemente clara,  con la categoría del reconocimiento político y cultural de las etnias y de las razas (B). Uno de los debates del marxismo posestructuralista que se han abierto desde la teorización formal, cuestiona si la resolución de B llevaría necesariamente a la resolución de A, y viceversa.

III
La presencia y las acciones emprendidas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), son un hecho histórico que ha sido apuntalado desde los planteamientos interculturales de la filosofía política y  la filosofía de la cultura. Diversos autores han analizado al zapatismo desde un punto de vista intercultural. El pluralismo cultural de Luis Villoro y la multiculturalidad de León Olivé han merodeado teóricamente sobre el movimiento zapatista. Otros autores han pensado al EZLN desde visiones distintas a la intercultural. Este último es el caso de Immanuel Wallerstein, quien interpreta a las acciones zapatistas desde su teoría del sistema-mundo capitalista  [2]. Tanto las posturas interculturales de Villoro y Olivé, como el posicionamiento de Wallerstein, muestran su simpatía ideológica con el zapatismo.
En los momentos de algidez de la lucha zapatista, este movimiento que camina en paralelo con otras luchas indigenistas en América latina, ha llegado a postularse como un eje aglutinante de las izquierdas en el mundo. Desde la perspectiva teórica del sistema-mundo capitalista,  Wallerstein  (Ibidem.) observa con optimismo al movimiento zapatista concebido como uno de los ejes de resistencia al capitalismo histórico. El EZLN es icónico entre los llamados movimientos antisistémicos o altermundistas. Pero no ha podido configurarse como aglutinador de las izquierdas, ni en México, ni en el mundo. ¿Cuáles son los futuros que le esperan al zapatismo y a los movimientos indígenas en América Latina, al lado de las izquierdas partidarias fragmentadas y al lado de otros movimientos –también dispersos-  de la sociedad civil que luchan por causas  laborales, campesinas, de derechos ciudadanos,  de género, ecologistas, etc.? ¿Cuál es el papel de la interculturalidad ante el futuro incierto del movimiento zapatista y de otros problemas concretos atribuibles a esta perspectiva?
Desde los debates teóricos del marxismo posestructuralista, que en el terreno de la filosofía política discuten sobre los caminos y las expectativas de las izquierdas, Žižek (1998, P. 175 y  176) hace una crítica lapidaria sobre la interculturalidad:

La conclusión que se desprende de lo expuesto es que la problemática del  multiculturalismo que se impone hoy -la coexistencia híbrida de mundos culturalmente diversos- es el modo en que se manifiesta la problemática opuesta: la presencia masiva del capitalismo como sistema mundial universal. Dicha problemática multiculturalista da testimonio de la homogeneización sin precedentes del mundo contemporáneo. Es como si, dado que el horizonte de la imaginación social ya no nos permite considerar la idea de una eventual caída del capitalismo (se podría decir que todos tácitamente aceptan que el capitalismo esta aquí para quedarse), la energía crítica hubiera encontrado una válvula de escape en la pelea por diferencias culturales que dejan intacta la homogeneidad básica del sistema capitalista mundial. Entonces, nuestras batallas electrónicas giran sobre los derechos de las minorías étnicas, los gays y las lesbianas, los diferentes estilos de vida y otras cuestiones de ese tipo, mientras el capitalismo continúa su marcha triunfal.

La concepción del multiculturalismo en Žižek no se circunscribe a las luchas indígenas latinoamericanas, que se despliegan sobre los conceptos culturales de raza y/o etnia. El filósofo esloveno extiende su concepción multicultural a minorías no étnicas. Esto no implica mayor problema, la maleabilidad de  los conceptos de “pluralismo cultural”, “multiculturalidad” o “interculturalidad”, le ha permitido a estas maneras de pensamiento desdoblarse hacia otras categorías de significación de las minorías sociales o políticas. Lo que se subraya del planteamiento de Žižek, es la descalificación enfática de la perspectiva intercultural como territorio de lucha desde la izquierda. Para el filósofo esloveno, esta postura es una mascarada que esconde los supuestos capitalistas bajo una concepción relativista de la cultura. La interculturalidad no estaría cuestionando de fondo los supuestos ni las estructuras capitalistas.
Siguiendo a Eagleton y a Žižek, a manera de hipótesis, aquí se sustenta que los desarrollos que han caminado desde el “pluralismo cultural”, la “multiculturalidad” o la “interculturalidad”, que han tomado forma teórica y fácticamente, desde la filosofía política, la filosofía de la cultura y las ciencias de la educación, han sido capturados por los entresijos capitalistas. De esta forma,  la radicalidad de su postulación ideológica ha sido disminuida, por no decir que anulada. Es detectable una dulcificación teórica e ideológica de la interculturalidad.  El proceso de captura capitalista de los discursos interculturales puede rastrearse en la academia universitaria y en diversos documentos de políticas públicas. El punto de partida de este ensayo, que refiere que el surgimiento y desarrollo de la interculturalidad, no se ha reflexionado críticamente, a partir de la historia de las ideas y de su propia configuración ideológica,  forma parte de un silenciamiento impuesto externamente o autoimpuesto, que está atravesado por la captura capitalista de este modelo. 
Lo anterior tiene que ver con el vaciamiento de sentido del discurso intercultural, que se retrae en la academia universitaria y que pierde sus radicales anclajes ideológicos de izquierda,  al ser inscrito en los discursos de las políticas públicas. En los discursos de las políticas públicas en México y en el mundo,  hay una teatralidad que resulta manifiesta en el marketing político. Los 15 minutos que le bastarían a Fox para resolver el problema del movimiento zapatista en México, son una metáfora del vaciamiento temporal y de sentido de los contenidos interculturales que quedan absorbidos y minimizados en los discursos de las políticas públicas.
Desde territorios disciplinarios distintos,  desde visiones teóricas distintas y desde posturas ideológicas también alternas, los planteamientos de Wallerstein (historia y ciencias sociales), Eagleton (Filosofía de la cultura y filosofía política) y Žižek  (filosofía política), resultan contrastantes. El movimiento zapatista que surge desde las búsquedas de la izquierda [que puede entenderse a partir de un  enfoque  antisistémico (Wallerstein)  o un enfoque intercultural (Eagleton y Žižek)], es factible de ser concebido como un territorio de creación política que posibilite la confluencia de las izquierdas en un bloque nacional o mundial, que impulse un avance de esta fuerza política, pero también puede entenderse como atrapado en los adentros del capitalismo. Lo ideológico y lo teórico se funden en un magna que hierve de incertidumbres. La praxis queda atrapada ahí, atosigada por los signos de interrogación…


Citas bibliográficas
[1] En el presente trabajo no se subrayan las diferencias entre los conceptos de “pluralismo cultural”, “multiculturalismo” e “interculturalidad”. Los tres conceptos pertenecen a un mismo campo semántico de significación teórica e ideológica que se revisa a lo largo del ensayo. El desarrollo teórico y las diferencias entre estas concepciones se revisa en el artículo: Pluralismo, multiculturalismo e interculturalidad. Propuesta de clarificación y apuntes educativos, Giménez Romero C., en: Revista Educación y futuro, Num. 8, 2003, P. 9 – 26. Junto a las tres categorías planteadas, Welsh (2011, P. 11-40)  concibe alternamente a la “transculturalidad”, que estaría formando parte  del mismo campo semántico revisado.
[2] Aguirre Rojas analiza a detalle esta postura en el libro: Immanuel Wallerstrein. Crítica del sistema-mundo capitalista, ediciones Era, México, 2005.

Bibliografía
Carrasco Araiza, J, 1994: Los terrores de Salinas, en: revista Proceso, Num. 1939, 29 de diciembre de 2013, México, P. 6-19.
Chartier R., El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural, editorial Gedisa, España, 2005.
Eagleton T., La idea de la cultura. Una mirada política sobre los conflictos culturales, editorial Paidós, España, 2001.
Harris M., Teorías sobre la cultura en la era posmoderna, editorial Crítica, España, 2000.
Lyotard J. F., La condición posmoderna, editorial Cátedra, España, 2004.
Morín E., La cabeza bien puesta. Repensar la Reforma. Reformar al pensamiento. Bases para una reforma educativa, editorial Nueva Visión, Argentina, 1999.
Olivé L., Multiculturalismo y pluralismo, editorial Paidós y FFyL de la UNAM, México, 1999.
Schmidt-Welle F.,  Transculturación, heterogeneidad y ciudadanía cultural. Algunas consideraciones, en: Multiculturalismo, transculturación, heterogeneidad, poscolonialismo. Hacia una crítica de la interculturalidad, Schmidt-Welle F. coordinador, editorial Herder, México, 2011, P. 41-56.
Wallerstein I., Un mundo incierto, editorial Libros del Zorzal, Argentina, 2005.
Welsh W., ¿Qué es la transculturalidad?, en: Multiculturalismo, transculturación, heterogeneidad, poscolonialismo. Hacia una crítica de la interculturalidad, Schmidt-Welle F. coordinador, editorial Herder, México, 2011, P. 11-40.
Žižek S., Multiculturalismo o la lógica cultural del capitalismo multinacional, en: Estudios culturales: Reflexiones sobre el multiculturalismo, editorial Paidós, Buenos Aires, 1998, P. 137-188.

 

domingo, 5 de enero de 2014

Las universidades y los cuestionamientos del pensamiento utópico



(Publico completo un artículo de la sección de UPNECH en El Diario de Chihuahua, del 5 y el 12 de enero)


I
Uno de los territorios teóricos y de acción humana en el que las utopías se manifiestan persistentes es la educación. La concreción del acto educativo está atravesada por llamamientos utópicos, en cualquiera de los sentidos teleológicos que puedan asignársele. ¿Es posible pensar a la educación sin asomarse a la utopía?  En este momento histórico la pregunta es riesgosa. El espíritu educativo que hemos heredado de la modernidad está investido por el pensamiento utópico. Desde el siglo XVIII hasta la fecha,  la educación y la utopía se retroalimentan mutuamente de tal manera que llegan a pensarse como constituyente una de la otra. Pero, esta condición ha entrado en crisis. Los cuestionamientos que se lanzan sobre el pensamiento utópico coinciden con las dudas sobre la educación como palanca de desarrollo social y humano.
En occidente,  la educación representa a la luz y al progreso civilizacional,  es la antítesis de la caverna platónica, el camino para llegar a la iluminación y al progreso indetenibles. En esta manera de pensar a la educación, las universidades son una piedra de toque que redondea la fe educativa. Los distintos discursos que reflexionan a los problemas y la crisis de las instituciones de educación superior y que comienzan a barajar alternativas de solución, traen consigo la esperanza de reavivar la fe en la educación y en las instituciones universitarias. Ante la nostalgia y la condolencia,  por lo que pudo ser, pero que no ha sido, se ponen en marcha discursos y dispositivos que pretenden darle forma a un optimismo fuerte sobre los futuros de la educación superior. 
Desde las instituciones universitarias, los argumentos para sustentar el correlato persistente entre educación y utopía parten de dos variables dependientes,   que le dan forma a una tesis que parece incuestionable: El desarrollo de la  educación superior impacta positivamente al desarrollo de las sociedades de distintas maneras y en distintos ámbitos. Esta afirmación  que se ha racionalizado desde la academia universitaria y desde las políticas públicas, que muy pocos nos atrevemos a cuestionar, es un credo al que se protege a toda costa. La creencia está blindada al grado de considerar como herejía a las posibles críticas que puedan hacérsele. ¿Qué puede quedarnos a los seres humanos,  después de los cuestionamientos y las críticas a las limitaciones y las imposibilidades de la educación en su conjunto? ¿Qué es lo que se desnuda,  al mostrar que las utopías educativas son un imaginario que en su desmesura ideológica, sigue lacerándonos desde lo que no podremos ser, desde lo que quizá jamás llegaremos a ser?
La persistencia del credo depositado en la educación universitaria, amerita ser analizada considerando a sus componentes ideológicos. La fundamentación de esta fe, es racional e irracional.
La racionalidad de la fe en la educación  universitaria se fundamenta en la interrelación de las dos variables de la tesis analizada en los párrafos anteriores, que se asume científica y políticamente como una verdad incuestionable. Mediante investigaciones sociológicas, históricas, económicas, etc., se trazan argumentos que permiten demostrar con números o con información de otra naturaleza, que los aportes de la educación universitaria impactan positivamente al desarrollo social y cultural de la humanidad.
La irracionalidad de esta fe,  puede rastrearse en los lemas de las universidades y en otros componentes discursivos. El lema vasconcelista de la UNAM es: “Por mi raza hablará el espíritu”. En Chihuahua, el lema de la UACH, refiere: “Luchar para lograr, lograr para dar”. La utopía se desborda desde estos enunciados que sintetizan en unas pocas palabras el espíritu de las instituciones de educación superior.
En el primer caso, el enunciado alude de manera directa a la “raza cósmica” de Vasconcelos. El mestizaje latinoamericano llegaría a un desarrollo tal, que dominaría al continente y al mundo. La utopía de Vasconcelos no ha tenido lugar, sin embargo persiste en el espíritu discursivo del lema de la UNAM. Varias décadas después, el humor ácido de Yépez (“La increíble hazaña de ser mexicano”, 2011, P. 104 – 119),  se refiere a la “raza cósmica” como la “raza cómica”.
En el segundo caso, la utopía se asume en los verbos planteados en infinitivo. Este modo verbal trae consigo una manera de plantear acciones que eterniza al presente. Las acciones significadas en estos verbos, no concluyen jamás.  La forma verbal “infinitiva” alude a lo “infinito”. En el lema de la UACH,  los verbos en infinitivo se asumen de tal forma que los significados se conjugan en una tríada verbal de resonancias poéticas. El “luchar” universitario tiene como fin un “lograr” directo,  que su vez deriva en automático la donación de un “dar”. Pero ya en los hechos concretos de la vida universitaria de la UACH: ¿qué es esta “lucha”?, ¿cómo y por qué se “lucha”?, ¿en qué consisten concretamente los “logros” obtenidos?, ¿a quiénes benefician estos “logros” y de qué formas?, ¿cuál es el “dar” concreto que puede tener sentidos no para unos cuantos, sino para la sociedad en su conjunto?, ¿cómo este “dar” toma forma entre los pocos que logran acceder a la educación universitaria y, entre los grupos de poder académico, político y económico que se han formado desde la educación universitaria?

II
La educación superior en el mundo se encuentra en una etapa de crisis que lleva a cuestionar de fondo sus fundamentos. Una de las facetas de la crisis toma forma a partir del agotamiento de la ideología progresista,  que lleva a pensar a la educación como un espacio de generación de capital social. Los sistemas educativos, desde los niveles básicos hasta los superiores, han sido pensados como espacios en los que podría resolverse la lucha de clases y el desarrollo individual, familiar y de la sociedad en su conjunto. Desde este punto de vista, el papel del estado y de las familias se centraría en garantizar el acceso a la educación y el término de una carrera universitaria. ¿Pero, qué queda garantizado hoy,  con el acceso a la educación universitaria y el término de una carrera?
La maquinaria ideológica que ha permitido darle forma al progresismo de la educación universitaria está funcionando de manera forzada de algunos años a la fecha. La premisa nominal de la educación superior, que funda su nombre en el concepto occidental de “lo universal” da muestras de su agotamiento. ¿En qué momento de su historia la “universidad” ha sido verdaderamente “universal”, en el sentido de generar beneficios para todo el conjunto de la sociedad, convirtiéndose  en garante, junto con otras instituciones del estado,  de la justicia social, económica y política?
Retomado las críticas de Zaid sobre la educación universitaria, Bartra (“El oficio de ser mexicano”, 2013, P. 58 y 59) analiza las relaciones que se han establecido entre las universidades y la sociedad a partir del componente sociopolítico del poder. Las universidades no solo se parecen al estado en su condición paternalista que procura protecciones y prebendas para algunos grupos y segmentos de la sociedad. Debido a su crecimiento acelerado y a la masificación, las universidades tienen semejanzas con la sociedad civil. En las instituciones universitarias hay múltiples condiciones no académicas que restan seriedad a la enseñanza, “la academia se encuentra sumergida en una masa universitaria a la que se han agregado militantes de partidos políticos, intelectuales sin café pero con cubículo, burócratas desplazados, pordioseros, trepadores, vendedores de artesanías…  empleados de confianza, ex guerrilleros, alquiladores de inteligencia barata, jilgueros priistas, fósiles, grillos, profetas, resolvedores de los grandes problemas nacionales, poetas frustrados, dirigentes campesinos y sindicales.”
Desde la perspectiva de Bartra, las instituciones de educación superior que han aumentado la plantilla  de profesores y que han abierto los cauces de captación de alumnos y de emisión de títulos, han dado lugar a una decadencia. La reflexión de Bartra se publicó de origen hace veinte años (en 1993) y hacía referencia a las universidades que en este entonces tuvieron un crecimiento y desarrollo significativos a partir de los primeros impactos de la explosión demográfica.
Tal vez el auge y crecimiento recientes de la educación superior en Chihuahua, no pueda ser reflexionado por las mismas premisas planteadas por Bartra. Pero sin duda el referente del crecimiento acelerado y la masificación de la enseñanza universitaria en el estado, traerán consigo una serie de implicaciones problemáticas que apenas comienzan a hacerse visibles. ¿De qué formas se está seleccionando y formando a los académicos que están ingresando a la planta de profesores de las universidades? ¿Cuáles son las condiciones laborales que se ofrecen a los académicos para desarrollar no solo la docencia, sino la investigación y la difusión de la ciencia y la cultura? ¿Cuáles son las formas y los grados de contaminación política,  que a partir del poder, impactan negativamente a la educación universitaria? ¿Cómo se está resguardando la calidad universitaria respecto al crecimiento acelerado y la masificación, de la planta de profesores y del alumnado? ¿De qué formas se está preparando al campo laboral para captar en los años futuros a los miles de egresados de la educación superior en Chihuahua?
Desde un punto de vista que defienda la democratización de la educación universitaria, garantizando la emisión de títulos universitarios al mayor número posible de jóvenes, las críticas de Bartra y las preguntas lanzadas son contradictorias. El papel de la universidad en México ha caminado paradójicamente entre el elitisimo y la democratización. Por un lado, las universidades han funcionado como el espacio de formación y empoderamiento de algunos segmentos de la sociedad. Por otro lado, los discursos de la política educativa la postulan como un espacio de democrático que puede garantizar a cualquiera el acceso a mejores niveles de vida. ¿Cuáles son los significados profundos de esta contradicción?
El desarrollo de las universidades, el aumento del número de profesores y de la matrícula de alumnos en Chihuahua, parecen traer consigo una serie de condiciones a las que es necesario analizar con mucho detenimiento. En los años recientes, el pensamiento utópico sujeto de la educación universitaria, que en Chihuahua se ha hecho notar apoyando enfáticamente a este tipo de instituciones, posee territorios claroscuros, racionales e irracionales. Es una moneda que ya ha sido lanzada al aire. En algún momento la moneda ha de tocar el suelo, la hemos de tener a nuestros pies y hemos de recoger lo que esta jugada de política educativa nos depare. ¿Qué cálculos, qué cifras o datos esperamos recibir de esta jugada? ¿Qué derivaciones sociales, políticas y económicas se han calculado en un futuro próximo y lejano? ¿Qué realidades concretas habrán de acontecer después de esta jugada?

viernes, 3 de enero de 2014

De la "sospecha" concebida como el "fantasma" de Marx




¿Quiénes aspiran hoy a tener en su biblioteca las obras completas de Marx? ¿Quiénes aspiran a leer las obras completas de Marx? La empresa es desmesurada, más allá de las aspiraciones de los especialistas, de los  buscadores y rebuscadores del marxismo, es una tendencia que pretende extender la vida escritural del filósofo alemán más allá de sus propios límites. La hermenéutica de Marx es monstruosamente ilimitada. Sánchez Vásquez busca en los escritos de Marx que preceden a la escritura de “El Capital”. El Marx joven, el de los textos de 1848,  es realzado por Sánchez Vázquez. Por otra parte, Dussel hurga en los archivos marxistas, en lo no publicado de Marx, como aspirando a un Marx no buscado ni reconocido, un Marx no encontrado aún.
El autor de "El capital"  es uno de los “tres maestros de la sospecha” referidos por Paul Ricoeur. Los otros dos, cuya obra camina entre los siglos XIX y XX, son Freud y Nietzche. Los tres autores referidos por Ricoeur ponen en entredicho los fundamentos de la civilización occidental. En la tradición marxista,  la sospecha se positiviza de tal manera que la figura intelectual de  Marx es sospechada como incompleta, como  portadora de una voz que no lo ha dicho todo, como un archivo sobre el que hay que escarbar para encontrar respuestas a los problemas que no existen todavía. Las obras completas de Marx serán siempre unas obras incompletas. Habrá en todo momento algo que no han dicho, aún desde su propio silencio. La voz de Marx está colgada de un teléfono infinito que nos habla consciente o inconscientemente, al mediodía o a las tres de la mañana.
Los revisionismos, los posestructuralismos marxistas, los neomarxismos, que no son propiamente la voz de Marx, son una distensión hermenéutica de Marx, una evocación del espíritu de Marx que continua hablando y sospechando a través de nosotros. La sospecha es un dispositivo fantasmal. Funciona  lo mismo para criticar y replantear utópicamente a lo real del capitalismo y del neoliberalismo, que para dudar de la muerte de Marx. Hay un indicio sintomático aquí, son los largos años de silencio que Derrida  guardó para escribir sobre Marx. ¿Por qué fue casi hasta el final de su labor intelectual que Derrida escribió el ensayo Los espectros de Marx? Derrida sospechaba de Marx y del marxismo. Más aún, sospechaba de sí mismo y de lo que pudiera decir sobre Marx. ¿Pero, qué forma de sospechar es esta de Derrida? ¿Qué se hace manifiesto en la manera de sospechar de Derrida? En la sospecha del francés se muestra como indicio el concepto de lo “espectral” de Marx. Entre el sospechar de Marx y el sospechar de Derrida hay un hito que no ha sido analizado y que tiene que ver con la evocación del fantasma de Marx, con las maneras de llamar al fantasma de Marx.
Derrida no se atrevió a guardar silencio sobre Marx, tenía que hablar sobre él. Habría que analizar sus motivos más allá de lo teórico, lo político y lo ético. ¿Quién es capaz de no hablar a través de Marx? ¿Quién puede no hacer que la voz de Marx se haga presente en uno como una huella o un síntoma de algo?...