lunes, 31 de agosto de 2015

Más allá de la filosofía como sierva del quehacer científico



Leonardo Meza Jara 

(Artículo publicado en “El Diario de Chihuahua”, en la sección de UPNECH)

I
Este texto entabla un diálogo crítico con un artículo publicado en “El Diario de Chihuahua”, en la sección dominical de UPNECH  (“Ciencia y filosofía”, Valles D., 16 de agosto de 2015). Lo primero que llama la atención en el artículo citado, es que el autor omite cualquier pregunta sobre el concepto o el quehacer de la filosofía. Toda pregunta que se realice sobre el concepto y las tareas que tendría que desarrollar la filosofía, es una pregunta adscrita a un condicionamiento o una serie de condicionamientos sobre los que habría que cuestionarnos. ¿Por qué Valles evita preguntarse sobre la definición o las tareas de la filosofía? Puede afirmarse que las preguntas están implícitas en el texto. Es decir, que el mismo abordaje del autor  las supone como ya sabidas y ya entendidas, que no se requiere plantearlas, dado que resultan innecesarias al considerarse inscritas en el tratamiento del artículo. Puede también sostenerse que simplemente es cuestión de estilo en la escritura del autor.  Pero no podemos dejar de lado que uno de los territorios de mayor peso en el desenvolvimiento del quehacer filosófico, es el planteamiento de preguntas, la interrogación como una actividad para distender al pensamiento.  En el artículo de Valles, detrás de las afirmaciones que se realizan sobre el concepto y las tareas de la filosofía, hay una serie de cuestionamientos no dichos. Son preguntas que se omiten consciente o inconscientemente. Son interrogantes que de ninguna manera podemos dar por supuestas o por innecesarias. Son preguntas evitadas, pero no evitables. ¿Cuáles son estas interrogantes no dichas? Se abordan enseguida los que se consideran los dos núcleos de preguntas claves omitidas por Valles.
Preguntas  1.- ¿La actividad de la filosofía tal como la asume Valles al lado del quehacer científico, está libre de componentes discursivos, ideológicos, míticos o trascendentes, relacionados con ideas no estrictamente científicas? ¿Hay un territorio de pureza racional, o mejor dicho racionalista, en la filosofía que se asume como codependiente del quehacer científico?  
Preguntas  2.- ¿Cuáles son los costos que en los términos del despliegue del pensamiento se tendrían que pagar,  al sujetar el quehacer de la filosofía a  los parámetros de la racionalidad científica? ¿Qué se tendría que castrar y depurar de la potencia del pensamiento filosófico, al suscribir de manera unívoca y totalitaria a la filosofía en los intereses y necesidades de la razón científica?
Al inicio del artículo de Valles, se descalifica la creencia y la imaginación humanas que se fijan en seres fantásticos y míticos, de corte literario o religioso. Aunque el autor matiza esta crítica, justificando en parte la presencia de lo irracional en el pensamiento y  la vida de los hombres. Este guiño pudiera resultarnos sospechoso, ¿por qué Valles descalifica a la irracionalidad para luego matizar la afirmación, admitiendo que este tipo de pensamiento es inherente y necesario al ser humano?
El texto de Valles plantea a la ciencia, flanqueda por la filosofía,  como un saber deificado, un saber concebido como si fuera Dios. La postura de Valles es moderna, es la del hombre que toma el lugar de Dios, y que a su vez le otorga a esta deificación una existencia exterior a lo humano en los lugares de la ciencia. El texto de Valles pondera  los altares y las santificaciones de la ciencia y de la filosofía realista, de corte empirista e inductivista (Locke y Hume). Apela también a la lógica filosófica y a los aportes del mecanicismo newtoniano, que se elaboran desde las ciencias duras (la física). Esta postura se ancla en  el neopositivismo, derivado de los aportes del círculo de Viena, los cuales son capitalizados por Popper (el falsasionismo popperiano)  hacia la segunda mitad del siglo XX. A su vez, podemos considerar a Valles como un discípulo de Mario Bunge, el filósofo que ha abdicado las posibilidades de ser y de hacer de la filosofía ante la ciencia. Desconozco, si en la intención por matrimoniar de manera definitiva y a la vez trágica, a la filosofía con la ciencia, Valles está dispuesto a cargar con el cadáver de la filosofía, tal como lo hace Bunge.
En una entrevista, al preguntarle a Bunge si lee textos científicos (y filosóficos), responde: “Sí, estoy suscrito a las revistas Nature y Science; esta me llega gratuitamente por haber sido suscriptor durante más de medio siglo. No leo apenas revistas de filosofía porque no aprendo nada nuevo con ellas. Antes leía de cabo a rabo el Journal of Philosophy con gran interés, pero me parece que está decayendo. La filosofía vive un momento de decadencia” (“La ciencia se hace una matriz filosófica”, 2014).
Acudiendo a los mecanismos de reflexión lógicos planteados por Valles en su artículo, deducimos lo siguiente: Bunge, quien es un filósofo cientificista, sostiene que toda filosofía no cientificista es decadente. Lo cual no implica que la filosofía cientificista no lo sea. En los diversos textos de la filosofía cientificista, no se encuentran argumentos de suficiente peso para admitir que esta filosofía no sea decadente. Tal vez, en el texto analizado de Bunge y en otros escritos producidos por este autor, trata de sustentarse que la filosofía cientificista no es decadente, pero esto no deriva en automático que esta filosofía no lo sea. Un juicio sobre la decadencia o la no decadencia de alguna filosofía no obedece exclusivamente ni al racionalismo ni a las formas de pensar lineales de la lógica filosófica. Sino que es parte de una forma de verdad o de creencia , que más allá de lo teórico se instala en lo ideológico. ¿Qué forma de certeza, que forma de creencia es necesaria  para sostener que una filosofía determinada no es decadente y que otras filosofías si lo son? ¿Qué observador ideal tendría que decir cuál filosofía es decadente y cuál no lo es? ¿En qué razones se basaría este observador ideal al realizar esta tarea? Volvemos a los problemas planteados por la filosofía analítica de principios del siglo XX.
Más adelante en la entrevista, a pregunta expresa, Bunge asume que “la filosofía le ha dado la espalda a la ciencia” y que a partir de ello tiene lugar su “declive”. En base a un alegato que acude al recurso argumentativo de la autoridad intelectual, Bunge cita a Mosterín para explicar su respuesta. Valles también cita a Mosterín al inicio de su artículo, para sustentar la validez suprema de una filosofía cientificista. El triángulo autoral se convierte en un círculo, que puede entenderse a partir de los retornos del saber y de los discursos sobre sí mismos, para renovarse infinitamente (Foucault, “El orden del discurso”, 2005). 
En el caso específico de Bunge, hay una operación riesgosa en la que al unir bajo una ce-rrazón a la ciencia con la filosofía, se da lugar a la muerte de la filosofía. En el fondo, el pensamiento  de Bunge carga con el cuerpo muerto de la filosofía, desvitalizado y aquietado en el tablero de ajedrez del quehacer científico. La “ascesis teórica” que realiza Bunge para depurar al concepto y las tareas de la filosofía, en sujeción a los intereses y necesidades de la ciencia, da como resultado una “muerte en vida” del pensamiento y de la filosofía (Sloterdijk, “Muerte aparente del pensar”, 2013). Bunge es un necrófilo de la filosofía, carga en vida con el cadáver de la filosofía, mientras establece una extraña relación pragmática e idealizada con esta actividad humana.

II
A lo largo de la historia de la filosofía, son numerosos los textos que conceptualizan a  esta actividad humana. Desde luego que directa o indirectamente, cualquier conceptualización de la filosofía da lugar a una territorialización de las labores que tendría que llevar a cabo. Decir lo que la filosofía es conceptualmente, nos lleva a decir lo que la filosofía tendría que ser y tendría que hacer. Toda definición de la filosofía es un pensar condicionante de esta actividad humana, lo mismo en términos conceptuales que fácticos.
Aquí se sostiene, que toda conceptualización de la filosofía implica o una relatividad (una respuesta que solo puede tener un carácter provisional, historizado) o una desmesura (una pretensión tan abarcadora en la respuesta, que termine asfixiándose en los terrenos de la trascendencia). Se sostiene también, que toda  conceptualización de la filosofía, que puede implicar o una relatividad (una respuesta provisional, historizada) o una desmesura (una respuesta que aspira a lo trascendente), es una estrategia castrante de las posibilidades de ser y hacer de la filosofía, de la potencia del pensamiento de esta actividad humana. Arriesgarse a una conceptualización en los términos descritos, es como intentar obturar los ojos de la filosofía, como intentar cortar una parte de su lengua.

III
Desde el punto de vista de  la historia de las ideas, el cuerpo teórico de la filosofía tiene una forma no plenamente definible, es un cuerpo multiforme, configurado por diversas disciplinas y subdisciplinas (epistemología, ética, ontología, etc.) y por variadas  teorizaciones al interior de estas disciplinas. Más aún, el cuerpo teórico de la filosofía es un cuerpo que no se queda quieto, que se despliega permanentemente en una movilidad que resulta escurridiza. Una mirada miope puede llevarnos a pensar que la filosofía griega hubiera dado todo de sí, que no hay más asuntos que dialogar con  los pensadores helénicos.  Pero resulta, que algunas de las filosofías más creativas y constructivas del siglo XX, se han derivado de un retorno a la filosofía griega, son los casos de Castoriadis, Gadamer, Ricoeur y Colli entre otros filósofos.  
La conceptualización de la filosofía no tendría por qué hacerse en los términos descriptivos o procedimentales de su saber o su hacer. Su definición implica la conflictividad y la irresolución. La idea de la filosofía se enraíza en un pensar abierto y desbordante. Lo no pensado y lo no dicho por la filosofía, forman parte de la conceptualización de esta actividad humana. La conceptualización más áspera y más incómoda de la filosofía, tendría que definirse desde su afuera. ¿Qué linderos tendríamos que trazar sobre la filosofía para de-limitarla y en-cerrarla, para que se agote y vacíe sus posibilidades de ser y de hacer en ello? ¿Qué grilletes tendríamos que sujetarle para impedir sus avances, sus retrocesos y sus retornos? El lugar de la filosofía es el afuera, donde lo no pensado y lo no dicho se expanden complejamente a través de la vida. Desde luego que esta es una definición que se deriva de Foucault.
Los desdoblamientos del pensamiento filosófico en el siglo XX, han ocurrido a través de distintos territorios del saber humano. En este siglo, el cuerpo teórico de la filosofía posee un carácter transdisciplinario. Es un ir y venir de la filosofía hacia las ciencias sociales y las ciencias duras, hacia la literatura, el psicoanálisis y otras disciplinas. Aunque asumir que la filosofía es una actividad transdisciplinaria,  es en el fondo una tautología. La filosofía nace a la par de otras actividades humanas como la literatura y la ciencia en Grecia, donde no hay una división del saber tal como la conocemos ahora. La parcelación del saber es un asunto moderno, que tiene lugar entre los siglos XIX y XX. Morín ha escrito en abundancia sobre el tema criticando al conocimiento fragmentario (“El método”, seis tomos). Las estrategias de pensamiento y escritura en la filosofía, que pueden concebirse como transdisciplinarias y que tuvieron lugar en el siglo XX, no han sido investigadas todavía…

sábado, 25 de julio de 2015

De la resiliencia como dispositivo político e ideológico



I
La resiliencia lleva consigo la idea de una sanación psicológica y sociológica del ser humano que se sobrepone a las dificultades de la vida. El resiliente es aquel que después de vivir una situación adversa en lo socioeconómico (la pobreza), en lo familiar (el abandono, la pérdida súbita de un ser querido, etc.), en lo cultural (la marginación por motivos diversos),  logra activar una serie de recursos personales, familiares y sociales que le permiten convertir a un posible territorio trágico, en lo que hoy suele llamarse “área de oportunidad”. El resiliente es capaz  de desactivar el naufragio para convertirlo en una travesía con rumbo definido: la superación personal y/o familiar. No es coincidencia que la resiliencia surja en el mismo tiempo histórico en que aparece la idea de la superación personal, alimentada desde la literatura del bestseller y la psicología de la programación neurolingüística (PNL). Desde luego que en la literatura de superación personal  del bestseller, la PNL y la idea de la resiliencia, operan de manera artificiosa una serie de condicionamientos que desde los terrenos de la psicología y la sociología moldean ideológica y políticamente a las personas.

II
Retomando los aportes teóricos de Michael Foucault, el filósofo italiano Giorgio Agamben (“¿Qué es un dispositivo?”, 2011) sintetiza las tres cualidades de un dispositivo:
A) Es un conjunto multiforme que incluye virtualmente variados elementos de la vida humana, que pueden ser discursivos o no discursivos: discursos, instituciones, espacios arquitectónicos, leyes, proposiciones filosóficas o científicas, creaciones tecnológicas. Un dispositivo se constituye a través de la formación de una red entre los elementos abordados.
B) En todo momento los dispositivos tienen una función estratégica concreta, que se explica a partir de una relación de poder.
C) La acción del dispositivo emerge a partir del entrecruzamiento de las relaciones entre saber y poder.
Los dispositivos están hechos de palabras (discursos) y de artefactos (reglamentaciones jurídicas o morales, edificios, componentes institucionales, ideas filosóficas o científicas, etc.) que dan lugar a la funcionalidad social, política e histórica de los sujetos. Un dispositivo tiene un carácter funcionalista. Pretende insertar  y contener a los sujetos en las formas de vidas aceptadas y procreadas por el mercado capitalista y la sociedad democrática, aún en el naufragio histórico de ambas. Los dispositivos cuadriculan la vida de los sujetos positivamente (predisponiendo y alentando) o negativamente (recortando y reprimiendo). No son mecanismos que se puedan detectar a simple vista, no se identifican como si fueran un objeto, no se muestran bajo una estaticidad. Se hacen visibles en su operatividad compleja, en la que se entraman discursos y artefactos que no están hechos de palabras. El “discurrir”, en calidad de despliegue del discurso y del movimiento de artefactos no discursivos, es lo que da lugar a la emergencia del dispositivo.
¿De qué maneras  la resiliencia funciona como un dispositivo? La idea de la resiliencia está hecha de discursos piscológicos, sociológicos, educativos y desde luego políticos. La investigación sobre la resiliencia surge en las áreas de la psicología y la sociología a mediados del siglo XX, en Estados Unidos y Europa. Con los años, esta idea se clarifica y se robustece discursivamente. Miles de páginas, cientos de investigaciones se han realizado a partir del tema de la resiliencia. En América Latina, en México y en Chihuahua, las investigaciones sobre este tema se han multiplicado en los años recientes. Hay un fervor por investigar al respecto. Estos discursos se han postulado en términos científicos desde el territorio de la investigación en las áreas de las ciencias sociales y las humanidades. Hay un espacio de saber específico que se ha desarrollado en el último medio siglo en torno a la resiliencia.
Pero el discurso científico-filosófico que ha crecido alrededor de esta idea, no permanece en sí mismo, sino que se desdobla hacia un querer ser, hacia un poder ser. La invención discursiva de la resiliencia pretende crear un modelo de ser humano resiliente, que pueda sobreponerse a las adversidades de la vida a partir de una fórmula, de la pre-disposición de una serie de estructuras individuales (piscológicas) o sociales (sociológicas, políticas, etc.). En su paso de lo discursivo hacia lo no discursivo, la resiliencia se manifiesta bajo cualidades performativas (Austin, “¿Cómo hacer cosas con palabras?”, 1990). Los discursos sobre la resiliencia llevan implícitos ordenamientos para crear personas resilientes. En los términos de la tecnología social y política, las investigaciones sobre la resiliencia traen consigo la intención de manufacturar seres humanos  persistentes, que puedan sobrellevar al pesado destino histórico del siglo XXI y de los siglos venideros. Aquí se detecta un primer andamiaje que desdobla los discursos sobre la resiliencia del saber (lo teórico) hacia el poder (lo social y lo político). Un segundo andamiaje está presente en la labor de los terapeutas o de los interventores que en el tratamiento psicológico o educativo, pretenden sanar las vidas de las personas que viven bajo condiciones de adversidad. La resiliencia se dice (se crea mediante el saber de las palabras) y enseguida se procura como un hacer (se induce hacia las estructuras de poder configuradas legal, institucional y arquitectónicamente). Si algo queda claro a partir de la filosofía heredada de Foucault, es que el saber y el poder coexisten simbióticamente. Este es un territorio paradójico sobre el que se requiere escarbar a cada paso.
Pero bajo los mismos condicionamientos que han permitido los desarrollos teóricos y fácticos de la resiliencia como modelo de superación y salvación humana, se muestran sus debilidades como dispositivo. El de la resiliencia es un dispositivo fallido, que no ha logrado cuajar ni teórica ni fácticamente.

III
La idea de la resiliencia es un detonante que trae consigo la re-activación del debate filosófico sobre la utopía. Como idea, la resiliencia surge y se fortalece hacia finales del siglo XX e inicios del siglo XXI, en el mismo momento histórico en el que los filósofos de la posmodernidad (Lyotard, Vattimo, Baudrillard, etc.)  postularon la muerte de los grandes relatos. El comunismo, el capitalismo y el cientificismo, como territorios de la salvación humana, perdieron sus energías utópicas. La etapa histórica que nos toca vivir está impregnada de un fuerte pesimismo.
El nihilismo de Nietzsche, que se explica a partir de la desesperanza y la ausencia de horizonte histórico, se extiende desde finales del siglo XIX hasta nuestros días. La creencia y la fe en las diversas instituciones de la sociedad han sido echadas abajo. Basta asomarse a las encuestas sobre la confianza en las instituciones en México para poner en claro el desgaste institucional. El declive de la creencia y la fe en las instituciones –y en el hombre mismo- no tiene lugar de forma abstracta en la teoría política, sociológica o filosófica. Sino que es un lugar común del pensamiento común, que tal vez no necesita ser teorizado para ser puesto en claro. Basta asomarse a la realidad de los últimos tres decenios para dar cuenta de un panorama desolador cruzado por: desacuerdos que se hunden en la contradicción irresoluble, procesos políticos convulsivos cuyo lugar común es la ausencia de un final satisfactorio,  constantes fracturas en el supuesto orden social, reiteradas crisis económicas que traen consigo el desasosiego de millones de seres humanos, miradas que en lo cercano trazan un horizonte apocalíptico a raíz del deterioro ambiental. En la política, el cinismo se acumula sobre el cinismo, de tal manera que la idea del absurdo resulta insuficiente para explicar la condición oscura de la historia que nos toca vivir.
Ante la adversidad, la previsión de caminos en forma de respuestas y soluciones parece desvanecerse al momento siguiente de su trazo. El sentido de la salvación y la heroicidad humanas ha sido capturado por el mercado capitalista, son productos que se compran y se venden, que se consumen una y otra vez en la industria cinematográfica y de los videojuegos, en el mundo del deporte y del espectáculo. El antiguo héroe griego y el héroe histórico de la modernidad que forma parte de la historia de bronce, han cedido su lugar al héroe virtual y mercantil construido en las narrativas del mundo del espectáculo.  

IV
¿Cómo se explica entonces que la “resiliencia”,  como concepto y como dispositivo de acción política e ideológica (y desde luego psicológica), brote y se consolide en el mismo momento histórico en el que se desvanecen los grandes relatos y el espíritu de la época está impregnado de fuertes cargas de nihilismo? Porque la resiliencia opera como un espacio teórico, político e ideológico que desde la investigación (en las áreas de la piscología, la educación y la sociología) juega el papel de activador de los pequeños relatos de salvación humana. Si los grandes relatos de la salvación (comunismo, capitalismo, cientificismo)  han dejado de ser pertinentes, funcionales en términos  históricos, sociales y políticos, se hace entonces necesario formular otro tipo de relatos en los intentos por re-activar la fe del hombre en las instituciones y en el hombre mismo. Como energía de la espiritualidad humana en términos históricos o transhistóricos (más allá de la historia misma) la fe no se derrumba, tan solo se transforma, o se trastorna.
La idea de la “resiliencia” trae consigo una serie de evidencias de la conversión de las grandes energías utópicas de la modernidad,  en pequeñas energías transformacionales que tienen lugar en el ámbito personal y/o familiar. La utopía se des-integra de lo social y lo político para re-integrarse psicológicamente en la cabida de lo meramente personal y familiar. La utopía se minimiza, su talla histórica es la del resiliente capturado por las narrativas de la investigación, que son pequeños testimonios sociales de la persistencia individual y familiar. Lo primero que se asoma en la presencia de la resiliencia como dispositivo político e ideológico, es el paso de los grandes relatos de salvación colectiva, a los pequeños relatos de salvación individual y/o familiar.
El resiliente salvado por las estructuras familiares, educativas y sociales es en el fondo un autosalvado, alguien que se salva a sí mismo del naufragio en la tragedia. Por más que se pretenda generalizar a las cualidades del resiliente en historias de salvación que anudan lo individual con lo colectivo, en la generalización de la investigación psicológica o educativa, por más que se pretenda configura una idea colectivizada y/o masiva de lo resiliente, en el fondo el resiliente es un sujeto único, rodeado por una serie de condiciones específicas, que rehúyen de la generalización, de lo colectivo y lo masivo. En términos epistemológicos, los condicionamientos sociales e históricos del resiliente se encierran en el método de investigación de la historia de vida, que no logra captar a una colectividad social y/o política amplia, sino que se de-limita a lo individual y a lo micro social.

 V
La “resiliencia” es un concepto que la psicología  y la sociología retoman de la teoría física de la resistencia de materiales, para explicar las aptitudes y habilidades que dan lugar a que los seres humanos sobrelleven y se repongan de las situaciones adversas de la vida. En los estudios sobre la resiliencia, suele obviarse el análisis sobre la traslación conceptual que va de las ciencias exactas (la física) a las ciencias sociales (la psicología y la sociología). De inicio, en la traslación conceptual es notorio que la idea pasa de un plano físico y materialista (la resistencia de objetos materiales fabricados con metales u otras sustancias) a un plano psicológico e inclusive espiritual, que tiene lugar en la condición humana. En el ser humano, la persistencia ante la adversidad no queda fija a lo físico o lo material de la vida, sino que transcurre por lo mental y lo espiritual.
En la traslación conceptual de la “resilencia”, que va del campo de la resistencia de los materiales en la física (ciencias exactas) al campo de la psicología, la sociología (ciencias sociales) y las humanidades (educación), surge una pregunta: ¿La condición sustancialista de la “resiliencia” que opera mediante una fórmula matemática en el campo de la resistencia de materiales en la física, tiene lugar también en el campo de las ciencias sociales y las humanidades, pretendiendo crear una especie de fórmula para pro-crear seres humanos capaces de persistir incuestionablemente ante la adversidad? 
En las diversas investigaciones sobre la resiliencia en los años recientes, las maneras de abordar al objeto de estudio buscan establecer una fórmula científica y humanísticamente aceptable del ser humano resiliente.  Si como idea, la resiliencia ha logrado ser aceptada en la comunidad científica y educativa, se hace entonces necesario poner en claro los condicionamientos y mecanismos de su funcionamiento. ¿Qué características pre-disponen a un ser humano a convertirse en resiliente? ¿Qué estructuras han dado lugar al establecimiento del perfil del resiliente? La piedra de toque de las investigaciones sobre la resiliencia es una fórmula que en términos individuales (piscológicos) y sociales (sociología, educación) pueda establecer con la mayor claridad posible a la imagen del resiliente. Desde luego que en esta pretensión se muestra un sustancialismo. Aquí tienen lugar los intentos por manufacturar de manera masiva a los resilientes del siglo XXI, a partir de un entramado que combina bajo ciertos equilibrios lo teórico y lo práctico (el saber y el poder).
Pero uno de los resultados del cúmulo de investigaciones sobre el tema, es que no hay una fórmula exacta de lo resiliente. Hay investigaciones que resaltan las capacidades individuales (la inteligencia racional y/o emocional), otras subrayan las fortalezas familiares, otras más ponen atención en los recursos que funcionan como apoyos sociales o institucionales. Hay investigaciones que pretenden dar lugar a la idea de un equilibrio ideal y funcional entre estos factores que contribuyen a la configuración de lo resiliente. A fin de cuentas, lo ideal y lo funcional de la resiliencia desemboca en la postulación de una alquimia, que toma forma artificiosamente en los andaderos que van de lo teórico hacia lo práctico.

VI
Política e ideológicamente, la resiliencia pretende sobreponer  la persistencia (individual y psicologizante) por sobre la resistencia (colectiva y politizante). En la trabazón que tiene lugar en los terrenos de las ciencias (piscología, sociología, política) y las humanidades (educación, literatura, filosofía)  en el siglo XXI, el lema es: Persistir en lugar de resistir. Ahí coagula el dispositivo de la resiliencia.

domingo, 12 de julio de 2015

Los diez mandamientos de la escritura en la academia universitaria



(Re-escribo y doy a conocer de nuevo un artículo que se publica en El Diario de Chihuahua este domingo)...

1.- Se escribirá para el Dios de la Razón. Otra clase de argumentaciones o juicios no son válidos. Después de la muerte de Dios proclamada por Nietzsche y por la historia humana a lo largo del siglo XX, la razón científica es el credo sobre el cual se levanta la fe de los hombres. La razón científica, que lo mismo promete curas para cualquier enfermedad, que paraísos para territorios lacerados por la tragedia,  lleva entre sus entrañas la fascinación mítica del hombre que toma el lugar de Dios para re-crear al mundo. El mundo no ha sido creado sino hasta después de la razón que lo piensa y lo somete a una forma de pensamiento. La verdadera creación del mundo descansa en su racionalización, en su reinvención infinita desde los territorios de la razón y de la ciencia. 

2.- La Deducción y la Inducción, junto a la Abducción (este último concepto en referencia a Beuchot y no al procedimiento de ciencia ficción de la literatura o el cine extraterrestre), constituyen la Santa Trinidad de la escritura en la academia universitaria. Sobre ella se proclamarán los credos, las alabanzas y las persecuciones. La escritura no será libertaria, ha de someterse a un designio en la manera de abordar un concepto, emitir un juicio y llegar a una conclusión pertinente. El pensamiento tiene un camino que seguir, no hacia lo alterno y la ruptura, no hacia la desavenencia, sino hacia lo aceptado y controlado, hacia los caminos trazados de antemano en las rutas de captura y sumisión de lo pensable. 

3.- El autor aún existe. Ni Barthes, ni Foucault, ni Agamben tienen razones para sostener que el “autor ha muerto”. El autor vive, y el autor de la academia universitaria vive aún más y mejor. El SNI (Sistema Nacional de Investigadores) es la prueba fehaciente de la existencia del autor en la academia universitaria. Sólo el SNI, junto a sus sucursales de validación y arbitraje, puede decidir si algún autor universitario ha nacido o ha muerto. El SNI  es, extrañamente,  el padre putativo de la autoría intelectual en la academia universitaria. No es posible saber con certeza, si el autor se convierte en un autorizado para ser financiado o en un financiado para ser autorizado. El mecenazgo estatal es un territorio claroscuro en la invención de la autoría de los intelectuales universitarios. Este mecanismo de estado que captura a la investigación y la escritura,  ha resultado eficiente para controlar a la clase intelectual, que ha crecido a la par del desarrollo universitario. Menos política, menos grilla y más “papers”, más ponencias, más artículos publicados en revistas arbitradas, mas cónclaves de arbitraje para cuadricular al pensamiento y la escritura. Más escritura sometida y que somete. Más presupuesto para el SNI y alrededores, que lo mismo implica impulsar a la investigación científica, que coronar y controlar autores. 

4.- La jerga lingüística de la academia universitaria es un estatus. Para entrar en él, es necesario zambullirse en los discursos académicos y evitar ahogarse a toda costa. Aunque se hagan buches de palabras y se tosa. Aunque el discurso se atragante en la metamorfosis que va del lenguaje coloquial al lenguaje academizado. Al final, quien sobreviva y se inserte,  habrá de pasar del ritual del bautizo, a la primera comunión, la confirmación y el matrimonio con un lenguaje que autoriza y desautoriza. El hablar ha de volverse especializado. Y justo en el lugar de la grandilocuencia del lenguaje, la epistemología (el terreno de la verdad) ha de trenzarse con la estética (el terreno de la belleza). A fin de cuentas, todo lenguaje implica poesía, una forma de belleza para re-vestir a la desnudez de la verdad. Que la verdad sea investida por las palabras, por la grandilocuencia y la estética de las palabras. 

5.- La citación y las bibliografías le dan forma al canon académico. Las verdaderas bibliotecas están ahí, desparramándose y sometiéndose a interpretaciones que se acumulan sobre otras interpretaciones, escrituras que se traslapan con otras escrituras. Aquí esta lo leíble y lo escribible, en la intertextualidad que se torna infinita, en la autoridad intelectual que le da forma a las citas y las bibliografías. Es un reinado en el que los discursos crecen desde los mismos epicentros, desde las mismas entrañas autorales y las mismas líneas de investigación y de escritura pre-concebidas, pre-establecidas. Es el árbol del canon, fertilizado  de manera natural y sintética, enderezado y podado año con año, regado con aguas limpias y aguas negras, injertado con la bendición de las ramas nuevas que se desprenden de las viejas. El canon es el crecimiento perpetuo de lo decible. El saber es un territorio que no es infinito, pero que aspira a lo infinito, su mejor aposento son las enramadas del canon, las alcobas donde se duerme el canon mientras crece. Año con año se hace necesario contabilizar las citas y las bibliografías, y darle forma entonces al “rating” del más citado. El más aludido –no eludido-, el más racionalizado, el más inscrito en los formatos, el más verdadero. La democracia del canon culmina en una aristocracia. 

6.- Quienes entran a la academia universitaria llevan el cometido de desentrañar las formas aprobadas y desaprobadas de la escritura. Con el tiempo habrán de convertirse en censores. La censura es la piedra de toque en el control de la escritura. En el fondo, lo indecible encierra las razones y las formas de ser de lo decible. Entre lo decible y lo indecible, el censor tiene las llaves del cielo y del infierno. En la academia la escritura puede ser paradisiaca o infernal, gozosa o destructora. Todo lado bueno lleva consigo una dosis de negación. Las puertas se abren y se cierran, y es un don tener las llaves lo mismo que inventar las puertas, aunque no existan, aunque sean abstractas hasta no poder verlas, hasta no lograr siquiera imaginarlas. 

7.- La escritura se controla. Los manuales APA (American Psychological Association), MLA (Modern Language Association) y anexas, dejan claro que la escritura se controla. La primera infancia de la escritura navega entre los márgenes de:  la caligrafía, la ortografía y la gramática. Entre los renglones –no torcidos- de los manuales de escritura académica,  se asoma la mayoría de edad de la escritura. Aquí se traza el reino de la formatrografía, una disciplina de la escritura que dicta las formas y los tamaños de la letra, los márgenes y los interlineados, las maneras de citar y otras fisiologías. Los espacios en blanco también caben aquí. Nada se escapa. La formatografía es una audacia que lo mismo acude a los fórceps, que a los corsé y a cualquier otro mecanismo de ortopedia para trazar el control de lo escribible. Lo no dicho y lo no escrito deben ser domesticados a través del formato o de la razón, a través de la razón del formato o del formato de la razón. Entre uno y otro de estos territorios, el reino de la escritura académica se consagra. 

8.- La Tesis es una Biblia multiplicada, ha de aspirar a la publicación aunque no lo merezca. En forma de Génesis o de Apocalipsis, la tesis inaugura una segunda historia de los textos sagrados, aunque no con-sagrados. Es un documento autorizado por la Santa Trinidad de la escritura en la academia universitaria (Deducción, Inducción y Abducción) y por los apologetas del formato (los guardianes del APA o del MLA).  La tesis ha de tener dedicatorias comunes y lo suficientemente cursis como para dar risa. Ha de encuadernarse en pastas duras y titularse con letras doradas o plateadas, aunque termine empolvada o sustituyendo alguna pata de un mueble descompuesto. La palabra tesis se escribe con mayúscula: “Tesis”. Es un nombre propio en el que descansa la titularidad de lo sa-grado, en forma de licenciatura o de maestría, de doctorado o de posdoctorado, o de lo que siga en la carrera cuya meta es el pos-grado. En todo momento,  los grados persiguen a los grados. Culminar una tesis es una forma de parir un documento como si fuera un hijo, mediante un parto natural o con la intervención de una cesárea. Pero que bullan las palabras, que se hilen en enunciados y párrafos, en páginas y capítulos, de la primera hasta la última página. Hasta el punto final, más allá del papel y la blancura. Hasta los sinodales y la efímera felicidad del examen recepcional. Hasta el título que no encuentra una pared donde colgarse, un espacio laboral donde ejercerse. 

9.- Si en la educación básica comienza a odiarse a la escritura que se impone, en la educación universitaria este odio habrá de profesionalizarse. La imposición es por sobre la creatividad y el goce de la escritura. Nadie habrá de escribir con el fervor y la pasión de la escritura que se goza. Nadie habrá de amar a la escritura. Que se nos vuelva un odio, que se hinche de estrés y desazón. Que se convierta en costra y cicatriz de lo jamás amado, de lo que nos sujeta, de lo que sujetamos sobre todas las cosas. Y terminemos pensando que es ella quien nos odia. Que nos persiga la escritura, que nos acorrale, que se nos vuelva cárcel y suplicio. El monstruo que nos despierta en lo no concluido, en lo faltante para llegar a la tierra prometida. 

10.- La escritura de la academia universitaria ha de seguir creciendo más y más. Después de los estantes y libreros habrá de ocupar los espacios vacíos de las memorias computacionales y las páginas de internert. Habrá de convertirse en un reino privilegiado de este mundo. Hasta que lo real quede atrapado por completo en esta escritura, de tal forma que sólo pueda existir a través de ella. Entonces, la ficción se habrá realizado por completo…