I
En mayo del 2015, el gobierno del estado encabezado entonces por César Duarte, montó una exposición con la finalidad de “mantener vivo el horror de la violencia”. El objetivo de “La galería de la memoria y la recuperación de la paz”, instalada en el centro de la ciudad de Chihuahua, resultó desconcertante. ¿Cuál era el sentido de montar una exposición con fotografías de escenas del crimen impregnadas de sangre, de cadáveres torturados y mutilados? Las fotografías fueron dantescas, a través de ellas podían transcurrirse los pasillos y las salas del infierno. Lo real de la violencia y de la muerte se mostró de manera descomunal. Ante las protestas y la oposición de académicos y luchadores sociales, las fotografías de violencia y muerte extremas fueron retiradas y colocadas otras. Pero más allá del error gubernamental de montar una muestra de imágenes muy cercana al infierno, lo que ahí quedó como huella fueron las presencias de la violencia de la muerte que hemos vivido en Chihuahua en los últimos años.
En aquéllas imágenes quedó registrada lo actual de la muerte. Esta es la forma de la muerte que se nos hace presente hoy en día, que se repite del año 2008 hacia el año 2016, en los levantados, los asesinados y los desaparecidos, en los cálculos estadísticos que van configurando una matemática del horror. Sobre esta forma actual de la muerte no tenemos por qué guardar silencio, es una parte del infierno del cual somos testigos.
II
Solemos hablar de la muerte como buscando un
remanso de quietud y de sosiego. Se procura que al abordar el tema de la muerte
la garganta no se nos vuelva un grito. Los sentimientos de negatividad que la
muerte trae a cuestas, deben quedar en paz, aunque la operación de pacificación
y calma tengan la forma de un artificio.
La muerte es un ruido que no cesa, es un
desasosiego que nos contagia de dolor y de angustia. Y esta muerte actual que
nos toca vivir, tiene una forma sobre la
que nos corresponde lanzar las preguntas necesarias para buscar respuestas,
para buscarnos a nosotros mismos inscritos en esas respuestas: ¿Qué rastros va
dejando esta violencia de la muerte sobre nosotros? Junto a las imágenes y fotografías
de la narcoviolencia, están una serie de registros lingüísticos, de palabras que
se han convertido en un campo semántico que no termina de conformase todavía. Son
las palabras de la muerte y de la violencia cuyos significados nos van
perteneciendo.
Cito un texto de la novela “La virgen de los
sicarios” (2002) de Fernando Vallejo, en el cual aparece la idea del “sicario”,
una palabra que fue abordada primero y manera más clara por la literatura:
Este fragmento de una novela de Fernando Vallejo, es un trazo de la negatividad
que se ha enraizado bajo la forma de la violencia y la muerte en la sociedad
actual. En conexión con este texto está el caso de Christopher, el niño de 6
años de edad que fue asesinado por otros menores en Laderas de San Guillermo,
Chihuahua, en el año 2015. Sobre este último caso, cito un artículo del
periódico “El Universal” (23 de agosto de 2015):
Este otro texto, sobre el que habría que
pensar a profundidad, es el fragmento de
una de las declaraciones de los menores de edad que asesinaron a Christopher.
Lanzo las siguientes preguntas: ¿Cuáles son las dimensiones del mal que bajo
las formas de la violencia y de la muerte, se instaló en las maneras de pensar
y de vivir de los menores de edad que asesinaron a Christopher? ¿Hasta dónde
este mal se ha enraizado en nuestra sociedad y nuestra cultura, de tal manera
que se nos va volviendo una tragedia?
III
Hay formas a partir de las cuales la muerte deja de ser un asunto individual y/o familiar, y se convierte en una presencia social, de un peso colectivo. Lo que ha pasado en Chihuahua en los últimos diez años de exaltación de la violencia y de la muerte, es una de esas formas bajo las cuales la violencia de la muerte se expande y se profundiza en lo social. Desde la lógica de la ciencia médica y la piscología, desarrolladas en los dos últimos siglos, la condición de negatividad de la muerte amerita ser tratada clínicamente, más en lo individual que en lo colectivo. La creación de la disciplina de la tanatología se deriva de esta lógica. La “tanatología” pretende funcionar como un “pharmakos” para sanar los rastros de negatividad de la muerte, que permanecen entre los vivos. La “tanatología” es una disciplina reciente que para tratar la incertidumbre y los desequilibrios de la muerte, lo mismo hace uso de procedimientos médicos, que psicológicos o religiosos.
Hay formas a partir de las cuales la muerte deja de ser un asunto individual y/o familiar, y se convierte en una presencia social, de un peso colectivo. Lo que ha pasado en Chihuahua en los últimos diez años de exaltación de la violencia y de la muerte, es una de esas formas bajo las cuales la violencia de la muerte se expande y se profundiza en lo social. Desde la lógica de la ciencia médica y la piscología, desarrolladas en los dos últimos siglos, la condición de negatividad de la muerte amerita ser tratada clínicamente, más en lo individual que en lo colectivo. La creación de la disciplina de la tanatología se deriva de esta lógica. La “tanatología” pretende funcionar como un “pharmakos” para sanar los rastros de negatividad de la muerte, que permanecen entre los vivos. La “tanatología” es una disciplina reciente que para tratar la incertidumbre y los desequilibrios de la muerte, lo mismo hace uso de procedimientos médicos, que psicológicos o religiosos.
Pero, ¿cuáles pueden ser los alcances de la
tanatología o de alguna otra disciplina moderna, cuando la muerte, va más allá
de lo individual y de lo familiar, y toma la forma de una negatividad que se
extiende hacia lo social y lo cultural? Este es el problema de lo actual de la
muerte que en forma de violencia padecemos en Chihuahua. Desde hace días, lo
que volvemos a vivir en Chihuahua, lo que leemos o vemos en la prensa escrita, es
la presencia de la violencia de la muerte que se desprende de lo individual y
de lo familiar, y que se extiende y se profundiza hacia lo social.
En el tiempo histórico que nos toca vivir, no
logra mirarse un horizonte de calma o de sanación para la violencia y la muerte
que se nos hacen presentes en forma de tragedia. Es obvio, que esta es una
tragedia social que sucede ante nuestros ojos, como si fuera una plaga o una epidemia marcada
por los rastros de la sangre, de los muertos, de los desaparecidos, de los
descuartizados. Por lo pronto, los desarrollos de la ciencia se van mostrando
insuficientes ante su imposibilidad de crear un “pharmakos”, que pueda expulsar esta negatividad bajo la
forma de una violencia de la muerte. No basta la tanatología, no bastan la
piscología ni la psiquiatría. Lo vacío de las respuestas ante las dimensiones y
la complejidad de este problema, nos
dicen mucho más de lo que alcanzamos a entender. En muchos lugares y de muchas
formas, van quedando los rastros de esta negatividad alojada en nosotros…

