Hay un campo vasto y complejo de
conceptos con los cuales se conecta directa o indirectamente el término de
“crisis de representación”: los “juegos de lenguaje” de Wittgenstein, la “semiosis ilimitada” de Pierce, la
inversión de la fórmula saussuriana que lleva a cabo Lacan en la cual el
significante es colocado por sobre el significado, la “difference” de Derrida, el concepto de “crimen perfecto” de
Baudrillard. No viene al caso detenerse en las minuciosidades de estos
conceptos, analizar las maneras en que estos conceptos son definidos específicamente
por los diversos autores, tampoco viene al caso reflexionar como cada uno de
estos conceptos se relaciona directa o indirectamente con la “crisis de
representación”. Lo que referimos como
“crisis de representación”, puede rastrarse genealógicamente en distintos
autores que han elaborado su pensamiento desde distintos flancos y de diversas
formas. El siglo XX y quizá un tanto el siglo XIX a partir de Nietzsche, es el
tiempo histórico en el cual se despliega eso a lo que llamamos “crisis de
representación”. Si ha de investigarse la historia de las ideas del siglo XX,
uno de los ejes de investigación y de escritura de este paisaje intelectual, podría
abordar la genealogía de la “crisis de representación”, a la manera de un árbol
que tomó forma dispersa y desordenadamente, enramándose hacia los lugares de lo
abierto…
La “crisis
de representación” posee una especificidad. Las notas que enseguida se apuntan
abordan esa especificidad. En el texto de Foucault (“Esto no es una pipa.
Ensayo sobre Magritte”, P. 64), esta crisis se aborda a partir de los conceptos
de “semejanza” y “similitud”.
El concepto de “semejanza” pertenece
al orden de la “representación”, opera a partir de un patrón que ordena y
jerarquiza mediante el mecanismo de la copia. Una de las premisas de lo
semejante es la no distancia entre el original y la copia, entre una y otra de
las copias. Lo semejante pertenece a una
referencia primera (y última) que no da lugar a la dispersión ni a lo abierto, pertenece
a un original que desprende y apresa las significaciones y los sentidos en un
núcleo de contención. Lo semejante administra el orden de la representación en
el tablero de ajedrez de las significaciones, ciertas piezas se acomodan de
cierta forma, los movimientos de estas piezas están trazados de antemano bajo
los patrones de un camino de significación de-limitada. Existen las orillas y los
bordes del tablero y de los movimientos mismos, las distancias a guardarse, las
transparencias que deben procurarse y protegerse a toda costa, los espacios en
blanco y los huecos que deben ser llenados para no dar lugar a lo vacío ni a lo
faltante.
Por otro lado, la “similitud” da lugar a seriaciones sin principio ni
final, que son advenedizas a los ordenamientos y las jerarquizaciones. Entre
las premisas de lo similar están la propagación, la multiplicación y la
acumulación de desplazamientos y diferencias. Los desprendimientos de la
“similitud” hacen aparecer los lugares y las formas en los que acontece la
“crisis de representación”. La idea focaultiana de lo similar, resulta muy
próxima al concepto de “acontecimiento” que pertenece a la ontología de lo
contingente y lo irrepetible. Aunque en Foucault hay un tramo riesgoso en los
desprendimientos del concepto de “similitud” que lo aproxima al concepto de
“simulacro” planteado por Jean Baudrillard. Es el riesgo de lo vacío y lo
faltante de significación que se acumula en una virtualidad ilimitada, en el
agujero negro de la relatividad que da lugar al oscurantismo posmoderno de la
sin-significación y el sin-sentido.
Desde un punto de vista conceptual, las
ideas de la “semejanza” y la “similitud” abordarían sintéticamente lo que a
partir de Foucault puede interpretarse como
“crisis de representación”. Pero no se trata solo de abordar el concepto de
esta forma. Esta síntesis conceptual tomada de unos cuantos párrafos del texto
de Foucault no dice todo lo que tendría que decirse (ni que pensarse) sobre la
“crisis de representación”. Foucault aborda el problema a partir de una
acuciosa interpretación de los cuadros de Magritte. Esto da mucho que pensar.
El análisis de Foucault parte de dos cuadros de Magritte, y desde ahí se
desdobla hacia otros cuadros en los cuales se detectan indicios de la “crisis
de representación”. Estamos hablando de una estrategia argumentativa ostensiva,
que una y otra vez ejemplifica la manera en que tiene lugar la “crisis de
representación” en los cuadros de Magritte. Y cada vez, esta ejemplificación
encuentra algo nuevo, algo no dicho antes, un algo-de-más que remite al fondo
del debate: la apertura y el exceso de significación, los puntos suspensivos
que dejan flotando algo por decir.
Al interpretar la obra de Magritte,
las jugadas de Foucault plantean el concepto de “caligrama”, una negación de la
posible hibridación entre lo textual y lo pictórico. El “caligrama” es el
puente roto entre lo textual y lo pictórico que atraviesa de lado a lado los análisis
que Foucault hace de los dos primeros cuadros de Magritte. “El caligrama ha
reabsorbido ese intersticio; pero una vez abierto de nuevo, no lo restituye; la
trampa ha sido fracturada en el vacío: la imagen y el texto caen cada cual por
su lado, según la gravitación propia de cada uno de ellos. Ya no poseen espacio
común, ni lugar donde puedan interferirse, donde las palabras sean capaces de
referir una figura y las imágenes capaces de entrar en el orden del léxico”
(Ibidem., P. 42).
Uno de los territorios por los que
atraviesa la “crisis de representación”, es la ruptura entre lo textual y lo pictórico, entre
las palabras y las imágenes. En el texto de Foucault se traza un
distanciamiento entre ambos espacios que durante siglos estuvieron atados por
el concepto de “representación”. No hay más una consistencia vasocomunicante
entre las palabras y las imágenes, y aquí se atisba ya una de las premisas de
las cuales parten los estudios visuales ingleses y la ciencia de la imagen alemana:
reclamar un lugar epistemológico propio para el estudio de la imagen. La pipa
de Magritte, que no es una, ni dos, ni tres, que es más que un enunciado o la
negación que este implica, es una operación discursiva y epistemológica trazada
inconscientemente por el pintor y expandida por Foucault, en la que los
regímenes de las palabras y las imágenes se desbocan hacia un espacio más que
verbal y más que imaginario, un espacio no
suficientemente pensado.
Los territorios por los que atraviesa
esta “crisis de representación” no acontecen solo a partir de un
distanciamiento entre los regímenes de las palabras y las imágenes. Foucault
detecta indicios de este problema en la literatura, que se distancia de lo real
a partir de la propia condición del lenguaje: “No hay ficción porque el
lenguaje esté a distancia de las cosas; de ellas, el lenguaje es su distancia,
la luz en que están en su inaccesibilidad, el simulacro en que se da únicamente
su presencia; y todo lenguaje que en lugar de olvidar esta distancia se mantenga
en ella y la mantenga en él, todo lenguaje que hable de esta distancia
adelantándose en ella es un lenguaje de ficción.” (“De lenguaje y literatura”,
P. 175). Entre lo real y el lenguaje literario, tiene lugar también un
rompimiento a partir de la configuración propia del lenguaje que emerge y se
desplaza a distancia de lo real, no siendo lo real. Esto no sucede en el plano
estricto del trazado de dos territorios epistemológicos distintos como lo son
lo real y la ficción, sino en plano nietzschezano que admite la imposibilidad
de que el lenguaje pueda representar o ser lo real de manera directa e
incuestionable. Este es otro de los territorios de la “crisis de
representación”.