miércoles, 16 de noviembre de 2016

Foucault y la crisis de la representación (Notas en torno al libro: "Esto no es una pipa. Ensayo sobre Magritte")

Hay un campo vasto y complejo de conceptos con los cuales se conecta directa o indirectamente el término de “crisis de representación”: los “juegos de lenguaje” de Wittgenstein,  la “semiosis ilimitada” de Pierce, la inversión de la fórmula saussuriana que lleva a cabo Lacan en la cual el significante es colocado por sobre el significado,  la “difference” de Derrida,  el concepto de “crimen perfecto” de Baudrillard. No viene al caso detenerse en las minuciosidades de estos conceptos, analizar las maneras en que estos conceptos son definidos específicamente por los diversos autores, tampoco viene al caso reflexionar como cada uno de estos conceptos se relaciona directa o indirectamente con la “crisis de representación”. Lo que referimos  como “crisis de representación”, puede rastrarse genealógicamente en distintos autores que han elaborado su pensamiento desde distintos flancos y de diversas formas. El siglo XX y quizá un tanto el siglo XIX a partir de Nietzsche, es el tiempo histórico en el cual se despliega eso a lo que llamamos “crisis de representación”. Si ha de investigarse la historia de las ideas del siglo XX, uno de los ejes de investigación y de escritura de este paisaje intelectual, podría abordar la genealogía de la “crisis de representación”, a la manera de un árbol que tomó forma dispersa y desordenadamente, enramándose hacia los lugares de lo abierto…
La “crisis de representación” posee una especificidad. Las notas que enseguida se apuntan abordan esa especificidad. En el texto de Foucault (“Esto no es una pipa. Ensayo sobre Magritte”, P. 64), esta crisis se aborda a partir de los conceptos de “semejanza” y “similitud”.
El concepto de “semejanza” pertenece al orden de la “representación”, opera a partir de un patrón que ordena y jerarquiza mediante el mecanismo de la copia. Una de las premisas de lo semejante es la no distancia entre el original y la copia, entre una y otra de las copias.  Lo semejante pertenece a una referencia primera (y última) que no da lugar a la dispersión ni a lo abierto, pertenece a un original que desprende y apresa las significaciones y los sentidos en un núcleo de contención. Lo semejante administra el orden de la representación en el tablero de ajedrez de las significaciones, ciertas piezas se acomodan de cierta forma, los movimientos de estas piezas están trazados de antemano bajo los patrones de un camino de significación de-limitada. Existen las orillas y los bordes del tablero y de los movimientos mismos, las distancias a guardarse, las transparencias que deben procurarse y protegerse a toda costa, los espacios en blanco y los huecos que deben ser llenados para no dar lugar a lo vacío ni a lo faltante.
Por otro lado, la “similitud”  da lugar a seriaciones sin principio ni final, que son advenedizas a los ordenamientos y las jerarquizaciones. Entre las premisas de lo similar están la propagación, la multiplicación y la acumulación de desplazamientos y diferencias. Los desprendimientos de la “similitud” hacen aparecer los lugares y las formas en los que acontece la “crisis de representación”. La idea focaultiana de lo similar, resulta muy próxima al concepto de “acontecimiento” que pertenece a la ontología de lo contingente y lo irrepetible. Aunque en Foucault hay un tramo riesgoso en los desprendimientos del concepto de “similitud” que lo aproxima al concepto de “simulacro” planteado por Jean Baudrillard. Es el riesgo de lo vacío y lo faltante de significación que se acumula en una virtualidad ilimitada, en el agujero negro de la relatividad que da lugar al oscurantismo posmoderno de la sin-significación y el sin-sentido.
Desde un punto de vista conceptual, las ideas de la “semejanza” y la “similitud” abordarían sintéticamente lo que a partir de Foucault puede interpretarse  como “crisis de representación”. Pero no se trata solo de abordar el concepto de esta forma. Esta síntesis conceptual tomada de unos cuantos párrafos del texto de Foucault no dice todo lo que tendría que decirse (ni que pensarse) sobre la “crisis de representación”. Foucault aborda el problema a partir de una acuciosa interpretación de los cuadros de Magritte. Esto da mucho que pensar. El análisis de Foucault parte de dos cuadros de Magritte, y desde ahí se desdobla hacia otros cuadros en los cuales se detectan indicios de la “crisis de representación”. Estamos hablando de una estrategia argumentativa ostensiva, que una y otra vez ejemplifica la manera en que tiene lugar la “crisis de representación” en los cuadros de Magritte. Y cada vez, esta ejemplificación encuentra algo nuevo, algo no dicho antes, un algo-de-más que remite al fondo del debate: la apertura y el exceso de significación, los puntos suspensivos que dejan flotando algo por decir.
Al interpretar la obra de Magritte, las jugadas de Foucault plantean el concepto de “caligrama”, una negación de la posible hibridación entre lo textual y lo pictórico. El “caligrama” es el puente roto entre lo textual y lo pictórico que atraviesa de lado a lado los análisis que Foucault hace de los dos primeros cuadros de Magritte. “El caligrama ha reabsorbido ese intersticio; pero una vez abierto de nuevo, no lo restituye; la trampa ha sido fracturada en el vacío: la imagen y el texto caen cada cual por su lado, según la gravitación propia de cada uno de ellos. Ya no poseen espacio común, ni lugar donde puedan interferirse, donde las palabras sean capaces de referir una figura y las imágenes capaces de entrar en el orden del léxico” (Ibidem., P. 42).
Uno de los territorios por los que atraviesa la “crisis de representación”, es la ruptura entre lo textual y lo pictórico, entre las palabras y las imágenes. En el texto de Foucault se traza un distanciamiento entre ambos espacios que durante siglos estuvieron atados por el concepto de “representación”. No hay más una consistencia vasocomunicante entre las palabras y las imágenes, y aquí se atisba ya una de las premisas de las cuales parten los estudios visuales ingleses y la ciencia de la imagen alemana: reclamar un lugar epistemológico propio para el estudio de la imagen. La pipa de Magritte, que no es una, ni dos, ni tres, que es más que un enunciado o la negación que este implica, es una operación discursiva y epistemológica trazada inconscientemente por el pintor y expandida por Foucault, en la que los regímenes de las palabras y las imágenes se desbocan hacia un espacio más que verbal y más que imaginario,  un espacio no suficientemente pensado.
Los territorios por los que atraviesa esta “crisis de representación” no acontecen solo a partir de un distanciamiento entre los regímenes de las palabras y las imágenes. Foucault detecta indicios de este problema en la literatura, que se distancia de lo real a partir de la propia condición del lenguaje: “No hay ficción porque el lenguaje esté a distancia de las cosas; de ellas, el lenguaje es su distancia, la luz en que están en su inaccesibilidad, el simulacro en que se da únicamente su presencia; y todo lenguaje que en lugar de olvidar esta distancia se mantenga en ella y la mantenga en él, todo lenguaje que hable de esta distancia adelantándose en ella es un lenguaje de ficción.” (“De lenguaje y literatura”, P. 175). Entre lo real y el lenguaje literario, tiene lugar también un rompimiento a partir de la configuración propia del lenguaje que emerge y se desplaza a distancia de lo real, no siendo lo real. Esto no sucede en el plano estricto del trazado de dos territorios epistemológicos distintos como lo son lo real y la ficción, sino en plano nietzschezano que admite la imposibilidad de que el lenguaje pueda representar o ser lo real de manera directa e incuestionable. Este es otro de los territorios de la “crisis de representación”.