I
La soledad latinoamericana es colectiva.
Así lo dibuja Cien años de soledad, la novela mayor de García Márquez.
La soledad solo toma forma a través de la alteridad que la construye y la
refleja, entre lo consciente y lo inconsciente. En lo individual, la soledad le
pertenece a los Aurelianos y a los José Arcadios de la estirpe de los Buendía,
le pertenece también a Úrsula Iguarán, pero solo toma forma en la colectividad social
significada por Macondo, una ciudad imaginaria, desde la que se configura la
soledad no imaginaria de los pueblos lationamericanos.
Según Vargas Llosa en su prólogo a Cien años de soledad, esta es una novela
total debido a que el escritor funda en ella a la historia total de la
humanidad, a la vida toda que pueda caber entre lo real y lo imaginario. Pero
es total, sobre todo porque el escritor toma el papel de Dios en su pretensión
de una totalización narrada. En Cien años
de soledad, el autor toma el papel de Dios y en ello estriba la mayor
soledad que transcurre a la novela. ¿Si el autor toma el papel de Dios en la
escritura de la novela, en dónde queda entonces Dios? En su caer hacia la
tierra, en su hacerse parte de la soledad humana que se entrama en sí misma a
través de la historia. Dios ya no es una alteridad lejana, que nos acompaña metafísicamente. El hombre ha traído a Dios a la tierra y lo ha hecho parte de su soledad. Dios no es liturgia ni instituciones religiosas. Dios está hecho de
palabras, de instantes míticos y fantásticos, de confusiones entre lo real y lo
imaginario. Pero sobre todo, está hecho de sustancia humana, de la misma
sustancia humana que transcurre a la novela de García Márquez.
Dios es la posibilidad de pensarlo e
imaginarlo, de encontrarse con él de cualquier forma. El autor de Cien años de soledad, encuentra a Dios en su caída hacia la tierra. La hazaña
narrativa de García Márquez, traza la
caída de Dios sobre la tierra, o mejor dicho, la forma latinoamericana de la
caída de Dios sobre la tierra.
II
La narrativa de García Márquez no
puede concebirse en solitario. El escritor colombiano-mexicano, pertenece a una
estirpe que se extiende a lo largo de América Latina y hasta el sur de los Estados Unidos. Sus
textos abrevan de Faulkner (la narrativa rural y el manejo lingüístico), Rulfo
(la confusión entre lo real y lo imaginario, entre los muertos y los vivos) y Carpentier
(lo real maravilloso). Su obra pertenece al realismo mágico latinoamericano que
algunos críticos literarios y académicos ubican en Borges, Carpentier, Rulfo,
Fuentes, Cortázar, Vargas Llosa, Roa Bastos, etc. El realismo mágico que
atraviesa a la obra de García Márquez, se extiende hasta la narrativa de los
autores chihuahuenses: Jesús Gardea, Ignacio Solares y Alfredo Espinoza.
También está presente en poesía, en la obra de Federico Corral Vallejo. Faltaría
rastrearlo en otros autores. Estamos hablando de la genealogía literaria de
América Latina en el siglo XX, en la que García Márquez juega un papel fundamental y de la que la
literatura chihuahuense es un ramal.