lunes, 3 de marzo de 2014

Transdisciplina y confrontación. Notas sobre las batallas intelectuales en México hacia el siglo XXI





I
Hay un multicitado ensayo que se ha tornado lugar común en el debate entre las ciencias duras y las humanidades en el siglo XX. En 1959 en una conferencia en Cambridge,  Snow da a conocer el texto Las dos culturas (en: Ensayos científicos, varios autores, 1980, P. 13 – 44) en el que reitera la vieja discusión entre la perspectiva positivista de las ciencias duras y la cultura de las humanidades. A partir de numerosas críticas y comentarios que se hicieron al texto, el físico y novelista replantea su propuesta original, admitiendo la existencia de una tercera cultura, la de las ciencias sociales. Snow citado por Finkielkraut (Nosotros los modernos, 2006, P. 149) refiere a un “grupo de intelectuales que ejercen su actividad en disciplinas tan variadas como la historia social, la sociología, la demografía, las ciencias políticas, las ciencias económicas, la psicología, etc.” Se plantea entonces la existencia de tres culturas epistemológicas: las visión nomotética deductiva o positivista, la cultura de las humanidades y, la perspectiva de las ciencias sociales que tiene un desarrollo significativo a lo largo del siglo XX.
Lo extraño del caso,  es que Snow asume que esta tercera cultura daría lugar a un posible consenso entre las ciencias duras y las humanidades, al hacer las veces de un territorio de encuentros y reconciliaciones entre las tres culturas. Hasta el momento la predicción de Snow no ha tenido lugar. Más bien, el problema parece haberse agudizado.
La mirada de Wallerstein (Las incertidumbres del saber, 2005, P. 25 – 30) sobre la dificultad de las tres culturas encaja con la de Snow. La propuesta del historiador norteamericano desemboca en una posición que pondera a las ciencias sociales por sobre las ciencias duras y las humanidades. El libro Abrir las ciencias sociales (2007)  auspiciado por la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales y coordinado por Wallerstein, y la propuesta de la “unicidad de las ciencias sociales históricas”, que el autor aborda en otros ensayos, resaltan a la tercera cultura como un territorio de posibles conciliaciones en los debates epistemológicos entre las tres culturas.
Hacia la segunda mitad del S. XX y en el S: XXI, tiene lugar un interregno epistemológico, en el que las culturas epistemológicas luchan por hacerse de la potestad del saber. Aún persiste un vacío del poder epistemológico, ninguna cultura epistemológica parece tener actualmente una posición hegemónica frente a las otras dos.  Los cuestionamientos posmodernos y transmodernos son quizá la huella más significativa del interregno epistemológico referido.
Actualmente está teniendo lugar una transformación epistemológica a la que habría que analizar sobrepasando el concepto de “paradigma” de Khun. El mismo Wallerstein hace un análisis que resulta valioso, pero habría que profundizar las investigaciones al respecto. Las ciencias sociales emergieron como una ciencia con voz y cuerpo propios hacia el siglo XX. La historia ha vivido una extraordinaria revolución historiográfica con los Annales y con otras corrientes en este mismo siglo. Junto a lo anterior las culturas humanística y de las ciencias duras decayeron, y han sido cuestionadas desde distintos flancos. Resulta explícito que Wallerstein opte por la vía de la tercera cultura (las ciencias sociales históricas) haciendo relativamente a un lado a las otras dos.
Habría que valorar aquí la conexión que existe entre Wallerstein y el físico Ilya Progigine. De este segundo Wallerstein desprende el concepto de “flecha del tiempo” y lo aplica a su análisis de los sistemas mundo. Hay un proceso de traslación conceptual que va la cultura epistemológica de ciencias duras a la cultura epistemológica de la historia y las ciencias sociales. Este es uno de los mecanismos mas comunes de interrelación entre las culturas epistemológicas y las disciplinas. En el caso de Wallersrtein el concepto de “flecha del tiempo” es llevado de la física cuántica a la historia, la historiografía y las ciencias sociales.
Desde la perspectiva de Carlos Antonio Aguirre Rojas el planteamiento de Wallerstein rebasa la transdisciplina. La traslación conceptual de una cultura epistemológica a otra, o de una disciplina a otra, puede concebirse como uno de los posibles signos  transdisciplinarios. Pero en el caso de Wallerstein la propuesta se hace a partir la tesis de la unicidad de la ciencias sociales históricas.

Lo que resultó central para mi análisis, y en mi opinión para las ciencias sociales en general, son dos elementos interrelacionados del constructo de Prigogine. El primero es la indeterminación fundamental de toda realidad desde el punto de vista físico y, en consecuencia social… No significa que el orden y la explicación no existan. Prigogine sostiene que la realidad existe como un “caos determinista”, es decir que el orden siempre existe por un tiempo, pero que luego, inevitablemente, se deshace, cuando sus curvas alcanzan puntos de “bifurcación” (puntos donde existen dos soluciones igualmente válidas para una ecuación), y es intrínsecamente imposible determinar a priori que opción escogerá el sistema frente a la bifurcación (Wallerstein I., Las incertidumbres del saber, 2004, P. 89).

Junto a la influencia de Prigogine, Wallerstein reconoce la del annalista Fernando Braudel. A su vez, es notorio que el historiador abreva de Marx. No detallaremos al respecto. Lo que se subraya es el proceso de traslación y apropiación conceptual de Wallerstein. El procedimiento es teórica y conceptualmente válido, a diferencia de otras traslaciones y apropiaciones conceptuales que han sido cuestionadas.

II
En el libro Imposturas intelectuales (1999), los físicos Alan Sokal y Jean Bricmont critican con solvencia una serie de traslaciones y apropiaciones conceptuales, que van de las matemáticas y la física a la filosofía y al psicoanálisis, en autores como Lacan, Kristeva, Baudrillard, Delueze y Virilio, entre varios más.
De manera distinta al caso de Wallerstein (al trasladar el concepto de “flecha del tiempo” de la física cuántica a la historia),   el concepto de “hibridez cultural” de Nestor García Canclini ha sido criticado con dureza. La traslación conceptual de García Canclini va desde la biología (las ciencias duras) a los estudios culturales que operan en la cultura epistemológica de las humanidades.  El escritor tijuanense Heriberto Yépez (en: http://www.literalmagazine.com/english_post/lo-post-transfronterizo/,  consulta realizada en noviembre de 2012), es uno de quienes refuta el planteamiento del investigador argentino. El debate de Yépez, como otros más,  no se aboca precisamente al proceso de traslación y apropiación conceptual, sino a los contenidos de la teorización de García Canclini, que resulta débil en sus argumentaciones inductivas y en su posicionamiento ideológico conservador ante el neoliberalismo.
A partir de lo anterior, es observable que los conceptos y teorías que se fundamentan en traslaciones y apropiaciones conceptuales de una cultura epistemológica  a otra o de una disciplina a otra, pueden ser criticadas: 1) en sus mismos procesos de traslación y apropiación  o; 2) a partir de sus específicos contenidos teóricos. En Wallerstein la primera forma crítica parece inviable. El mismo Ilya Prigogine, autor del concepto de “flecha del tiempo” desde la física y la química, ha acompañado a Wallerstein en su travesía teórica en la historia y las ciencias sociales. Prigogine es uno de los autores que colaboran en la escritura del libro Abrir las ciencias sociales. Sin embargo, la segunda forma crítica podría caber en la teoría de los sistemas-mundo.
Cabe preguntar, ¿cual es la intención del historiador al hacer la traslación y apropiación conceptual? ¿Cómo podemos entender esto en el marco de la teoría del sistema-mundo-capitalista? En el historiador heredero de la postura crítica de los Annales y de Marx hay una enfática postura de lucha intelectual y desde luego ideológica.

… la reunificación, como hemos visto, implica la aceptación por parte de las ciencias naturales y de las humanidades de algunas de las antiguas premisas de las ciencias sociales, en especial la que establece que todo saber está enraizado en un contexto social… Con referencia a las ciencias sociales del siglo XXI, puede decirse que serán un campo intelectual muy interesante, muy importante para la sociedad y, sin duda, muy controvertido. Es conveniente que entremos en ese campo armados con una combinación de humildad respecto de lo que sabemos, conciencia de los valores sociales que esperamos que esperamos prevalezcan y equilibrio en nuestras opiniones sobre el papel que nos toca desempeñar (Ibidem., P. 35).

El concepto de “utopística” de Wallersrtein, que intenta corregir la carga teleológica metafísica del concepto de “utopía”, al admitir que hacia el futuro más que utopías habría que poner la mira en las posibilidades reales de lo factible, de lo realizable, es una autolimitación de la propia teorización del historiador norteamericano. En el cierre del ensayo Utopística o las opciones históricas del siglo XXI (2003, P. 90),   Wallerstein refiere:

… he sostenido que un nuevo orden surgirá de este caos en un periodo de cincuenta años, y que este nuevo orden se formará como una función de lo que todos hagan en el intervalo, tanto los que en el actual sistema tienen el poder como quienes no lo tienen. Este análisis no es optimista ni pesimista, en el sentido de que no predigo ni puedo predecir si el resultado será mejor o peor. Sin embargo, es realista al tratar de estimular las discusiones sobre los tipos de estructuras que en realidad mejor nos pueden servir a todos nosotros y los tipos de estrategias que nos pueden impulsar en esas direcciones.

El historiador crítico del capitalismo histórico cierra esta parte con una arenga: “Así es que como dicen en África oriental, ¡harambee!...” El vocablo harambee de origen keniano, lema oficial de ese país y que Wallerstein coloca entre signos de admiración, significa “Trabajando juntos por un propósito común”. La obra entera del historiador norteamericano es una invitación, o mejor dicho, una incitación a repensarnos histórica, socialmente y políticamente, que al transcurrir el debate entre las tres culturas epistemológicas, asume una lucha desde la izquierda, que aún no logra darle forma a un solo bloque y que se disemina entre los desacuerdos y las pugnas. La historia de las izquierdas es una historia de divisiones y pleitos interminables, entre lo teórico y lo práctico.

III
No hay, no puede haber encuentros plenamente fortuitos ni dulces entre los distintos grupos intelectuales que pertenecen a la cultura de las ciencias duras, las humanidades o las ciencias sociales. Los escritores, intelectuales o académicos, vivimos en cofradías, en individualidades que se alimentan unas de otras. Es un “alimentarse” en el doble sentido del término, que aquí se entiende como un “abrevar conocimientos” que la vez puede significar una tendencia antropófoga. Podemos ir de la cita que reconoce y pondera autores y obras revivificándolos, al acto de canibalismo que devora. El homo sapiens-demens moriniano está también presente entre los escritores, intelectuales y académicos.

Surgidos de las diversas categorías de la intelligentsia, los intelectuales no constituyen un partido ni una cofradía, sino una emergencia misionera que comporta sus élites y jerarquías propias, que constituye sus redes y sus actividades públicas, agitada por las luchas de ideas y las aspiraciones de gloria (Morín E., El método 4. Las ideas, 2006, P. 67).

Morín parece crucificarse a sí mismo, al pertenecer a un grupo de intelectuales que busca la supremacía epistemológica a través de la instauración del pensamiento complejo, él mismo es parte de la lucha a la que critica. El planteamiento de Morín se adscribe a la sociología de Pierre Bordieu, que analiza el problema a partir de las nociones de “campo de poder” y “campo intelectual” (Campo de poder, campo intelectual, 2002). Tanto Wallerstein como Morín se reconocen ubicados en campos de lucha por el poder epistemológico, sus libros, sus artículos, sus conferencias, sus presencias públicas como figuras intelectuales, forman parte de una territorialidad de luchas que tiene lugar en lo que hemos referido como el interregno epistemológico, que se abre a mediados del siglo XX y se proyecta hacia el XXI. En este contexto, Wallerstein se posiciona críticamente ante el pensamiento complejo moriniano y los estudios culturales:

Ni las ciencias de la complejidad ni los estudios culturales han dedicado muchos tiempo a tratar de ver como podían ponerse de acuerdo y trabajar en conjunto para elaborar una epistemología verdaderamente nueva, que no fuese ni nometética ni idiográfica, ni universalista ni particularista, ni determinista ni relativista  (Las incertidumbres del saber, 2004, P. 30).

El historiador de los sistemas mundo minusvalora los aportes del pensamiento complejo y los estudios culturales, que han sido criticados por su moderación (o tibieza) teórica,  ideológica y política.
Valga hacer un análisis comparativo de las presencias más significativas de Wallerstein y Morín en México.
En 2004 se fundó en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, el Centro de Estudios, Información y Documentación Immanuel Wallerstein. Este centro forma parte de la Universidad de la Tierra y del CIDECI-LAS CASAS, que funcionan de una manera marginal. El centro está ligado al movimiento zapatista que en los últimos años ha venido a la baja.
El mismo año 2004, toma forma el proyecto Multiversidad Mundo Real, que se aboca a la enseñanza universitaria a partir del pensamiento complejo. La institución privada se ubica en Hermosillo, Sonora, y ha tenido un extraordinario desarrollo de entonces a la fecha. Ese mismo año fue develada en las afueras de la Secretaría de Educación del Estado de Sonora, una estatua de Edgar Morín, quien en ese entonces, vivo y de carne y hueso,  se miró convertido en bronce.
En México, el pensamiento complejo de Morín avanza de la mano de los gobiernos en turno y a partir del reconocimiento de un sector intelectual moderado en sus posturas teóricas e ideológicas ante el neoliberalismo. En tanto, la postura crítica y radical del sistema mundo capitalista de Wallerstein, de la que se desprende la propuesta de las ciencias sociales históricas, tiene sus nichos de reconocimiento en la UAM, la UNAM y en el debilitado movimiento zapatista. La labor del investigador Carlos Antonio Aguirre Rojas, promotor de la historiografía crítica en México desde la revista Contrahistorias y desde otras publicaciones, ha sido puntal en el impulso del pensamiento de Immanuel Wallerstein.

IV
¿Qué postura tomaría yo? Al final de mi tesis de maestría (Educación, de la encrucijada conceptual a la histórica, 2011)  anoto:

¿Acaso la transmodernidad de Rodríguez Magda (Transmodernidad, 2004) es una más de las ideaciones que al anclar los restos salvables y los estragos de la modernidad en lo futuro, terminan convirtiéndose en otra gran narrativa más? ¿Acaso el pensamiento complejo de Morín (2006 y 2009) y la perspectiva de unicidad de las ciencias sociales en la que culminan los trabajos de la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales (2007), van con-figurando teóricamente los territorios claves de una gran narrativa transmoderna? ¿Totalitarismos en ciernes?