I
Hay un multicitado
ensayo que se ha tornado lugar común en el debate entre las ciencias duras y
las humanidades en el siglo XX. En 1959 en una conferencia en Cambridge, Snow da a conocer el texto Las dos culturas (en: Ensayos científicos, varios autores, 1980,
P. 13 – 44) en el que reitera la vieja discusión entre la perspectiva
positivista de las ciencias duras y la cultura de las humanidades. A partir de
numerosas críticas y comentarios que se hicieron al texto, el físico y
novelista replantea su propuesta original, admitiendo la existencia de una
tercera cultura, la de las ciencias sociales. Snow citado por Finkielkraut (Nosotros los modernos, 2006, P. 149)
refiere a un “grupo de intelectuales que ejercen su actividad en disciplinas
tan variadas como la historia social, la sociología, la demografía, las
ciencias políticas, las ciencias económicas, la psicología, etc.” Se plantea entonces
la existencia de tres culturas epistemológicas: las visión nomotética deductiva
o positivista, la cultura de las humanidades y, la perspectiva de las ciencias
sociales que tiene un desarrollo significativo a lo largo del siglo XX.
Lo extraño del
caso, es que Snow asume que esta tercera
cultura daría lugar a un posible consenso entre las ciencias duras y las
humanidades, al hacer las veces de un territorio de encuentros y
reconciliaciones entre las tres culturas. Hasta el momento la predicción de
Snow no ha tenido lugar. Más bien, el problema parece haberse agudizado.
La mirada de
Wallerstein (Las incertidumbres del saber,
2005, P. 25 – 30) sobre la dificultad de las tres culturas encaja con la de
Snow. La propuesta del historiador norteamericano desemboca en una posición que
pondera a las ciencias sociales por sobre las ciencias duras y las humanidades.
El libro Abrir las ciencias sociales
(2007) auspiciado por la Comisión Gulbenkian para la reestructuración
de las ciencias sociales y coordinado por Wallerstein, y la propuesta de la
“unicidad de las ciencias sociales históricas”, que el autor aborda en otros
ensayos, resaltan a la tercera cultura como un territorio de posibles
conciliaciones en los debates epistemológicos entre las tres culturas.
Hacia la segunda
mitad del S. XX y en el S: XXI, tiene lugar un interregno epistemológico, en el
que las culturas epistemológicas luchan por hacerse de la potestad del saber. Aún
persiste un vacío del poder epistemológico, ninguna cultura epistemológica
parece tener actualmente una posición hegemónica frente a las otras dos. Los cuestionamientos posmodernos y
transmodernos son quizá la huella más significativa del interregno epistemológico
referido.
Actualmente está
teniendo lugar una transformación epistemológica a la que habría que analizar
sobrepasando el concepto de “paradigma” de Khun. El mismo Wallerstein hace un
análisis que resulta valioso, pero habría que profundizar las investigaciones
al respecto. Las ciencias sociales emergieron como una ciencia con voz y cuerpo
propios hacia el siglo XX. La historia ha vivido una extraordinaria revolución
historiográfica con los Annales y con otras corrientes en este mismo siglo. Junto
a lo anterior las culturas humanística y de las ciencias duras decayeron, y han
sido cuestionadas desde distintos flancos. Resulta explícito que Wallerstein
opte por la vía de la tercera cultura (las ciencias sociales históricas)
haciendo relativamente a un lado a las otras dos.
Habría que valorar
aquí la conexión que existe entre Wallerstein y el físico Ilya Progigine. De este segundo Wallerstein desprende el concepto de “flecha del tiempo” y lo aplica a su análisis de
los sistemas mundo. Hay un proceso de traslación conceptual que va la cultura
epistemológica de ciencias duras a la cultura epistemológica de la historia y
las ciencias sociales. Este es uno de los mecanismos mas comunes de
interrelación entre las culturas epistemológicas y las disciplinas. En el caso
de Wallersrtein el concepto de “flecha del tiempo” es llevado de la física
cuántica a la historia, la historiografía y las ciencias sociales.
Desde la
perspectiva de Carlos Antonio Aguirre Rojas el planteamiento de Wallerstein
rebasa la transdisciplina. La traslación conceptual de una cultura
epistemológica a otra, o de una disciplina a otra, puede concebirse como uno de
los posibles signos transdisciplinarios.
Pero en el caso de Wallerstein la propuesta se hace a partir la tesis de la
unicidad de la ciencias sociales históricas.
Lo que resultó central para mi análisis, y en mi opinión para las
ciencias sociales en general, son dos elementos interrelacionados del
constructo de Prigogine. El primero es la indeterminación fundamental de toda
realidad desde el punto de vista físico y, en consecuencia social… No significa
que el orden y la explicación no existan. Prigogine sostiene que la realidad
existe como un “caos determinista”, es decir que el orden siempre existe por un tiempo, pero que luego,
inevitablemente, se deshace, cuando sus curvas alcanzan puntos de “bifurcación”
(puntos donde existen dos soluciones igualmente válidas para una ecuación), y
es intrínsecamente imposible
determinar a priori que opción escogerá el sistema frente a la bifurcación
(Wallerstein I., Las incertidumbres del
saber, 2004, P. 89).
Junto a la
influencia de Prigogine, Wallerstein reconoce la del annalista Fernando
Braudel. A su vez, es notorio que el historiador abreva de Marx. No
detallaremos al respecto. Lo que se subraya es el proceso de traslación y
apropiación conceptual de Wallerstein. El procedimiento es teórica y
conceptualmente válido, a diferencia de otras traslaciones y apropiaciones
conceptuales que han sido cuestionadas.
II
En el libro Imposturas intelectuales (1999), los
físicos Alan Sokal y Jean Bricmont critican con solvencia una serie de
traslaciones y apropiaciones conceptuales, que van de las matemáticas y la
física a la filosofía y al psicoanálisis, en autores como Lacan, Kristeva,
Baudrillard, Delueze y Virilio, entre varios más.
De manera distinta
al caso de Wallerstein (al trasladar el concepto de “flecha del tiempo” de la
física cuántica a la historia), el concepto de “hibridez cultural” de Nestor
García Canclini ha sido criticado con dureza. La traslación conceptual de García
Canclini va desde la biología (las ciencias duras) a los estudios culturales
que operan en la cultura epistemológica de las humanidades. El escritor tijuanense Heriberto Yépez (en: http://www.literalmagazine.com/english_post/lo-post-transfronterizo/,
consulta realizada en noviembre de
2012), es uno de quienes refuta el planteamiento del investigador argentino. El
debate de Yépez, como otros más, no se
aboca precisamente al proceso de traslación y apropiación conceptual, sino a
los contenidos de la teorización de García Canclini, que resulta débil en sus
argumentaciones inductivas y en su posicionamiento ideológico conservador ante
el neoliberalismo.
A partir de lo anterior,
es observable que los conceptos y teorías que se fundamentan en traslaciones y
apropiaciones conceptuales de una cultura epistemológica a otra o de una disciplina a otra, pueden ser
criticadas: 1) en sus mismos procesos de traslación y apropiación o; 2) a partir de sus específicos contenidos
teóricos. En Wallerstein la primera forma crítica parece inviable. El mismo
Ilya Prigogine, autor del concepto de “flecha del tiempo” desde la física y la
química, ha acompañado a Wallerstein en su travesía teórica en la historia y
las ciencias sociales. Prigogine es uno de los autores que colaboran en la
escritura del libro Abrir las ciencias
sociales. Sin embargo, la segunda forma crítica podría caber en la teoría
de los sistemas-mundo.
Cabe preguntar, ¿cual
es la intención del historiador al hacer la traslación y apropiación conceptual?
¿Cómo podemos entender esto en el marco de la teoría del
sistema-mundo-capitalista? En el historiador heredero de la postura crítica de
los Annales y de Marx hay una enfática postura de lucha intelectual y desde
luego ideológica.
… la reunificación, como hemos visto, implica la aceptación por parte
de las ciencias naturales y de las humanidades de algunas de las antiguas
premisas de las ciencias sociales, en especial la que establece que todo saber
está enraizado en un contexto social… Con referencia a las ciencias sociales
del siglo XXI, puede decirse que serán un campo intelectual muy interesante,
muy importante para la sociedad y, sin duda, muy controvertido. Es conveniente
que entremos en ese campo armados con una combinación de humildad respecto de
lo que sabemos, conciencia de los valores sociales que esperamos que esperamos
prevalezcan y equilibrio en nuestras opiniones sobre el papel que nos toca
desempeñar (Ibidem., P. 35).
El concepto de
“utopística” de Wallersrtein, que intenta corregir la carga teleológica
metafísica del concepto de “utopía”, al admitir que hacia el futuro más que
utopías habría que poner la mira en las posibilidades reales de lo factible, de
lo realizable, es una autolimitación de la propia teorización del historiador
norteamericano. En el cierre del ensayo Utopística
o las opciones históricas del siglo XXI (2003, P. 90), Wallerstein refiere:
… he sostenido que un nuevo orden surgirá de este caos en un periodo
de cincuenta años, y que este nuevo orden se formará como una función de lo que
todos hagan en el intervalo, tanto los que en el actual sistema tienen el poder
como quienes no lo tienen. Este análisis no es optimista ni pesimista, en el
sentido de que no predigo ni puedo predecir si el resultado será mejor o peor.
Sin embargo, es realista al tratar de estimular las discusiones sobre los tipos
de estructuras que en realidad mejor nos pueden servir a todos nosotros y los
tipos de estrategias que nos pueden impulsar en esas direcciones.
El historiador
crítico del capitalismo histórico cierra esta parte con una arenga: “Así es que
como dicen en África oriental, ¡harambee!...”
El vocablo harambee de origen
keniano, lema oficial de ese país y que Wallerstein coloca entre signos de
admiración, significa “Trabajando juntos por un propósito común”. La obra
entera del historiador norteamericano es una invitación, o mejor dicho, una
incitación a repensarnos histórica, socialmente y políticamente, que al
transcurrir el debate entre las tres culturas epistemológicas, asume una lucha
desde la izquierda, que aún no logra darle forma a un solo bloque y que se
disemina entre los desacuerdos y las pugnas. La historia de las izquierdas es
una historia de divisiones y pleitos interminables, entre lo teórico y lo
práctico.
III
No hay, no puede
haber encuentros plenamente fortuitos ni dulces entre los distintos grupos
intelectuales que pertenecen a la cultura de las ciencias duras, las
humanidades o las ciencias sociales. Los escritores, intelectuales o
académicos, vivimos en cofradías, en individualidades que se alimentan unas de
otras. Es un “alimentarse” en el doble sentido del término, que aquí se
entiende como un “abrevar conocimientos” que la vez puede significar una
tendencia antropófoga. Podemos ir de la cita que reconoce y pondera autores y
obras revivificándolos, al acto de canibalismo que devora. El homo sapiens-demens moriniano está también
presente entre los escritores, intelectuales y académicos.
Surgidos de las diversas categorías de la intelligentsia, los intelectuales no constituyen un partido ni una
cofradía, sino una emergencia misionera que comporta sus élites y jerarquías
propias, que constituye sus redes y sus actividades públicas, agitada por las
luchas de ideas y las aspiraciones de gloria (Morín E., El método 4. Las ideas,
2006, P. 67).
Morín parece
crucificarse a sí mismo, al pertenecer a un grupo de intelectuales que busca la
supremacía epistemológica a través de la instauración del pensamiento complejo,
él mismo es parte de la lucha a la que critica. El planteamiento de Morín se
adscribe a la sociología de Pierre Bordieu, que analiza el problema a partir de
las nociones de “campo de poder” y “campo intelectual” (Campo de poder, campo intelectual, 2002). Tanto Wallerstein como
Morín se reconocen ubicados en campos de lucha por el poder epistemológico, sus
libros, sus artículos, sus conferencias, sus presencias públicas como figuras
intelectuales, forman parte de una territorialidad de luchas que tiene lugar en
lo que hemos referido como el interregno epistemológico, que se abre a mediados
del siglo XX y se proyecta hacia el XXI. En este contexto, Wallerstein se
posiciona críticamente ante el pensamiento complejo moriniano y los estudios
culturales:
Ni las ciencias de la complejidad ni los estudios culturales han
dedicado muchos tiempo a tratar de ver como podían ponerse de acuerdo y
trabajar en conjunto para elaborar una epistemología verdaderamente nueva, que
no fuese ni nometética ni idiográfica, ni universalista ni particularista, ni
determinista ni relativista (Las incertidumbres del saber, 2004, P.
30).
El historiador de
los sistemas mundo minusvalora los aportes del pensamiento complejo y los
estudios culturales, que han sido criticados por su moderación (o tibieza) teórica, ideológica
y política.
Valga hacer un
análisis comparativo de las presencias más significativas de Wallerstein y
Morín en México.
En 2004 se fundó en
San Cristóbal de las Casas, Chiapas, el Centro de Estudios, Información y
Documentación Immanuel Wallerstein. Este centro forma parte de la Universidad
de la Tierra y del CIDECI-LAS CASAS, que funcionan de una manera marginal. El
centro está ligado al movimiento zapatista que en los últimos años ha venido a
la baja.
El mismo año 2004,
toma forma el proyecto Multiversidad Mundo Real, que se aboca a la enseñanza
universitaria a partir del pensamiento complejo. La institución privada se
ubica en Hermosillo, Sonora, y ha tenido un extraordinario desarrollo de
entonces a la fecha. Ese mismo año fue develada en las afueras de la Secretaría
de Educación del Estado de Sonora, una estatua de Edgar Morín, quien en ese
entonces, vivo y de carne y hueso, se
miró convertido en bronce.
En México, el
pensamiento complejo de Morín avanza de la mano de los gobiernos en turno y a
partir del reconocimiento de un sector intelectual moderado en sus posturas
teóricas e ideológicas ante el neoliberalismo. En tanto, la postura crítica y
radical del sistema mundo capitalista de Wallerstein, de la que se desprende la
propuesta de las ciencias sociales históricas, tiene sus nichos de
reconocimiento en la UAM, la UNAM y en el debilitado movimiento zapatista. La labor del investigador
Carlos Antonio Aguirre Rojas, promotor de la historiografía crítica en México desde la revista Contrahistorias
y desde otras publicaciones, ha sido puntal en el impulso del pensamiento de
Immanuel Wallerstein.
IV
¿Qué postura
tomaría yo? Al final de mi tesis de maestría (Educación, de la encrucijada conceptual a la histórica, 2011) anoto:
¿Acaso la transmodernidad de Rodríguez Magda (Transmodernidad, 2004) es una
más de las ideaciones que al anclar los restos salvables y los estragos de la
modernidad en lo futuro, terminan convirtiéndose en otra gran narrativa más?
¿Acaso el pensamiento complejo de Morín (2006 y 2009) y la perspectiva de
unicidad de las ciencias sociales en la que culminan los trabajos de la
Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales (2007),
van con-figurando teóricamente los territorios claves de una gran narrativa transmoderna?
¿Totalitarismos en ciernes?