domingo, 6 de octubre de 2013

La tragedia en la Presa del Rejón (La insuficiencia de las palabras ante el dolor humano…)



Cierro las páginas del periódico del domingo 6 de octubre. No pienso volver a abrirlas. Las fotografías publicadas de la tragedia de la Presa del Rejón son otra muestra de la frivolidad de los medios de comunicación masiva,  que se ha construido en Chihuahua en los últimos años. En el sensacionalismo periodístico las imágenes desplazan a las palabras. Las primeras páginas del periódico son una narrativa fotográfica que camina entre el sensacionalismo y la indolencia periodística. Pero la indolencia ante la tragedia humana no es solo periodística, sino que se ha instalado en lo social y no sabemos aún cuáles serán sus derivaciones posteriores.
Las imágenes no son dantescas, no pueden serlo. En La divina comedia hay una estética y una espiritualidad literarias que pueden observarse y sentirse en la muestra de grabados de Salvador Dalí, que el Instituto Municipal de Cultura montó en el edificio de la presidencia municipal. Hay un distanciamiento entre la alta cultura y la cultura de masas, cuyo primer lugar está en la ética.
El Demolition show organizado por la presidencia municipal de Chihuahua,  que es parte de la cultura de masas y que enmarca a la tragedia, ha pasado a ser un Tragedy show hilvanado por la prensa local. Ambos eventos llevan como hilo conductor a la destrucción,  material e in-material, in-humana y humana, que se convierte en espectáculo. Las notas periodísticas son un destajo de irreverencia ante el dolor humano, lo mismo que los celulares de quienes intentaron grabar escenas del evento después de sucedido.
Hay momentos en los que la tragedia sobrepasa las posibilidades de las palabras y las imágenes que puedan percibirla y contenerla. El mismo arte (la literatura, la pintura, la música, etc.) puede ser insuficiente ante lo metafísico y lo inexplicable de la tragedia y el dolor que conlleva.   Es un atolladero en la garganta, un grito que no logra gritarse por completo y que se instala en el allende del dolor, unos brazos que sujetan a la inmaterialidad de la muerte que se prolonga hasta uno mismo. No hay, no puede haber lugar para la tragedia imposible de ser narrada de forma alguna. Solo el espíritu que se estremece hasta tocar los límites entre la vida y la muerte. El deseo de recriminar culpas y responsabilidades. Los por qué lanzados contra los humanos de carne y hueso y contra Dios mismo, que no logran responderse a plenitud. Solo esta sensación de vértigo y de náusea, de no abrir el periódico otra vez. Este pequeño dolor, incomparable con la angustia de los deudos que perdieron a sus seres queridos…