Cierro las páginas del
periódico del domingo 6 de octubre. No pienso volver a abrirlas. Las fotografías
publicadas de la tragedia de la Presa del Rejón son otra muestra de la
frivolidad de los medios de comunicación masiva, que se ha construido en Chihuahua en los
últimos años. En el sensacionalismo periodístico las imágenes desplazan a las
palabras. Las primeras páginas del periódico son una narrativa fotográfica que
camina entre el sensacionalismo y la indolencia periodística. Pero la indolencia ante
la tragedia humana no es solo periodística, sino que se ha instalado en lo
social y no sabemos aún cuáles serán sus derivaciones posteriores.
Las imágenes no son
dantescas, no pueden serlo. En La divina
comedia hay una estética y una espiritualidad literarias que pueden
observarse y sentirse en la muestra de grabados de Salvador Dalí, que el
Instituto Municipal de Cultura montó en el edificio de la presidencia
municipal. Hay un distanciamiento entre la alta cultura y la cultura de masas,
cuyo primer lugar está en la ética.
El Demolition show organizado por la presidencia municipal de
Chihuahua, que es parte de la cultura de
masas y que enmarca a la tragedia, ha pasado a ser un Tragedy show hilvanado por la prensa local. Ambos eventos llevan como hilo conductor a la destrucción, material e in-material, in-humana y humana, que se convierte en espectáculo. Las notas periodísticas
son un destajo de irreverencia ante el dolor humano, lo mismo que los celulares
de quienes intentaron grabar escenas del evento después de
sucedido.
Hay momentos en los que la
tragedia sobrepasa las posibilidades de las palabras y las imágenes que puedan
percibirla y contenerla. El mismo arte (la literatura, la pintura, la música, etc.) puede ser insuficiente ante lo metafísico y lo inexplicable de la tragedia y el dolor que conlleva. Es un atolladero en la garganta, un grito que
no logra gritarse por completo y que se instala en el allende del dolor, unos
brazos que sujetan a la inmaterialidad de la muerte que se prolonga hasta uno mismo. No hay, no puede haber lugar
para la tragedia imposible de ser narrada de forma alguna. Solo el espíritu que
se estremece hasta tocar los límites entre la vida y la muerte. El deseo
de recriminar culpas y responsabilidades. Los por qué lanzados contra los
humanos de carne y hueso y contra Dios mismo, que no logran responderse a
plenitud. Solo esta sensación de vértigo y de náusea, de no abrir el periódico
otra vez. Este pequeño dolor, incomparable con la angustia de los
deudos que perdieron a sus seres queridos…