El
pensamiento moriniano ha sido clasificado dentro de la corriente transmoderna,
de forma alterna a la posmodernidad. Rodríguez Magda (“Transmodernidad, un nuevo paradigma”, 2011) es quien ha teorizado de manera más abundante
y concisa sobre la transmodernidad. La filósofa española parte de una crítica a las posturas posmodernas, sustentando un desgaste y un estancamiento que de 1980 a la fecha ha convertido a esta corriente teórica e ideológica en un “Nuevo Gran Relato”:
La
postmodernidad abanderaba el surgimiento de una multiplicidad, fragmentada y centrífuga,
gozosamente irreconstruible. Y sin embargo, en los últimos tiempos, esa miríada
de partículas dispersas, parecen haberse reagrupado en un todo caótico,
totalizante, surgiendo un Nuevo Gran Relato, que no obedece al esfuerzo teórico
o socialmente emancipador de las metanarrativas modernas, sino al efecto
inesperado de las tecnologías de la comunicación, la nueva dimensión del
mercado y de la geopolítica. Globalización económica, política, informática,
social, cultural, ecológica… donde todo está interconectado, configurando un
nuevo magma fluctuante, difuso, pero inexpugnablemente totalizador.
Según
la filósofa española, los posmodernos pretendieron abandonar las totalidades
ideológicas y teóricas de la modernidad. Los grandes relatos modernos fueron desentrañados.
Deleuzianamente se extrajeron de sus cuerpos los órganos en un ejercicio forense
sobre la historia-cultura, pero los posmodernos incubaron una nueva gran
narrativa. De los años ochenta del siglo pasado a los inicios del siglo XXI, la
fragmentación y la dispersión des-organizadora posmoderna se consolidó como
otro gran relato. Alan Badiou plantea que la filosofía de Gilles Deleuze, una
de las posturas posmodernas más radicales, es en el fondo lo uno de la multliplicidad.
Lo múltiple y lo esparcido se decantan unívocamente en la filosofía deleuziana.
“Nunca hubo otra proposición ontológica: el Ser es unívoco… La ontología se
confunde con la univocidad del Ser.” (Deleuze citado por Badiou, “Deleuze. El clamor del ser”, 2008). “Haced
mutiplicidades” en los órdenes epistemológico, ontológico, político, social,
etc., refiere Deleuze en el célebre
ensayo "Como hacer un cuerpo sin órganos". La incitación ha sido proclama
de los anarquistas del siglo XXI. Pero Badiou interpreta que en ella subyace una
ordenación a la univocidad de lo uno ontologizado. Las escisiones,
fragmentariedades y multiplicidades deleuzianas, están determinadas por una
gran narrativa desde-hacia lo uno.
Rodríguez
Magda acomete contra los posmodernos y de ello deriva su postura transmoderna.
La
Transmodernidad prolonga, continúa y trasciende la Modernidad, es el retorno,
la copia, la pervivencia de una Modernidad débil, rebajada, light. La
zona contemporánea transitada por todas las tendencias, los recuerdos, las
posibilidades; trascendente y apariencial a la vez, voluntariamente sincrética
en su “multicronía”. Un retorno, distanciado, irónico, que acepta su ficción
útil. La Transmodernidad es lo posmoderno sin su inocente rupturismo, es
imagen, serie, barroco de fuga y autorreferencia, catástrofe, bucle,
reiteración fractal e inane; entropía de lo obeso, inflación amoratada de datos…
Su clave no es el post, la ruptura, sino la transubstanciación vasocomunicada de los paradigmas (Ibidem.)
Lo
transmoderno que asume la filósofa española es el remix remasterizado de la
memoria moderna que se hace-presente hacia el futuro. Recapitulación de lo
moderno que se abre laberínticamente en pos de un re-conocimiento que cruce
todas las puertas, que permanezca en todos los lugares, y que extraiga lo mejor
de ellos hacia mañana. Morín asume un “transitar todas las tendencias, los
recuerdos, las posibilidades”, que tienen por escenario inmediato a la
modernidad. El contenido profuso de los seis tomos de El método está
encaminado por una búsqueda de la posible totalidad humana complejizada.
“Lo
trascendente” y “lo apariencial” referidos por la Rodríguez Magda, es decir,
“lo metafísico” y “lo concreto posible”, se amalgaman en la fe del pensamiento
complejo. ¿No desemboca la obra de Morín en una restauración de la utopía?
“Lo
sincrético de la multicronía” moriniana se concentra en el bucle como operación
trans-conceptual que lleva a los conceptos a la complejización al esquematizarlos
simbólicamente. La española emplea al término “bucle” para definir la
transmodernidad, amalgamándolo con otras ideas: “imagen, serie, barroco de fuga
y autorreferencia, catástrofe… reiteración fractal e inane; entropía de lo
obeso, inflación amoratada de datos.”
Rodríguez
Magda retorna a la modernidad para restaurar la ética y la política:
El
prefijo “trans” connota no solo los aspectos de transformación que vengo
apuntando, sino también la necesaria trascendencia de la crisis de la
modernidad, retomado sus retos pendientes éticos y políticos (igualdad, justicia,
libertad…), pero asumiendo las críticas posmodernas. Los enunciados de la
postpolítica o el postdeber no pueden resolverse en el nihilismo, sino en la
formulación de un horizonte que asuma el vacío ontológico como desafío
racional, creador y comprometido (Ibidem).
La
misma operación de restauración es desarrollada por Morín en el tomo VI de "El
método. Ética" y en el capítulo VII de "Los siete saberes necesarios para
la educación del fututo" ("La ética del género humano").
La
española refiere la necesidad de un “sujeto estratégico situado” (Ibidem.) que
pueda sobrevellar transmodernamente su paso histórico. Estrategizar al
pensamiento y al hombre es una de las tesis centrales del pensamiento complejo.
El in situ es a cada paso, bulle en la soltura de la vida, y la
posibilidad más humanizada que nos permite convivir con sus incertidumbres, es
la estrategización.
¿Acaso
la “transmodernidad” de Rodríguez Magda es una más de las ideaciones que al
anclar los restos salvables y los estragos de la modernidad en lo futuro,
terminan convirtiéndose en otra gran narrativa más? ¿Acaso el pensamiento
complejo de Morín y la perspectiva de unicidad de las ciencias sociales en la
que culminan los trabajos de la "Comisión Gulbenkian para la reestructuración
de las ciencias sociales", van con-figurando teóricamente los territorios
claves de una gran narrativa transmoderna? ¿Totalitarismos en ciernes?
La
filósofa iberoamericana concibe a la transmodernidad como "transubstanciación
vasocomunicadamente de los paradigmas”. Este concepto conlleva una alquimia filosófica, cultural y religiosa. Una de las acepciones
conceptuales del vocablo
“transubstanciación”, es el de una operación litúrgica mediante la cual
la hostia y el vino son convertidas en el cuerpo y la sangre de Jesús, que
luego son dados a los hombres que comulgan y entran en comunión con Jesús y con
Dios mismo. ¿En qué corporalidad serían hechos caber los paradigmas no
abandonados de la modernidad? ¿Acaso lo “trans” de la “trans-modernidad” es
esta corporalidad, lo “trans” que la filósofa española concibe como
corporalidad “vasocomunicante”, que habrá posibilitar la extracción de lo mejor
que ha quedado hundido en la modernidad? ¿Acaso lo “trans” corporal trascendentalizado,
los “trans” como intento histórico-temporal omnívoro de lo pasado hacia lo
futuro?
Sobre
el concepto de ”transubstanciación vasocomunicadamente de los paradigmas” de
Rodríguez Magda, que sintetiza la encomienda del pensamiento complejo y de la búsqueda
por la unicidad de las ciencias sociales, se afirmó la presencia de indicios
religiosos en forma de liturgia. El procedimiento litúrgico mediante el cual la
hostia y el vino son transubstanciados en el cuerpo y la sangre de Jesucristo,
donde el Mesías de Nazaret es-hecho
re-nacer y derramar-se en la tierra, es un ritual cristiano que termina en la
comunión mediante el acto de comulgar. El sacerdote convida a los fieles cristianos
el vino y la hostia que re-presentan a Jesucristo y a Dios mismo encarnado en él.
Cristo y Dios transubstanciados son hechos-entrar por la boca de los hombres. La
“transubstanciación” de la filósofa española esta conceptualmente investida por
la ritualidad cristiana.
El
cristianismo tiene por su Mesías a Jesús de Nazaret. La modernidad tuvo a su
Mesías en Sócrates:
En la Edad Media Sócrates no había pasado de ser un
nombre famoso transmitido a la posteridad por Aristóteles y Cicerón. A partir
de ahora su estrella empieza a subir, al paso que la figura de Aristóteles, el
príncipe del escolasticismo, comienza a declinar. Sócrates se convierte en guía
y en ilustración de toda la filosofía moderna; en apóstol de la libertad,
sustraído a todo dogma y a toda tradición, sin mas gobierno que el de su propia
persona y obediente sólo a los dictados de la voz interior de su conciencia; es
el evangelista de la nueva religión terrenal y de un concepto de la
bienaventuranza asequible en esta vida por obra de la fuerza interior del
hombre y no basada en la gracia, sino en la tendencia incesante hacia el
perfeccionamiento de nuestro propio ser(…) al filósofo pagano se le encomendaba
ahora la misión de contribuir a crear una religión moderna en la que el
contenido imperecedero de la religión de Jesús se fundiese con ciertos rasgos
esenciales del ideal helénico del hombre. (Jaeger, “Paideia”, 2004 ).
Morín se autoinstaura como Mesías transmoderno:
Me encuentro en la situación extrema de ser a la vez
mi propio presidente, mi propio objeto y mi propio sujeto; es una situación
hipercomplicada. El título de esta última comunicación tiene la marca de la
ironía que el texto de Sergio Manghi ya había formulado de modo en apariencia
cuasi coloquial, y que la mayoría de ustedes ya leyeron, sobre el rito, el
sacrificio y la celebración, y en función del mismo me permití intitular mi
exposición “Mesías, pues no”, en el entendido de que la negación de Mesías
apela asimismo a su implicación. Saco mi reloj, entonces, porque vamos a dar la
batalla contra el tiempo, batalla de titanes. (“Mesías, pues no”, en: “En torno
a Edgar Morín argumentos para un método”, 2005)
Morín se niega y se afirma como
Mesías. Juega su propio juego mesiánico. No se sustenta ni se vanagloria de ser
Mesías. En lo lúdico de la negación-afirmación, desliza que posiblemente lo sea
y deja la idea latente en la inscripción que cruza de orilla a orilla el ensayo
"Mesías, pues no". Es la posteridad humana la que habrá de darle el título
religioso. Ya ha recibido múltiples doctorados honoris causa que lo
encaminan hacia ello. Sócrates tardó un milenio y medio en ser reivindicado
como Mesías. La negación-afirmación de Morín delata que el francés no quiere
esperar tanto tiempo. Por eso se autonombra negándose, y termina su ensayo con
mandatos que circunscriben a la hazaña intelectual de “El método” en la
religiosidad: “Ayúdate, que el método te ayudará (…) Id, creced y multiplicaos”
(Ibidem.).